Líneas de vida en Querétaro

Escrito por Editorial Elementum, 02 Aug.

El martes 30 de julio, Guadalupe López, Olga Tirado, María de Lourdes Murillo, Liliana Acosta autoras de Líneas de vida. Una puerta al ayer, acompañadas por la tallerista Diana Pérez presentaron su obra en las instalaciones de la Feria del Libro de Querétaro, en el marco del marco del Festival Maxei 488 Aniversario, con un lleno total del recinto.

Algunos asistentes acudieron a la presentación a raíz de una entrevista radiofónica con las autoras, donde los radioescuchas se interesaron por el proyecto y se dieron cita para escuchar y convivir con las autoras.

Liliana Acosta nos contó que esta presentación editorial fue distinta a las anteriores, ya que tuvieron la oportunidad de compartir sus experiencias con público diverso, lo que logró nutrir el diálogo.

Las autoras mencionaron que, al compartir sus experiencias, éstas se convierten en memoria colectiva que suaviza el alma y que calma emociones, porque en palabras de Acosta, Líneas de vida es un libro escrito con el corazón y esto representa una motivación más para continuar con la promoción.

Líneas de vida. Una puerta al ayer nació a través de Agustín Cadena, quien propuso a Editorial Elementum organizar un taller autobiográfico con mujeres valientes que se atrevieran a compartir sus historias a través de la escritura para, posteriormente, publicar un libro.


Próximas fechas de presentaciones editoriales:

28 de agosto 2019
18:00 horas
Auditorio Nicolas García de San Vicente
Feria Universitaria del Libro 2019, UAEH
Polifórum Carlos Martínez Balmori
Ciudad del Conocimiento, Pachuca-Tulancingo Km. 4.5, Carboneras, 42184 Hgo.


6 se septiembre 2019
18:00 horas
Museo de la mujer
Calle República de Bolivia 17, Centro Histórico de la Cdad. de México, Centro, 06020 Ciudad de México, CDMX

 

 

Los 5 mejores libros para docentes

Escrito por Editorial Elementum, 15 Aug.

La niñez de hoy en día necesita rodearse de un ambiente escolar distinto al que se ha imitado durante décadas, el cual provea una oportunidad de aprendizaje al cien por ciento de quienes están presentes. Así los docentes frente a grupo se encuentran a diario con la disyuntiva de confiarse a modelos basados en la repetición y el almacenaje de información o a brindarles experiencias de aprendizajes que puedan relacionar con su entorno y a la socialización de aquello que pueda transformarse en habilidades y recursos. En este regreso a clases te compartimos una lista sobre el mejor material bibliográfico para tu regreso a clases como docente.

  1. Elogio de la educación lenta

Autor: Joan Domènech Francesch
Editorial: Grao

 

‘Más’, ‘antes’ y ‘rápido’, parece que estas son las máximas bajo las cuales se rige la sociedad hoy en día. Pero esto no implica que sea lo mejor. La educación lenta defiende el saber encontrar el tiempo justo para cada uno y aplicarlo en cada actividad pedagógica, es decir, ajustar la velocidad al momento y a la persona, atendiendo a la diversidad de ritmos de aprendizaje.

 

 

  1. Dispositivos digitales móviles en Educación

Autor: E. Vázquez-Cano y M. Luisa Sevillano
Editorial: NARCEA, S.A. DE EDICIONES

La aparición de los dispositivos digitales móviles ha llegado con fuerza al mundo de la educación, y en este libro se exploran tanto sus riesgos como sus oportunidades asociadas. Uno de los libros de pedagogía más recomendables para estar al día en estos temas.

 

 

  1. Construir personae. Cómo llevar el constructivismo real a las nuevas generaciones

Autor: Alfonso Pescador

Editorial: Elementum

Las exigencias de los alumnos son cada vez mayores: demandan movimiento, estrategias y técnicas pedagógicas diferentes e innovadoras que incluyan al factor diversión y consideren los distintos estilos de aprendizaje; el docente debe ser un facilitador y no un simple emisor de conocimientos para memorizar. A través de la exposición de experiencias protagonizadas por niños, docentes y el propio autor, Construir personæ presenta diversas situaciones para las cuales no hay didácticas convencionales. Ante este panorama, esta obra ejemplifica alternativas de educación que brinda el constructivismo, donde los conocimientos son una herramienta clave que coadyuva a solucionar problemas y realizar propuestas.

 

 

  1. Las altas capacidades en la escuela inclusiva
    Autor: María Sánchez Dauder

Editorial: Horsori

En este libro se explican, en forma de cuento, diferentes propuestas para hacer que las necesidades educativas de los alumnos con altas capacidades y las del resto del alumnado puedan llegar a encajar sin romper la armonía en el aula.

 

 

  1. Educar Hoy

Autor: P. Bronson y A. Merryman

Editorial: SIRIO

Un libro basado en descubrimientos sorprendentes acerca de cómo piensan y actúan los más jóvenes. En sus páginas se habla sobre temas tan importantes como la agresividad en niños y niñas, cuándo empiezan a mentir y por qué lo hacen, las riñas entre hermanos, etc. Puede ser útil tanto para padres y madres como para profesionales de la educación.

 

 

Fuente: https://psicologiaymente.com/cultura/libros-de-pedagogia

 

Un día normal

Escrito por Julio César Acosta, 05 Sep.

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Tic-tac, tic-tac, tic-tac. El reloj avanzaba, la ciudad se ahogaba en oscuridad, las luces daban vida al miedo de las madrugadas, el asfalto comenzaba a tener movimiento: pisadas, llantas, basura y escupitajos comenzaban a adueñarse del espacio; en el horizonte, unos deprimentes rayos de sol se asomaban como si no quisieran salir hoy, como si no hubiera esperanza… así se ven todas las mañanas desde aquella entrada de metro en la Ciudad de México.

En una esquina, sobre huacales viejos y flojos, reposaban dos charolas grandes y largas, dentro de ellas había mazapanes, ricaletas, bomba chile, juguitos de triangulito, diez cajas grandes de chicles —a la gente le gusta que huela bien su boca cuando miente—, y aguas, muchas aguas, pues cuando inicia la tarde, la entrada al metro parece boca hacia el infierno y el piso se enciende intentando contener el azote largo que el sol y la alta contaminación dejan caer con furia. En ese espacio sucio y alumbrado sólo con la luz tenue de una pequeña lámpara de leds llegaba Sergio Sánchez cargando una hielera repleta de agua fría que momentos despúes colocó en el piso. Su mujer, del otro lado del puesto, le ofrecía un vaso cargado de café caliente y un pan, desayuno emblemático del México de clase media.

La ciudad con su furia hacia presión: las luces de los autos se mezclaban con su infinidad de sonidos, las primeras mentadas de madre del día acompañadas de un armónico chiflido típico de los chilangos, rostros secos entraban y salían del metro y la mañana daba los buenos días con mal rostro. Son las 7 a. m. y todo está despierto. Don Checo ha terminado de poner su puesto, el día apenas comienza para él. Su vida ha cambiado en los últimos 15 años, pues el hambre, como a muchos en nuestro país, lo obligó a cambiar los amaneceres más hermosos de México por los apresurados días en el D. F. (como él aún le llamaba). Toma su hielera sucia y vieja, la sube a su diablito y como ritual azteca en un proceso casi perfecto comienza a cargarla de papas, café, aguas, cigarros y tortas de milanesa y queso de puerco que su esposa prepara todas las madrugadas en punto de las 4 para vender, apresurado —pues el tiempo es dinero para ellos—, comienza a pasar por el largo pasillo lleno de puestos, poco a poco Sergio se va perdiendo entre el infinito movimiento de la gente acompañado de su grito: “Tortas, café, aguas para despertar… Tortas, café, aguas para sonreír…”

2 p. m., la tarde avanzaba. Los sonidos del metro y las cumbias de antaño se escuchan y es como si el tiempo se detuviera; la garganta se ha secado de gritos y Checo ve su face, las noticias de la tarde se llenan de likes y los niños están a punto de llegar de la primaria. Frente a la calle una patrulla llega de manera abrupta y nadie se inmuta, ya son imágenes cotidianas. Tres policías encapuchados vigilan, una señora con bata abre la puerta y junto a ella baja el comandante, un hombre chaparro y con fortaleza en el cuerpo, la señora con voz directa señala. Está a punto de cambiarle la vida a Sergio Sánchez: jamás olvidará la mirada llena de ira de quien con su dedo le ha quebrado la vida.

Sergio Sánchez es ahora un homicida. Esta fue la declaración que condenó a Sergio Sánchez, indígena mazahua, a 27 años y 6 meses de prisión por el delito de homicidio calificado. Checo, como lo llamaba su mamá, fue aprehendido por 10 sujetos que lo sometieron y lo llevaron detenido al Ministerio Público. Después de eso su familia no lo volvió a ver…

 

 

Sergio despertó a la mañana siguiente amarrado en una silla; el ojo hinchado y moreteado le hacía ver borroso, frente a él  un hombre dormía sobre un sillón. Entre balbuceos y con su mandíbula rota alcanzaba apenas a pronunciar: “agua, agua”, el hombre en el sillón despertó con un sobresalto, “Puta madre cabrón, yo te iba a dejar descansar un rato y sales con tus mamadas, ¿quieres agua? Aquí está la pinche agua”. Con odio en los ojos tomó una cubeta de agua helada y la dejó caer de frente a Sergio, una carcajada larga llenó de sonido el lugar que se mezcló con gritos largos de Checo: ¡Ya, por favor!”. “Ya por favor, ya por favor… chingas a tu madre cabrón. ¡Confiesa, pinche indio!”. Una bolsa cubrió su cabeza, las manos se laceraban con el ixtle que las unía a la silla, sus pies intentaban moverse pero era imposible. La impotencia invade a Sergio y se pregunta qué hizo.

El dolor es infinito, piensa que es un mal sueño, de esos que se tienen cuando se comen 10 tacos por la noche, está a punto de perder el conocimiento, su cuerpo comienza a perder fuerza. La bolsa se detiene, el joven toma de una mesa vieja de plástico una bolsa con un celular y la navaja con la que Sergio asesinó con 20 puñaladas — según la versión del hombre—. “Con-fie-za-, hijo de tu puta madre. Si no lo haces me voy a coger a tu pinche vieja india y voy a chingarme a tus dos pinches escuincles pata rajada”. Sergio comenzó a llorar, ha sido la peor noche de su vida y le preguntaba a Dios qué ha hecho para merecer esto. Y como si él lo escuchará, cual luz celestial, arriba del sótano se abrió una puerta. Dos hombres con pistola en cintura bajaron y sin cruzar palabra desamarraron a Sergio con un procedimiento casi mecánico para llevarlo a los separos. Un médico entra a inspeccionarlo, una luz directa a los ojos, pupilas dilatadas, lengua ensangrentada, con algodón limpia las heridas del rostro moribundo de Sergio. Una enfermera llega con un kit de limpieza para secarle el cabello y un guardia entra para entregarle unas hojas al hombre de la bata.

En un acto casi fúnebre, la enfermera sale acompañada del doctor y el guardia comienza a sacar de una bolsa negra un pantalón, una camisa color caqui y un par de zapatos negros nuevos que coloca sobre los pies sucios y mojados de Sergio.

