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La llorona

Escrito por Gabriela Gómez, 07 Nov.

En su juventud, Mario acostumbraba a fumar por las noches, le daba mucha satisfacción y calma. Sin embargo, a su madre Doña Enedina no le resultaba agradable, le hacía recordar a su difunto marido, quien tuvo una muerte muy trágica: cayó desde el balcón de su casa una noche mientras fumaba. Enedina recordaba perfectamente esa noche, y nunca dejaba de lamentarse. Siempre pedía a sus hijos que no fumaran en casa, que lo hicieran en el trabajo o en la escuela, pero el vicio y necedad de los vástagos era mayor al deseo de la madre.

Mario aprovechaba las noches para fumar en el balcón de su casa, a esa hora su madre permanecía dormida mientras que Abel se ocupaba de sus tareas de la universidad.

Mario era el hijo mayor, trabajaba como guardia en una tienda de empeños, era alto y fornido, cosa que heredo de su padre. Solía recordarlo con resentimiento cuando fumaba o al observar la calle desde el balcón. Conservaba aquella noche fresca en la memoria, su padre había caído desde el balcón golpeando su cabeza contra la banqueta. Fue un terrible trauma para él, pero aún más grave para su madre y hermano. Él se obligó a ser fuerte y vio por su familia desde entonces; aunque le era difícil mirar abajo sin sentir escalofríos

Una noche, Mario fumaba como le era costumbre. Pasaban de las dos de la mañana y Doña Enedina fue a buscarlo al balcón. Le riñó con insistencia que se fuera a dormir. Mario procuró ignorarla, pero ella continuó advirtiéndole que tuviera cuidado con la Llorona, que no tardaba en salir por almas. 

—Esas son puras mentiras —respondió Mario molesto.

—Con esas cosas no se juega, Mario. —Enedina siguió hablando del fallecimiento de su esposo. El patriarca se había burlado de aquella existencia legendaria, fantasmagórica, y le pareció divertido esperar toda la noche por ella. El arribo ocurriría la misma noche en que murió.

A Mario le parecía muy molesto que Enedina uniera la muerte de su padre con una leyenda. Arrojó a la calle el cigarro y entró sin decir nada.

 

Al día siguiente, Mario fue a su trabajo como usualmente lo hacía. Durante su hora de comida, recibió a su hermano Abel, quien nunca lo visitaba. Abel parecía muy molesto.

Mi mamá te manda esto —dijo sin saludarlo y le arrojó una cajetilla de cigarros—, dice que los fumes aquí y no en la casa.

Luego de eso, Abel se fue. Aunque Mario lo hubiera querido así, tenía prohibido fumar en el trabajo, y mucho menos en el metro. Él sabía que su madre estaba protegiéndolo de algo absurdo, esa leyenda no era real, y tenía la intención de sacarle esa tonta idea de la cabeza.

Cuando Mario regresó a casa, cenó junto con su familia. Su madre nunca abordó el tema de los cigarros o el balcón, simplemente le pidió que se durmiera temprano, incluso se aseguró de que aquello ocurriera. Le dio su ropa de dormir, que consistía en un simple camisón de rayas que su padre había dejado, uno de muchos que pudo haber terminado lleno de sangre, o en la basura de algún hospital. Mario se fue a su habitación, pero en realidad no durmió. Permaneció sentado en su cama, esperando a que su madre apagara todas las luces y velas del altar de su padre. Enseguida, buscó la caja de cigarrillos y un encendedor. Alrededor de la 1:30 de la mañana salió al balcón.

