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Lady Macbeth. Nacida para ser una reina

Lady Macbeth. Nacida para ser una reina

Escrito por Jazmín Alejandra González Mireles, 02 Dec · No. de Visita: 102


No recuerdo cuándo fue que las noches comenzaron a ser el inicio de mi fin. La falta de sueño empezó por debilitarme, dejándome agobiada, y añorando un descanso que tal vez nunca tendré. Me mantiene en un estado despreciable, en el que estoy como ausente. A veces cierro los ojos, y casi puedo sentir el regazo de mi madre. Su calor me transmitía tanto amor y paz. Amor y paz, parece que nunca volverán…

Mi madre era quien estaba a cargo en la casa, ella nos protegía, me protegía. Mi padre nunca tuvo las agallas, ni el coraje, de enfrentar nuevos retos para salir de la miserable condición en que nos encontrábamos. Teníamos un nombre noble, pero carecíamos de fortuna.

Perdí la cuenta de todas las veces que escuché a mi madre decir que mi padre no era un “hombre”, al menos no uno de verdad. Al principio no lo comprendía, él era bueno. Me llenaba de mimos y abrazos todo el tiempo. Siempre fue cariñoso… Pero cuando crecí lo comprendí… Él era débil.

Se supone que era él quien debía protegernos a mi madre y a mí, pero cuando la situación era tensa y había que tomar una decisión, se petrificaba, miraba al vacío ¡Cómo si ahí estuviera la respuesta! Mi pobre madre fue quien tuvo que ideárselas para arreglar nuestra situación. Fue ella quien planeó, negoció y dio la cara, para que nuestra familia sea reconocida, para que fuera de prestigio.

Hizo todo por mí, para que tuviera la vida que merecía, la vida de una reina… al menos, casi como una. Nadie, ni siquiera ella, podrían haber adivinado mi suerte, la de convertirme en una reina, pero me estoy adelantando... Pobre de mi madre, se casó con un inútil, un cobarde. Con el tiempo, a pesar de querer frenar este sentimiento tan negativo al ser que me dio la vida, no pude evitar sentir asco por él.

Nunca pensé casarme por amor. Mi madre siempre me dejó en claro que todo su esfuerzo y sacrificio, eran para que alguien con un buen nombre y posición, me desposara. ¿Era un capricho de mi madre pedirme aquello? Claro que no. Era lo mínimo que yo podía hacer. Estaba dispuesta a eso.

Yo era joven, hermosa, encantadora y, gracias a mi madre, gozaba de privilegios. Era asediada por muchos. Pero mi madre era muy estricta, quería escoger al mejor candidato posible, no a cualquier charlatán con título que fanfarroneara de su fortuna. Ella aprendió de sus errores y no se equivocaría en escoger un buen marido, no otra vez.

Rechazó a varios candidatos hasta que llegó Macbeth. Macbeth era el más fuerte, el más noble y más valiente de todo el reino. Era gallardo, tan encantador, que sutilmente y sin vuelta atrás, caí bajo sus encantos y encontré un amor con el que nunca había soñado.

Mi madre le admiraba, y le dio el sí. Ella solía decir “¡Ni el mismo rey podría ser merecedor de ti como Macbeth! y ¡aunque él fuera el mismo rey no podría ser más perfecto!” En ese tiempo ni siquiera lo pensé, ni soñaba con que Macbeth se convertiría en rey. Mi madre conocía de lejos al rey Duncan y decía que no tenía carácter o al menos, no tanto como Macbeth.

Amé a mi esposo con toda la fuerza que solo una mujer es capaz; él me amó, con lo más profundo de su ser. Estoy convencida que yo era su todo, y que haría lo que fuera por mí – y lo hizo – me sentía la más dichosa de las mujeres.

¡Qué mujer no querría ser Lady Macbeth!

A pesar de años de feliz matrimonio nunca tuve hijos. Las demás mujeres empezaban a hablar pestes de mí, ¡Viejas arpías! ¡Brujas envidiosas! Debería ocuparse de su propia vida…

Brujas…

El recuerdo de la primera vez que leí la carta de Macbeth esta pregnado en mi memoria, tan palpable, tan vivido, que puedo volver a ese instante como si estuviera pasando en el momento. Aquella ocasión fue como una respuesta a mis oraciones de media noche, era algo que necesitaba, pero aún no lo sabía.

Yo nací para ser reina, tal vez no madre, pero si una reina. 

Ahora que ha pasado el tiempo, muchas veces luchó por no arrepentirme o reprocharme…Tuve que hacerlo, Macbeth tenía que ser rey ¿Quién mejor que él? Nadie. Él es el más capaz, el más valiente, el más gallardo…

Lo extraño.

Quisiera que viniera más seguido a nuestra habitación. Sé que él tampoco duerme, así, nos haríamos compañía… como antes. Lo extraño demasiado, que duele hasta las entrañas. Extraño esas noches donde todo desaparecía y solo estábamos él y yo. Nada importaba, solo nosotros y nuestro amor, amor tan profundo y cálido que nos fundía en una armonía para ser uno solo.

Sé que lo que hicimos fue lo correcto, fue por ti, por nosotros, para tener lo que siempre deseamos… pero el costo está empezando a pesar demasiado sobre mi espalda… y creo que sobre la tuya también… Los años de mi vida se empiezan a multiplicar como si hubiera vivido tres vidas.

¿Eres tú mi señor? ¿Has venido finalmente a mí? ¿Acaso escuchaste mi llamado? Pues bien, ven a mí, volvamos a sellar nuestro amor como dos jóvenes apasionados que acaban de contraer nupcias, como dos golondrinas que emprenden su vuelo a cielos más altos.

Vuelve a ser mío y volveré a ser tuya.

Entre sombras y borrones, mi cuerpo se desploma poco a poco, pero yo aún espero ese último beso ¡Sé que vendrá! Porque aunque él no es más mío, en este momento, vuelvo a ser suya.


Autor:

Jazmín Alejandra González Mireles

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