El universo desaparece

Escrito por Keila Itzel Rodríguez Peña, 25 Jul.

Nos conocimos hace apenas dos meses, pero lo cierto es que la llevaba viendo desde hacía mucho tiempo, en ese entonces yo tenía pareja y para ser sincera, jamás pensé que me haría caso; Helena me saca al menos quince centímetros, tiene la piel clara, es delgada y de andar delicado, tiene el cabello debajo de los hombros con algunas ondas, de su rostro lo que más resaltan son sus ojos grandes, tiene un complejo enorme con ellos, suele cubrirlos con lentes obscuros al tiempo que finge que no le importa.

En mi mente, soy todo lo contrario a ella, por eso me sorprendió tanto cuando me besó en la primera oportunidad al estar solas, fue después de encontrarnos sin planearlo en una cafetería, Helena iba con sus amigo, yo llegue con los míos, me acerqué para saludarla y abandonó a sus acompañantes, en ese momento pensé que quizá sentía curiosidad por mi entorno o tal vez no estaba a gusto con el suyo, que al hacer todo tan clandestino quería explorar sus límites.

          Es cierto, le estuve coqueteando todo el tiempo, estaba segura que lo tomaría a broma, no fue así, después de ese intercambio de gérmenes no nos vimos por unos días, pero luego todo continuó con normalidad; yo tenía dos amigos con los que salía por separado, normalmente a beber y platicar lo mal que nos iba en las relaciones, Helena los conoció cuando fue a buscarme al trabajo, desde entonces los cuatro nos volvimos inseparables, teníamos gustos afines así que fue sencillo mezclarnos, el grupo no duró demasiado, quizá un mes, éramos cuatro personas rotas intentando mantenernos a flote.

Ella conocía mejor mis heridas, quizá reflejaba las suyas, no me gusta detenerme a pensar porque ambas parecemos tan adheridas una a la otra, me gusta perderme en su voz, suele decir muchas tonterías: confunde con facilidad la metafísica filosófica con la “metafísica” que muchos autores de autoayuda manejan, tiene un conocimiento enorme sobre música, pero también habla de arte y de libros, menosprecia a quienes cree “siguen la corriente”, tiene un aire pedante y altanero que suele llevar a la ridiculez: ese aire se mezcla con otro, uno que suele verse cuando se siente segura, algo que sólo me ha permitido ver a mí… o eso dice: es frágil, tiene miedos intangibles que puedes palpar al escucharlos, habla de los años venideros con esperanza: se aferra a ellos, siento que con ella el universo se expande, me siento un átomo y al sentirme así sólo puedo desear que no se extinga.

Sé que tiene miedo de nosotras, de lo que representa, nadie cuestiona el cariño público entre amigas, abrazos, manos tomadas, besos en las mejillas, quisiera asegurarle que no habrá inconvenientes, que no tenemos que ocultarnos siempre, pero decirlo sería una declaración, ella es fuerte, a veces asegura que el clóset no tiene significado, al final algo sólo nuestro: le hablo de la visibilidad, la importancia de mostrar que hay más que ofrecer y el levantar la cara sin miedo, no por nosotras únicamente, por las personas que aún temen expresarse, por las personas que no son sinceras ni con ellas, Helena suele cambiar la conversación, no quiere tocar el tema, no puedo pedirle lo haga, estoy consciente que pedírselo sería asegurarle que quiero una relación, todo se reduce a algo simple: el asunto es mío.

Comienzo a tener un problema, al estar con ella me pierdo en la inmensidad, dejo de saberme un individuo y me permito mezclarme con el todo, esa sensación me aterra, por eso la beso de vez en cuando y finjo que con eso me basta, jamás había deseado a alguien tanto como a ella, quizá porque intento de verdad conocer todos sus lados, no me dejo cegar; por eso continúo con el juego de “estira y afloja”, sin saber si la quiero conmigo o lejos. Helena jamás sabrá todo lo que me ha hecho sentir, pensar, desear, ella vive en un mundo donde todo aquello se guardará junto a las declaraciones ahogadas: entre mis cavilaciones, mis miedos y recuerdos.