Hacía una noche fresca. Mario encendió el primer cigarro y lo disfrutó como nunca.
Observaba la calle con mucha atención. La mayoría de las luces seguían encendidas. Miró al fondo y vio el puente. Prestó mucha atención, ya que se decía que ese era el camino habitual de la mujer. Se mantuvo por mucho tiempo en el lugar sin que sucediera nada, veía carros pasar, escuchaba música y bullicio en otras casas, pero nada ocurrió. Sentía el frió de la noche apropiarse de su cuerpo y mente. Un vago sentimiento sobre la muerte de su padre comenzó a aquejarlo. Descubrió que vestía de la misma forma que su padre aquel día, y tenía una caja de cigarros. Sólo le faltaba arrojarse por el balcón y que sus días terminaran en ese momento. Pero no lo hizo. Continuó observando. Terminaba un cigarro y lo arrojaba a la calle. Una y otra vez
.

Mario miró de reojo su reloj. Sus ojos estaban cansados. Comenzó a sentir la agonía por volver a la cama. Estaba a punto de hacerlo cuando sus ojos vieron en el puente a una mujer. Vestía de blanco, su andar era muy lento y sus pasos, cortos. Se tambaleaba de un lado a otro. Una bruma rodeaba su cuerpo, no parecía real. Ella lloraba. Mario podía escuchar su llanto, pero le era difícil creer que era ella en verdad. Mario agitó la cabeza y al ver que la mujer seguía allí salió corriendo hasta la habitación de su madre. Entró apresurado y la levantó de la cama. Le hablaba muy rápido y con nerviosismo, a la pobre madre adormilada le fue difícil saber qué decía su hijo, pero lo siguió hasta el balcón. Mario le señaló el puente, y ambos pudieron ver a la mujer. La madre sólo asintió y se cruzó de brazos, en cambio, Mario agitaba las manos señalando a la mujer.

—¡Es ella! ¡Es ella! —repetía.

—Ya viste que es cierto —pronunció la madre. Su voz de pronto se volvió muy suave y delicada—, no vuelvas a juzgar su existencia o puede llevarse tu alma, así como lo hizo con tu padre.

Mario y la señora Enedina observaron a la mujer hasta que se perdió entre las calles de la colonia. Momentos después, regresaron a dormir.

 

La mañana siguiente, Mario se sentó a la mesa para tomar su desayuno. Abel tenía el día libre, así que después del desayuno volvería a dormir. Mario se sentía agotado por lo poco que había dormido. Cuando recordó lo que vio la noche anterior, no dudó en contarle a su hermano.

—Ayer vi a la Llorona.

Abel se rascó la cabeza y le dio un sorbo al café.

—Mi mamá también la vio —continuó Mario.

Él no le creía, se recargó en la silla y se cruzó de brazos.

—Si no me crees pregúntale.

—¿Qué tanto hablan? —preguntó Doña Enedina desde la cocina.

—Lo que pasó en la noche, mamá.

Enedina fue al comedor y dejo dos platos con huevo y frijoles.

—¿Qué paso? —preguntó ella.

—Que te desperté y vimos a la Llorona, ¿te acuerdas?

—¿Cuál Llorona?

—En la madrugada, vimos a la Llorona desde el balcón.

Sin prestar atención, Abel se hizo dos tacos de frijoles.

—¡Estás loco! Yo no me levanté en la madrugada.

Mario iba a reírse, pero vio que su madre hablaba en serio.

—Entonces ¿Quién estaba conmigo?

—Pa’ mí que lo soñaste, —dijo Abel luego de pasarse el bocado.

—Lo soñaste Mario —repitió Doña Enedina.

Mario estaba muy confundido, por más que le pensó no sintió que hubiera sido un sueño, había sido muy real. Debía irse al trabajo. Ya no tuvo ganas de tomar su desayuno, así que se cambió y se lavó los dientes, y se fue al trabajo, muy desanimado. Cuando salió a la calle se encontró con las colillas de cigarro que había arrojado en la noche. Pudo contarlas. Eran las mismas que él había tirado. Permaneció allí, pensando en quién había sido la mujer que fue con él al balcón. Bien pudo recordar que recibió una advertencia, misma que recibió e ignoró su padre. Esa fue la razón de que muriera aquella noche.

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