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Yo soy rielera

Escrito por Anilu Zavala Alonso, 15 Apr.

Adela, primero te pedí perdón
 

Adela sumerge su afilada naricilla en los archivos. Los huele y los percibe, gozosa. Los aspira como buscando alivio y encuentra las historias de estas mujeres de revolución que la ayudan a escapar de esa realidad aburrida y monótona que implica la vida establecida de pareja. Rutina y más rutina. Despertar, sonreírle, levantarse, bañarse, desayunar y acudir hasta donde sea necesario para revisar documentos. Mira las fotografías como quien sale a pasear, se mete en las otras para construir instantes propios.  Siempre pasa los dedos enguantados con delicadeza, pero cuando está a solas, en un acto provocador de abierta desobediencia, se quita los guantes de algodón y recorre con la yema de sus dedos las fotografías como intentando asir instantes. Los relámpagos de esas mujeres revolución, con faldas largas que no dejan asomar los pies, cubiertas casi siempre con rebozos. Soldaderas a quienes fue arrancada la felicidad de la cara por la tropa, la revuelta, el hambre y la Revolución, siempre con la cocina a cuestas.

Terminaba la universidad cuando conoció a Juan. Desde aquel momento, Adela buscaba su propia revolución, la traía por dentro, pero no sabía cómo hacerla, cómo iniciarla. Creyó que la hacía yéndose a vivir con él, intentando transgredir el orden familiar tan tradicional. Empezó  a estudiar archivos revolucionarios y eso la llevó a estas mujeres con cananas y sus historias de vida, como si su nombre la acarreara a la bola como un sino. Así llegó a las rieleras, las marietas, y las coronelas. Adela se enfrasca horas en el rastreo de fuentes, en las entrevistas y los archivos; tiende líneas, hace mapas como espía, se pregunta cuáles habrán sido los anhelos, las consignas políticas, los sueños de amor, y los sueños de revolución de esas mujeres. La mirada morbosa y perversa que desarrolló a partir del arte de asomarse en la vida de las otras, le ha ayudado a resistir.

Adela regresa todas las tardes al departamento de la costumbre, ya casi de noche, atraviesa el pasillo y se encuentra con Juan, que está en la cama viendo televisión, en mangas de camisa, ya sin la corbata de figuritas que escoge dependiendo del día de la semana, del humor y de la complejidad de la audiencia a atender en los juzgados. Lo ve ahí tirado, tan sin sueños, tan urbano, tan moderno. Tan limpio y encamisado. Tan apacible y aburrido. Tan abogado, pues. Tan catrín y bien peinado.

Después de vivir juntos por un tiempo, llegó el necesario e ineludible compromiso matrimonial, como marcan los cánones de las familias post-post revolucionarias de las clases medias persignadas. Su pobre revuelta quedó atrás, empolvada después de la retahíla de valses revolucionarios y alegres polkas que se bailaron en la pomposa boda llena de colores pastelosos, con invitados disfrazados de fifís. Después de semejante fiesta, vinieron algunos viajes y los años de costumbres compartidas, sin revolución.

Y mientras revisa archivos en medio de la rutina, llega él, irrumpiendo como cometa franqueando la turba. Se cruza en la vida de ella, con su uniforme cubierto de instantes; vestido de mezclilla, manta o gabardina, camisas sueltas de colores claros, con botones dorados y muy brillantes, como los de Villa.

Desde hace semanas percibe en él ese olor a café y amor nuevo que enloquece siempre.

Adela deja pasar muchas veces los coqueteos, los guiños y los roces. No los quiere ver, o tal vez sí, pero no se atreve a mirar. No se atreve a voltear. 

Todo su universo de referentes se vuelca en un anhelo. Un montón de lugares comunes llegan a su mente: baños, trenes, escaleras, cocinas, salones de baile, y cuerpos desnudos en el suelo. Y ahí está él, con el café diario que transgrede y las conversaciones cotidianas. Ella trasuda, se sonroja. Se toca la cara. Se moja. Intenta soplar aire con sus manos. Adela se inunda de universos plasmados en imágenes mientras pasa el dedo por sus labios siguiendo el ritmo del sonido lejano del disparo de la cámara que registra cada archivo. Y suspira. Reconoce el aroma polaroid que los une en el espacio.

De paseo por la galería, un domingo en la mañana, Adela intenta hacer revolución. Mientras miran las fotografías en la pared, lo ve rudo y bien plantado, repleto de universos creativos blanco y negro, que libera en ratos libres como éste, entre registro y registro documental. 

Él ilumina el espacio.

Hay amores que retan el intelecto. Hay amores que huelen a insurrección.

Mientras cruza el pasillo de la rutina, Adela tararea haciendo honor a su nombre: y si Adelita se fuera con otro… Cierra contundente la puerta del departamento, cruzando el umbral del hastío en cinco pasos, para finalmente montarse sobre el cuerpo que todas las noches cobija la rutina, para hacer por fin revolución.

 

Fotografía: The Mazatlan Post / CRONOS

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Yo canto

Escrito por Aline Rodríguez, 08 Apr.

Recibí esmeralda de educación

soy avecilla forjadora de cantos

entre las flores de mi chinampa

y la tierra que se desvanece por mis alas.

 

Huitzilin, el mensajero de cantos

 

En el cálido amanecer,

la diosa Metztli se sonroja,

torna sus mejillas anaranjadas

como florecer de primavera.

 

Cuahuitl del oriente

suspira tembloroso e inquieto

ante el tacto implacable

el dios del sol, Tonatiuh.

 

Xóchitl del occidente

mira fascinada al infinito

porque el arcoíris se crea

y se alimenta de sus sonrisas.

 

El gran Huitzilopochtli del sur

baja la mirada hacia el suelo,

contempla, ilusionado,

a su amiga Azquil, la trabajadora.

 

Escondido en silencio

observa el Huitzilin del norte

que vuela alto llevando el mensaje:

¡Su familia es capullo de amor,

gloria a los dioses!

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Su lista

Escrito por Cony Jiménez, 02 Dec.

Noticia:

Prevenir, decir, explicar, preparar, confirmar.

 

Viaje:

Comer, empacar, avisar, salir, cerrar, asegurar, conducir, escuchar, platicar, dormitar.

 

Primera impresión:

Saludos, familia, recuerdos, risas, pláticas, café, desvelo, coronas florales, frío.

 

De tiempo:

Oraciones, plegarias, rezos, rezos... llanto.

Recuerdos, llanto.

Olor a flores, llanto.

Música de mariachi, llanto.

Llanto.

 

Su plan:

Dicen que el abuelito planeo todo.

 

Que indicó con cual traje quería ser vestido, los calcetines, pañuelo y calzones. Que no se olvidaran de ponerle sus placas dentales, por si comía después. También, dicen que dijo que incluyeran su bastón, porque a donde se dirigía quería caminar.

 

Que hasta hiso la lista de las canciones que tocó el mariachi. Que para que cantáramos; ahora caigo en todas las veces que nos cantó e hiso escribir “con letra

grande” esa que dice:

 

Esta tristeza mía,

este dolor, tan grande

Los llevo más profundos,

pues me han dejado, solo en el mundo.

Ya, ni llorar es bueno, cuando, no hay esperanza

Ya, ni el vino mitiga, las penas amargas, que a mi me matan.

Yo no sé, que será de mi suerte,

que de mi no se acuerda ni Dios

Ay, pobres de mis ojos, como han llorado, por su traición.

 

Hoy cumpliría 89 años.

Sí. Él mismo.

Mi papá dice que casi llega a lo que María Felix: morir el mismo día que nació, el 8

de abril.

El mismo ocho, pero el de mi abuelito en diciembre.

 

Confianza:

Confío en que está bien.

Si ahora tiene una mejor oportunidad de vida, como él creía, confío en que esté hasta mejor.

Que comerá hasta chicharrones, porque lleva sus placas dentales.

Que cantará como quiso que le cantáramos, hasta el final.

Que nadará, porque lleva su cambio de ropa interior.

Que se encontrará con mi abuelita. Juntos recordarán y harán de sus nuevos tiempos los mejores.