Todo eso pensaba hasta que noté que me miraba más tiempo del acostumbrado, sonreí, pensé en una frase que había escuchado alguna vez y la dije sin temor, jugando como siempre, tanteando el terreno de sus emociones y las reacciones que le provoco:

—¿Qué? ¿Te enamoraste de mí?

Helena ha sonreído, con una respuesta fuerte y audaz logró hacer implosión

—Y sí lo hice, ¿qué?... Cabrona.

 

Las consecuencias violentas de la reificación de las personas lgbt en el discurso periodístico

Escrito por Alejandro Ávila Huerta y Luis Fernando Serrano Delgadillo, 15 Jun.

¿Puede un periodista, a partir del tratamiento que dé a la información que transmita en un medio masivo de comunicación, incurrir en un ejercicio de violencia que afecte los derechos humanos de algún grupo o comunidad, incluso si no fue de forma intencional?
La construcción de significados que no corresponden a la realidad o que generalizan sus particularidades en torno a un fenómeno determinado imposibilita el reconocimiento que otros puedan tener sobre quienes forman parte de él. Esto llega a reducirlos a meros objetos que, en tanto tales, pueden ser agraviados sin consecuencias, no sólo en el universo simbólico de los medios de comunicación sino en su realidad más inmediata, afectando la definición de la unidad mediante la cual los agentes sociales se generan a sí mismos.
¿Cómo detectar y delimitar este tipo de violencia? ¿A quién responsabilizar? ¿Cómo sensibilizar a los periodistas sobre los efectos negativos (aunque no necesariamente premeditados) de su labor? Dentro de esta situación, el caso de la diversidad sexual merece atención por el estado de discriminación que históricamente ha vivido este sector.

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Homofobia simbólica
 

Quienes nos dedicamos a investigar acerca de la homofobia en el periodismo solemos enfrentarnos a las descalificaciones de nuestros resultados con alegatos como que nos empeñamos en encontrar discriminación en donde no la hay. Aunque para algunos pudiese parecer claro que equiparar la homosexualidad o el transgénero a un delito o enfermedad, o asociarlos con soledad y sufrimiento, son actos de violencia que afectan no sólo a las personas directamente aludidas, sino a la percepción social que se tiene de las personas homosexuales y trans en general. ¿Cómo convencer de esto a alguien que no lo ve así? ¿De qué manera justificarlo y evidenciarlo con argumentos académicos sólidos, más allá de las buenas intenciones de un discurso más bien activista? Bourdieu (1996: 44) ofrece un concepto que resulta una respuesta casi obvia a nuestro problema desde que la define como una violencia que no se ve: la violencia simbólica, aquella que impone a los objetos, los espacios y las interacciones del mundo significados que se hacen pasar por naturales.
Pero, antes de profundizar en el concepto de violencia simbólica, es pertinente acercarse a la concepción de lo que es violencia. A pesar de ser un tema frecuente en las ciencias sociales desde el siglo pasado, su abordaje se ha hecho desde una perspectiva fundamentalmente etnohistórica o de seguridad o salud pública, que, sin definirla, la describen, ejemplifican y sistematizan según, por ejemplo, el lugar donde ocurre (violencia doméstica, laboral, escolar); contra quién se manifiesta (violencia familiar, en el noviazgo, de género); qué aspecto daña de las personas (violencia psicológica, física, económica) o en qué nivel de la sociedad se presenta (violencia política, mediática, delincuencial), pero nada de eso explica qué es la violencia.
Una definición básica pero sustancial la refiere como el uso o amenaza del uso indebido de la fuerza o el poder entre individuos o grupos. Aunque en ocasiones se hace hincapié en la condición deliberada del acto, puede ser que ejercicios violentos se lleven a cabo sin la conciencia de cometerlos, pero sin que por ello dejen de serlo (Giddens, 2000: 741; Conde, 2011: 77).

