El compilador de este libro, Agustín Cadena, hizo la siguiente reflexión: "si los buenos gritones (de lotería) son capaces de inventar sus propios versos, por qué no uno ha de inventarse un cuentito para cuando le toque cantar las cartas?". Entonces invitó a 15 autores a eligir una carta de este juego tradicional. Cada uno imaginó las características del objeto o personaje seleccionado y le creó un mundo y una historia.

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La Bandera

La Bandera

Escrito por Jorge Anaya, 02 Dec · No. de Visita: 95


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Desde el balcón de la Posada Silva sigo los preparativos del mitin. Pocos pueblos pueden presumir una perspectiva tan grandiosa como Molango, la tierra de mis padres: La plaza en declive, el quiosco, el infaltable busto de Juárez, las casas blancas con sus techos pintados de rojo y, más al fondo, la sierra imponente y el brillo lejano de la laguna de Atezca.

El templete recibe los últimos toques, el equipo de sonido está a punto, hay pendones en los postes y grandes mantas en las fachadas. Apenas pasa del mediodía y ya la gente empieza a juntarse en los portales para protegerse de la resolana. Parece que nos salvaremos de una de esas horribles lluvias serranas que hacen chiclosa la tierra colorada y causan deslaves en los caminos. El candidato debe llegar a las tres para comer con los notables locales. Para mí, aparte de la emoción de que mi líder visite este lugar tan entrañable, está el ingrediente adicional de revivir, si tengo suerte, un romance de juventud.

La bandera ondea plácidamente, como el día en que vi a Arminda por primera vez, pronunciando un mensaje de fin de cursos en la secundaria del pueblo. Era hija de una amiga de mi madre, y esa tarde me la presentaron en la fiesta que siguió a la ceremonia. Pronto tuvimos uno de esos idilios de vacaciones, con sus escapadas a lugares ocultos. Una tarde, cerca de la cascada, por poco vivimos nuestra primera experiencia sexual, pero una cabra desencaminada la frustró. Por un tiempo nos comunicamos por Messenger, luego cada quien se enredó en otras cosas. Según sé, tiene un hijo, fruto de un amorío con un taxista borracho y agresivo llamado Alfonso, de quien logró zafarse, pero que la sigue acosando.

Todos estos chismes me los ha pasado mi madre, que con frecuencia habla por teléfono con su amiga. Por eso Arminda supo que venía con la campaña y me mandó recado, junto con el número de su celular. Tengo curiosidad y, para ser franco, no descarto la posibilidad de completar lo que aquella vez quedó trunco. Sería una buena despedida de soltero.

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2

 

La plaza casi está llena; qué diferencia de antes, cuando apenas unas decenas se congregaban para oír a nuestro líder en estos poblados, donde el caciquismo serrano parecía invencible. En el salón de cabildos, donde se realiza la reunión de notables, ésto también se percibe, porque el líder dice lo que viene diciendo desde hace años, pero ahora muchos asienten y algunos hasta sonríen. Desde la mesa principal, Esteban, mi antiguo jefe en el gobierno de la capital y el que me jaló al equipo del candidato, me hace la señal del pulgar arriba. Aunque algunos todavía temen una jugarreta de los poderosos y no falta quien presagie un atentado, él y yo confiamos en que los signos de un futuro diferente son claros, incluso en estos rincones antes tan reacios.

Un tumulto en la puerta hace que todos volvamos la mirada. Gente airada forcejea con los guardias y exige hablar con el candidato. Los guardias empujan; desde su lugar, él levanta la voz y pide que los dejen pasar. Miradas hostiles siguen al pequeño grupo de Manifestantes al acercarse a la mesa principal. Me sorprende ver que Arminda viene a la cabeza. Su oratoria ha madurado; con voz clara y enérgica exige justicia por el asesinato de un maestro rural llamado Honorio, quien al parecer, abanderaba la lucha contra una minera transnacional que contamina tierras comunales en contubernio con caciques.