Que si hace nuevos amigos, les platicará de sus aventuras como pionero del transporte de materiales en Cd. Guzmán, Jalisco. De las ciudades en las que comió, canto y durmió. Del apretón de manos que le dio a un comerciante de telas, el mismo que luego encontraría en películas, Pedro Infante. Y que conoció el ferrocarril, fue amante de la azúcar, los sopes, plátanos y supo que siempre le faltaba sal a algo desde la primera probada. Que pasó del tocadiscos de vinilo hasta los “disquitos” que pedía a sus nietos le grabaran con esa música ranchera.

 

Que donde dormirá siempre estará una pequeña lámpara para no quedar en la oscuridad total y una radio para escuchar la música “rancherita”, cuando se logre escapar el sueño sólo para volver a recordar.

 

Al final y después de todo, creo que sólo queda la idea de José Saramago: “siempre acabamos llegando a donde nos esperan”.

Siempre.

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La Bandera

Escrito por Jorge Anaya, 02 Dec.

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Desde el balcón de la Posada Silva sigo los preparativos del mitin. Pocos pueblos pueden presumir una perspectiva tan grandiosa como Molango, la tierra de mis padres: La plaza en declive, el quiosco, el infaltable busto de Juárez, las casas blancas con sus techos pintados de rojo y, más al fondo, la sierra imponente y el brillo lejano de la laguna de Atezca.

El templete recibe los últimos toques, el equipo de sonido está a punto, hay pendones en los postes y grandes mantas en las fachadas. Apenas pasa del mediodía y ya la gente empieza a juntarse en los portales para protegerse de la resolana. Parece que nos salvaremos de una de esas horribles lluvias serranas que hacen chiclosa la tierra colorada y causan deslaves en los caminos. El candidato debe llegar a las tres para comer con los notables locales. Para mí, aparte de la emoción de que mi líder visite este lugar tan entrañable, está el ingrediente adicional de revivir, si tengo suerte, un romance de juventud.

La bandera ondea plácidamente, como el día en que vi a Arminda por primera vez, pronunciando un mensaje de fin de cursos en la secundaria del pueblo. Era hija de una amiga de mi madre, y esa tarde me la presentaron en la fiesta que siguió a la ceremonia. Pronto tuvimos uno de esos idilios de vacaciones, con sus escapadas a lugares ocultos. Una tarde, cerca de la cascada, por poco vivimos nuestra primera experiencia sexual, pero una cabra desencaminada la frustró. Por un tiempo nos comunicamos por Messenger, luego cada quien se enredó en otras cosas. Según sé, tiene un hijo, fruto de un amorío con un taxista borracho y agresivo llamado Alfonso, de quien logró zafarse, pero que la sigue acosando.

Todos estos chismes me los ha pasado mi madre, que con frecuencia habla por teléfono con su amiga. Por eso Arminda supo que venía con la campaña y me mandó recado, junto con el número de su celular. Tengo curiosidad y, para ser franco, no descarto la posibilidad de completar lo que aquella vez quedó trunco. Sería una buena despedida de soltero.

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2

 

La plaza casi está llena; qué diferencia de antes, cuando apenas unas decenas se congregaban para oír a nuestro líder en estos poblados, donde el caciquismo serrano parecía invencible. En el salón de cabildos, donde se realiza la reunión de notables, ésto también se percibe, porque el líder dice lo que viene diciendo desde hace años, pero ahora muchos asienten y algunos hasta sonríen. Desde la mesa principal, Esteban, mi antiguo jefe en el gobierno de la capital y el que me jaló al equipo del candidato, me hace la señal del pulgar arriba. Aunque algunos todavía temen una jugarreta de los poderosos y no falta quien presagie un atentado, él y yo confiamos en que los signos de un futuro diferente son claros, incluso en estos rincones antes tan reacios.

Un tumulto en la puerta hace que todos volvamos la mirada. Gente airada forcejea con los guardias y exige hablar con el candidato. Los guardias empujan; desde su lugar, él levanta la voz y pide que los dejen pasar. Miradas hostiles siguen al pequeño grupo de Manifestantes al acercarse a la mesa principal. Me sorprende ver que Arminda viene a la cabeza. Su oratoria ha madurado; con voz clara y enérgica exige justicia por el asesinato de un maestro rural llamado Honorio, quien al parecer, abanderaba la lucha contra una minera transnacional que contamina tierras comunales en contubernio con caciques.

El candidato expresa solidaridad y compromete a las autoridades locales a encontrar a los culpables. Los activistas se dirigen a la salida con la cabeza erguida, desdeñando la expresión de quienes parecen decirles “se van a arrepentir”. Arminda pasa a mi lado sin mirarme, pero minutos más tarde una vibración me avisa de su mensaje: “Te espero en el Cementerio en un cuarto de hora”.

 

3

 

Bajando las escaleras me encuentro con Salcedo, el encargado de la seguridad.

No es santo de mi devoción, sobre todo porque me cuida como si yo fuera la mascota del grupo, supongo que por recomendación de Esteban.

Sin embargo, al verlo se me ocurre una idea.

—Oye, ¿podría usar la cámper un rato?

—¿La cámper? ¿Para qué, carnal?

—Un asuntito —le hago un guiño—. Ni siquiera la moveré.

Sonríe.

—Ah… okey. Pero si ensucias algo, lo limpias —se ríe de su gracia.

Rodeo la plaza por las calles laterales y subo por la escalera de la monumental espadaña de piedra hasta el Cementerio, como llaman aquí a la pequeña alameda frente al templo agustino del siglo xvii que es el orgullo de Molango. Al rato veo a Arminda pasar junto a la doble escalinata del teatro Nigromante hasta donde la espero. Me pregunto cómo convencerla de ir a la cámper cuando dice:

—Vamos adonde no nos vean.

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4

 

Como ya me temía, su deseo de reunirnos no tiene tintes románticos.

Quiere que abogue con el candidato para que se haga justicia al maestro.

—¿Era algo tuyo?

—Desde niños fuimos como hermanos. Tú no lo conociste porque en aquel tiempo él estaba estudiando en el Mexe. De allá se trajo esas ideas de luchar por los pobres y contra la injusticia. Y ya ves en qué paró.

—¿Sospechas de alguien?

—Aquí todos saben que fueron policías pagados por la minera. Pero este gobierno no va a hacer nada, aunque se lo hayan prometido al candidato.

—Quién sabe, de seguro él estará presionando.

—Pues a ver, pero por si las dudas, ahí te tengo a ti para que se lo recuerdes.

Por lo que veo, mi madre ha exagerado mi cercanía con el líder.

—Bueno. Haré lo que pueda.

Entonces la miro y sonrío.

—¿Y para mí no hay nada?

Sonríe también y se acerca a darme un beso. Con rapidez volteo hacia su boca; ella vacila un poco, pero al final cede y hasta colabora, pero cuando le meto la lengua y llevo mi mano a su pecho, se retira.

—No hay tiempo. A lo mejor el papá de mi hijo anda rondando por allí y no quiero un mal encuentro. A ver si otro día.

Y se baja de un salto.

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5

 

Camino por Ortiz de Letona para llegar a la plaza por el otro costado, pero cuando doy la vuelta en Juárez veo bajar corriendo por la calle empinada a un tipo moreno y bigotón.

—¡Pérese ahí tantito, cabrón! —me grita, llevándose la mano a la cintura.

Me quedo paralizado. Cuando está a pocos metros, de algún lado sale Salcedo con un guarura y lo sujetan.

—Usté venga para acá —le dicen, y pese a sus protestas y forcejeo se lo llevan hacia el Cementerio.

Todavía sudando frío y tras un rato de indecisión, opto por bajar a la plaza y abrirme paso hasta el templete. Un compañero me reconoce y, haciendo un gesto como de dónde andabas metido me ayuda a subir. El candidato está a la mitad de su discurso y los vivas y aplausos lo interrumpen a cada momento. Me dejo llevar por la euforia y cuando entonamos el Himno Nacional elevo la mirada a la bandera. Sus colores brillan a la luz del ocaso, como compartiendo la emoción.

