El universo desaparece

Escrito por Keila Itzel Rodríguez Peña, 25 Jul.

Nos conocimos hace apenas dos meses, pero lo cierto es que la llevaba viendo desde hacía mucho tiempo, en ese entonces yo tenía pareja y para ser sincera, jamás pensé que me haría caso; Helena me saca al menos quince centímetros, tiene la piel clara, es delgada y de andar delicado, tiene el cabello debajo de los hombros con algunas ondas, de su rostro lo que más resaltan son sus ojos grandes, tiene un complejo enorme con ellos, suele cubrirlos con lentes obscuros al tiempo que finge que no le importa.

En mi mente, soy todo lo contrario a ella, por eso me sorprendió tanto cuando me besó en la primera oportunidad al estar solas, fue después de encontrarnos sin planearlo en una cafetería, Helena iba con sus amigo, yo llegue con los míos, me acerqué para saludarla y abandonó a sus acompañantes, en ese momento pensé que quizá sentía curiosidad por mi entorno o tal vez no estaba a gusto con el suyo, que al hacer todo tan clandestino quería explorar sus límites.

          Es cierto, le estuve coqueteando todo el tiempo, estaba segura que lo tomaría a broma, no fue así, después de ese intercambio de gérmenes no nos vimos por unos días, pero luego todo continuó con normalidad; yo tenía dos amigos con los que salía por separado, normalmente a beber y platicar lo mal que nos iba en las relaciones, Helena los conoció cuando fue a buscarme al trabajo, desde entonces los cuatro nos volvimos inseparables, teníamos gustos afines así que fue sencillo mezclarnos, el grupo no duró demasiado, quizá un mes, éramos cuatro personas rotas intentando mantenernos a flote.

Ella conocía mejor mis heridas, quizá reflejaba las suyas, no me gusta detenerme a pensar porque ambas parecemos tan adheridas una a la otra, me gusta perderme en su voz, suele decir muchas tonterías: confunde con facilidad la metafísica filosófica con la “metafísica” que muchos autores de autoayuda manejan, tiene un conocimiento enorme sobre música, pero también habla de arte y de libros, menosprecia a quienes cree “siguen la corriente”, tiene un aire pedante y altanero que suele llevar a la ridiculez: ese aire se mezcla con otro, uno que suele verse cuando se siente segura, algo que sólo me ha permitido ver a mí… o eso dice: es frágil, tiene miedos intangibles que puedes palpar al escucharlos, habla de los años venideros con esperanza: se aferra a ellos, siento que con ella el universo se expande, me siento un átomo y al sentirme así sólo puedo desear que no se extinga.

Sé que tiene miedo de nosotras, de lo que representa, nadie cuestiona el cariño público entre amigas, abrazos, manos tomadas, besos en las mejillas, quisiera asegurarle que no habrá inconvenientes, que no tenemos que ocultarnos siempre, pero decirlo sería una declaración, ella es fuerte, a veces asegura que el clóset no tiene significado, al final algo sólo nuestro: le hablo de la visibilidad, la importancia de mostrar que hay más que ofrecer y el levantar la cara sin miedo, no por nosotras únicamente, por las personas que aún temen expresarse, por las personas que no son sinceras ni con ellas, Helena suele cambiar la conversación, no quiere tocar el tema, no puedo pedirle lo haga, estoy consciente que pedírselo sería asegurarle que quiero una relación, todo se reduce a algo simple: el asunto es mío.

Comienzo a tener un problema, al estar con ella me pierdo en la inmensidad, dejo de saberme un individuo y me permito mezclarme con el todo, esa sensación me aterra, por eso la beso de vez en cuando y finjo que con eso me basta, jamás había deseado a alguien tanto como a ella, quizá porque intento de verdad conocer todos sus lados, no me dejo cegar; por eso continúo con el juego de “estira y afloja”, sin saber si la quiero conmigo o lejos. Helena jamás sabrá todo lo que me ha hecho sentir, pensar, desear, ella vive en un mundo donde todo aquello se guardará junto a las declaraciones ahogadas: entre mis cavilaciones, mis miedos y recuerdos.

Todo eso pensaba hasta que noté que me miraba más tiempo del acostumbrado, sonreí, pensé en una frase que había escuchado alguna vez y la dije sin temor, jugando como siempre, tanteando el terreno de sus emociones y las reacciones que le provoco:

—¿Qué? ¿Te enamoraste de mí?

Helena ha sonreído, con una respuesta fuerte y audaz logró hacer implosión

—Y sí lo hice, ¿qué?... Cabrona.

 

Las consecuencias violentas de la reificación de las personas lgbt en el discurso periodístico

Escrito por Alejandro Ávila Huerta y Luis Fernando Serrano Delgadillo, 15 Jun.