Son las doce de la tarde, el sol afuera de los separos quema las almas de los que se mueven entre la acera. En las oficinas de los Juzgados, un ruido incesante de dedos que dictan palabras a las computadoras, teléfonos que no dejan de sonar y esperan ser contestados; en el rincón al fondo, un juez lee los últimos datos aportados por la fiscalía para dictar sentencia. El día avanza y todo tiene que ser rápido, el juez llama a comparecer al acusado. A un costado, entre rejas, aparece desvariado Sergio Sánchez, un oficial le lee rápido y sin entenderse sus derechos, por segunda ocasión la señora lo señala como principal responsable. El juez con la justicia en sus palabras dicta auto de formal prisión: 27 años y 6 meses  de cárcel por el delito de homicidio calificado en primer grado. Sergio Sánchez no verá más a sus hijos, no venderá más aguas en la entrada del metro.

Juicios, comparecencias, cientos de revisiones, tiempo, meses y vidas han pasado, el indígena Mazahua extraña el olor del bosque por las mañanas, los atardeceres infinitos llenos de melancolía, extraña a su madre que partió de este mundo un par de años atrás sumergida en tristezas por su hijo encarcelado. Siete años… siete años de un caminar lento que en México sucede cuando hablamos de justicia.

Tic-tac, tic-tac, tic-tac. El reloj avanzaba, la ciudad se ahogaba en oscuridad, las luces daban vida al miedo de las madrugadas, el asfalto comenzaba a tener movimiento: pisadas, llantas, basura y escupitajos comenzaban a adueñarse del espacio; en el horizonte unos deprimentes rayos de sol se asomaban como si no quisieran salir hoy, como si no hubiera esperanza. Siete de la mañana, la ciudad comienza su día, los pájaros en los cables viejos y sucios chiflan cual si estuvieran encabronados, frente a ellos, una alarma ruidosa anuncia la apertura de una puerta inmensa, la gente afuera se amontona, todos observan el espacio que va dejando ver la lenta apertura de la puerta, una mancha deforme y negra se posiciona frente a los pequeños rayos del sol que comienzan a asomarse, una silueta se dibuja y parece que lo escupen las puertas y cual ritual de parto se va dejando ver un hombre, que se convierte en llantos de dos jóvenes, de una señora que se queda paralizada al tiempo que sus ojos se llenan de lágrimas… Es Sergio Sánchez, el hombre al que el reclusorio abortó, el hombre que volvió a nacer en esta ciudad que día a día se pudre. Que día a día se apaga.

Tic-tac, tic-tac, tic-tac. El reloj avanza y la vida se apaga.

 

Historia basada en Sergio Sánchez, indígena mazahua que fue acusado de un homicidio y fue sentenciado por un delito que no cometió. Gracias a una asociación en defensa de los derechos humanos ha podido comprobar que es inocente y fue liberado después de siete años encarcelado. La violación a sus derechos humanos fue total convirtiéndose en un indígena más que es enjuiciado de manera ilegal. Sirva este texto para hacer lucha desde las letras y hacer un homenaje a los indígenas violentados por el simple hecho de compartir este país lleno de tanta riqueza cultural.

Diesen Weg gehst du…

Escrito por Erasmo W. Neumann, 26 Sep.

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El sol no llegaba al cénit cuando un individuo se plantó frente al edificio de la Dirección General de Seguridad y, sin decir una palabra, arrojó una nariz putrefacta a los pies de los oficiales que montaban guardia. Aunque en un principio éstos solamente intercambiaron miradas perplejas, pronto repararon en que se trataba del hombre más buscado de Ecatepec: el “Carpintero vengador”. Entonces desenfundaron sus armas cuan rápido les permitieron los nervios y le ordenaron llevarse las manos a la nuca. Él obedeció sin chistar y permitió que lo esposaran al tiempo que, con un suspiro resignado, evocaba los acontecimientos que lo condujeron hasta allí.

            Todo comenzó con la muerte de su hija durante un asalto al transporte público; el ladrón le disparó por rehusarse a entregar el móvil, y aunque el resto de los tripulantes aprovecharon la situación para desarmarlo y retenerlo, el tiro fue fatal. Todavía no se escuchaba la sirena de la patrulla cuando arribó para confirmar, los ojos anegados en amargura, que la víctima era su pequeña. El arresto del responsable fue consuelo efímero: semanas más tarde, su abogado lo enteró de que, puesto que los pasajeros golpearon al criminal y se incurrió en un número de faltas protocolarias durante la detención, el delegado de la Comisión Estatal de Derechos Humanos determinó que se violaron sus garantías y, con ello, dio a la defensa elementos para anular el proceso.

En el acto solicitó audiencia con el funcionario, quien no era sino un chico recién egresado de la universidad.

            —¡Es un atropello! —le espetó—. ¿Qué hay de los derechos de mi hija? ¿Quién la defendió a ella? ¡La mataron y tú ni siquiera alzaste la voz!

El muchacho, sin embargo, no veía en su proceder sino el mero cumplimiento de sus obligaciones.

            —Créame que si fuera usted el preso, señor, también me cercioraría que lo hubiesen tratado con justicia.

            En el Ministerio Público le expusieron argumentos similares, y el juez desestimó cuantos recursos invocó para revertir el escenario. No le restó sino ver, impotente, exonerado al asesino de su hija.

            —Descuide. Ya caerá por otra cosa —le aseguró el fiscal, y aunque él confiaba en que así sería, no estaba dispuesto a esperar.

            A menos de un mes del veredicto, el ladrón amaneció muerto en un callejón de Ciudad Azteca y, como la policía no lo encontrara ni en su domicilio ni en su carpintería, terminó por encabezar la lista de sospechosos. La situación empeoró al descubrirse que en el bajo mundo hablaban de un sujeto que, armado con una clavadora eléctrica y un martillo, intimidó a las personas adecuadas hasta dar con el bandido. No tardaron las más mordaces plumas del municipio en enterarse y difundir la historia del vigilante que, cual manado de alguna tira cómica, se procuró con las herramientas de su oficio la justicia que el sistema no proveyó. La subsecuente cacería del “Carpintero vengador”, como lo referían en las calles, se convirtió en un ardid mediático, y su aprehensión se volvió prioritaria para las autoridades luego de que, a tres semanas de la primera ejecución, vecinos de Tulpetlac informaran el hallazgo de otro cuerpo: el del funcionario de la Comisión Estatal de Derechos Humanos. Además de molerle la cabeza a golpes, le amputó la nariz como para que no la metiera de nuevo en donde no debía.

            Ésta no aparecería hasta que el justiciero se entregara unos días después, resuelto a poner fin a la violencia y encarar las consecuencias de sus actos. Ignoraba, no obstante, que la fortuna no movía aún todas sus piezas: cuando lo conducían al interior del edificio para ficharlo, un hombre se acercó por la calle de López Mateos y, raudo, le descargó los seis tiros de su revólver.

            —¡Esto es por mi hijo, cabrón! —exclamó entre lágrimas antes de que los oficiales lo abatieran.

            Ese homicidio dejó claro que no solamente el carpintero había saciado su sed de revancha, pues la identificación en los bolsillos del agresor lo reveló como el padre del joven delegado de Derechos Humanos. La rabia de uno derivó en la tragedia del otro y, en su dolor, ambos escribieron con sangre una historia que en esa sucia acera llegó a su punto final.

Estación C. Doria

Escrito por Alicia Islas, 17 Oct.

Te leí entre juegos y eso bastó para tener fe en llanuras cubiertas de cálidas palabras, en las leyendas de la calle y las de mi casa, e incluso aún más lejos muy pegado del reflejo de la luna.

Era verano tenías tantas ganas de salir a brincar con los zapatos de charol y la cara cubierta de grumos de algodón de azúcar. ¡Pero no! ¡Los zapatos debían estar limpios! Corre despacito, que no te escuchen.

Miro el reflejo de la ventana, se tropieza con una mirada difusa pero con mucho fuego a medio apagar con sal, cortantes, cruzadas, perdidas desde el ojo hacia el arete del labio.

Cráteres de labial desterrados por el color del vino.

Cambio de estación…

Olor a vino, tal vez ron y un poco de tabaco o quizá algo más…

Te sientas a mi lado y me saludas, ¡qué sonrisa! 

Te presentas con INE en mano, como si de un trámite burocrático se tratase, y tu celular torturaba mi oído a tan altas horas de la noche.

Cambio de estación…

¡Quema! En verdad me siento fatal, él me dejó, ¡Que se pudra! ¿Has leído México Bárbaro? Léelo, ¡tienes que leerlo! Estudio Sociología, mucho gusto…

Una y otra vez escuchaba su llanto cortado.

Debes decirme en dónde bajar, por favor.

El silencio se comía el tiempo entre una estación y otra con las miradas, los gestos y las pocas ganas de quien habitaba la obscuridad de la ciudad.

Cambio de estación…

Te doy todas las armas que tengo, mi número por si algo pasa en los callejones, invoca antes de entrar a casa.

Una charla calmada antes de despedirnos y una mirada de suerte que tiene piedras, cada mineral con un, “espero que llegues viva”.

Tomas con fuerza tus lágrimas y el gas pimienta, y acomodas los recuerdos para que no se salgan, avanzas con incertidumbre y con más terremotos que esperanzas.

 

El paso a paso para publicar un libro

Escrito por Editorial Elementum, 20 Feb.

Si estás leyendo este artículo, probablemente tienes una obra que quieres publicar o te interesaría lograrlo en algún momento.

 

Publicar por medios propios es una realidad para muchas escritoras que merecen debutar en el mundo editorial. La edición y publicación de libros es un proceso que requiere diversos cuidados y atención a cada detalle. Autoras y autores que están considerando publicar por primera vez tienen dudas sobre cuán acompañados deben andar el trayecto del texto al libro.

 

Cuando el autor opta por una publicación independiente, asume el riesgo de no poner atención a detalles, lo cual puede resultar en erratas, descuidos tipográficos, libros que no cumplen los lineamientos para entrar a librerías o impresiones que no llenan sus expectativas, por mencionar algunos.

 

Uno de los objetivos de Elementum consiste en apoyar y acompañar a las autoras en la publicación sus obras, sin quitarles decisión sobre lo que sucede con sus textos, portadas y títulos, entre otros aspectos fundamentales.

 

Porque nos gusta que los autores se sientan orgullosos de sus libros, desde hace ocho años, trabajamos para mejorar los servicios que les ofrecemos, así como la calidad de los libros que llevamos a los lectores.

 

A continuación, respondemos, de manera breve, las preguntas más comunes que suelen llegar en nuestros medios de contacto:

 

¿Cómo es el proceso de recepción de una obra?

En primer lugar, debemos acordar que, tanto la editorial como la autora, quieren publicar la obra con Elementum. Para ello, la editorial debe estudiar la obra y la autora, conocer a la editorial. Debemos reunirnos. Muchas autoras que han publicado con Elementum concretaron su primera cita a través de nuestros canales de contacto: Facebook, correo electrónico o llamada telefónica.

 

En la cita, el editor platica con el autor para saber más acerca del libro, sus aspiraciones y necesidades respecto a la publicación. En esta sesión, abundamos sobre nuestros procesos y requerimientos para trabajar con la obra. Si las dudas del autor han sido resueltas y acepta los términos de evaluación, el paso siguiente es la recepción de la obra completa y el pago para la dictaminación y propuesta de edición.