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¿Qué quiere decir la adjetivación del uso del poder como ‘indebido’? ¿Es que puede haber un uso ‘debido’ del poder? Veamos. El poder es una acción, no una cosa (como un trono, una banda, un báculo) que esté ahí para ser tomada (Ayala, 2014: 77). No significa que el poder no sirva para mandar, pues es una de sus manifestaciones, pero no la única; y no se debe a una propiedad, sino a una capacidad de los agentes sociales: la de intervenir en el mundo con la consecuencia de influir sobre un curso o estado de cosas en él (Giddens, 2011: 51). De lo anterior se deriva que todo agente social “tiene” siempre poder, o para decirlo correctamente, tiene siempre la capacidad de ejercer poder sobre otros en distintos niveles, según sus recursos; por esto, todas las relaciones sociales deben entenderse como relaciones de poder.
Si los agentes sociales tienen a su disposición diferentes recursos en distintos momentos para ejercer el poder, entonces las relaciones entre ellos serán usualmente asimétricas y cambiantes entre la autonomía y la dependencia. Esto no implica obligatoriamente una relación de dominación (que es diferente al poder). Hay dominación cuando una relación asimétrica se vuelve constante al grado de establecerse en un sistema social determinado por cierta extensión de tiempo para, posteriormente, legitimarse, disfrazando la opresión (Giddens, 2011: 204; Ayala, 2014: 80).
Con esto, hemos formado una idea de cómo o cuándo el uso o amenaza del poder se puede considerar ‘debido’ o no: ¿es un poder que aspira a la dominación, que busca su legitimación? Es el abuso de una relación de poder y no el poder por sí mismo la condición que une a este –pero no lo fusiona– con la violencia, siendo esta también no un factor externo a las interacciones sociales, sino una forma –aunque sea límite- de éstas, en las que los intentos de acción comunicativa colapsaron, revelando las contradicciones de una sociedad (Arteaga, 2015).
Cuando es simbólica, la violencia se expresa en el lenguaje (verbal y no verbal), pero no de manera directa (con insultos, gritos o gestos ofensivos), sino veladamente a través del sentido de las palabras y de las imágenes, y no de éstas por sí solas. Ya que los seres humanos conocemos el mundo que habitamos sólo por medio del lenguaje, el significado que demos a aquello que nos rodea será determinante en la forma en que lo reconozcamos. Esta labor de significación será siempre colectiva e histórica.

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El lenguaje de las manos

Escrito por Eiden Zaragoza, 02 Jul.

Lo dejó ir.

O bien podría ser al revés. Daniel se encontró perdiendo el anclaje de la situación ¿Quién recibió el mensaje primero? ¿Quién lo escribió? Y con una aplastante sensación de derrota se pregunta: ¿acaso importa?

El sol acostado sobre el mosaico, bañando la cara de Pablo, sus largas pestañas apenas acariciando su mejilla, inseguras de poder hacerlo. Daniel bocabajo, jugueteando con sus dedos la pulsera de cuerda en la huesuda y fuerte muñeca de Pablo. The White Stripes cantando de fondo, la música empapando la habitación en un mar de serenidad, porque Daniel no se atrevía a describirlo como uno de alegría. Posiblemente fue eso lo que los condenó.  

Sus dedos danzaron como hipnotizados, empujando las yemas con las propias, en un ritual que había nacido y sido cuidadosamente nutrido a lo largo de los años. Es curiosa la forma en la que dos personas sin lazos sanguíneos pueden ser capaces de desarrollar un lenguaje propio, constituido por miradas, sonrisas, frases cortas, golpecitos en alguna parte del cuerpo, etc. Ellos sembraron el suyo en las manos. Cada dedo era una extensión del otro, como un todo cuyo significado sólo les pertenecía a ellos. Lacónico, tierno, juguetón. Cualquier intruso amenazaba con envenenar el flujo de información. Culpable recuerda cuando intentó enseñar ese lenguaje a su madre, ganándose un manotazo por tener las manos tan pegajosas.