El candidato expresa solidaridad y compromete a las autoridades locales a encontrar a los culpables. Los activistas se dirigen a la salida con la cabeza erguida, desdeñando la expresión de quienes parecen decirles “se van a arrepentir”. Arminda pasa a mi lado sin mirarme, pero minutos más tarde una vibración me avisa de su mensaje: “Te espero en el Cementerio en un cuarto de hora”.

 

3

 

Bajando las escaleras me encuentro con Salcedo, el encargado de la seguridad.

No es santo de mi devoción, sobre todo porque me cuida como si yo fuera la mascota del grupo, supongo que por recomendación de Esteban.

Sin embargo, al verlo se me ocurre una idea.

—Oye, ¿podría usar la cámper un rato?

—¿La cámper? ¿Para qué, carnal?

—Un asuntito —le hago un guiño—. Ni siquiera la moveré.

Sonríe.

—Ah… okey. Pero si ensucias algo, lo limpias —se ríe de su gracia.

Rodeo la plaza por las calles laterales y subo por la escalera de la monumental espadaña de piedra hasta el Cementerio, como llaman aquí a la pequeña alameda frente al templo agustino del siglo xvii que es el orgullo de Molango. Al rato veo a Arminda pasar junto a la doble escalinata del teatro Nigromante hasta donde la espero. Me pregunto cómo convencerla de ir a la cámper cuando dice:

—Vamos adonde no nos vean.

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4

 

Como ya me temía, su deseo de reunirnos no tiene tintes románticos.

Quiere que abogue con el candidato para que se haga justicia al maestro.

—¿Era algo tuyo?

—Desde niños fuimos como hermanos. Tú no lo conociste porque en aquel tiempo él estaba estudiando en el Mexe. De allá se trajo esas ideas de luchar por los pobres y contra la injusticia. Y ya ves en qué paró.

—¿Sospechas de alguien?

—Aquí todos saben que fueron policías pagados por la minera. Pero este gobierno no va a hacer nada, aunque se lo hayan prometido al candidato.

—Quién sabe, de seguro él estará presionando.

—Pues a ver, pero por si las dudas, ahí te tengo a ti para que se lo recuerdes.

Por lo que veo, mi madre ha exagerado mi cercanía con el líder.

—Bueno. Haré lo que pueda.

Entonces la miro y sonrío.

—¿Y para mí no hay nada?

Sonríe también y se acerca a darme un beso. Con rapidez volteo hacia su boca; ella vacila un poco, pero al final cede y hasta colabora, pero cuando le meto la lengua y llevo mi mano a su pecho, se retira.

—No hay tiempo. A lo mejor el papá de mi hijo anda rondando por allí y no quiero un mal encuentro. A ver si otro día.

Y se baja de un salto.

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5

 

Camino por Ortiz de Letona para llegar a la plaza por el otro costado, pero cuando doy la vuelta en Juárez veo bajar corriendo por la calle empinada a un tipo moreno y bigotón.

—¡Pérese ahí tantito, cabrón! —me grita, llevándose la mano a la cintura.

Me quedo paralizado. Cuando está a pocos metros, de algún lado sale Salcedo con un guarura y lo sujetan.

—Usté venga para acá —le dicen, y pese a sus protestas y forcejeo se lo llevan hacia el Cementerio.

Todavía sudando frío y tras un rato de indecisión, opto por bajar a la plaza y abrirme paso hasta el templete. Un compañero me reconoce y, haciendo un gesto como de dónde andabas metido me ayuda a subir. El candidato está a la mitad de su discurso y los vivas y aplausos lo interrumpen a cada momento. Me dejo llevar por la euforia y cuando entonamos el Himno Nacional elevo la mirada a la bandera. Sus colores brillan a la luz del ocaso, como compartiendo la emoción.

Terminado el acto, todo son gritos y carreras porque esta noche el candidato cena con el gobernador en Pachuca y nos esperan más de dos horas de curvas entre pavorosos despeñaderos. Esteban me ordena subir a una camioneta que va de avanzada. Busco con la mirada a Salcedo, pero ha desaparecido.