 

¿Qué se evalúa en un dictamen y cuánto tiempo demora?

El dictamen es una evaluación que contempla el análisis literario y comercial de la obra, así como la trayectoria del autor. Esta evaluación da como resultado un dictamen positivo o negativo, que indica —desde la óptica de la editorial— si la obra está en condiciones de ser publicada, o si necesita regresar al autor para que madure en un proceso de reescritura y corrección.

 

En caso de que tu dictamen sea negativo, no te desanimes, es cuestión de que regreses a tu texto y continúes trabajándolo. Cuando te entreguemos el dictamen, te haremos sugerencias y observaciones que ayudarán a mejorar tu obra. En un próximo post, te daremos algunas recomendaciones para tomar en cuenta antes de enviar tu obra a dictaminación.

 

La elaboración del dictamen inicia a partir del día del pago correspondiente y tarda hasta 60 días naturales. El periodo de dictaminación depende de la extensión de la obra.

 

Si el dictamen es positivo, ¿cuál es el siguiente paso?

Si es dictamen es positivo, realizamos una propuesta de publicación de la obra, que incluye los trabajos que realizará la editorial (corrección, diseño, ilustración, entre otros) y los tiempos aproximados de cada proceso. Asimismo, presentamos el presupuesto por los servicios editoriales y de impresión.

 

¿Qué pasa con los derechos de autor?

Elementum, como toda editorial, lleva a cabo su trabajo dentro del marco de la Ley Federal del Derecho de Autor, que protege los intereses del autor. En este marco, Elementum plasma en un contrato los acuerdos que la autora y la editorial asumen de forma verbal. Elementum no lleva a cabo ediciones sin conocimiento y consentimiento de quien se ostenta como autor de la obra.

 

¿Cuáles son los planes de financiamiento que Elementum maneja?

La intención de Elementum es lograr la publicación de la obra, sin que la autora se vea en la necesidad de hacer una gran inversión, y que, en cambio tenga la opción de recuperar lo invertido y obtener ganancias. Por este motivo, hemos diseñado diferentes alternativas de financiamiento, mismas que proponemos cuando conocemos mejor la obra. Las dos opciones más comunes son: Autofinanciamiento, en la que la autora se hace cargo del pago total de los servicios editoriales y la impresión; y Ventas anticipadas, en este esquema la autora paga los servicios editoriales, pero una vez que tenemos el libro listo para salir a imprenta, iniciamos una campaña de financiamiento para cubrir los costos de producción a través de la preventa del libro. De esta manera, la obra se publica, lo invertido se recupera y el libro ya tiene un lector que lo espera.

 

Una vez que el libro se publica, ¿cómo es el proceso de distribución?

El proceso de distribución y colocación en puntos de venta tiene muchas variantes, cada libro es único, y aunque es posible que sea aceptado en los puntos de venta que tenemos hasta el momento, también puede ser el caso de que la distribución de una obra se limite dependiendo del tema del libro y la cantidad de ejemplares impresos.

 

Además de los puntos de venta, Elementum cuenta con una tienda en línea que puedes visitar aquí:

 

¿Cuál es el valor agregado que Elementum le ofrece tanto a escritoras consolidadas como a los talentos nacientes?

Las autoras que trabajan con Elementum cuentan con una casa editorial formal, que ofrece trabajos editoriales de calidad, accesibles y que contempla al autor en cada una de las etapas de edición y de promoción (presentaciones y gestión de puntos de venta), y lo más importante, las regalías son mayores, pues el libro publicado es inversión de ambas partes.

 

¿Qué servicios tiene Elementum?

Elementum tiene varios servicios además de la edición integral. Si requieres algún servicio específico puedes acercarte con nosotros, esta es una lista de los servicios que ofrecemos:

  • Servicios de corrección de estilo, correcciones ortotipográficas, cotejo de archivos para envío a imprenta
  • Servicios de diseño editorial, diseño de portadas, ilustración
  • Gestión de ISBN, registro ante INDAUTOR, asesoría en derechos de autor
  • Impartición de talleres de fomento a la lectura y escritura. Preguntar por nuestro catálogo de talleres, que hemos impartido en diversos eventos culturales y ferias de libro
  • Servicios de impresión bajo demanda
  • Distribución física y online.

Estos son sólo algunos puntos que te ayudarán a conocer nuestro proceso de edición.

Agenda una cita con nosotros para que nos cuentes sobre tu obra. Nos encantará conocerte y apoyarte en lograr tu publicación, no importa si eres un autor nuevo, un académico o un autor con trayectoria: tenemos una propuesta editorial para ti.

Versada en ruido

Escrito por Ale Guerrero, 05 Mar.

¿Sabías que la letra h deriva de heth, que significa “cerrado”?
Aunque por sí sola no suena, está viva desde hace siglos.

El H, como le llamaban los alumnos de Martha, estaba en el camión. Su cuerpo moreno colgaba de la puerta; resaltaba el peinado en punta, rígido de tanto gel, que se ladeaba hacia la derecha.

Martha abordó junto con un grupo de personas que aceptaban con resignación el hacinamiento y el calor asfixiante del camión con tal de llegar a casa. Él no se percató de su abordaje en un primer momento, pero al extender su mano ennegrecida por la mugre de las monedas y levantar la mirada para solicitarle el pasaje, se topó con sus ojos.

Sonrió con mesura y cortesía; ella con nerviosismo, pues eran las primeras veces que subía hasta aquel barrio calificado de peligroso. A Martha le impresionaba la manera en que ese hombre podía comunicarse sin decir palabra. ¿Cómo bromeas sin palabras?, ¿cómo sueñas?, ¿cómo se ama sin palabras?, ¿cómo se expresa el amor sin una boca que cante las canciones que todos cantan y dedican, sin una boca que haga promesas, que hable de para siempres, que diga “amor”, “mi vida” o “cielo”?

La intriga crecía en su mente. Durante las noches veía tutoriales de lengua de señas, intentando interpretar lo que el H “decía” a sus amigos en los trayectos. Poco tardó en descubrir que él no sabía dicha lengua; entonces ¿cómo habría sido su niñez?, ¿y sus padres?, ¿recibió otro tipo de educación?, ¿cómo acabó de cobrador en el pecero?

En cada trayecto en que coincidían, a ella se le llenaba la cabeza de preguntas que no podía responder. No quería indagar con la gente alrededor, pensarían mal; quería que él le contestara, pero ¡¿cómo?!

Comenzó a ser más amistosa con el H, incluso le coqueteaba un poco; finalmente, esa es la manera rápida de lograr que un hombre baje la guardia, pensó. Pero él no respondía a su actitud, al contrario, se tornaba más serio, con una marcada cortesía que generaba una barrera entre ambos.

¿Qué otra cosa podía hacer? ¡Ya está! Usaría su reciente nombramiento como reportera y la confianza de los colonos, para decirles que estaba escribiendo una historia sobre la popular colonia. Empezó por los servidores del centro de salud, las autoridades de las escuelas; niñas, niños, jóvenes, señoras, luego los dueños de las verdulerías, hasta que llegó a ellos: los conductores y cobradores de los camiones.

Ahí estaba el H con un par de hombres. Después de algunas preguntas sobre su oficio, Martha dirigió la conversación hacia él, ahí supo que sus padres eran migrantes de la Huasteca, que no hablaban ni escribían bien el español; ambos eran obreros y hacían largas jornadas, así que él fue criado por su abuela materna, hablante de náhuatl, quien sufría tanto la partida de su pueblo, que charlaba poco, pero aprendió a comunicarse con su nieto haciendo señas con las manos, moviendo sofisticadamente los labios, los ojos, las cejas…

El H aprendió a escribir algunas palabras gracias a sus padres, no tuvo acceso a la educación formal; no conjugaba verbos ni sabía todos los pronombres ni…, pero ¡¿y qué más daba?! “¿Tiene novia?”, preguntó Martha, y su cuerpo se echó ligeramente hacia atrás cuando vio la mueca de extrañeza de los otros dos hombres, pues la pregunta no venía al caso; aun así respondieron por él que no y luego le dirigieron una mirada pícara que hizo que el H sonriera y se llevara las manos a la cabeza mostrando vergüenza.

Acabó la entrevista dos preguntas después y Martha fue a casa. Aún sentía curiosidad, ¡tenía que acercarse más! Al día siguiente esperó coincidir con él en la ruta, no lo logró. No sabía si acudir el fin de semana a presenciar el carnaval, le daba un poco de miedo, pero finalmente lo hizo.

Las casas grises cobijadas por el cielo nocturno disimulaban la pobreza del barrio gracias a las luces del escenario instalado en la plaza central. Las horas pasaron entre danzas, enmascarados, son huasteco, comida y alcohol. No veía a el H por ningún lado, así que se entregó a la algarabía juvenil de sus alumnas y tomó un par de tragos de alcohol barato a escondidas, otro par más, hasta que las piernas empezaron a relajarse y moverse al ritmo de la música.

Eran cerca de las 8:00 de la noche cuando un enmascarado le tomó la mano para sacarla a bailar. Sin pensarlo mucho, aceptó; sus alumnas aplaudían y ella reía como si fuera otra adolescente. La sonrisa se le borró de la cara por un instante cuando en una vuelta la máscara cayó del rostro de su pareja y quedó al descubierto la identidad del danzante, era él.

Martha retomó el paso y acercó su cuerpo. Después de un rato ya no se separaron. Se sentaron en los escalones, a un lado de la tortillería; el H encogió un poco los hombros, giró las palmas de las manos hacia el cielo levantándolas unos 10 centímetros y después señaló el suelo con el dedo índice de la mano derecha. Martha habló bajo, moviendo marcadamente los labios al tiempo que miraba alrededor y hacía un círculo repetidas veces con el dedo índice apuntando hacia arriba.

Él comprendió que venía a dar la vuelta para presenciar el carnaval. Al mirar la hora en su teléfono, Martha le indicó que debía irse, pues ya eran más de las 10:00. Él juntó sus palmas agitándolas hacia el pecho y hacia adelante; la miró suplicante, cerró y abrió los ojos lentamente y apuntó con el dedo índice hacia el suelo. “No puedo” dijo Martha, negando también con la cabeza.

se levantó de un salto, señaló su pecho e hizo como si tuviera el manubrio de una motocicleta entre sus manos. La llevaría a casa. Ella aceptó. Ese fue el comienzo de una relación que en un inicio fue excitante para Martha debido a la novedad y secretismo, a las marcadas diferencias entre ese hombre silvestre, sordomudo y ella, una mujer culta, amante de las palabras en todos sus formatos.

Cuando la convivencia cotidiana dejó de dar pie a más “enigmas por resolver”, ella se aburrió. La abrumaba el silencio, que sus palabras y elaborados discursos intelectuales no valieran un carajo con ese hombre. Los gestos que en un principio le parecieron fascinantes en H, hoy le parecían la evidencia de una mente simple, carente de profundidad. ¿Lo amaba?, no estaba segura, ¿él a ella? Indudablemente, pero Martha no toleraba pensarse como alguien cuya voz, textualmente, no se escuchaba en una relación.