¿Puede un periodista, a partir del tratamiento que dé a la información que transmita en un medio masivo de comunicación, incurrir en un ejercicio de violencia que afecte los derechos humanos de algún grupo o comunidad, incluso si no fue de forma intencional?
La construcción de significados que no corresponden a la realidad o que generalizan sus particularidades en torno a un fenómeno determinado imposibilita el reconocimiento que otros puedan tener sobre quienes forman parte de él. Esto llega a reducirlos a meros objetos que, en tanto tales, pueden ser agraviados sin consecuencias, no sólo en el universo simbólico de los medios de comunicación sino en su realidad más inmediata, afectando la definición de la unidad mediante la cual los agentes sociales se generan a sí mismos.
¿Cómo detectar y delimitar este tipo de violencia? ¿A quién responsabilizar? ¿Cómo sensibilizar a los periodistas sobre los efectos negativos (aunque no necesariamente premeditados) de su labor? Dentro de esta situación, el caso de la diversidad sexual merece atención por el estado de discriminación que históricamente ha vivido este sector.

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Homofobia simbólica
 

Quienes nos dedicamos a investigar acerca de la homofobia en el periodismo solemos enfrentarnos a las descalificaciones de nuestros resultados con alegatos como que nos empeñamos en encontrar discriminación en donde no la hay. Aunque para algunos pudiese parecer claro que equiparar la homosexualidad o el transgénero a un delito o enfermedad, o asociarlos con soledad y sufrimiento, son actos de violencia que afectan no sólo a las personas directamente aludidas, sino a la percepción social que se tiene de las personas homosexuales y trans en general. ¿Cómo convencer de esto a alguien que no lo ve así? ¿De qué manera justificarlo y evidenciarlo con argumentos académicos sólidos, más allá de las buenas intenciones de un discurso más bien activista? Bourdieu (1996: 44) ofrece un concepto que resulta una respuesta casi obvia a nuestro problema desde que la define como una violencia que no se ve: la violencia simbólica, aquella que impone a los objetos, los espacios y las interacciones del mundo significados que se hacen pasar por naturales.
Pero, antes de profundizar en el concepto de violencia simbólica, es pertinente acercarse a la concepción de lo que es violencia. A pesar de ser un tema frecuente en las ciencias sociales desde el siglo pasado, su abordaje se ha hecho desde una perspectiva fundamentalmente etnohistórica o de seguridad o salud pública, que, sin definirla, la describen, ejemplifican y sistematizan según, por ejemplo, el lugar donde ocurre (violencia doméstica, laboral, escolar); contra quién se manifiesta (violencia familiar, en el noviazgo, de género); qué aspecto daña de las personas (violencia psicológica, física, económica) o en qué nivel de la sociedad se presenta (violencia política, mediática, delincuencial), pero nada de eso explica qué es la violencia.
Una definición básica pero sustancial la refiere como el uso o amenaza del uso indebido de la fuerza o el poder entre individuos o grupos. Aunque en ocasiones se hace hincapié en la condición deliberada del acto, puede ser que ejercicios violentos se lleven a cabo sin la conciencia de cometerlos, pero sin que por ello dejen de serlo (Giddens, 2000: 741; Conde, 2011: 77).

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¿Qué quiere decir la adjetivación del uso del poder como ‘indebido’? ¿Es que puede haber un uso ‘debido’ del poder? Veamos. El poder es una acción, no una cosa (como un trono, una banda, un báculo) que esté ahí para ser tomada (Ayala, 2014: 77). No significa que el poder no sirva para mandar, pues es una de sus manifestaciones, pero no la única; y no se debe a una propiedad, sino a una capacidad de los agentes sociales: la de intervenir en el mundo con la consecuencia de influir sobre un curso o estado de cosas en él (Giddens, 2011: 51). De lo anterior se deriva que todo agente social “tiene” siempre poder, o para decirlo correctamente, tiene siempre la capacidad de ejercer poder sobre otros en distintos niveles, según sus recursos; por esto, todas las relaciones sociales deben entenderse como relaciones de poder.
Si los agentes sociales tienen a su disposición diferentes recursos en distintos momentos para ejercer el poder, entonces las relaciones entre ellos serán usualmente asimétricas y cambiantes entre la autonomía y la dependencia. Esto no implica obligatoriamente una relación de dominación (que es diferente al poder). Hay dominación cuando una relación asimétrica se vuelve constante al grado de establecerse en un sistema social determinado por cierta extensión de tiempo para, posteriormente, legitimarse, disfrazando la opresión (Giddens, 2011: 204; Ayala, 2014: 80).
Con esto, hemos formado una idea de cómo o cuándo el uso o amenaza del poder se puede considerar ‘debido’ o no: ¿es un poder que aspira a la dominación, que busca su legitimación? Es el abuso de una relación de poder y no el poder por sí mismo la condición que une a este –pero no lo fusiona– con la violencia, siendo esta también no un factor externo a las interacciones sociales, sino una forma –aunque sea límite- de éstas, en las que los intentos de acción comunicativa colapsaron, revelando las contradicciones de una sociedad (Arteaga, 2015).
Cuando es simbólica, la violencia se expresa en el lenguaje (verbal y no verbal), pero no de manera directa (con insultos, gritos o gestos ofensivos), sino veladamente a través del sentido de las palabras y de las imágenes, y no de éstas por sí solas. Ya que los seres humanos conocemos el mundo que habitamos sólo por medio del lenguaje, el significado que demos a aquello que nos rodea será determinante en la forma en que lo reconozcamos. Esta labor de significación será siempre colectiva e histórica.