 

6

 

Los días siguientes son una locura de mítines, entrevistas y encuentros con demandantes, simpatizantes y los buscachambas de siempre. El lugar de Salcedo ha sido tomado por un tipo que es su reverso: sombrío y hermético, pero al menos no anda todo el tiempo detrás de mí, aunque no puedo negar que ese cuidado me salvó de un mal rato. Quiero saber en qué acabó el numerito; me inquieta que el borracho haya descargado su coraje en Arminda, pero tanto el celular de ella como el de Salcedo me mandan a buzón todo el tiempo.

De regreso a la ciudad me dan unos días de asueto. El lunes me apuro para llegar temprano a la casa de campaña y en la puerta me encuentro a Salcedo, recargado en el muro mientras el Güero Emilio le lustra los zapatos.

—¿Qué pasó, mi donjuán? —saluda con sonrisa y guiño cómplice.

—Pues aquí, mira —respondo—. Oye, quiero comentarte algo.

—Claro. Nomás termino de darme bola, le pago al Güero y te alcanzo en mi cubículo. Está abierto.

Por fortuna la espera es corta. Cuando Salcedo entra, suena el teléfono; contesta con dos o tres monosílabos y cuelga.

—Tú dirás —me dice, con cara de todo oídos.

—Pues… quería agradecerte el paro que me hiciste el otro día en Molango.

Vuelve la sonrisa maliciosa.

—¡Ah, eso! Nada, nada, para eso estamos. Supongo que te fue bien, ¿no? Lo malo es que el galán de la doña se dio cuenta.

—El Alfonso es papá de su hijo, pero ya no tienen nada que ver. Bueno, eso dice ella. Por cierto, ¿qué fue de él?

Salcedo titubea.

—¡Ah! Pues mira, allí fue donde sin querer me ayudaste tú a mí.

Vuelvo a sentarme.

—No entiendo. ¿Dónde está Alfonso?

—Bien guardadito en la cárcel del estado.

—Pero… ¿por qué? No era para tanto.

—Oye, tampoco te creas tan importante.

Sonríe, conciliador.

—Es broma, hombre. Lo que pasa… bueno, al fin tú eres de confianza.

La verdad es que el buen Ponchito cayó como anillo al dedo para cargarle el bulto del maestro asesinado.

—¿Qué?

—¡Ni mandado a hacer, mano! Resulta que el maestro Honorio andaba muy pegado con la chava esa que habló con el candidato, la que te metiste a la cámper. Y tú mismo viste cómo era de celoso y violento el cabrón.

Salcedo mira su reloj y se pone de pie.

—Y ahora disculpa, carnal, pero voy a ver al jefe. Esto queda entre tú y yo, ¿eh?

Ahí en el frigobar hay jugos, tómate uno, te ves un poco palidón.

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7

 

—¿Cómo crees que voy a molestar ahorita al candidato con ese tema? —me dice Esteban—. Estamos a una semana del cierre de campaña, vienen las elecciones y no necesito decirte todo lo que está en juego.

—Pero Alfonso no fue…

—¿Tú cómo sabes? ¿Nomás por lo que te dijo la vieja esa? No seas ingenuo, mi chavo. Está muy rara esa relación de ella con los dos. Mejor ni te enredes. Es más, nunca te he hablado así, pero como jefe te ordeno que dejes el asunto en paz.

Al ver que quiero protestar, añade: —Además, el candidato ya le tuiteó una felicitación al gobierno local por la premura con que resolvió el caso.

No vamos a hacer que se desdiga ahora, ¿verdad?

—No, claro.

—Mira, pasada la elección y ya que estemos dentro, veremos lo que se puede hacer. Mientras, ni una palabra.

Me palmea la espada.

—¿Y cómo van los preparativos de la boda?

 

8

 

Entro a mi cubículo y me dejo caer en el sillón. Cuando empiezo a revisar pendientes, vibra el celular. Mi novia quiere saber si no he olvidado que por la tarde tenemos cita con la jefa de eventos del hotel donde será la recepción de la boda.

Alzo la mirada a la foto del candidato, su sonrisa limpia y franca, y detrás de él, la bandera ondeando victoriosa. Sonrío. A fin de año estaré estrenando hogar, empleo y nación. ¿Qué más se puede pedir?

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Autor:

Jorge Anaya

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