“¿Quién soy si no mi voz, mi pensamiento traducido en palabras?”, se cuestionaba Martha a solas, reprochándose la sencillez que desde hacía meses reinaba en su vida y que la hacía estúpidamente feliz. Mientras tanto, H había enriquecido el archivo de palabras que aparecían en su mente, entre ellas, Martha. Registró su nuevo olor favorito: la piel de mujer recién bañada; afinaba su tacto, sus miradas, leía las de ella; se encontraba sereno, sintiendo, pero Martha estaba tan ocupada con su escandaloso monólogo interno, que no prestó atención.

Un día, sin avisar, usando en venganza la misma lengua, Martha dejó de acudir al barrio, no contestó los mal escritos mensajes en el teléfono ni abrió la puerta.

Volvió al bullicio, a los amantes que le susurraban poesía al oído, a los debates intelectuales que disfrazaban con maestría las vísceras acaloradas de quien quiere imponer su verdad. Volvía a pensarse ella misma. Estaba intranquila, pero ahora parecía ser alguien otra vez.

Una tarde al volver a casa, encontró una serie de hojas de papel debajo de su puerta. La primera foto, dedo índice señalando al pecho; la segunda, palmas hacia el frente abriéndose desde el pecho; la tercera, dedo índice apuntando sobre la ceja y bajando en línea recta a la altura del hombro; la cuarta, dedo índice apuntando al frente, al igual que la quinta; la sexta, mano derecha cubriendo al frente; la séptima, dedo medio e índice de la mano derecha con flechas que indicaban que recorría a lo ancho la mano izquierda; la última, palmas cerrándose con los dedos en punta hacia los costados, a la altura del pecho.

El H sí que sabía cómo retarla. Tardó un par de semanas en descifrar el mensaje que significaba: “Yo abrí para tú. Tú no sabes leer silencio”.

Aman-tres

Escrito por Gabriela Cruz, 19 Mar.

¡Cuánto disfruté el momento preciso en que llegó tu esposa! Habría querido que siguiéramos siendo amigas, sin que ella siquiera imaginara que cuando nos despedíamos ya estaba fijada la próxima hora, día y lugar para vernos tú y yo.

El día que te conocí, cuando llegué a la colonia, noté tu mirada y te elegí. Nos saludamos, me presentaste a tu mujer y me agradó tanto que entonces pensé en una gran amistad. Ya sé que dicen que no se puede tener todo en la vida, pero una amiga y un amante ¿por qué no?

Después de algunos desayunos, clases de pilates, compras en el súper e idas al café, ella ya era mi amiga y yo su confidente. Supe de tu caballerosidad, tu excelente desempeño en el trabajo y en la casa, además del esmero por complacerla y ser el esposo modelo.

Comencé a desearte tanto que bastó con la ausencia de ella un par de días para que yo aprovechara. Hubo oportunidad de algunos tragos, una que otra película romántica, una cena inesperada y ya estabas en mi cama. Cuando regresó todo había sido planeado para futuros encuentros sin levantar sospechas. Así pasaron algunos meses.

Fui deseándote más, pero también fui queriéndola a ella. Tenerlos cerca me mantenía arraigada a ese lugar en donde pensé estar un tiempo corto, sólo mientras mi anterior amante dejaba de buscarme.

Tú y yo sabíamos cómo era. No planeábamos complicar las cosas. Los tres nos queríamos, yo los quería. Disfrutaba nuestra convivencia como amigos, pero quise que acabara, ella era demasiado buena con los dos y yo ya no podía con eso. La engañabas y no se lo merecía. Ahí estaría yo para consolarla, después de todo, a mí me perdonaría por ser mujer, a ti te odiaría el resto de su vida.

Estábamos en la cama, a la que por cierto llegaste con prisa porque había poco tiempo, pero no te aguantabas las ganas. Dejé un mensaje en su celular para pedirle ayuda. A propósito, dejé entreabierta la puerta. Ella acudió al llamado, pero todo salió mal. Nos vio, no hubo gritos, sólo miradas y llanto. Salió corriendo, tú fuiste tras ella y así los perdí a los dos.

Ahora los extraño tanto que no paro de imaginarlos, mientras observo a mis nuevos vecinos, tienen unos niños hermosos, se ven felices. Creo que haré buenos amigos esta vez.

Ensueño

Escrito por Nitzia Rodríguez, 26 Mar.

Lo veía. Parecía tan lejano, un paisaje perfecto, una calma desdibujada, iluminada por el sol, quién más que el mismo sol. Su trabajo era parecer estático mientras perseguía la luz para sobrevivir y sus pétalos luchaban con el viento, pétalos robados por el impenetrable silencio que resguardaba las palabras que se murmuraban y que nunca pudo pronunciar.

Podría asegurar, aún con el temor de no saber si fue un sueño, que de fondo se podían escuchar las notas de un violín interpretado por los suspiros que dejaban las aves al recorrer el cielo con la nostalgia emplumada.

Admiré tanto su ímpetu por ser omnipresente que me sorpren­dí cautiva de su intrigante naturaleza de girasol. Paralizada, deseaba seguir sus movimientos, observar de cerca y guardar la memoria de sus detalles para después cerrar los ojos y sentir que lo conocía.

Sólo estábamos de frente cuando el sol se posaba en mis pé­talos, mis ojos estaban cegados pero su calor no podía mentirme, ¿cierto? porque nuestros perfumes danzaban con aquellos violines como si nuestras raíces estuvieran puestas en las nubes y no en la tierra.

Aquellos efluvios de pétalos eran una máquina de tiempo en la que los segundos eran años y el dulce calor prometía ser eterno. En contra del inevitable perecer su salvaje naturaleza lo alentaba de vez en cuando a rebelarse, él jugaba a pretender que en algún momento no giraría más, mientras yo religiosamente interpretaba mi papel siguiendo al sol como si hubiera un guion perfectamente escrito para cada escena, preparado para cada movimiento, aun sabiéndome clavel, uno resistente y resiliente (dicen por ahí y me lo digo también yo cuando tengo miedo) que pasaba cada verano con los ojos cegados convencida de ser capaz de desterrar mis raí­ces, quizá porque al verlo girar pensaba que las suyas difícilmente estaban atadas a la tierra, o a cualquier otra cosa.

Un invierno en que el sol no regresó y la oportunidad de abrir los ojos se posó agresiva frente a mis más grandes temores me encontré solitaria en aquel desierto con hojas seca cayendo, él permaneció fijo, con la mirada en alto, seguro de que el sol volvería, cada vez más lejano, con un rigor inamovible.

La sombra que me obsequió en ese instante aclaró mi vista, me cegaba una jaula de pétalos que caían cada que el girasol seguía su rumbo, un sol que ambos necesitábamos para sobrevivir, pero nunca de la misma manera, una jaula del perfume desprendido de mi tallo retorcido, casi roto en los intentos de seguirlo a él siguiendo al sol.

No sé si su sol volvió, si sus raíces son más fuertes o sabias, si sus pétalos guardan aún ese perfume peculiar, o si acaso alguna tarde me recuerda al escuchar un violín.

Cuando me vi, volví a encontrarme y no quiero cerrar los ojos y perderme nunca más. El sol entibia mi rostro sin contarme si fue realidad, la única certeza que resguardo es la de saber que no soy y jamás seré un girasol.

Consejos para escribir tu próximo libro

Escrito por Editorial Elementum, 09 Apr.

¿Qué debes hacer antes de enviar tu obra a dictaminar?

 

Enviar un libro a evaluar puede ser una experiencia abrumadora para los autores que quieres publicar por primera vez. Si es tu primer libro, es probable que tengas muchas dudas acerca de qué, cómo, dónde y cuándo enviar a las editoriales. En este artículo vamos a darte algunos consejos que necesitas tener en cuenta para enviarnos tu manuscrito para dictaminar.

Lo primero y más importante es tener una obra, pareciera muy evidente. Pero hay autores que tienen la idea de lo que quieren contar y desean explicarla aun antes de escribirla. Lamentablemente esto no es de mucha utilidad, necesitamos saber cual es la manera de escribir del autor, conocer los puntos fuertes de la obra y también los huecos que pueda haber en la trama, algo que no podríamos saber sin el documento terminado.

Hay algunas editoriales que suelen trabajar bien en una primera fase con hacerles llegar un resumen de la obra. Si la editorial está interesada en tu obra, te contactará para conocer la obra completa. En el caso de Elementum pedimos la obra terminada, la razón es muy sencilla: en el dictamen que entregamos te damos anotaciones y correcciones de tu obra para que tengas en consideración.

 

¿Conoces a la editorial?

Existen muchas editoriales en México, desde los grandes corporativos hasta las editoriales pequeñas, cada una tiene una línea editorial o temáticas específicas, además de la identidad gráfica de sus sellos editoriales. Toma en cuenta si te gusta la calidad de sus libros, si sientes afinidad con sus colecciones y si te ves acompañado de esa editorial para publicar tu proyecto.

En Elementum tenemos la estética definida de nuestros libros en cinco sellos: Cuento, ensayo, poesía, desarrollo humano y dramaturgia. ¿Tu obra encaja en alguna de estas líneas? Estaremos encantados de conocerte y leer tu obra.

Si por el contrario, te gustaría un formato y diseño diferente, no te preocupes. Tu proyecto puede llevarse a cabo, hacemos libros a la medida de las ideas que tienen los autores, los acompañamos en el proceso editorial y les entregamos los libros según sus requerimientos. Pregunta por nuestros servicios de edición.

 

¿Qué necesitamos saber de ti?

El autor es tan importante como lo que tiene que decir. Para ello, junto con tu dictamen requerimos una semblanza tuya. Puedes presentarte tan amplio como puedas: qué otras cosas escribes, a qué te dedicas, qué redes de contacto tienes, cuál es tu intención con la obra que presentas. Así tenemos un panorama más amplio de ti y podemos proponerte estrategias para que tu libro pueda tener un mayor impacto.

 

La presentación es importante

Aunque las correcciones ortográficas son uno de los procesos editoriales de rigor, tomamos muy en cuenta cómo se nos presenta el manuscrito inicial. Tener algunas erratas es completamente normal, pero una obra repleta de faltas de ortografía puede causar ruido. Una obra corregida y trabajada se nota, eso habla bien de los autores que se toman su trabajo con seriedad y respeto. De esa manera, contamos con que el autor tomará nota de las propuestas y comentarios que hacemos de la obra.

 

Un título memorable

Nombrar una obra es una tarea importante que no debe dejarse al azar. Con el título se evoca la idea completa de la obra y depende del tema puedes dar rienda suelta a tus ideas: puedes usar juegos de palabras, darle la vuelta a dichos populares o encontrar una combinación de palabras que resulte memorable y poético. En el caso de los libros de ensayo o académicos, junto con el título puedes agregar un “bigote”, es decir, un subtítulo donde se explique de manera contundente el contenido del libro.

 

Una vez que consideres que tu obra está lista para ser evaluada, ahora sí, es momento de escribir un correo al a editorial o si la situación lo permite, visitar las instalaciones. Tal vez algunas editoriales prefieren la recepción únicamente por correo, así que asegúrate de preguntar el canal ideal para enviar tu obra. Si agendas una cita con nosotros, cuenta con que podemos reservarte un espacio para conocernos en nuestras instalaciones.  ¡Anímate, queremos conocer tu obra!

 

 

Malas vibras

Escrito por María Elena Ortega, 11 Apr.