Recién cumplía doce y Pablo once cuando se percataron de lo incómodo que eran las miradas que sus madres les lanzaban cada que los pillaban aferrados de los dedos. No lo comprendían, antes a nadie parecía importunarle. Ambos acordaron hablarse con las manos en silencio, apartados, casi ocultos de los demás.

Sus madres eran viejas amigas de la preparatoria y vivían a unas cuantas casas de distancia. Ellas y la niñez los unieron. Ahora la adolescencia los obligaba a cambiar y ambos, tercos, se rehusaron a dejar que los separara. Su lenguaje se transformó, sus manos no eran más regordetas o pegajosas, ahora las venas se asomaban por la piel y la grasa era un recuerdo vago de lo que fueron. Ya no sólo hablaban de boberías típicas de críos, ahora su diálogo era diferente: más enfocado, más íntimo. Sin darse cuenta, así como es la vida, un aliento, sus manos comenzaron a sudar, su corazón a latir hasta taparle con algodón las orejas, su sonrisa a enchuecarse torpemente ante el rubor en los cachetes de su siempre amigo. Ninguno de los dos se atrevió a reconocer lo que sucedía, y tampoco ninguno trató de parar aquello tan foráneo y desconocido que se cosía en lo más profundo desde el calor de sus manos.

Ahora, Daniel rememora la actitud de ambas familias, que intentaban descorazonadamente separarlos. Estaban asustados, y él no los culpa por ello, pero sí por haberlo logrado. Su madre invitaba a niños del colegio y de los alrededores con la esperanza de que lo alejaran de Pablo, y éste a su vez soportaba los intentos sutilmente agresivos de su padre de convertirlo en hombre, con deportes que no disfrutaba y chicas guapas llevadas a casa como si se tratase de una pasarela.

Pablo lo besó primero, comenzando por el dorso de su mano para después subir a los labios. Ninguno de los dos sabía lo que hacía, se enfocaron únicamente en lo bien que se sentía conectar de esa manera. Con melancolía, Daniel recuerda el terror que les carcomía la panza por ser descubiertos. Para entonces, la idea de que una pareja de hombres era un crimen ya había echado raíces en ambos. La indescriptible idea de ser raros y desviados construyó una barrera de pánico.

La felicidad se quebró cuando el padre de Pablo entró a la habitación, para encontrarlos recostados en el piso, dedos entrelazados y sonrisas pares. El hombre gritó y escupió, ahogando el solo de Jack White. Tomó a Pablo por el brazo y lo golpeó, ni siquiera se detuvo cuando estaba en el piso llorando y rogando, y Daniel no pudo hacer nada, tuvo que irse antes de que las amenazas de muerte se volvieran realidad.

Así que ambos se soltaron. Se olvidaron.

Días después, Daniel observó la silueta de Pablo en el asiento trasero de la camioneta blanca, mientras la vida le daba una generosa bocanada de decepción. Su corazón se rompió al leer el corto e indiferente mensaje de Pablo, que su mamá amablemente le entregó por la mañana. No se volverían a ver.

Fue tan brutal el golpe, que poco sabía hacer para remendar el músculo, entonces lo dejó así, abierto y torcido, quizá se repare solito. Veintidós años después, el celular vibró en sus manos. Un número desconocido brillaba en la pantalla. Un mensaje. Así como se cerró ese capítulo en su vida, se reabría. Sucio, descuidado y olvidado. Su corazón latió (¿cómo no se dio cuenta de que ya no lo hacía?) presentándole una oportunidad para cerrar esa parte de su vida. Para dejarlo ir de una vez por todas.

Las arrugas adornaban el lienzo de sus rostros, ya no son más unos chiquillos. Sus manos gravitaron inseguras, hasta sujetarse de nuevo, reviviendo un lenguaje olvidado. Daniel miró nervioso a su alrededor, pero Pablo apretujó su mano con cariño. Olvídate del miedo, recuérdame, le suplicaba. ¿Para qué dejarlo ir si podía recibirlo con las manos abiertas?