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El lenguaje de las manos

Escrito por Eiden Zaragoza, 02 Jul.

Lo dejó ir.

O bien podría ser al revés. Daniel se encontró perdiendo el anclaje de la situación ¿Quién recibió el mensaje primero? ¿Quién lo escribió? Y con una aplastante sensación de derrota se pregunta: ¿acaso importa?

El sol acostado sobre el mosaico, bañando la cara de Pablo, sus largas pestañas apenas acariciando su mejilla, inseguras de poder hacerlo. Daniel bocabajo, jugueteando con sus dedos la pulsera de cuerda en la huesuda y fuerte muñeca de Pablo. The White Stripes cantando de fondo, la música empapando la habitación en un mar de serenidad, porque Daniel no se atrevía a describirlo como uno de alegría. Posiblemente fue eso lo que los condenó.  

Sus dedos danzaron como hipnotizados, empujando las yemas con las propias, en un ritual que había nacido y sido cuidadosamente nutrido a lo largo de los años. Es curiosa la forma en la que dos personas sin lazos sanguíneos pueden ser capaces de desarrollar un lenguaje propio, constituido por miradas, sonrisas, frases cortas, golpecitos en alguna parte del cuerpo, etc. Ellos sembraron el suyo en las manos. Cada dedo era una extensión del otro, como un todo cuyo significado sólo les pertenecía a ellos. Lacónico, tierno, juguetón. Cualquier intruso amenazaba con envenenar el flujo de información. Culpable recuerda cuando intentó enseñar ese lenguaje a su madre, ganándose un manotazo por tener las manos tan pegajosas.

Recién cumplía doce y Pablo once cuando se percataron de lo incómodo que eran las miradas que sus madres les lanzaban cada que los pillaban aferrados de los dedos. No lo comprendían, antes a nadie parecía importunarle. Ambos acordaron hablarse con las manos en silencio, apartados, casi ocultos de los demás.

Sus madres eran viejas amigas de la preparatoria y vivían a unas cuantas casas de distancia. Ellas y la niñez los unieron. Ahora la adolescencia los obligaba a cambiar y ambos, tercos, se rehusaron a dejar que los separara. Su lenguaje se transformó, sus manos no eran más regordetas o pegajosas, ahora las venas se asomaban por la piel y la grasa era un recuerdo vago de lo que fueron. Ya no sólo hablaban de boberías típicas de críos, ahora su diálogo era diferente: más enfocado, más íntimo. Sin darse cuenta, así como es la vida, un aliento, sus manos comenzaron a sudar, su corazón a latir hasta taparle con algodón las orejas, su sonrisa a enchuecarse torpemente ante el rubor en los cachetes de su siempre amigo. Ninguno de los dos se atrevió a reconocer lo que sucedía, y tampoco ninguno trató de parar aquello tan foráneo y desconocido que se cosía en lo más profundo desde el calor de sus manos.

Ahora, Daniel rememora la actitud de ambas familias, que intentaban descorazonadamente separarlos. Estaban asustados, y él no los culpa por ello, pero sí por haberlo logrado. Su madre invitaba a niños del colegio y de los alrededores con la esperanza de que lo alejaran de Pablo, y éste a su vez soportaba los intentos sutilmente agresivos de su padre de convertirlo en hombre, con deportes que no disfrutaba y chicas guapas llevadas a casa como si se tratase de una pasarela.

Pablo lo besó primero, comenzando por el dorso de su mano para después subir a los labios. Ninguno de los dos sabía lo que hacía, se enfocaron únicamente en lo bien que se sentía conectar de esa manera. Con melancolía, Daniel recuerda el terror que les carcomía la panza por ser descubiertos. Para entonces, la idea de que una pareja de hombres era un crimen ya había echado raíces en ambos. La indescriptible idea de ser raros y desviados construyó una barrera de pánico.

La felicidad se quebró cuando el padre de Pablo entró a la habitación, para encontrarlos recostados en el piso, dedos entrelazados y sonrisas pares. El hombre gritó y escupió, ahogando el solo de Jack White. Tomó a Pablo por el brazo y lo golpeó, ni siquiera se detuvo cuando estaba en el piso llorando y rogando, y Daniel no pudo hacer nada, tuvo que irse antes de que las amenazas de muerte se volvieran realidad.

Así que ambos se soltaron. Se olvidaron.

Días después, Daniel observó la silueta de Pablo en el asiento trasero de la camioneta blanca, mientras la vida le daba una generosa bocanada de decepción. Su corazón se rompió al leer el corto e indiferente mensaje de Pablo, que su mamá amablemente le entregó por la mañana. No se volverían a ver.

Fue tan brutal el golpe, que poco sabía hacer para remendar el músculo, entonces lo dejó así, abierto y torcido, quizá se repare solito. Veintidós años después, el celular vibró en sus manos. Un número desconocido brillaba en la pantalla. Un mensaje. Así como se cerró ese capítulo en su vida, se reabría. Sucio, descuidado y olvidado. Su corazón latió (¿cómo no se dio cuenta de que ya no lo hacía?) presentándole una oportunidad para cerrar esa parte de su vida. Para dejarlo ir de una vez por todas.

