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Ensueño

Escrito por Nitzia Rodríguez, 26 Mar.

Lo veía. Parecía tan lejano, un paisaje perfecto, una calma desdibujada, iluminada por el sol, quién más que el mismo sol. Su trabajo era parecer estático mientras perseguía la luz para sobrevivir y sus pétalos luchaban con el viento, pétalos robados por el impenetrable silencio que resguardaba las palabras que se murmuraban y que nunca pudo pronunciar.

Podría asegurar, aún con el temor de no saber si fue un sueño, que de fondo se podían escuchar las notas de un violín interpretado por los suspiros que dejaban las aves al recorrer el cielo con la nostalgia emplumada.

Admiré tanto su ímpetu por ser omnipresente que me sorpren­dí cautiva de su intrigante naturaleza de girasol. Paralizada, deseaba seguir sus movimientos, observar de cerca y guardar la memoria de sus detalles para después cerrar los ojos y sentir que lo conocía.

Sólo estábamos de frente cuando el sol se posaba en mis pé­talos, mis ojos estaban cegados pero su calor no podía mentirme, ¿cierto? porque nuestros perfumes danzaban con aquellos violines como si nuestras raíces estuvieran puestas en las nubes y no en la tierra.

Aquellos efluvios de pétalos eran una máquina de tiempo en la que los segundos eran años y el dulce calor prometía ser eterno. En contra del inevitable perecer su salvaje naturaleza lo alentaba de vez en cuando a rebelarse, él jugaba a pretender que en algún momento no giraría más, mientras yo religiosamente interpretaba mi papel siguiendo al sol como si hubiera un guion perfectamente escrito para cada escena, preparado para cada movimiento, aun sabiéndome clavel, uno resistente y resiliente (dicen por ahí y me lo digo también yo cuando tengo miedo) que pasaba cada verano con los ojos cegados convencida de ser capaz de desterrar mis raí­ces, quizá porque al verlo girar pensaba que las suyas difícilmente estaban atadas a la tierra, o a cualquier otra cosa.

Un invierno en que el sol no regresó y la oportunidad de abrir los ojos se posó agresiva frente a mis más grandes temores me encontré solitaria en aquel desierto con hojas seca cayendo, él permaneció fijo, con la mirada en alto, seguro de que el sol volvería, cada vez más lejano, con un rigor inamovible.

La sombra que me obsequió en ese instante aclaró mi vista, me cegaba una jaula de pétalos que caían cada que el girasol seguía su rumbo, un sol que ambos necesitábamos para sobrevivir, pero nunca de la misma manera, una jaula del perfume desprendido de mi tallo retorcido, casi roto en los intentos de seguirlo a él siguiendo al sol.

No sé si su sol volvió, si sus raíces son más fuertes o sabias, si sus pétalos guardan aún ese perfume peculiar, o si acaso alguna tarde me recuerda al escuchar un violín.

Cuando me vi, volví a encontrarme y no quiero cerrar los ojos y perderme nunca más. El sol entibia mi rostro sin contarme si fue realidad, la única certeza que resguardo es la de saber que no soy y jamás seré un girasol.

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