Terminado el acto, todo son gritos y carreras porque esta noche el candidato cena con el gobernador en Pachuca y nos esperan más de dos horas de curvas entre pavorosos despeñaderos. Esteban me ordena subir a una camioneta que va de avanzada. Busco con la mirada a Salcedo, pero ha desaparecido.

 

6

 

Los días siguientes son una locura de mítines, entrevistas y encuentros con demandantes, simpatizantes y los buscachambas de siempre. El lugar de Salcedo ha sido tomado por un tipo que es su reverso: sombrío y hermético, pero al menos no anda todo el tiempo detrás de mí, aunque no puedo negar que ese cuidado me salvó de un mal rato. Quiero saber en qué acabó el numerito; me inquieta que el borracho haya descargado su coraje en Arminda, pero tanto el celular de ella como el de Salcedo me mandan a buzón todo el tiempo.

De regreso a la ciudad me dan unos días de asueto. El lunes me apuro para llegar temprano a la casa de campaña y en la puerta me encuentro a Salcedo, recargado en el muro mientras el Güero Emilio le lustra los zapatos.

—¿Qué pasó, mi donjuán? —saluda con sonrisa y guiño cómplice.

—Pues aquí, mira —respondo—. Oye, quiero comentarte algo.

—Claro. Nomás termino de darme bola, le pago al Güero y te alcanzo en mi cubículo. Está abierto.

Por fortuna la espera es corta. Cuando Salcedo entra, suena el teléfono; contesta con dos o tres monosílabos y cuelga.

—Tú dirás —me dice, con cara de todo oídos.

—Pues… quería agradecerte el paro que me hiciste el otro día en Molango.

Vuelve la sonrisa maliciosa.

—¡Ah, eso! Nada, nada, para eso estamos. Supongo que te fue bien, ¿no? Lo malo es que el galán de la doña se dio cuenta.

—El Alfonso es papá de su hijo, pero ya no tienen nada que ver. Bueno, eso dice ella. Por cierto, ¿qué fue de él?

Salcedo titubea.

—¡Ah! Pues mira, allí fue donde sin querer me ayudaste tú a mí.

Vuelvo a sentarme.

—No entiendo. ¿Dónde está Alfonso?

—Bien guardadito en la cárcel del estado.

—Pero… ¿por qué? No era para tanto.

—Oye, tampoco te creas tan importante.

Sonríe, conciliador.

—Es broma, hombre. Lo que pasa… bueno, al fin tú eres de confianza.

La verdad es que el buen Ponchito cayó como anillo al dedo para cargarle el bulto del maestro asesinado.

—¿Qué?

—¡Ni mandado a hacer, mano! Resulta que el maestro Honorio andaba muy pegado con la chava esa que habló con el candidato, la que te metiste a la cámper. Y tú mismo viste cómo era de celoso y violento el cabrón.

Salcedo mira su reloj y se pone de pie.

—Y ahora disculpa, carnal, pero voy a ver al jefe. Esto queda entre tú y yo, ¿eh?

Ahí en el frigobar hay jugos, tómate uno, te ves un poco palidón.

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7

 

—¿Cómo crees que voy a molestar ahorita al candidato con ese tema? —me dice Esteban—. Estamos a una semana del cierre de campaña, vienen las elecciones y no necesito decirte todo lo que está en juego.

—Pero Alfonso no fue…

—¿Tú cómo sabes? ¿Nomás por lo que te dijo la vieja esa? No seas ingenuo, mi chavo. Está muy rara esa relación de ella con los dos. Mejor ni te enredes. Es más, nunca te he hablado así, pero como jefe te ordeno que dejes el asunto en paz.

Al ver que quiero protestar, añade: —Además, el candidato ya le tuiteó una felicitación al gobierno local por la premura con que resolvió el caso.

No vamos a hacer que se desdiga ahora, ¿verdad?

—No, claro.

—Mira, pasada la elección y ya que estemos dentro, veremos lo que se puede hacer. Mientras, ni una palabra.

Me palmea la espada.

—¿Y cómo van los preparativos de la boda?

 

8

 

Entro a mi cubículo y me dejo caer en el sillón. Cuando empiezo a revisar pendientes, vibra el celular. Mi novia quiere saber si no he olvidado que por la tarde tenemos cita con la jefa de eventos del hotel donde será la recepción de la boda.

Alzo la mirada a la foto del candidato, su sonrisa limpia y franca, y detrás de él, la bandera ondeando victoriosa. Sonrío. A fin de año estaré estrenando hogar, empleo y nación. ¿Qué más se puede pedir?

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Lady Macbeth. Nacida para ser una reina

Escrito por Jazmín Alejandra González Mireles, 02 Dec.

No recuerdo cuándo fue que las noches comenzaron a ser el inicio de mi fin. La falta de sueño empezó por debilitarme, dejándome agobiada, y añorando un descanso que tal vez nunca tendré. Me mantiene en un estado despreciable, en el que estoy como ausente. A veces cierro los ojos, y casi puedo sentir el regazo de mi madre. Su calor me transmitía tanto amor y paz. Amor y paz, parece que nunca volverán…

Mi madre era quien estaba a cargo en la casa, ella nos protegía, me protegía. Mi padre nunca tuvo las agallas, ni el coraje, de enfrentar nuevos retos para salir de la miserable condición en que nos encontrábamos. Teníamos un nombre noble, pero carecíamos de fortuna.

Perdí la cuenta de todas las veces que escuché a mi madre decir que mi padre no era un “hombre”, al menos no uno de verdad. Al principio no lo comprendía, él era bueno. Me llenaba de mimos y abrazos todo el tiempo. Siempre fue cariñoso… Pero cuando crecí lo comprendí… Él era débil.

Se supone que era él quien debía protegernos a mi madre y a mí, pero cuando la situación era tensa y había que tomar una decisión, se petrificaba, miraba al vacío ¡Cómo si ahí estuviera la respuesta! Mi pobre madre fue quien tuvo que ideárselas para arreglar nuestra situación. Fue ella quien planeó, negoció y dio la cara, para que nuestra familia sea reconocida, para que fuera de prestigio.

Hizo todo por mí, para que tuviera la vida que merecía, la vida de una reina… al menos, casi como una. Nadie, ni siquiera ella, podrían haber adivinado mi suerte, la de convertirme en una reina, pero me estoy adelantando... Pobre de mi madre, se casó con un inútil, un cobarde. Con el tiempo, a pesar de querer frenar este sentimiento tan negativo al ser que me dio la vida, no pude evitar sentir asco por él.

Nunca pensé casarme por amor. Mi madre siempre me dejó en claro que todo su esfuerzo y sacrificio, eran para que alguien con un buen nombre y posición, me desposara. ¿Era un capricho de mi madre pedirme aquello? Claro que no. Era lo mínimo que yo podía hacer. Estaba dispuesta a eso.

Yo era joven, hermosa, encantadora y, gracias a mi madre, gozaba de privilegios. Era asediada por muchos. Pero mi madre era muy estricta, quería escoger al mejor candidato posible, no a cualquier charlatán con título que fanfarroneara de su fortuna. Ella aprendió de sus errores y no se equivocaría en escoger un buen marido, no otra vez.

Rechazó a varios candidatos hasta que llegó Macbeth. Macbeth era el más fuerte, el más noble y más valiente de todo el reino. Era gallardo, tan encantador, que sutilmente y sin vuelta atrás, caí bajo sus encantos y encontré un amor con el que nunca había soñado.

Mi madre le admiraba, y le dio el sí. Ella solía decir “¡Ni el mismo rey podría ser merecedor de ti como Macbeth! y ¡aunque él fuera el mismo rey no podría ser más perfecto!” En ese tiempo ni siquiera lo pensé, ni soñaba con que Macbeth se convertiría en rey. Mi madre conocía de lejos al rey Duncan y decía que no tenía carácter o al menos, no tanto como Macbeth.

Amé a mi esposo con toda la fuerza que solo una mujer es capaz; él me amó, con lo más profundo de su ser. Estoy convencida que yo era su todo, y que haría lo que fuera por mí – y lo hizo – me sentía la más dichosa de las mujeres.

¡Qué mujer no querría ser Lady Macbeth!