El llanto del niño traspasó las paredes del pequeño departamento de un viejo edificio ubicado en una zona olvidada, en las orillas de la ciudad. Gaby se incorporó de prisa para meterle el biberón. El pequeño escupió la leche fría. Gaby lo cargó, lo sacudió entre sus brazos y siseó para tratar de callarlo. 

Era un día sin luna. La oscuridad de la noche hizo que Gaby se sintiera invadida por un miedo ajeno. Miró al niño inquieto que se retorcía entre sus brazos. Desde su llegada, tampoco ella había podido conciliar el sueño. Inexperta en los cuidados de un recién nacido y sin ayuda, tenía que cumplir, como mejor pudiera, con sus necesidades de limpieza y alimentación. El bebé sólo tenía cinco días de nacido. Luego de un rato de arrullarlo entre sus brazos, volvió a dormirse. Lo puso sobre la cama y se arropó junto a él para tratar de dormir. 

Dos horas después, la luz del amanecer se coló a través de la tela raída y sucia que servía de cortina. En silencio, fueron iluminándose los pocos objetos que amueblaban el lugar: una cama, cajas con ropa en desorden, dos sillas, una mesa de madera sin barnizar; en la cocina, sólo la estufa y un viejo refrigerador oxidado. 

El tranquilo amanecer quedó turbado cuando el bebé gimió inquieto para luego estallar en llanto. Gaby se sentó en la orilla de la cama; aún adormecida, entró al baño. Antes de salir se miró en el espejo, vio las profundas ojeras que marchitaban su rostro. Parecía tener más de dieciocho años. El estómago se le contrajo en reclamo por la falta de alimento. Necesitaba salir para comprar más comida para ella y para el bebé. Preparó las dos últimas cucharadas de leche en polvo que quedaban en el bote. “Nunca imaginé que tardaría tanto en volver”, pensó Gaby preocupada por la ausencia de su hombre. No lo veía desde el día en que salieron del hospital con el bebé.

Tomó el celular y marcó un número. Escuchar el mensaje: “fuera del área de servicio” la alteró. Impaciente, marcó otro número.

—¿Bueno? –se escuchó del otro lado. 

—¿Samuel? 

—Sí, ¿quién habla? 

—Gabriela. 

El hombre del otro lado de la línea colgó de inmediato. Sólo el sonido de la llamada suspendida quedó en el teléfono. Volvió a marcar y la enviaron al servicio de mensajes. Colgó, se sintió indefensa, luego quiso con urgencia llamar a su madre, escuchar esa voz mandona que algún día odió y que ahora añoraba. 

Gaby salió del pueblo huyendo hace tres años, con Samuel, un hombre veinte años mayor que ella que la enamoró con la promesa de una mejor vida. “Tengo un negocio en la capital, allí puedes ayudarme”, le dijo murmurando al oído, mientras acariciaba su espalda. “No es fácil, pero de vez en cuando cae muy buena lana”. Gaby, seducida por la voz ronca y su recio rostro moreno, no preguntó más y se dejó llevar a la ciudad. 

Se vistió, ató su cabello oscuro, y se dispuso a salir a comprar algo de comida. Tomó el bolso de mano y lo abrió para saber cuánto dinero tenía: un billete de doscientos pesos y algunas monedas eran todo su capital. Antes de salir del departamento, colocó el cubrecama sobre el bebé y lo metió alrededor del colchón para sujetar al niño. El movimiento lo despertó, volcó en un persistente y estridente llanto. Las manos de Gaby temblaban al no poder callarlo. Terminó por levantarlo en brazos para llevarlo consigo. Lo arropó con cuidado y salió a la calle. 

La caminata hasta la tienda, el regreso con las bolsas y el bebé en brazos la dejaron fatigada. Antes de subir se detuvo en los primeros escalones para tomar aliento y fuerza para llegar al tercer piso. Escuchó una voz fuerte y chillona a sus espaldas, como si le ordenara que se detuviera. 

—¿Necesitas ayuda? 

No, contestó, y continuó subiendo la escalera. Una mujer de figura regordeta, con el cabello teñido de rojo, los párpados azules y las pestañas engrosadas con rímel, la seguía. 

—No te asustes, si nomás quiero ayudarte. 

Ya no esperó a que Gaby se detuviera, le quitó las bolsas y la siguió hasta la puerta de su departamento. 

—Es tu primer hijo, ¿verdad? 

Gaby, nerviosa, atrajo al bebé hacia su regazo, cuando la mano tosca de la vecina trató de verlo. Sacó las llaves de su bolso tan de prisa que cayeron al piso. 

—Es normal que te asustes, nunca me habías visto —le decía mientras recogía las llaves del suelo—. Vivo en el departamento 101. Está bien que cuides de tu chamaco —seguía hablando la señora con ademanes bruscos que hacían sonar las pulseras de colores con colguijes—. Ponle un moño rojo colgado en su ropita, así estará más protegido. 

La joven sólo se apuró a decir “gracias”. La vecina dejó las bolsas en el piso. En cuanto pudo abrir, Gaby las empujó con los pies hacia adentro y de golpe cerró la puerta, se sintió protegida tras ella. Ahí se quedó un instante. Escuchó su respiración agitada y el taconeo sonoro de la vecina que bajaba hasta su departamento. Permaneció inmóvil hasta que ya no la escuchó más. El teléfono celular sonó dentro del bolso. Aprisa dejó al bebé en la cama, y sacó el celular.

 

—Bueno, ¿Samuel? 

—Flaca, se complicó la entrega, vas a tener que aguantar un rato sin verme. 

—Pero, ¿y el bebé? 

—Tú puedes sola, cuídalo bien, espero verlos pronto, tengo que asegurar que el trabajo salga limpio. Te quiero, Flaquita. 

—Samuel, no tengo dinero. 

Escuchó el sonido que corta la comunicación telefónica como una punzada en el pecho. Las lágrimas le brotaron antes de que los sollozos sacudieran su cuerpo frágil, impotente ante esa vida que no era mucho mejor que la que tenía en su pueblo. El niño la siguió en su desesperanza con su propio llanto. El hambre y la soledad rondaban por la habitación. Hasta que unos discretos golpes sonaron en la puerta. Limpió las lágrimas con su ropa, cargó al bebé arrullándolo para callarlo. El llanto del recién nacido no cesaba ni los toquidos en la puerta. Quien tocaba, dejó de hacerlo y esperó paciente por un rato. Ella no quería abrir, pero el agobio por no poder calmar al niño, la hizo preguntar. 

—¿Quién? ¿Qué desea? 

—Soy la vecina, te traje algo de comida. Entiendo que no quieras abrir, pero no tengas miedo, sólo quiero ayudarte. Te traje un plato de sopa caliente, te caerá bien. 

Caminó impaciente de un lado a otro de la puerta, intranquila. No sabía si abrir. ¿Que podría ser peor, si ya se sentía sola, abandonada, y el llanto incesante del niño la aturdía? Sin pensarlo más, de golpe abrió la puerta. 

—Pobre muchacha, necesitas ayuda, eres tan joven. ¿Cómo vas a poder sola con este crío que no para de llorar? 

Abrumada por la presencia de la vecina y con el bebé inquieto en brazos, no supo cómo decirle que se fuera. La señora entró, puso el recipiente con la comida sobre la mesa, buscó un plato para servirle el caldo, la sentó sin dejarla decir palabra y le quitó al bebé. 

—Come muchacha, yo te cuido al niño. 

Gaby escuchó en su interior la voz de Samuel reclamándole su insensatez por abrir la puerta a una desconocida, y con el recién nacido. Pero el cansancio la tenía indefensa. 

—Anda come, —le insistió la mujer. 

De inmediato, con experta destreza, la señora se puso a mecer al infante con un brazo, mientras con el otro preparaba el biberón y sacaba los pocos comestibles que Gaby había comprado. 

—Mi madre tuvo siete hijos, yo fui la mayor. Desde los siete años aprendí a cuidar escuincles. Luego vinieron mis hijos, cuatro, y sin hombre que dijera “ese hijo es mío”. Tuve que aprender sola a lidiar con ellos –hablaba, manoteaba y preparaba la comida sin dejar de moverse–. Nomás de ver tu cara me di cuenta de que te dejaron sola. Anda come, —le insistió. 

La joven, con timidez, tomó la cuchara y sorbió el caldo. Sintió la tibieza del alimento como un rayo de sol. Luego, casi sin darse cuenta, vacíó el plato. 

—Este muchachito necesita un buen baño con hojas de lechuga para que duerma toda la noche y para que te deje dormir un poco más. —Le decía en tono de confianza, como si fuera su madre—. Con habilidad le cambió el pañal y lo enrolló entre las cobijas, para dejarlo inmóvil, apenas con la cara descubierta. 

—Así apretadito dormirás mejor. Ora tómese su leche — dijo al sujetarlo contra su pecho—. ¿Qué, no tienes suficiente leche? —Preguntó a la joven—. ¿Por qué le das leche de lata? 

Gaby se sintió incomoda con esas preguntas. Le quitó al niño. 

—Yo se la doy, gracias por la comida, pero no necesito más su ayuda. Casi no tarda en llegar mi esposo, él se disgustará si la encuentra aquí, mejor váyase. 

—Está bien niña, pero si algo se te atora, me buscas. Si no deja de llorar aunque ya haya comido, pones unas tijeras abiertas bajo la cama, para alejar las malas vibras. Ya verás que con eso se calma. 

Cuando salió la vecina, Gaby aún sentía el eco de su voz y el sonar de sus pulseras, como si se hubieran quedado atrapadas entre las esquinas de la habitación. Poco a poco, volvió el inquieto silencio. En el rostro apacible del bebé, el movimiento reflejo de sus labios formó una leve sonrisa. Ella, contagiada, también sonrió. El calor del niño en su regazo y el plato de sopa recién ingerido le provocaron sueño. Con suavidad lo acostó, luego, sin dudarlo buscó las tijeras y las colocó abiertas bajo la cama. 

La ausencia de Samuel se prolongó por dos semanas más. La ansiedad de Gaby aumentó ante esa maternidad no deseada, que la obligó a seguir aceptando la ayuda de la vecina. La residente del 101 le aconsejaba cómo cuidar al crío con prácticas que no le eran extrañas pero que, lo sabía, no eran propias de la gente de la ciudad. 

En el pueblo le llevaban a su abuela los niños recién nacidos para que les quitara el mal de ojo, la calentura, o tan sólo lo llorón. Recordó el día en que, a escondidas, vio entre las rendijas de los tablones del jacal lo que hacía su abuela: untaba grasa de cerdo sobre el estómago de un bebé, para bajarle la temperatura. Desde su escondite, la miró aplicar tratamientos a muchos bebés, como echar humo de tabaco para sacar el aire del mal de ojo o frotar alcohol en el cuerpo; a veces los sacudía bocabajo para golpearles la planta de los pies con el fin de acomodarles la “mollera”. Suspiró al pensar qué habría hecho la abuela con esta criatura. 

Aurora no dejó de visitarla. Un día para llevarle algo de pan, otro, para ayudarla a bañar al niño. Con el paso de los días, la presencia de Aurora ya no le era molesta; ella le ayudó a soportar las largas noches en que el bebé no la dejaba dormir. Cuando lograba hacerlo, el silencio se convertía en cómplice de las voces nocturnas que le susurraban: “abandónalo, déjalo en cualquier lugar”. Pensó hacerlo, pero se detuvo al saber que eso también sería abandonar a su hombre. 