Las arrugas adornaban el lienzo de sus rostros, ya no son más unos chiquillos. Sus manos gravitaron inseguras, hasta sujetarse de nuevo, reviviendo un lenguaje olvidado. Daniel miró nervioso a su alrededor, pero Pablo apretujó su mano con cariño. Olvídate del miedo, recuérdame, le suplicaba. ¿Para qué dejarlo ir si podía recibirlo con las manos abiertas? 

La escena

Escrito por Trinity G., 09 Jul.

La realidad es que observaba con descaro a la gente que pasaba frente a mí. Vaya que era mucha. Tal vez entre 15 y 20 personas por minuto entraban y salían del principal centro comercial de la ciudad. Era el día previo a un 10 de mayo: una locura que vivía como espectadora. Esperaba la entrega de un servicio previamente solicitado al auto. Sentada y protegida por vidrios oscuros, podía posar la mirada con total libertad sobre aquellos que despertaban mi interés, como la chica guapa que no pude dejar de ver sólo por usar un bra con posible talla 34 y copa “C”, o el metrosexual que exudaba una petulancia varonil y que comparé con los machos alfa a su alrededor,  tampoco se salvaron los amigos del pasado, que reconocí por sus rasgos singulares que resaltaron sobre algunas canas y rollitos de grasa alrededor del cuerpo. Y cómo no contemplar a los temidos pedigüeños con sus artimañas para conseguir unas monedas y a quienes la mayoría les sacaba la vuelta, como apestados…

Dirigí mi vista a lo que otros estaban observando y así la descubrí. Una vez que lo hice no le perdí pisada, olvidando a los demás. Pasó frente a mí, sin acompañantes, vibrando, como si parloteara en su andar. Brillaba con luz propia al reflejarse sobre su piel los últimos rayos de sol de esa tarde.

Su físico era común o aún menos. Por su cara, libre de polvos y colores, pude atribuirle una edad y calificar su belleza por la simetría de sus rasgos. Su cabello ondulado tenía reflejos de un tinte rubio castaño, lo llevaba ligeramente pegado al cráneo, como les gusta a las personas prácticas y que van directamente al grano. Vestía una playera melocotón de tirantes y sin dibujos, lo suficientemente ceñida para perfilar diminutos pechos y mostrar delgados brazos que movía acentuadamente. Su atuendo lo complementaba un pantaloncito blanco y corto que permitía ver la parte baja de sus no muy carnosas y redondeadas nalgas, así como unas piernas esbeltas y bien definidas, cuyos pasos rápidos oscilaban sus caderas en un vaivén potente que indicaba felicidad, transparentando un espíritu aventurero. Su contoneo pude interpretarlo como intencional, deliberado, lo hacía para atraer la atención, pero sin exagerar, evitando ser tomado como algo cómico. Más estaba justo al límite, en esa línea hipotética según el juicio de quien la observa, por lo que volteé con malicia a mirar a los transeúntes, constatando que aún la seguían con la mirada. Los hombres sonreían silenciosamente, en posible señal de respeto, sin emitir los clásicos silbiditos que utilizan para aprobar o desacreditar algo a su paso. Las mujeres parecían pensativas, quizá admirando la seguridad que empoderaba su balance de caderas. También la escolté visualmente, hasta que detuvo su andar al lado de un automóvil negro donde la esperaba quien conducía. Lo abordó con la energía que la impulsaba: su orgullo gay

Esa era su vibra, su imán. Imaginariamente, antes de su partida la vi ondear la bandera con los colores del arcoíris, recibiendo el aplauso resonante y prolongado que ameritaba la escena de pocos segundos que nos dedicó en su trayecto. Fueron escenario los espacios de ese estacionamiento para su representación natural o planeada, y dejó claro que su desviación de la heteronormatividad no la avergonzaba, que tenía amor propio. Obtuvo de inicio la débil tolerancia que siempre estamos dispuestos a dar, y la emoción creció dando paso a un reconocimiento respetuoso a la diversidad. Su personaje ganó mi aprecio y es seguro que el de otros más.

La cafetería junto a Morelos

Escrito por Keila Itzel Rodríguez Peña, 16 Jul.

Estar en aquella cafetería parecía irreal, Melisa se preguntó si realmente debía ir, habían pasado al menos cinco semanas desde que vio a Fer. La cafetería se situaba en la zona céntrica de Toluca, sobre la Avenida Sebastián Lerdo de Tejada, junto al Teatro Morelos, era discreta, usualmente pocas personas pasaban por ahí, Fer solía describirlo como “un lugar conveniente”, el autobús paraba a pocos metros, esto hacía que el ajetreo a poca distancia ignorara el establecimiento: Melisa lo sabía bien, se había percatado de eso la primera vez que salió con Carlos, se dirigían a la parada cuando la lluvia los obligó a buscar refugio: la calma que inspiraban las sillas y mesas negras era combinada con las paredes blancas, dibujos enmarcados y mostrador de madera, era atendida por una pareja de ancianos, su trato era amable, lo que provocó que Mel regresara con otras personas para sostener conversaciones delicadas.