A pesar de años de feliz matrimonio nunca tuve hijos. Las demás mujeres empezaban a hablar pestes de mí, ¡Viejas arpías! ¡Brujas envidiosas! Debería ocuparse de su propia vida…

Brujas…

El recuerdo de la primera vez que leí la carta de Macbeth esta pregnado en mi memoria, tan palpable, tan vivido, que puedo volver a ese instante como si estuviera pasando en el momento. Aquella ocasión fue como una respuesta a mis oraciones de media noche, era algo que necesitaba, pero aún no lo sabía.

Yo nací para ser reina, tal vez no madre, pero si una reina. 

Ahora que ha pasado el tiempo, muchas veces luchó por no arrepentirme o reprocharme…Tuve que hacerlo, Macbeth tenía que ser rey ¿Quién mejor que él? Nadie. Él es el más capaz, el más valiente, el más gallardo…

Lo extraño.

Quisiera que viniera más seguido a nuestra habitación. Sé que él tampoco duerme, así, nos haríamos compañía… como antes. Lo extraño demasiado, que duele hasta las entrañas. Extraño esas noches donde todo desaparecía y solo estábamos él y yo. Nada importaba, solo nosotros y nuestro amor, amor tan profundo y cálido que nos fundía en una armonía para ser uno solo.

Sé que lo que hicimos fue lo correcto, fue por ti, por nosotros, para tener lo que siempre deseamos… pero el costo está empezando a pesar demasiado sobre mi espalda… y creo que sobre la tuya también… Los años de mi vida se empiezan a multiplicar como si hubiera vivido tres vidas.

¿Eres tú mi señor? ¿Has venido finalmente a mí? ¿Acaso escuchaste mi llamado? Pues bien, ven a mí, volvamos a sellar nuestro amor como dos jóvenes apasionados que acaban de contraer nupcias, como dos golondrinas que emprenden su vuelo a cielos más altos.

Vuelve a ser mío y volveré a ser tuya.

Entre sombras y borrones, mi cuerpo se desploma poco a poco, pero yo aún espero ese último beso ¡Sé que vendrá! Porque aunque él no es más mío, en este momento, vuelvo a ser suya.

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Calles de ladrillo rojo

Escrito por Daniel Escorza, 02 Dec.

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¿Qué tienen en com.n personajes tan disímbolos como el luchador social mexicano Rub.n Jaramillo y el pintor Vincent Van Gogh; el revolucionario zapatista Benigno Zenteno y el jefe de las fuerzas nacionalistas chinas Chian Kai-Shek; el exsecretario general de la onu Kofi Annan, y Asa Griggs Candler, fundador de la compañía Coca Cola? En algunos casos, quizá muy poco, o nada. No obstante, un rasgo común entre ellos es que profesaban, en algún grado, la misma fe religiosa: el metodismo.

De acuerdo con el Diccionario de Religiones (Pike, 1986, p. 308) el metodismo es un “movimiento que nace de la predicación de John Wesley en el siglo XVIII y que ahora comprende iglesias en casi todo el mundo”. En efecto, este movimiento religioso devenido en una rama del protestantismo mundial, surgió. en Gran Bretaña y a sus seguidores se les comenzó. a llamar “metodistas”, en primera instancia como una alusión peyorativa, en razón de su excesivo formalismo y todo para realizar sus actividades. Con el tiempo, el nombre adquirió carta de naturalización en esta denominación protestante. De esta forma el movimiento se extendió. por todos los dominios del Imperio brit.nico y de los Estados Unidos. Formalmente esta rama del cristianismo comenzó. su historia en Pachuca en 1874. Aunque sus antecedentes se remontan por lo menos a cincuenta años anteriores a este año, ya que desde 1826 llegaron los primeros metodistas cornish a Real del Monte y a Pachuca.

Este libro cuenta una breve historia de los metodistas en Pachuca. El título no hace referencia a una historia institucional, sino a hombres y mujeres insertados en la sociedad pachuqueña, en un contexto histórico y cultural que toma en cuenta la segunda mitad del siglo XIX, hasta los años finales del siglo XX. En este lapso fueron notables las casas y edificaciones que utilizaron el ladrillo rojo para su construcción, como aquella donde se aloja el Colegio Hijas de Allende y que después fue ocupado por la Escuela Primaria Julián Villagrán, hasta el año 2016 (hoy este edificio se encuentra abandonado). Otras construcciones de este material tienen la impronta de los ingleses, aunque no necesariamente metodistas. Por ejemplo el inmueble que aloja la Primaria Justo Sierra, situado a unos cuantos metros de la escuela metodista; el Hotel Grenfell, en la Plaza Independencia, y algunas casas que todavía están en pie en el centro de la ciudad.

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De todas estas construcciones cuyo exterior es el ladrillo rojo aparente, destaca desde luego el templo metodista en la esquina de las calles de Allende y Julián Villagrán. La utilización de este material es una característica del centro de la ciudad y en gran parte se debe a la influencia industrial británica.

El presente estudio no pretende abarcar la totalidad de la historia del metodismo en Pachuca. Más bien, su propósito es explicar cómo esta expresión espiritual minoritaria tuvo una inserción social y cultural en una ciudad mayoritariamente católica constituida en un principio por una sociedad cerrada y tradicional. Con ello se intenta explorar y dar a conocer una breve historia del legado cultural de esta variante del cristianismo en Pachuca y de lo que ha significado socialmente en más de 140 años de presencia en la capital del estado de Hidalgo y sus alrededores.

Se ha disminuido —en la medida de lo posible— el excesivo y a veces farragoso aparato crítico que contiene toda obra historiográfica, con el propósito de que el lector no especializado encuentre un texto limpio y amable para su lectura. En descargo, al final se proporciona una bibliografía  básica, amén de que dentro del texto se remite a algunas obras que sirven como base a lo que se ha escrito.

Sirva esta investigación para contribuir a la explicación de la posmodernidad religiosa en este siglo XXI, en donde podemos encontrar asociaciones religiosas de lo más diversas y por otra parte, en donde la tradición evang.lica-protestante pretende unificarse con el nombre generalizado de “cristianos”. En los últimos treinta años han crecido exponencialmente los grupos y congregaciones cristianas en Pachuca, de tal manera que hoy se cuentan más de 120 organizaciones religiosas de este tipo, que en su conjunto rebasan en una proporción de más de cinco a uno los templos católicos. La historia de la diversidad religiosa en nuestra ciudad capital del estado de Hidalgo comenzó hace casi 200 años.

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El sueño de Meche

Escrito por Adip Juárez, 02 Dec.

Exactamente hace un año enterramos a Margarita; ¿Qué relación puede tener un sueño, con la muerte de una persona?

Seguro es lo más raro que ha ocurrido, en San Juan de la Montaña, Jalisco. 

Como cada 16 de Junio se realiza la Feria del Pueblo, la llegada de gente de las rancherías da vida a San Juan de la Montaña, una iglesia amarilla con dos campanarios avisaba el inicio de las alegres festividades. Llegaron de visita la tía Rufina y el tío Ramiro con los primos, Mariano, y Margarita, quienes como cada año traían obsequios para todos, elaborados en el taller del abuelo, ellos viven en Santa Cruz de las Huertas donde se hacen esculturas con barro “betus”, yo recibí un puerquito de alcancía con la trompa negra pájaros y flores rodeándolo y Meche recibió una palomita “ocarina”, eran al parecer los últimos regalos ya que mi abuelo Miguel que era el encargado del taller de alfarería y falleció unos meses antes.

El jueves después de la misa, cenamos churros con chocolate caliente, que fueron un manjar, los primos dormimos en un solo cuarto, bajamos los colchones y listo ¡cuatro camas!, a las 3:25am se levanta Meche ahora sé que es sonámbula, camina al cuarto de mis papás, se acerca a mi mamá y con una voz ronca le dice:

-¡Ya vez, ya te quemaste Leonor!, ora a poner agua fría -

Al día siguiente comimos tarde y mi mamá preparaba “Jericallas” de postre, mezclaba a la leche hirviendo con canela y azúcar, acerca el codo y da un golpe al asa de la olla, esta se balanceo, salpico y quemo el ante brazo derecho de mi mamá, inmediatamente puso el brazo en el chorro de agua mientras mi tía Rufina cortaba una penca de sábila.