—Señora, ¿y sus hijos? —preguntó un día de buenas a primeras Gaby a la vecina. 

Ante la pregunta, Aurora guardó por primera vez un largo silencio, como si no supiera qué contestar. 

—Se fueron. —La breve respuesta parecía no querer dar pie para que Gaby siguiera preguntando—. Tuvieron que irse, no podía mantenerlos. 

—¿Y la visitan? 

—Ahora estoy aquí, mañana no sé. Y pa’ qué preguntas tanto, seguro tú también tienes un pasado que quieres olvidar. Me duele recordarlos —al decir eso el rostro se le puso serio y dejó de manotear, como si de ella saliera otra mujer—. Muchas veces quieres tomar el camino bueno, pero la canija vida a golpes te jala pa’ otro lado. 

La joven quiso alcanzar su brazo para tocarla y hacerle sentir que entendía lo ingrato que son los hijos, quería decirle que ella también había dejado a su madre, pero no quería provocar su rechazo. 

Después de tres semanas de estar en espera de noticias de Samuel, la angustia empezó a deteriorar aún más su salud. La delgadez de su cuerpo era notable: los huesos sobresalían bajo la piel marchita. Aurora la vio caminar encorvada, con los pies a rastras, cuando pasó delante de su ventana, antes de subir por la escalera. “Ya es momento de arreglar este asunto”, pensó Aurora. Hizo una llamada telefónica, preparó un té, puso la taza sobre una charola y subió al departamento de Gaby. 

La joven caminaba nerviosa por el departamento con el teléfono en la mano, sólo se detenía para volver a marcar el número de Samuel. Cansada de escuchar la misma grabación: “El número que usted marcó está fuera de servicio”, terminó por aventar el aparato sobre la cama. Aunque el bebé no lloraba, lo cargó; tenerlo entre sus brazos le traía consuelo. Antes, su presencia le era ajena, molesta, ahora, la sentía como el único lazo que le daba la esperanza de que Samuel volviera pronto. Mecerlo le daba el mismo placer que la hamaca en la que de niña se acurrucaba. Recordó algunas notas de un canto que le escuchó a su abuela y empezó a tararearlo para arrullar al bebé. Los toquidos en la puerta y el tintineo de las pulseras suspendieron el instante de ese apego y anunciaron la presencia de Aurora. 

Desde el momento en que abrió, el lugar se inundó con la voz gritona de la vecina. Entró con franca confianza, limpió la mesa y puso frente a Gaby la taza humeante de té. 

—Déjame cargar al chamaco —le dijo en ese tono imperativo que usaba siempre, ese modo que le recordaba a Samuel y que siempre la dominaba—. Tómate este té, necesitas descansar y comer mejor. Qué te parece si mientras tú descansas, saco a este muchacho de paseo y lo llevo al mercado para comprarte algo de comida. 

—¡No, no! No puedes llevártelo. Samuel me mataría. 

—Muchacha necia, qué no ves cómo estás, tómatelo y descansa. 

No tuvo fuerzas para discutir y, obediente, se tomó la infusión. Luego se recostó sobre la cama, tomó la cobija del bebé, la abrazo y se quedó dormida. 

Cerca de la medianoche, con el sonido fatal de una ambulancia, despertó. El cuarto estaba en penumbras. De un salto se enderezó, sintió la boca amarga, la cabeza le daba vueltas. Percibió en su aliento y en el ambiente un aroma a yerbas. Reconoció aquello: era el mismo olor que emanaba en el jacal de la abuela por los manojos de las yerbas medicinales colgados como marañas en el techo. 

Confundida, no sabía si estaba con la abuela, en la casa de su madre o en el departamento con Samuel. Cuando el nombre de Samuel llegó a su mente, extendió los brazos sobre la cama para buscar al bebé. 

—¡El niño! –gritó asustada. 

Aun mareada, a tropiezos llegó hasta el interruptor de luz. Bastó esa débil luminosidad del foco amarillento para recordarle que Aurora se lo había llevado. 

Abrió la puerta. Descalza y dando traspiés, bajó lo más rápido que pudo la escalera. Llegó hasta el departamento 101. Tocó el timbre varias veces. Adentro todo estaba en silencio, oscuro. Brincó los arbustos secos que rodean el edificio y se asomó por las ventanas. No alcanzó a ver nada. Golpeó nuevamente mientras gritaba el nombre de Aurora. Un vecino salió para reclamar su impertinencia. 

—Deje dormir señora, no sabe qué hora es. 

No sabía ni la hora, ni lo que estaba pasando. Quiso correr por la calle en penumbras, ir al mercado a las tiendas. Quiso gritar: ¡Mi hijo! ¿Dónde está mi hijo? La voz se le ahogó casi asfixiándola. 

Regresó al departamento, marcó el número telefónico de Samuel, y la misma voz salió del auricular. “El número que usted marcó se encuentra ocupado, si desea, después del tono, deje su mensaje”. Contuvo el temblor de sus manos, volvió a marcar el mismo número, esperó hasta escuchar el tono para dejar un mensaje. 

—Samuel, ¡me robaron al niño, me robaron al niño!, ¿qué hago?, por favor dime qué hago. 

El tono de fin del mensaje sonó, pero ella siguió hablando sin parar, como si Samuel estuviera escuchándola. Cuando se percató de cuán inútil era continuar hablando, un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Luego sintió un vacío en el pecho y en los brazos, como si estuviera desamparada. En un sollozo cayó al suelo, con un dolor extraño, irreconocible, como si extrañara al recién nacido que semanas atrás robó junto con Samuel.

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La luz

Escrito por Ronnie Camacho, 16 Apr.

Como siempre, es una hermosa noche. Las estrellas brillan, la luna llena abarca un gran cacho del cielo. Yo, muy confiado, me acerco a la puerta de la cafetería donde mi novia trabaja.
Apenas la abro, soy recibido por el exuberante aroma de las tortillas de harina y el café recién hecho. Otrora, aquello despertaba mi hambre, pero ahora lo único que logra es hacer retorcer mi estómago del asco.
Mi novia, la única razón por la entré a este cochino lugar, se encuentra atendiendo el negocio detrás de la barra.
—¡Amor, ya llegaste! —sus ojos se iluminan al verme.
—Hola, hermosa, —camino hacia la barra y sobre ésta, nuestros rostros se acercan hasta fusionarse en un beso.
—¡Ya párenle tortolitos, guárdense algo pa más tarde.
—Órale, que se queman mis chilaquiles —son algunos de los comentarios burlones que nos sueltan varios comensales habituales.
—Ya voy, ya voy —responde mi novia a sabiendas de que es un juego—. Oye sé que planeaste algo para hoy, pero, ¿puede esperar un par de horas? Papá salió y me dejó encargada de cerrar —nerviosa mira hacia el suelo a la par que estruja entre sus manos, el viejo trapo con el que seca los platos después de lavarlos.
—Por supuesto, tenemos todo el tiempo del mundo, —como me odio por decir eso.
—Gracias guapo, —me sonríe antes de volver al trabajo.
Mientras la observo ir y venir de un lado a otro, no evito repasar en mi mente todos los defectos que le he encontrado, como sus ojos de tamaño desigual, el grotesco lunar carnoso sobre su labio superior y su voz tan chillona que ya me tiene harto.
A veces me pregunto si después de tanto tiempo ella hará lo mismo, ¿tratará de encontrar todos los defectos que en su día el amor impidió que viéramos?
Por casi dos horas, espero que termine. Mientras lo hago, veo un rato el futbol en una vieja televisión que hay enclavada en la pared, charlo con algún cliente y me tomo un café.
—Perdón por hacerte esperar —dice exhausta.
—No te preocupes —yo sonrío de oreja a oreja.
—Ya nada más déjame apago las luces y cierro las puertas para que nos vayamos —promete.
—Claro.
Ella comienza con su última labor cuando, de pronto, escuchamos el sonido de la puerta abrirse a nuestras espaldas.
Un hombre ha entrado a la cafetería, luce nervioso, no aparta la mano del bolsillo derecho de su pantalón y esconde su cara debajo de un sombrero y unas gafas de sol.
Con cuidado examina el lugar, antes de centrar su mirada en nosotros.
—Ay, señor, discúlpeme pero ya cerramos —mi novia se muestra apenada.
Sin mediar palabra y con paso tembloroso, el hombre se da la vuelta, pero no para marcharse, sino para cerrar la puerta de la entrada con candado. Se aproxima a la barra.
—Dame todo el dinero —dice tan rápido que apenas se le entiende.
—¿Cómo? —pregunta mi novia con una sonrisa nerviosa.
—Ya me escuchaste, ¡que me des todo el dinero! —rápidamente, desenfunda una pistola y le apunta a la cara.
Al ver el arma, ella grita aterrada. El ladrón, que de por sí luce nervioso desde que entró, se asusta y aprieta el gatillo.
Una bala sale disparada y los sesos de mi novia se estampan contra la pared, antes de que ella caiga muerta al suelo.
—¡Asesino! —la ira me invade al presenciar aquello y trato de abalanzarme sobre él.
No logro mucho, pues penas me ve levantarme de mi asiento, apunta en mi dirección y también me fulmina de tres disparos en el pecho.
Cual colilla de cigarro, me desplomo. Mientras la penumbra se apodera de mi visión, observo como el ladrón quita el seguro de la puerta y sale corriendo.
Un frío acalambrado me abraza y siento como me hundo en la profundidad de la nada, hasta que de pronto, algo sucede: una tenue luz comienza a atravesar la oscuridad que tapiza mis ojos.
Con cada segundo, ésta se agranda. Pronto alcanzo a distinguir que aquella luminiscencia proviene de la poderosa luna llena que impera en el cielo.
Una vez más, me encuentro frente a la entrada de la cafetería y, contra todos mis deseos, vuelvo a abrir la puerta.
—¡Amor, ya llegaste! —otra vez los ojos de mi novia se iluminan al verme.
—Hola, hermosa —nuevamente me acerco a la barra, nuestros rostros se funden en un apasionado beso y los comensales se mofan de nosotros.
—Ya voy, ya voy —ella les sigue el juego—. Oye sé que planeaste algo para hoy, pero, ¿puede esperar un par de horas?, es que papá salió y me dejó encargada de cerrar —estoy cansado de esto.
—Por supuesto, tenemos todo el tiempo del mundo. —¿Por qué no me fui cuando pude?
—Gracias guapo, —regresa al trabajo.
Mientras la espero, vuelvo a ver el partido. El equipo de la cruz blanca sobre la playera azul, una vez más, perdió. Tengo la misma conversación trillada con el otro comensal y me bebo un café repugnante.
—Perdón por hacerte esperar.
—No te preocupes —mientras mi rostro sonríe, lloro por dentro.
—Ya nada más déjame apago las luces y cierro las puertas para que nos vayamos —jura.
—Claro.
A la par que mi novia comienza a apagar las luces, el característico sonido de la puerta abriéndose se escucha.
Igual que siempre, el ladrón entra, exige el dinero, ella grita, de un tiro la silencia, yo trato de vengarla, me mata también.
Otra vez la oscuridad se apropia de mis ojos, el frío me abraza y la nada me absorbe, hasta que la luz de la luna vuelve a hacer su aparición.
Ya he vivido esto más de cien veces y lo seguiré haciendo, pues este es el destino que le depara a las almas que murieron de una forma tan abrupta como yo: estamos condenados a repetir nuestra muerte hasta el fin de los tiempos…
Aquí voy de nuevo.