Fer y Melisa se conocieron a través de internet, Mel había respondido un comentario de Fer y de ahí se pasaron a mensajes privados, ambas acudían a la escuela en Toluca, en ese entonces, Fer se encontraba en Guanajuato y no regresaría hasta finalizar el año, por lo que se escribieron alrededor de seis meses, durante ese tiempo se contaron muchas cosas; Fer vivía en Metepec con sus papás y una hermana mayor, estudiaba arquitectura y nadie sabía que le atraían las mujeres; Mel vivía en Zinacantepec con sus padres, una hermana mayor y un hermano menor, estudiaba letras y  había salido del clóset: sus padres aún esperan que sea una etapa, a sus hermanos el asunto no les importa, sólo no quieren que se le lastime.

Melisa pasó por varios momentos de autodescubrimiento, hasta encontrarse con el término “pansexual”, una vez comprendido dejó de cuestionarse: una persona le gustaba y ya no le preocupaba si era “bueno” o “malo”, la frase “sólo es” se convirtió en su mantra. Fer es otra historia, habría hecho todo lo posible por guardar su secreto, se convenció de poder vivir sin mencionarlo y entonces llegó Mel, con la excusa de ser amigas se habían escrito y al conocerse comprendió que aquel silencio le era corrosivo. La primera vez que se encontraron fue en el monumento a Morelos, en el Teatro, ambas estaban conscientes de la situación de la otra, así que Mel sugirió ir a aquella cafetería, la conversación fue bien, comieron y al terminar se dirigieron al “Café Dalí”, sobre Vicente Villada, en busca de una cerveza, el piso de arriba les proporcionaba la privacidad deseada, ahí algunos podrían conocer a Mel, pero el anonimato de Fer estaría garantizado. Aquel día, al despedirse, Mel sintió el impulso de querer besar a Fer, pero se contuvo, no había muchas personas alrededor, aun así, pensó que no era lo idóneo: ese no-beso sería algo que le atormentaría al separarse.

¿Cuántas cosas había decidido no hacer? Se preguntó Mel, habían pasado cinco minutos más de la hora acordada y eso le daba tiempo a pensar en qué hacer, qué decir, qué callar. Fer tampoco estaba segura de ir, pese haber sido quien pidió el encuentro, durante el camino todas las inseguridades habían surgido, pensó en las veces que habían salido, siempre se preocupaban por la discreción, si existía una mínima posibilidad de ser vistas, sobre-pensaban lo que compartían, fotos, canciones: nada debía dar indicios del tipo de relación real que sostenían, el miedo había ganado: nunca caminaron tomadas de la mano después de cruzar la calle, no se habían besado en un parque, ni en el cine, en ningún lugar donde la mirada indiscreta amenazara, su primer beso había sido en el baño del Centro Cultural, en un lugar poco transitado en sí buscaron ser las únicas; a veces se sorprendía de Mel, cuantas medidas de prevención soportaba para verla, se sentía culpable: le cambiaba planes a última hora, le colgaba el teléfono sin aviso, dejaba de responder mensajes... se sintió nerviosa al contactarla, cuando obtuvo un “sí” al encuentro se alegró tanto que no reaccionó hasta una hora después. Y ahí estaba, a punto de entrar a aquella cafetería, temía ser plantada, sintió un ligero alivio al ver a Mel sentada, esperándola.

―Lo siento, te pedí vernos y llego tarde ―dijo Fer, sus palabras salieron como un suspiro, notó que la mesa elegida era la más lejana a las ventanas y puertas, lo usual para no ser vistas, un pinchazo de culpa le recorrió el cuerpo.

―No te preocupes, tampoco llevo tanto, no sabía si venir, pero me ganó la curiosidad ―Mel forzaba una sonrisa, de nada había servido mentalizarse, el vómito amenazaba la garganta, agradeció cuando la encargada les preguntó qué ordenarían.

Fer pidió café y Mel un frappé de chocolate, ninguna se animaba a formular las preguntas que tenían, así que la primera media hora se trató de cortesías ensayadas, buscando disfrazar los nervios, hasta que la impaciencia llegó al límite. 

―¿Me dirás por qué estamos aquí o seguiremos evitándolo? ―Melisa no quería sonar agresiva, intentó que su tono fuese amable, pero falló, vio como la sonrisa de Fer desaparecía, sabía que podía callar, no lo hizo: ―la última vez concordamos no tener contacto.

―Sí, la última vez concordamos en muchas cosas ―respondió Fer bajando la voz, miró alrededor, buscaba fuerzas de cualquier lugar y al no encontrarlas se obligó a hablar. Habló del miedo latente que sentía cada vez que se veían, le contó lo mucho que le dolía tratar a Mel como un secreto, como una amante y no como su novia, dijo que en más de una ocasión quiso gritar, que su relación le causaba ansiedad y llegó al punto de no saber si todo eso lo valía; Mel no la interrumpió, su expresión no cambió, se mantuvo serena, pero Fer notaba lo mucho que esas palabras le dolían, a ella misma le dolía pronunciarlas, pese a eso continúo, debía sacarlo, sólo así podría seguir, habló de su primer encuentro y lo mucho que deseó ser besada, cómo quiso abrazarla, expresar que era su novia, que se pertenecían y al llegar a este punto sintió que algo le rasgaba pecho: calló.