Meche me despertó, esa noche, estaba riendo a carcajadas, se le quedo viendo a Mariano y le dijo con voz de burla:

-¡Ah sí serás conejo, eso tiene que doler!

Después de un día sumamente aburrido, decidimos salir a la feria, en el puesto de tiro al blanco, por 10 pesos te dejan tirar 12 balines a animalitos de plomo, tornillos y canicas dispuestas en filas, el primo Mariano tomo con su mano izquierda, la culata de madera despostillada, y con la derecha trata de amartillar la palanca, al ver que no puede y ya desesperado, el señor del puesto le arrebata el arma y con dos dedos amartilla, apunta a sus primeros objetivos sin dar a uno solo, el cuarto tiro le da a una gallina, y los últimos tiros los reparte entre todos, Margarita tiró un gato y un clavo, Meche tiro una canica y yo un conejo, los últimos tiros desperdiciados por Mariano, no sin antes dispararle un balinazo en la espalda, al encargado del juego, con la cara extremadamente roja como trasero de mandril, se voltea, toma uno de los rifles y dice: -¡Donde te agarre pinche chamaco!. Mariano aventó el rifle y corrimos como alma que lleva el diablo, hasta llegar a la casa. Hasta ese momento comencé a relacionar los sueños de Meche con lo que pasaba, lo raro era que incluso su voz cambiaba. 

Eran las 2 y media de la madrugada me empezó a ganar el sueño, todos dormíamos profundamente, escuche ruidos abrí mis ojos muy lentamente, vi entre sombras a Meche hincada junto a Margarita, me acerque para levantarla y acomodarla en su cama, sus ojos abiertos con su mirada fija en Margarita, como si hubiera visto un fantasma, lágrimas brotaban sin parar, lanzó un grito que despertó a todos en la casa, meche se desmayó en mis brazos, mis papás llegaron de inmediato –Rosendo trae alcohol dijo mi mamá- mi papá voló a la habitación por él, humedeció un algodón y lo acercaron a la nariz, Meche comenzó a reaccionar sin recordar nada.

Nadie me creyó, me decían que todo era coincidencia, mi corazón se me aceleró, al punto de creer que se iba a salir de mi pecho, nadie pero nadie me entendía, pensaron que estaba loco.

Transcurrió el día siguiente todo en tranquilidad, con el asunto de la pesadilla (como le decían) casi olvidado, nueve y cuarto de la noche ya casi a punto de dormir, creí que ya todo estaba bien, que si, efectivamente era una pesadilla y pasando este día, ya nada sucedería, después de unas ricas tortas ahogadas ya a punto de ir al cuarto, escuchamos un grito de la tía Rufina ¡Magos no!, todos corrimos, llegue al cuarto de mi tía con un nudo en el estómago, tendida en la cama estaba margarita, fría con la mirada perdida, a los pocos minutos llego el doctor José, con una rapidez increíble, le reviso los ojos con una lámpara, checo sus latidos y la respiración, volteo a ver a Rufina, movió su cabeza, la miró y le dijo que ya había muerto.

Después me entere que mi prima, tenía un tumor cerebral, que al parecer no había sido detectado, sin embargo, mis tíos nunca regresaron a la casa, no sé, si por los recuerdos, resentimiento o miedo a mi hermana Meche, quien desde ese día dejo de hablar dormida, extrañamente también se le había roto la ocarina del abuelo Miguel, tal vez sea cierto lo que dicen; “Que parte del alma del artesano se queda en sus creaciones”.

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La mejor elección

Escrito por Valentina Rosales, 02 Dec.

 

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Como todos los sábados, desperté temprano. Me subí al auto de mi madre y nos pusimos en marcha hacia el infierno. Se preguntarán de qué estoy hablando, pues me refiero a la casa de Diego, mi padre. Hace más de un año que no lo llamo mi “padre”, dejó de serlo desde su gran error. Al estar tan centrado en mis pensamientos, no me di cuenta de que ya habíamos llegado. Intenté convencer una última vez a mi madre para que no me dejara ahí, pero como si del aire mismo se tratara, me ignoró por completo. Solté un gran y pesado suspiro y me dirigí a la cajuela por mi maleta. Unos segundos después, se escuchó esa voz que no deseaba escuchar...

—Hijo, cuánto tiempo sin verte.

—Sólo ha pasado una semana —dije sin mirarlo.

—Bueno, pasa.

Me despedí de mi madre, quien me susurró “por favor, no seas grosero”. Le dediqué una pequeña sonrisa y me dirigí al interior de la gran casa de Diego. Él es un gran empresario, tiene la fortuna que todos desean, pero siendo sincero, nunca me gustó, al menos no después de que se separara de mi madre. 

Una vez adentro, me fui directo a mi habitación, acomodé la ropa de mi equipaje y me recosté en la cama. Sin más que 16 

hacer, me puse a revisar mis redes sociales y a ver videos por internet. Pasaron dos horas desde que llegué, no quería bajar y enfrentarme al interrogatorio que siempre me hacía Diego. “¿Cómo te ha ido en la escuela? ¿Tienes algún nuevo amigo? ¿Cómo está tu madre? ¿Quieres comprar algo?”. La última pregunta es la que más odio, Diego piensa que al comprarme cosas la situación va a cambiar. Por estar tan entretenido, no me di cuenta de que Lucía, la empleada de Diego, entró a mi habitación.

—Disculpe la interrupción, pero su padre quiere que baje a comer.

—Claro, en un segundo bajo.

Lucía se fue y yo bajé. Cuando llegué a la cocina vi a Diego sentado... ¿acaso estaba esperándome? Sin tomarle mucha importancia, me senté y segundos después, me sirvieron la comida. Les di las gracias y empecé a comer. No voy a mentir, la comida estaba deliciosa, pero no lo expresé.

Cuando acabamos de comer, Diego se dirigió a la sala, prendió la televisión y se puso a verla. Iba a irme a mi habitación cuando escuché que Diego me llamaba. ¡Rayos! Y yo que pensé que me había librado del interrogatorio. Me senté en uno de los sillones y esperé a que las preguntas comenzaran, pero lo que me sorprendió fue que Diego no me llamó para eso. Cuando presté la suficiente atención, me di cuenta que en las noticias estaban diciendo que había algo en las calles, no entendí muy bien qué, pero... ¡no, no, no, no, esto no puede estar pasando!

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“Así es Marco, nadie puede salir de sus casas. Por nada del mundo, a no ser que quieran enfermarse y morir.”

—¡¿Qué?!17 

—Tranquilo, Nico. Todo estará bien, tenemos suficiente comida que nos puede durar un buen tiempo.

—¡Nada está bien! ¿Qué pasa con mamá? Yo no pienso quedarme aquí ¡Y menos contigo!

—Nico, entiende que no podemos salir. Te puedes enfermar y morir.

—¡Prefiero estar muerto que contigo! —Sin dejar que dijera otra palabra, subí a mi habitación, me encerré y deseé que todo esto fuera una pesadilla. Lo único que quería era estar con mi madre y alejarme de este lugar.

Han pasado tres semanas, tres semanas con Diego. No puedo creer que no me haya dejado regresar con mi madre, ella me dijo que estaba bien. Cada día hablamos y ella me intenta calmar, pero ¿quién estaría calmado mientras se encuentra encerrado con la persona que más odia sin poder hacer nada, porque tienes que quedarte en su casa? Lo sé ¿a quién no le gustaría estar en una mansión? Pues a mí no, porque estoy con él. Lo bueno es que esta casa es muy grande y sólo tengo que estar con él cuando comemos. La mayoría del tiempo me la paso en mi cuarto, pero a veces voy al minicine o a la piscina. Él ha intentado que nos llevemos mejor, pero yo no quiero ¿Cómo te llevas bien con alguien a quien no quieres?