Parir-me

Escrito por Alejandra Guerrero, 18 Apr.

“¿Tratas de exhibirme? ¡Parece que sólo estás buscando la aprobación de todas las antifeministas, esas que echan para atrás el movimiento! ¡Ahora te estás aliando con ellas!”, me dijo Rebeca, mi amiga, sumamente enfadada cuando compartí, como casi siempre lo hago en mi muro de Facebook, una reflexión. Ésta era acerca de lo injusta que fui antes con otras mujeres que decidieron ser madres y sobre cómo algunas personas son incapaces de tolerar nuestra libertad y decisiones, abandonándonos por ello.

Borré la publicación. No era mi intención exhibirla porque aún la quería y no le había contado a nadie acerca de su enojo, justamente para no hacerla quedar mal. Pero sí quería mostrar el sometimiento a prueba constante por parte de “las aliadas” para ver qué tan feminista es una mujer que dice serlo.

Durante esta última conversación con Rebeca, me limité a contener cada una de sus palabras sin ponerme a la defensiva ya que evidentemente éramos personas hablando idiomas distintos. No estaba dispuesta a perder mi centro y, sobre todo, aunque sabía que podía si así lo deseaba, no iba a lastimarla, aunque algunas de sus palabras me produjeran enojo o me exasperaran.

Me di cuenta de que la idealicé demasiado. Rebeca era una estudiante de doctorado, culta, generosa, excelente docente, viajera, siempre con el mejor argumento en mano para hacer retroceder a cualquiera; era mi modelo y mi mejor amiga desde hacía tres años. Quizá por ello todos sus malos augurios, al enterarse de que estaba embarazada, tuvieron en mí un efecto avasallador.

Comencé a cuestionarme cómo seguí su camino casi a ciegas, creyendo que era el bueno, cuando, resultado de ese camino, la mayor parte del tiempo la vi deprimida y rígida. La cara que mostraba al exterior distaba mucho de lo que ocurría en su interior. Yo seguramente terminaría convirtiéndome en una mala copia suya, pues a pesar de que el feminismo me había enseñado cosas maravillosas, también había generado en mí la desconfianza como primer frente al conocer a nuevas personas, una pesada autoexigencia para ser una mujer coherente, liberada y, más tarde, la falsa creencia de superioridad frente a muchas otras personas por ser incapaces de ver y actuar a partir del feminismo.

Como ese desencuentro con Rebeca me había roto el corazón, acudí a Judith, mi antigua terapeuta, una mujer de largo cabello ondulado, con unos hermosos ojos verdes, voluptuosa, muy sensual y juguetona, la antítesis de Rebeca en cuanto a pensamiento y forma de vivir. Ella se enfadó ante la reacción de Rebeca y me dijo algo que hasta ahora tengo muy presente: “Todas las decisiones y maneras de vivir tienen sus implicaciones, buenas y malas; ninguna es mejor que otra”. Y pensé en las personas a mi alrededor, principalmente en mis amigas, todas diversas, algunas con descendencia, otras sin ella; algunas con pareja estable, otras con amantes ocasionales, solteras, amas de casa, oficinistas, viajeras, saludables, con malos hábitos, guerreras, espirituales, etcétera; ninguna, absolutamente ninguna tenía una vida perfecta, pero tampoco una vida para ser desaprobada. Así, entre las vivencias y decisiones acertadas e incorrectas, en su imperfección, todas tenían una vida única y se las arreglaban para construirse la felicidad. ¿Por qué entonces yo no podría hacerlo? Me fui quitando la idea de que había renunciado a la forma de vida que Rebeca me proponía y que supuestamente era mejor que la que yo acababa de elegir. La clave, comenzaba a entender, era guardar la armonía entre mis contradicciones y tener una alegría a prueba de balas.

Judith, que sólo había visto dos veces a Rebeca, decidió eliminarla de sus contactos; yo no lo supe hasta que esta última me reclamó afirmando que la estaba exhibiendo. Supe por otra de sus amigas, que Rebeca decía que yo afirmaba ante otras mujeres que había querido obligarme a abortar. Me di cuenta en primer lugar del gran temor que tenía a que se supiera su reacción y, por otro lado, de su necesidad de conseguir atención y cobijo de otras personas, aunque fuera valiéndose de inventar que yo la estaba calumniando. Así justificaba su depresión, desconfianza y segregación.

A partir de ahí, el silencio absoluto se interpuso entre Rebeca y yo.

Quizá si yo era su pilar en esa racha tan dolorosa por la que pasaba (un divorcio, estar en otro país, tener nula certeza de las condiciones en las que viviría al volver, etcétera) su enojo era comprensible al enterarse de que mi vida cambiaría tanto. Por otro lado, al llamarme una persona falta de ética por decidir continuar mi embarazo en condiciones que a ella le parecían inapropiadas, todo entre nosotras se quebró para mí. No estaba dispuesta a tener que justificar ante ella mis decisiones dando argumentos que le parecieran suficientes y válidos como si me encontrara en un coloquio.

Judith, que vivía en otro estado, buscó la manera de acompañarme. Muchas veces me ayudó a centrarme, sin juicios. Me enseñó algunas meditaciones y me recordó que éste era un tiempo para disfrutar. Sin ella, la gestación y el puerperio habrían sido mucho más difíciles.

Al apoyo de Judith se sumó el de conocidas feministas no tan cercanas hasta entonces; también el de mi hermana, mi madre, mis tías, primas y otras amigas que poco o nada conocían de feminismo. Pero no hacía falta la teoría para llevar a cabo la práctica de la solidaridad entre mujeres. Quizá ellas desconocían la carga política que sus amorosos actos contenían; sin embargo, eran mi sostén en gran medida cuando aparecían los temores. Nunca hubo un reproche hacia ninguna de mis decisiones, sólo acompañamiento. Cuando había diferencias, siempre las expresaban de manera respetuosa, nunca desde la imposición.

Por su parte Luis, mi subdirector en la oficina y un buen amigo, me ayudó a comprender mejor la paternidad, los procesos por los que pasan los hombres. Estos me interesaron porque estaba pasando por algo que nunca creí: ¡vivir la maternidad en pareja! Cuando pensaba en la posibilidad de tener hijos, siempre imaginaba que sería sola, quizá porque de niña lo vi así, mi madre sola conmigo y con mi hermana, sin tener que lidiar con un hombre inmaduro e irresponsable aparte de tener que criar un par de niñas, trabajar e intentar que no se derrumbara su propia vida.

Con Rebeca siempre decíamos “los hombres están bien pendejos”. Lo dije tantas veces que me lo creí. Sí, todos los hombres, tarde o temprano, resultaban pendejos y llegaba el momento de dejarlos, pero entonces aparecía uno nuevo al que le ignorábamos “la pendejez” por un rato hasta que era imposible hacerse de la vista gorda.

Como para mí habían resultado así mis anteriores parejas ¿¡cuánto más podrían serlo como padres!? Diego hasta ahora se había portado a la altura, pero quién sabe si más adelante cambiaría. Sin embargo, me di cuenta de que era un hombre sensible, tranquilo, con una vida ordenada, enfocada en la mejora de sí mismo en lo interior y exterior, pisando suavecito, sin lastimar, sin hacer demasiado ruido. Diego buscaba ser impecable.

También se volvió un gran amigo para mí, un par, comenzó a ser clarificador en las ocasiones en que yo sentía que perdía el rumbo entre tantas emociones encontradas. Me acompañaba amorosamente pero también me enseñó a mirarme como pareja. Hasta entonces, yo siempre había sido muy crítica, pero pocas veces me preguntaba qué tan buena pareja era yo. Diego me ayudó también a pulir esa parte, a empezar a comunicarme realmente, algo de lo que en verdad carecía, pues en mis anteriores relaciones o controlaba o era controlada; no había mediación.

Pensé que haber visto truncada la etapa del cortejo para pasar inmediatamente a ser padres no había sido tan malo; yo necesitaba una relación así, en la que no hubiera que esperar para mostrarse transparente, sin tanto adorno, porque era la única forma de construir con cimientos lo más sólidos posible.

Por otro lado, su familia resultó ser humilde, cálida y respetuosa; el encuentro con la mía fluyó de inmediato y disfrutamos todos juntos de varias reuniones llenas de música, deliciosa comida y mucha charla. Sus padres eran austeros y sabios, me producían una enorme sensación de calma. Su hogar se convirtió en mi segundo lugar de paz. Era una casa pequeña, con muros de piedra y un jardín hermoso que los padres de Diego cuidaban a conciencia. Su familia tenía una comunicación transparente, algo que yo nunca había visto, todos velaban por el crecimiento de todos. Me daba la sensación de que enfocaban sus vidas en la búsqueda del perfeccionamiento de sus dones, en la belleza. ¿Acaso este no era el momento perfecto y yo tenía todo, como me decía Judith?

Parecía que sí, pero en mi cabeza siempre había espacio para un nuevo “pero”. Cuestiones como tener necesidad del afecto y compañía de Diego y aprender a aceptar su ayuda y la de otras personas me hacían corto circuito en la mente. ¡¿Cómo una feminista que se pasó ya unos años buscando independizarse de los hombres necesita tanto de uno?! Porque así era, de repente necesitaba de él, de sus abrazos, de su sola presencia. Hubo algunas noches en que tuvo que salir y yo me sentía como esa niña que fui y que se creyó abandonada porque no llegaban por ella a la escuela. Sólo que ahora no tenía una mochila conmigo, tenía un hijo.

En contraste pensaba: ¡¿dejar que me ayude, que me cuide?! ¡No! ¡Yo puedo sola, yo puedo sola!, no fuera a ser que me acostumbrara a los cuidados y, cuando ya no estuvieran, me viniera abajo. “Puedo sola”, decía para mis adentros y efectivamente podía, pero terminaba agotada.

Recuerdo mucho el tiempo en que, por mi alto riesgo de padecer preeclampsia, tuve que mover cielo, mar y tierra para conseguir unas inyecciones que debía ponerme diario. Iba de una a otra institución de salud para conseguirlas, con proveedores, con amigas. ¡Incluso llegué con una mujer que poseía un puesto alto para conseguirlas! Una tarde, al salir del trabajo, fui a unas diez cuadras de ahí para recoger un paquete de dichas inyecciones. Estaba cansada, no había comido, hacía mucho calor y el peso agregado en mi vientre comenzaba a dificultarme el andar. Ya de regreso, sentí un enorme mareo y un fuerte dolor en el pecho, me detuve para sentarme y lloré. Estaba agotada, pero me resistía a pedir ayuda.

Algunas veces me pasó por la mente correr lejos de Diego sólo porque no quería necesitar de él ni lidiar con los altibajos que mostraba en este proceso nuevo para los dos. Sus temores, como ver limitada su libertad, no tener suficientes recursos económicos, entre otras cosas, yo se los adjudicaba a que no quería estar, a que seguramente se había arrepentido y le estaba quedando grande la sola idea de la paternidad. A pesar de que era honesto y me comunicaba todos sus sentimientos y pensamientos sin filtro, a veces yo pensaba en huir para salvar el pellejo antes de que pasara “algo”.