Melisa quiso confortarla, decirle que todo aquello estaba bien, que no importaba, pero guardo silencio, debía mantenerse imperturbable: había terminado el frappé y a Fer le quedaba poco café, una vez la taza estuviese vacía pensaba despedirse, ya no le interesaba el motivo de la reunión, siempre estuvo consciente de la situación, no para todos es sencillo salir del clóset, ella misma había vivido eso, sus padres pasaron por varias facetas, si en la actualidad no peleaban era sólo porque guardaban la esperanza de que le interesara un hombre y se olvidara de todo lo demás, “eso no me hará hetero, seguiría siendo pansexual”, les respondió al escucharlos, todo le parecía distante, de otra vida. Ahora pensaba en Fer, en ella, en la familia de Fer, no los odiaba o guardaba rencor, en un mundo ideal nadie tendría que dar explicaciones, pero al no estar en el idilio: tenían que buscar la aceptación y no herirse en el intento.

―¿Recuerdas donde bebimos nuestra primera cerveza juntas?―preguntó Fer. Melisa asintió algo sorprendida― Vamos ahí, todavía no te digo porque quería verte.

―¿Es en serio? ―Mel estaba estupefacta, comenzaba a molestarse, en cualquier momento perdería la compostura, toda su energía se centraba en contenerse ―Puedes decírmelo aquí o en el estacionamiento, ya me contaste lo que debiste contar cuando andábamos, esto me parece innecesario.

―La cagué horrible, ¿no?

―La cagamos ―quizá estaban demasiado sensibles, pero Mel no dejaría que Fer cargara con la ruptura como si fuese su culpa.

―El día que nos conocimos estaba lloviendo ―dijo Fer con un tono de melancolía.

― ¿Qué tienes con ese día?

―Fue un buen día.

―Terminamos bien, creo ―comentó Mel, supuso que debía agregar algo―, digo, no nos odiamos, podemos hablar bien…―se permitió mentir.

―¿Te acuerdas cuando te pregunté cuál es el estilo de la catedral? ―Fer añoraba esos días, donde hablarse no era una lucha de egos― Me respondiste “neoclásico”, como si te ofendiera que te preguntara ―sonrió―, pero así respondes cuando alguien te pregunta algo que sientes que es para medir tu inteligencia, eres lista, no necesitas que te lo digan.

―Y aun así me lo dices.

―Y aun así te lo digo.

―¿Qué pasa? ―Melisa la miró fijamente, tenía la impresión de que en cualquier momento Fer lloraría.

―Les dije a mis papás que soy lesbiana, no se lo tomaron bien ―hizo una pausa, ¿Qué podía decir? Estaba cansada, cansada de hablar de ella, de lo que sentía, de defenderse―, mi hermana sí, a ella básicamente no le importa.

―¿Cómo te sientes? ―Mel no sabía que preguntar, en ese punto siempre era complicado, la última vez que tocaron el tema Fer se había enojado: esperó ver alguna reacción, al no encontrarla preguntó: ―¿Qué te dijeron?

―Mi mamá lloró, dijo que no quería escucharme, mi papá me dio un sermón sobre como la mujer y el hombre deben estar juntos, lo están asimilando ―miró a los ojos a Mel, notó una mezcla de confusión y miedo―, no te preocupes, no fue por ti, es sólo que no quería callármelo y cuando pienso en todo lo que te hice pasar me odio.

―No creí que fuese por mí ―respondió Mel, sonrío, buscó la mano de Fer y por primera vez en la tarde no sintió nervios ―, no tienes por qué odiarte.

Conversaron un poco más, no lo dijeron, pero ambas sabían que no volverían a verse.

Carta de amor a otro hombre

Escrito por Caballero, 23 Jul.

Hombre sin nombre:

Si las circunstancias de la vida fueran otras, 

tú serías el amor de mi vida; 

pero lamentablemente mis recuerdos son 

efímeros destellos de amor.

 

Nunca he estado ebrio de amor, sin embargo, hoy siento la resaca de lo que amamos y lo que vivimos. Cómo desearía en este momento tener el gusto por el alcohol para ahogar mis penas: esta decepción la traigo atorada en la garganta que me impide expresar este dolor que me consume. Siendo sinceros, momentos reflexivos como éste me hacen concluir que esta relación la sufro más, no la disfruto como desearía. Una relación que no se disfruta no vale la pena prolongarla. No te preocupes, en verdad, ya no me acordaba de que cada vez me decepcionas más, fracturando el amor que siento por ti. He vuelto a escribir después de tantos días. Te confieso que tengo un dejo de extrañeza por tu ausencia, me cuesta trabajo ignorarte, a cada instante te evoco; sin embargo, mi fuerza de voluntad ha sido más grande que mi flaqueza, y no, no es una cuestión de orgullo, sino de amor propio.