“Han pasado ya 84 años...” Aunque, en realidad, llevamos mes y medio así. El gobierno implementó medidas para que las personas tuvieran una forma de obtener alimento. Así que cuando querías comprar algo, llamabas a un número especial, ellos compraban todo por ti, después les pagabas y te lo llevaban a casa. Era muy raro ver a un tipo con traje parecido al de un astronauta llegar a tu casa con las compras, pero era por 18 

nuestra seguridad. Para pasar el rato, le pedí —por primera vez en mucho tiempo— a Diego que me comprara legos. Sé que suena extraño ¿un chico de 15 años pidiendo que le compren juguetes? Pues sí, adoro los legos, me encanta armarlos, pero no jugar con ellos. Cada vez que Diego pedía las compras, le pedía un lego, ya que cada dos semanas llegaban las compras y era lo primero que agarraba. De vez en cuando le agradecía, lo odiaba, pero no por eso iba a ser un maleducado.

—¡Nico! —gritó Diego desde abajo.

—¿Qué pasa?

—¡Llegaron las compras!

—¡Ahorita bajo! —bajé corriendo las escaleras y al verlo...

—Wow, sí que es grande.

—Sí, vi que los otros los acababas muy rápido y pensé que estos te gustarían más.

—Gracias, pa’ —¡rayos!, no pensé antes de hablar.

—De nada, hijo —su voz se escuchaba como si estuviera a punto de llorar.

—Bueno... iré a mi habitación.

—Claro —dudé mucho en decirlo, pero...

—Papá.

—¿Qué pasa?

—¿Quisieras ayudarme?

—Pensé que nunca me lo preguntarías, ¡vamos!

Sé lo que piensan: “¿no que no lo querías?”. Para ser honesto el lego se veía muy difícil y después de tres días logramos acabarlo. Creo que Diego no es tan malo como yo creía. Sí, cometió errores, pero todos los cometemos. He intentado acercarme más a él en estos días, ya llevamos casi dos meses 19 

y medio aquí y tenía que hablar con alguien que no fuera mi reflejo. Diego estaba muy feliz de que después de casi dos años, por fin quisiera estar cerca de él, sin que mi mamá me obligara, o sin tener cara de fastidio. Se me había olvidado lo divertido que era pasar tiempo con mi padre.

Esta semana ya cumplimos tres meses sin salir de casa y la verdad es mucho más divertido estar con él. Me cuenta chistes y me hace reír con mi sombra. Le comenté a mi madre que estos días estuve más con papá y se sorprendió demasiado. En serio, ¿tan extraño era que lo llamara papá? No lo sé, pero ya no tendré que llamarlo por su nombre. Él era el más feliz porque lo llamara pa’ o papá, muy en el fondo de mi ser, yo también extrañaba decirle así, pero mi orgullo no me dejaba.

Después de mucho tiempo, anunciaron en las noticias que ya podíamos salir de nuestras casas. Yo estaba muy feliz, por fin podría volver a ver a mi madre, a mis amigos, a todos, ya quería que ese día llegara. ¡Después de muchísimo tiempo, por fin podíamos salir! La alegría que sentía en ese momento era indescriptible, guardé mi ropa en mi maleta, me di una ducha rápida y cuando llegó el momento, salí disparado hacia mi madre que estaba afuera esperándome.

—¿Cómo estás? ¡Ay! mi pequeño, te extrañé mucho —dijo abrazándome.

—Ma, estoy perfecto.

—Y ¿qué dices?, ¿nos vamos a casa?

—Sí, pero creo que ahora ésta también es mi casa.

—Esta siempre fue tu casa hijo.

—Gracias, papá.

Desde ese día ya no me molestaba ir los fines de semana, 20 

antes mi mamá me tenía que llevar arrastrando. Ahora es diferente y me di cuenta de algo; la vida tiene dos lados, el bueno y el malo y tú decides cuál escoger.

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Piscis

Escrito por Aleqs Garrigóz, 02 Dec.

Soy de los que ahogan el mundo en una lágrima.

 

De los que sobrenadan un océano de melancolía.

Porque es fácil para el ojo ver la maldad perpetua,

y para el sentimiento anegarse

de luces estériles apagándose: imagen

e intuición del misterio

con el que tras una cortina de gasa

el universo sufre.

 

Vivo tranquilamente

en el miedo de mí mismo; en un acto pequeño y tímido

consumado con nobleza, pero a desgana.

 

Me enternezco al mirar una lápida. Y ése es mi orgullo.

Leal a las palabras y a los silencios

en que mis horas se desposan y desgranan en el vacío.

 

Soy de los que lloran porque la espina de su corazón está sola.

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La vocación intercultural de alas para crear: una apuesta por las mujeres en situación de cárcel

Escrito por Elvira Hernández Carballido y Raúl Arenas García, 02 Dec.

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Género, comunicación e interculturalidad nos ha permitido identificar el escenario de las mujeres que fueron juzgadas y sentenciadas a prisión y que luego de cumplir su condena, buscan una segunda oportunidad para rehacer su vida. Sin embargo, hacerlas visibles no basta; es necesario reconocer que sus historias delatan una gran variedad de matices y advertencias, de hechos y discriminaciones, de luchas y retos que no ocultan las diferencias entre hombres y mujeres hasta en situaciones de justicia e injusticia, de readaptación e integración a la sociedad. En efecto, bien dice la investigadora Marcela Briseño (2003) que las mujeres en situación de cárcel enfrentan un doble cautiverio:

1. El primero es su cautiverio por el simple hecho de ser mujeres, el mismo que les asigna la sociedad patriarcal que les exige un deber ser donde su rol está marcado por dedicarse

a ser para los otros con un perfil de abnegación, debilidad, obediencia y bondad.

2. El segundo es su cautiverio de presas como tal, mujeres que se vuelven cautivas de un sistema de justicia indiferente a las repercusiones del castigo tales como la exclusión y el etiquetamiento al que se enfrentan como mujeres en situación de cárcel, quienes al estar en prisión son abandonadas y olvidadas por sus familias, y al quedar en libertad enfrentarán estigmas y prejuicios.

En este contexto, en el estado de Hidalgo dos mujeres han apostado por romper con ese doble cautiverio y fundaron la asociación Alas para crear. Se trata de las hermanas Daniela y Reyna Hernández, que desde 2017 han trabajado con gran compromiso y una total vocación intercultural. Dicha vocación, como ha explicado Sarah Corona (2013), aprovecha la comunicación como la herramienta para la convivencia en el espacio público de todos los diferentes, de todos nosotros.

Esta asociación se fijó como objetivo trabajar con mujeres que han estado en situación de cárcel y ha hecho un gran esfuerzo por demostrar esa vocación intercultural; además apuestan para crear estrategias que permitan la reinserción integral de las mujeres que vivieron en esa condición [...]

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Un cautiverio doble

Marcela Lagarde recibió en 1989 el Premio Mauss a la mejor tesis doctoral de la Facultad de Filosofía y Letras, el trabajo se tituló Los cautiverios de las mujeres. Madresposas, monjas, putas, presas y locas. La obra aporta cuestiones básicas para analizar a profundidad la subjetividad femenina y la manera en que la sociedad patriarcal ha logrado “encerrarlas” en cautiverios, “una categoría antropológica que sintetiza el hecho cultural que define el estado de las mujeres en el mundo patriarcal: se concreta políticamente en la relación específica de las mujeres con el poder y se caracteriza por la privación de la libertad”. (Lagarde, 1993, p. 151)

Las mujeres están cautivas porque en esta sociedad patriarcal han sido privadas de autonomía, de independencia para vivir, del gobierno sobre sí mismas, de la posibilidad de escoger, y la posibilidad de decidir. La autora caracteriza a las mujeres en cuanto al poder de la dependencia vital, el gobierno de sus vidas por las instituciones y los particulares (los otros), la obligación de cumplir con el deber ser femenino y de su grupo de adscripción, concretado en vidas estereotipadas y al parecer, sin opciones. Todo esto es vivido por las mujeres desde la posición de subordinación a que las somete el dominio de sus vidas que, en todos los aspectos y niveles, ejerce la cultura patriarcal. Entre los cautiverios que considera en su obra está el de presas, significativo para este trabajo.