El párrafo anterior te lo escribí una noche de nostalgia, te extrañaba mucho. Me inspiraste para escribir el libreto de una obra de teatro. Nunca fuiste a verla. Es una lástima: era una carta de amor. Muchos asistentes lloraron mientras la actriz la interpretaba, era sublime, como el amor que te tuve…

Siempre guardaré tu recuerdo con especial cariño. No todo, porque en su momento no tuvimos un compromiso que nos atara, además, tú tienes una relación. Que imbécil fui al creer que podías dejar todo por mí. Te entiendo. Esa comodidad y estabilidad sé que no las cambiarías por una aventura. Por un momento pensé que teníamos futuro.

Así que seguí mi vida, te dejé libre o más bien me liberé de ti. Decidí vivir en paz, sin una falsa promesa y esperando un compromiso verdadero y auténtico. Ciertamente me dolió y te extrañé, pero merezco una relación de verdad, no la miseria ni el intento de algo que ni nombre, ni rumbo, ni futuro tuvo. 

A pesar de todo, te estimo. Deseo que seas feliz y que algún día tengas el valor de vivir tu vida por quien eres y no por lo que los demás esperan de ti. 

Cuando nos conocimos me di cuenta de cómo correspondías a mis miradas constantemente. Era un juego que seguías un tanto confundido e interesado. Siempre adoré tus hermosos ojos azules. Recuerdo cuando me escribiste seductoramente invitándome a sumergirme en la profundidad de tus pupilas, tan azules como el mar. Tu mirada me desarmó, reconozco que me encantó corresponder en la sombra de la noche a la profundidad de tus ojos. 

Si algo pudiera reclamarte es que no me permitiste reservar nuestras vivencias en fotografías. Siempre calculaste todos tus movimientos. Lo triste es que sólo serás un recuerdo archivado.

Rememoro cuando de forma posesiva me arrebataste un beso, al principio forzado, después correspondido. Entonces, me dejé llevar. Las caricias se sucedieron, generando una sensación de placer y relajación. Fue así como una momentánea felicidad me invadió, hasta que acepté esa aventurilla sin importancia… en aquel momento.

Te quise tanto que incluso me inspiraste a escribir las cosas más tiernas. La cursilería se desbordó en mí, sacaste lo mejor de mi esencia. Siempre me hacía tan bien escuchar tu voz, justo como en estos momentos. Recuerdo tus dulces palabras, el cariño que nos tuvimos, el amor que nos profesamos… Lo mucho que nos quisimos.

De pronto sentí que el universo se acomodó a mi favor: vi las maravillas de la vida, sentí arder mi espíritu, enloquecí de furor, creí que el amor regresaba de forma generosa y extraordinaria; agradecí a la vida por permitirme conocerte, por compartir la vida contigo. Creí por un momento que Dios me regalaba tu presencia, y que este encuentro sería el comienzo de una relación duradera y próspera, lo creí por un momento.

Visualicé una vida contigo, un día normal: compartiendo un hogar, despertando juntos en la misma cama, todos los días y todas las noches. Tomados de la mano por la calle o en el restaurante, oler tu colonia, tan sensual y varonil. Adoraba la forma en la que tu perfume se impregnaba en mi piel al contacto con la tuya, tocar tu barba, esa rasposa sensación tan excitante y enloquecedora cuando sentía tus vellos lijar mi piel. La vida a tu lado me parecía exquisita.

Constantemente te mantuve en mis pensamientos, te retuve en mi memoria; hasta que decidí ver la realidad: toda esta hermosa estampa era una mierda. Es así como todos esos momentos de alegría y júbilo se asomaron por la noche, cuando no podía estar junto a ti porque, yo asumí, estarías acompañado de tu familia. 

Era inevitable estar nostálgico. A veces, a la medianoche tenía unas tremendas ganas de verte, de estar a tu lado, llamarte, pedirte dormir juntos, sentirte mío y no dejarte ir. Sabes lo mucho que me encantaba abrazarte, apretarte contra mi pecho, tocar tu espalda, rozar tu cuerpo con el mío. Definitivamente estuve enamorado.

Disfruté nuestras citas, fuiste mi prioridad, mi corazón era tuyo. Adoraba cuando comíamos juntos, nuestras pláticas. El apoyo que te daba al escuchar tus problemas laborales. Me gustaba estar presente para ti. Adoraba también las escapadas que dábamos: a caminar por el bosque, a conducir por la carretera o simplemente a permanecer en mi oficina conversando. Tu compañía me era grata, vislumbrar el ocaso platicando de proyectos juntos, o el momento de tomar unas vacaciones a tu país. Nos entendíamos perfectamente a pesar de los catorce años que me llevas.

Pero nada se llevó a cabo y, con ello, poco a poco moría mi esperanza de formalizar algo contigo, de ser una verdadera pareja.

Mi apego hacia ti fue creciendo a tal grado que sentía la imperiosa necesidad de tu presencia. De nada servían las llamadas telefónicas, ni los mensajes de texto. Escondernos no era opción para mí, pero para ti no había otra alternativa. Lo que me sorprendía eran tus muestras de afecto y los arrebatos de abrazos de vez en cuando en público a pesar de ser tan conocido.