Se destaca que todo cautiverio implica una prisión: un conjunto de límites materiales y subjetivos, de tabúes, prohibiciones, y obligaciones impuestas en la subordinación. La prisión es una institución punitiva y formativa: mediante el castigo de unos cuantos, se erige amenazadora y ejemplar, como futuro para quienes se atrevan a transgredir las normas hasta pasar la tolerancia de los poderes. En un primer acercamiento a este cautiverio, precisa:

Las presas concretan la prisión genérica de todas, tanto material como subjetivamente: la casa es presidio, encierro y privación de libertad para las mujeres en su propio espacio vital. El extremo del encierro cautivo es vivido por las presas, objetivamente re-aprisionadas por las instituciones del poder. Sus delitos son atentados que tienen una impronta genérica específica; su prisión es ejemplar y pedagógica para las demás (Lagarde, 1993, p. 644).

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Samsara

Escrito por Jorge Hernán Quintero Orduz, 02 Dec.

Estaba solo en su hogar diluyendo su pensamiento entre los objetos que recordaba y los que tenía la certeza de no haber visto nunca y estaban ahí; no creyó que hubiese un ladrón inverso que en vez de arrebatarle todo, le llevara cosas; tal vez un Robin Hood de una época moderna perdido en los delirios que solo una mente enferma causaría. Era imposible.

Se sentó en su sofá, sentía que era su sofá; seguía recorriendo con la mirada toda la estancia que estaba repleta de estantes, libros, instrumentos musicales, ciertas plantas e insectos disecados en un escritorio, entre otras cosas que pululaban en su mente; era como si alguien más hubiese estado viviendo allí, no obstante, vivía solo.

Lo que había empezado como un malestar menor, la incertidumbre de habitar un lugar desconocido y al mismo tiempo desbordado de recuerdos, se convirtió en un ligero dolor de cabeza. Se levantó con pesadumbre, intentado acordarse de qué podría haber pasado el día de ayer, pero no venían a su mente más que imágenes de ese día, ninguna reminiscencia se anidaba en su cabeza. Fue a su cocina, o a la cocina de ese otro que habitaba allí con él; quizá se escondía en las paredes o bajo el piso; algo poco probable, vivía en un séptimo piso de un edificio de departamentos, varios por cada piso.

La pesadumbre se había transformado en terror, algo no estaba bien, algo no se escuchaba bien cuando lo decía en voz alta: ¿cuánto tiempo llevo viviendo aquí? Por sus dilaciones mentales se cruzó la idea de que él fuese el intruso, y si alguien más vivía allí y él invadía en su lugar; y si ¿Él era el loco?

El ligero dolor de cabeza se convirtió en una jaqueca insoportable, punzadas en la sien lo hacían doblarse poco, sentía como si una mano invisible estrujara con fuerza su cerebro. Agarró de encima de su refrigerador un frasco de pastillas para la migraña; tomó cuatro esperando que el sufrimiento se disipara. Salió de la cocina y se recostó de nuevo en el sofá. Seguía sintiendo que algo estaba distante en sus recuerdos, el dolor de cabeza no lo dejaba pensar con claridad.

Antes de darse cuenta se había quedado dormido. Al despertar un dolor más intenso que el de horas antes lo hizo gritar, fue como si una granada hubiese explotado en sus oídos y el sonido lo hubiese partido a la mitad. Se puso en pie con mucha dificultad, el dolor lo hizo arrodillarse y tomarse la cabeza, creyó por un instante que su cabeza estallaría en medio de la estancia, esa estancia que aun creía que no era suya. Ese dolor fue tan fuerte que le hizo perder la conciencia.

Esa noche había perdido la memoria. No fue un golpe. No era la primera vez que reiniciaba su día como un hombre nuevo, quizá esta vez sería Juan, o Lucas, quizá algún Diego u otro Camilo, que empezará su día dudando de su existencia como dueño de ese lugar, tan suyo como impropio; tan distante, pero parte de su existencia de vida, muerte y resurrección, un ciclo interminable de sufrimiento.

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Factor ingenio. Una ruta hacia las olimpiadas de matemáticas

Escrito por Moisés Martínez Estrada, 30 Nov.

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Olimpiada Mexicana de Matemáticas - Hidalgo

Hidalgo tomó parte en la OMM desde su segunda edición en 1988, y fue sede en la XXVII OMM en 2013, en San Miguel Regla. Antes de 2003 no se implementaba una convocatoria estatal como esta, pues la difusión del concurso era escasa y el examen se aplicaba exclusivamente en la ciudad de Pachuca, dejando fuera a la mayor ıa de los municipios del estado.

En diciembre de 2002, el Honorable Consejo Universitario de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH) creó el Centro de Investigación en Matemáticas Aplicadas (CIMA), hoy Área Académica de Matemáticas y Física (AAMyF), y en febrero de 2003, se constituyó el Comité Olímpico Estatal de Matemáticas (COEM), que en mayo del mismo año organizó la XVI Olimpiada Estatal de Matemáticas de Hidalgo. Desde entonces, el COEM coordina, organiza y difunde la ahora llamada Olimpiada Mexicana de Matemáticas-Hidalgo (OMM-Hidalgo), la cual se realiza anualmente entre los meses de febrero y marzo con actividades simultáneas en 16 sedes al interior del estado.

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De 2003 a 2010, el concurso constaba de un solo examen con 6 problemas abiertos, es decir, deberían justificar clara y detalladamente sus respuestas. En 2011, cambió el formato, este consistía en 2 partes: la primera de 10 problemas de opción múltiple y la segunda de 3 problemas abiertos, ambas se resolvían el mismo día. En 2015, se renovó el formato por el que se utiliza hasta hoy. El concurso estatal se lleva a cabo en 2 etapas: la primera consta de 15 problemas de opción múltiple. Entre 5 y 10% de los participantes con puntaje más alto pasan a la segunda etapa, que consiste de 4 a 5 problemas abiertos. Se otorgan aproximadamente 30 primeros lugares a los participantes de la segunda etapa, y son ellos quienes conforman la preselección estatal. Se invita, además, a los  ganadores de medalla o mención honorífica en la OMM del año anterior para formar parte de la preselección, independientemente de su actuación en el concurso estatal.

Los integrantes de la preselección entran en el programa de entrenamientos cuyo objetivo es preparar y seleccionar a los alumnos que representarán al estado de Hidalgo en la Olimpiada Mexicana de Matemáticas de ese año.  El programa de entrenamiento se realiza en el Área de Matemáticas y Física de la UAEH y está a cargo del  COEM. El equipo de entrenadores está formado por profesores investigadores adscritos al AMyF y cuentan con el apoyo de alumnos avanzados y exalumnos de la Licenciatura en Matemáticas Aplicadas de la UAEH y algunos exolımpicos. Los entrenamientos inician en marzo y se prolongan hasta noviembre.

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Día final

Escrito por Citlalli Cajigas Bodegas, 26 Nov.

Cada vez que entraba a la habitación era inevitable ser hostil, permanecer ahí era un martirio. Uno de los dos debía irse.

Él salía y entraba de la casa sin importarle las reglas que habíamos establecido en un principio, como si no le interesara el discurso que repetía de forma malhumorada todos los días.

En una ocasión quise salvar nuestra relación, pese a que se encontraba dormido, todo sucio y pestilente sobre la cama forrada por sábanas de algodón egipcio que la abuela me había obsequiado en un cumpleaños. Contuve las fuerzas para que ni una palabra se escapara. Le puse mi mano en su cabeza, apenas se deslizaba como niño en tobogán hacia su rostro cuando se incorporó de un movimiento y me miró furioso, dándome la espalda saliendo del dormitorio. Desde ese momento comprendí que el vínculo estaba perdido.

Mi madre lo defendía, mis amigos, mis compañeros de trabajo y hasta los vecinos lo invitaban a comer de vez en cuando. La mala era yo.

Un día, al regresar a casa, la señora Flores, quien vivía justo frente a nosotros —testigo de mis gritos y arrebatos— me sugirió buscar ayuda profesional para controlar mi genio, confesando que ella había pasado por lo mismo y ahora era muy feliz, pero que en definitiva él no tenía la culpa. Le sonreí prometiéndole tomar su consejo.

Abro colérica la puerta, presentía su condena en tinieblas. Al entrar lo veo en el sillón dormido como un querubín. Tomo una bolsa para basura de la cocina y camino sigilosa para no despertarlo, cubro su cabeza muy rápido, antes de que pudiera tener consciencia, así confundiría la realidad con un sueño. Veo su cuerpo robusto moviéndose por instinto. Al cabo de unos minutos, muere. Al fin, uno se fue.

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Relatos que dan pavor

Escrito por Irma Ibone Martínez Morgado, 23 Nov.

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I. Claudio

No me asustan los nahuales, ni los zombis, menos los fantasmas o vampiros. Los jinetes sin cabeza dan lástima y las lloronas pena ajena. Me aterran las historias de amor inconclusas, las distantes, las cobardes, de las que duele la nostalgia por lo que pudo ser y no fue. Las imposibles, aquellas que sólo crean desencuentros, las que se delatan con las miradas y no se actúa, las que se envían extensas cartas y mensajes, pero no hay hechos que las hagan realidad. Peor que monstruos, son las palabras que una vez lanzadas, hieren profundamente instalándose en lo más profundo del alma a podrir desde, dentro el cuerpo del amante no correspondido. Los hartazgos por compartir la cama y respirar el mismo aire rarificado, y hablar sin decir nada y mirar sin entrar por los ojos del otro. Tocar las manos sin erizar la piel, besar sin conexión, abrazar con brazos de serpiente, asfixiando, comprimiendo el saco de costillas en el que se va convirtiendo el cuerpo abandonado. Eso si da miedo, permanecer en estación invernal a perpetuidad, sin florecer, sin arcoíris, sin tormentas, sin torbellinos, todo en paz ficticia, todo en calma fría. Mi piel se contrajo cuando escuché esta narración en la biblioteca Ricardo Garibay, era una campaña para fomentar la lectura en el nivel básico, de secundaria para ser precisa, los púberes ahí sentados, permanecían con sus ojitos vivos bien abiertos y creo, sus oídos bien cerrados. Me sentí agradecida con la vida al saber que aún no entendían de las historias de terror-amor de las que se habló, algunos gritos se ahogaron cuando mencionaron que los vampiros chupaban la sangre y los zombis los sesos, pero no reflexionaron acerca de las relaciones en las que se absorben las emociones y las ganas de vivir. Ellos mueren de ser niños, las formas nuevas invaden sus cuerpecitos, sienten, más no saben que sienten. 

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Yo fui protagonista de varias de aquellas historias de horror inenarrables, en cuanto acontecían las lapidaba, pues además de aterrorizarme, conseguían paralizarme, obligándome a no avanzar, a tragarme mis palabras y dejar de respirar hasta por 27 segundos cada vez que de mi boca intentaba expulsar un nombre. Mientras caminaba lentamente, como caminan los enamorados, disfrutando las caricias del viento entrando por

donde mi vestido lo permitía, recordé a Claudio, hacía música de la nada, con una hoja de árbol, el serrucho o botellas llenas de agua. Cantaba mal, aunque los dos creíamos que era un virtuoso entonando baladas románticas. Además de estar mal entonado, tartamudeaba, más cuando me decía que me amaba, se sonrojaba y entonces decía Ma... Ma... Magda, te... te amo mu... mucho. Era raro, pues cuando cantaba lo hacía con tanta fluidez como cuando recitaba poemas de Borges o Sabines. Él comenzó a darme miedo, cuando me percaté que me seguía a todas horas, cuando se conectaba en el Facebook y se desconectaba enseguida que veía que yo estaba en línea, sentía su mirada dentro de mi salón de clases y en la panadería y en el traspatio de mi casa. Una vecina se lo advirtió a mi madre, uno de esos voyeristas ronda a su hija y como que se parece a Claudio. Mi mamá le sacó varias fotos con su celular, pero las fotos eran demasiado borrosas, lo que logré identificar fue que el sujeto tenía una playera con los personajes de la vecindad del chavo del ocho, muy parecida a la que utilizaba Claudio cuando según él hacía lo que más le gustaba en la vida, nunca me detuve a preguntarle cuál era eso que más le gustaba. Lo confronté, lo negó todo. Siguió tartamudeando, a adiós, no… no... no sé po... por qué me... me... me dejas Ma... Ma… Magda. Po porque me... me... me das mi... miedo Cla... Claudio, le dije tajantemente. Yo tenía entonces 17 y sabía que él era un voyerista de 19.

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Visiones de Shalem

Escrito por Juan de Dios Maya Avila, 19 Nov.

Siempre tornas a lamer la yaga cruda de mi cabeza. Apareces, buscas, traicionas, ¿nunca se huye de ti? ¿Ni siquiera en los sitios que se supone te están vedados? En Shalem no te admitían. Llegué ayer por la tarde a los suburbios. En una alcoba de alquiler, frente a un espejo de latón, lavé mi rostro con agua limpia. La luz del crepúsculo se filtró a través de la pequeña ventana e iluminó mis ojos dulcemente y creí, convencido, que por fin estaba solo. No te sentí llegar. Eres de sombras.

Al comenzar la noche una ráfaga de tu respiración apagó el fuego de la vela. A tientas busqué aferrarme a un muro y hallé mi cama. Allí esperabas. No sola. Junto ti se retorcía un diablo calvo. Sin vergüenza alguna, teniéndome frente a ustedes, le rogaste te tomara con ese ruego lascivo que yo bien conozco. Él comenzó a abrazarte, a hundir su lengua en la vereda de tu sexo. Bífida bestia apretaba tus músculos, qué diferente a mí, qué pausado, lento, mirada grosera, obscena; uñas animales, piel dura, ríspida, podrida. Y tú: gemidos de hiena pariendo a la luz lunar del desierto, olor de mar que ya no es mar, de sal inmóvil, de algas secas. Debí haberlos matado. Por Dios que sólo tuve una erección.

Las tinieblas del cuarto no dejaron constatar si el íncubo se fugó en tus entrañas. Algo de sí, lo visible, desapareció en un rincón allí mismo. Bien pudo penetrarte hasta medio pecho. Tu naturaleza da para eso y más. Un rostro pálido clareó la penumbra, se volvió hacia mí. Dijiste “Este dios nos salvará”; tu mirar se fijó en mis ojos: tú, que eres la ciega. Mis piernas dejaron de responder. Me arrastré nervioso y salí por la puerta trasera a uno de los tantos callejones de Shalem. Quise prender fuego a la casa, levantar una pira, pero ¿qué lograrían las llamas contra ustedes? Me reincorporé torpemente y busqué a mi único amigo en esa ciudad: Álcimo. 

Al llegar a la casa de Álcimo lo desperté de su sueño. Tomó a tientas mi mano con su propia mano pellejuda, manchada. Sorteamos callejas estrechas que nos condujeron a las afueras de Shalem. Atrás quedaron los barrios oscuros, la muralla y la alcabala. Mi guía escogió una lánguida vereda: rastro somero en la arena. A los lejos las luces de los caseríos fueron mitigándose: centenar de luciérnagas inmóviles en el horizonte. Álcimo sacaba considerable delantera. Su vigor no era el de un anciano, parecía un pastor o, mejor aún, un soldado.

A mis pulmones los abrazó el calor de las primeras horas de la madrugada. La sal picó mi nariz: el primer anuncio del cercano mar. Pronto alcanzamos unas dunas. Detrás de ellas contemplé la playa y al sol despuntar en oriente. Hasta ese momento, Álcimo mostró un signo de cansancio al recargarse en su bastón improvisado. Sonrió. Sus ojos siguieron por un breve instante la cadencia de las olas. De nuevo cogió mi mano. Confesó que él sabía quién eras. Noches antes te le presentaste para ofrecerle riquezas si acaso me asesinaba. Tomó por detrás mi nuca. Sentí sus dedos fríos. Nada de eso, juró, tenía que preocuparnos. Él, Álcimo, no permitiría que humillaran mi sangre. Sonrió de nuevo.

Me aparté del viejo amigo, saqué mi navaja y se la encajé en el estómago. Removí la mano asesina dentro de su vientre, desgarré sus tripas. Apenas gimió. Álcimo —su cuerpo fresco— quedó tendido en la playa: piel de cera, ojos vacíos de sol. Una sombra en ese cadáver alcanzó el galopar de las olas. ¿Te habré vencido…

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