Procuré no odiarme por intentar justificarte. Y aunque hasta hace unos meses persistió mi cariño por ti, fue más grande la desilusión generada al continuar esa relación. Procuré no generar que mis apegos debilitaran mi postura. Días o semanas después, no recuerdo bien, me pediste perdón por tu ausencia y, aunque te quise mucho, ya estaba cansado de eso. Aun así, no pude evitar sentirme abandonado. Mis pensamientos se inquietaban al guardarte rencor por momentos, pero la verdad es que no podía odiarte, sólo estaba profundamente decepcionado.

Pasaron más días, te regalé mi perdón. Recordé los buenos momentos que vivimos juntos, así pude alejarme de ti tranquilamente. Te extrañé un poco pero paulatinamente fuiste convirtiéndote en un breve recuerdo en mi lista de amores pasados. Nunca nos tomamos fotografías juntos, a petición tuya. De la misma manera, parece que nunca construimos recuerdos. Estas líneas me hacen concluir que realmente no me quisiste como yo pensaba. Estaba embravecido por tu indiferencia.

Nunca te lloré, aunque tuve ganas. Estoy seguro de que no te merecías mis lágrimas. Deseo que terminemos bien, en paz. Ojalá hubieras sido aquel amante permanente. No tengo más que buenos deseos para ti.

A pesar de que por mucho tiempo te evocaba, poco a poco te fui olvidando. Sé que me extrañabas porque estabas al pendiente de mí. No nos vimos en mucho tiempo, hasta que coincidimos en un evento. Noté un poco de amor en tus ojos cuando me miraste nuevamente, en la forma en cómo me abrazaste. Hasta que un día me lo dijiste: “Quiero que sepas que en verdad te quiero y me importas mucho”, pero ahora yo ya no creía nada, es más, ya no sentía lo mismo por ti.

Para terminar esta carta, quiero que sepas que: te amé, te extrañé, te sufrí y te odié. Ahora sólo queda regalarte mi perdón para luego olvidarte, pudiste ser el amor de mi vida, vivir en pareja, envejecer juntos. Ser compañeros y amarnos. En fin, tu decisión fue otra y yo solamente me alejé cuando me dejaste caminar solo. El verdadero amor implica una promesa de libertad, la libertad de amar a la persona de quien uno se enamora con una real entrega. Eso es amor, quizá tú no lo entiendas, o quizá yo no lo he experimentado nunca.

Con amor, tu querido amante

Descargas eléctricas ligeras: dos poemas

Escrito por Aleqs Garrigóz, 30 Jul.

A un joven marinero
 

Cógeme de la mano,
llévame en una barca en que sólo quepamos tú y yo

a esa nación tabú donde es lícita la trata carnal.

Penétrame en esas rojas mareas
cuyo vaivén sentimos como toques en la médula.
Marea en que los peces convulsionan, eléctricos,
entre jubilosas espumas saladas.


Bébeme, soy botella de un vino que se multiplica a sí mismo;
deléitate hasta tocar fondo.

Cómeme, soy cornucopia de mi propia abundancia.

Habítame, mi cuerpo es hoy para ti

un hostal con sillas, juegos de azar,
música primitiva de tambores y omóplatos, danza
y feliz prostitución. Marinero del amar…

 

¡No me dejes ir 

hasta haberte saciado!

 

II

 

Se mecen las olas arrullando el candor,

pero no quiero dormir si no es contigo.

 

Tus besos son estampa sabrosa

cuando tiras de mi hebilla por acercarme a tu boca.
En ella encuentro un sabor a tabaco y ron.

 

Somos jóvenes, y seguimos en desarrollo,

carambolos de tierras exóticas,

con una estrella interior.

 

Uno sopesa los músculos del otro 

y lo mide con los ojos.
El otro se deja hacer.

 

Inmenso es lo que siento por tu fuerza.

 

Hombre, el océano... el océano nos pertenece.

 

Bucólico

 

Hemos puesto uvas sobre nuestros cuerpos

para devorarlas con ansia.

El otro se retorcía entonces con gusto

por esas sensaciones tan nuevas que se le iban despertando.

 

Hemos jugado a causa del vino 

recreos de adulto sobre el césped fresco,
suave como nuestra piel tempranamente despierta.

Hemos bromeado tanto, tanto, como sólo dos locos harían.
Hemos tocado la flauta y el laúd
mientras los pajarillos se acercaban amistados
y con su ala nos rozaban las mejillas

donde tenemos hoyuelos profundos como la amistad.

 

Nos hemos bañado al natural a orillas del río,

cerca de nuestra morada.

Y el río fluía como aceite sobre una espalda morena.

Nosotros oíamos el canto que le hacían los guijarros al entrechocar

en su fondo pulposo;

y jugábamos a abrazar nuestro reflejo en el agua,

a apretarlo contra nuestros pechos lampiños:

sólo nos quedaba la humedad silvestre en los brazos

mientras nuestra risa penetraba la floresta.

 

Hemos partido el pan, el queso, bajo la sombra de un oloroso cedro.

Nos hemos dado un beso grande como un secreto de amor.

 

¿Como podríamos estar más felices de vivir?