Descubrí ahí una vieja lealtad a mi clan, donde los matrimonios no funcionan o las mujeres se quedaban viudas pronto, pero salían adelante. Salir adelante solas, con mucho sufrimiento y librando dificultades, es un sello de mi clan que las mujeres portan con orgullo. Mi madre, separada, admitió alguna vez que fue ese orgullo lo que no le permitió reconciliarse con mi papá. Tampoco quiso o no supo mediar junto con él el momento que cada uno vivía y se separaron. Él, evidentemente, no supo comunicar sus temores ni quiso ceder tiempo para criar.

¿De qué estaba intentando protegerme tan neuróticamente? Descubrí que mi verdadero miedo era a que mis necesidades fueran demasiadas para Diego y él se fuera y me dejara sola con nuestro hijo. Creía que eso había alejado a mi padre de mi mamá y nosotras, el tener que ceder parte 129 de sí, de su tiempo, olvidarse de sus propias necesidades para brindarnos cuidados, amor... No cabe duda: las heridas de la infancia nos persiguen hasta la adultez.

Me di cuenta también de lo dura que estaba siendo con Diego al querer rechazarlo por manifestar sus temores abiertamente ¡temores iguales a los míos y por los que él no me rechazaba a mí! Desde ahí entendí que, independientemente de mis amistades y familia que son relaciones vitales, Diego ocupaba ahora un lugar importante, era con quien yo había decidido tener un hijo, mi compañero, la persona con quien amanecía cada día y me iba a dormir cada noche. Él confiaba en mí, tomaba el riesgo, se mostraba. No ocultaba sus temores, sus defectos, era capaz de llorar, reír y enfadarse frente a mí. Y también demostraba esfuerzo por mejorar.

¡¿Qué clase de locura era resistirme a confiar en él?! ¿No pregonaba acaso que los vínculos amorosos eran el verdadero acto de rebeldía? Si no me atrevía ¿cómo sabría si mis herramientas de vida funcionaban? No quería vivir nunca más del miedo. Era hora de confiar, confiar como un acto de amor.

No es que yo hubiera encontrado la última Coca del desierto, como dicen por ahí. Es que deseaba amarlo tal y como era, en el presente, con todo y esos pequeños defectos que, por supuesto, no afectaban mi crecimiento, mi salud mental o física, como sí lo hacían mi rigidez y contención, tanto que incluso podrían llegar a ser motivos para abandonarlo.

A partir de estas reflexiones comencé a disfrutar mi embarazo a pesar de que este fue tratado médicamente como patológico. Este hecho me mantenía en vilo porque deseaba tener un parto; sin embargo, nunca lo dije. Debido al riesgo de preeclampsia que presenté, tuve miedo de desobedecer las prescripciones médicas, de que algo le pasara a mi hijo y luego Diego u otro familiar me reprocharan.

Pero el día que el doctor dijo la palabra cesárea ya no pude más; terminé expresando, entre lágrimas, lo que realmente quería y me di cuenta de que siempre fue posible hacerlo así, si yo hablaba. Es decir, estaba actuando así por propia decisión, por una presión inexistente a mi alrededor, pues Diego y mi familia en realidad me apoyaban al cien por ciento. Pero me resultó más fácil hacerme víctima que tomar las riendas y ser firme en lo que deseaba. Diego me dijo esa mañana “si quieres un parto vamos a buscarlo, yo te cedo mi parte en la toma de esa decisión, aunque no niego que Mati me preocupa. Pero vamos, y usa esto como un precedente para ti y para otras mujeres”.

Enseguida hice llamadas. Al día siguiente, con ocho meses de embarazo, Diego y yo viajamos a Querétaro a conocer a una partera. La reunión fue maravillosa: atención integral, tomando en cuenta no sólo mi estado físico sino emocional. Diego manifestó su respaldo a cualquiera que fuera mi decisión. Pero, como finalmente movernos hacia allá con todo y familia presupondría un esfuerzo y gasto mayores, y la partera no me conocía como para lograr acompañarme y sostenerme, acepté la cesárea, que por “casualidad” se postergó como deseábamos debido a que nuestro médico enfermó de gripe.

El 7 de noviembre de 2017, un día antes del gran día, acepté las cosas tal como eran y me sentí agradecida de que, finalmente, era afortunada por haber tenido la posibilidad de un embarazo cuidado médicamente, apoyado por mi familia y mi pareja. Esa noche preparé una pasta deliciosa y la compartí con Diego, su mamá, su hermano y mi madre.

Al día siguiente, a las cinco de la tarde, fui ingresada a quirófano. Me sentí vulnerable mientras mi cuerpo semidesnudo era manipulado sobre la plancha, pero me concentré en agradecer y recibir a mi hijo lo más serena posible. Ya después hablaría sobre esta experiencia y, por supuesto, apoyaría a otras mujeres en la búsqueda de un parto a su manera.

Después de que me pusieron la epidural, miré hacia la derecha y tardé unos segundos en reconocer a Diego, que vestía con un atuendo azul, gorro y cubre bocas. Ahí estaban esos ojos, el izquierdo con sus lunares alrededor; me miraba con dulzura, acariciaba mi cabeza y tomaba mi mano.

Un empujón a mi tórax, otro más y de repente vi a nuestro hijo frente a mí. Estaba calmado, con sus ojos muy abiertos. Lo besé en la frente. Le dije a Diego que fuera con él. Giré la cabeza hacia atrás mientras cerraban mi vientre y miré a Diego acariciándolo; la criatura lloró unos segundos y luego volvió a calmarse. A mí se me salieron las lágrimas. ¡Ya estaba aquí! ¡Era real! Pedimos que sólo nuestra familia más cercana estuviera ahí para recibir al nuevo integrante. Los tres solos pasamos la mayor parte del tiempo en la clínica con la intención de afianzar nuestro vínculo. Cuando por fin pudimos ir a casa se intensificó la aventura.

Recuerdo que la segunda noche en casa, nuestro hijo lloraba sin parar y yo no sabía qué tenía. Mi madre estaba conmigo y Diego se preparaba para salir a trabajar. Cuando me di cuenta de que no me estaba saliendo leche me puse a llorar. ¡¿Cuánto tiempo habría pasado ya mi pequeño sin comer?! Me animé a escribirle a una doula (mujer que acompaña a las embarazadas o puérperas para hacer lo que se necesite para sostenerlas y posibilitar la diada madre-hijo) que me recomendaron, Hellen. Le expliqué la situación. Me dijo que se trataba de una especie de congestión en los senos debido a que mi cuerpo todavía no reconocía cuántos hijos había tenido y qué tanta leche debía producir. Me recomendó un masaje y ponerme fomentos de hojas de col con sus “venas” aplastadas previamente.

Eran ya las nueve de la noche. ¿Encontraríamos la col? Diego salió corriendo. Al volver venía cargando un garrafón sobre el hombro y en la otra mano traía una bolsa con dicha verdura. Dijo: “¡Sí encontré una y bien grandota!”. Sonreí, pero eso no duró mucho tiempo ¡había traído coliflor!

Cuando le dijimos que se necesitaba col, no coliflor, volvió a salir un poco irritado y con prisas, pero la trajo. Me puse los fomentos, me hice el masaje y la leche comenzó a fluir.

Los meses siguientes definitivamente acepté y pedí ayuda pues mi herida no me permitía ni levantarme sin que otros brazos me sostuvieran. Entendí que en teoría sonaba muy “progre” eso de los cuidados cincuenta-cincuenta por parte de ambos progenitores, pero en realidad este nuevo ser requería de mí absolutamente y yo de él.

Diego era el encargado de garantizar que pudiéramos mantener la diada y no tuviera que preocuparme por nada más. Nuestras familias también colaboraron con trabajo doméstico, con comida, palabras. Sin duda esta red de apoyo resultó vital, lo mismo que no olvidarme de mí, de mantener viva mi energía creativa e iniciar el taller de escritura autobiográfica, que encajó perfectamente con esta racha en que salir de casa se dificultaba y tampoco me apetecía demasiado.

Desde el nacimiento de mi hijo, los cuidados no han resultado difíciles. Lo difícil ha sido maternar en un terreno hostil, contra reloj porque sabía que debía volver al trabajo cuando lo único en lo que deseaba invertir energía era en mí y en mi hijo. Difícil porque, debido a los horarios laborales de mi familia y de Diego (aunado a los cinco miserables días de licencia de paternidad), pasé también mucho tiempo a solas con Mati, complicándose el asearme, prepárame de comer, salir a la calle.

Desde el nacimiento de mi hijo, los cuidados no han resultado difíciles. Lo difícil ha sido maternar en un terreno hostil, contra reloj porque sabía que debía volver al trabajo cuando lo único en lo que deseaba invertir energía era en mí y en mi hijo. Difícil porque, debido a los horarios laborales de mi familia y de Diego (aunado a los cinco miserables días de licencia de paternidad), pasé también mucho tiempo a solas con Mati, complicándose el asearme, prepárame de comer, salir a la calle.

A pesar de ello, yo elegí convertirme en madre y poner por ahora en primer lugar la crianza. No me siento atrapada en mi hogar, en una “vida tradicional”, como decía Rebeca, ni manipulada por mi hijo (¡vaya superpoderes que le adjudican a una criatura acultural!). En cambio, sí me siento presa de un sistema que se olvida de los vínculos entre personas, las redes de apoyo y la importancia de los cuidados. Por ello, decidí comenzar a hacer tribu con un pequeño grupo de personas que, al igual que yo, consideran importante abrir espacio para la maternidad, facilitarla.

Estar al margen por un tiempo de la vida laboral me llevó a detenerme para observarme con mis viejas heridas, trabajarlas y así estar en mejor disposición para nutrir a mi hijo. Paré para acariciar, para asear, para besar y contemplar a este pequeño cuyo nombre por fin cobró sentido para mí: Mati, “conocer a través del sentir”. Y es que ese fue el camino al que me llevó de vuelta, a sentir.

Ahora que he vuelto al trabajo, atesoro esos momentos en que puedo dedicarme cien por ciento a eso, a sentir. Después de tanto tiempo dejando que fuera mi mente la caótica capitana, creer que la vida sólo está afuera y que fundar mi identidad en un estatus profesional me haría sentir viva, llegó Mati. Y me recordó que estar viva no se piensa, se siente. Tengo certeza de estar viva, realmente viva, cuando respiro tranquila, cuando amo y me siento amada, cuando cuido y soy cuidada, cuando sé que puedo caerme vulnerable, confiada de que hay alguien dispuesto a ayudarme a recobrar la postura; cuando algunas palabras me reavivan el fuego interno, cuando lloro, cuando “no hago nada” más que sumergirme por horas en un par de ojitos que me miran como si fuera un milagro.

Aceptar mis temores y heridas me está permitiendo resaltar mis dones, lo que me hace realmente feliz, lo importante, lo que sí está en mis manos cambiar o mejorar. Si estoy aquí haciendo lo que me apasiona, escribiendo, es porque la maternidad elegida me llevó a reconocerme.

La maternidad, siempre marginada, banalizada u olvidada incluso por los discursos más revolucionarios, se convirtió para mí en un poder en el que también reside la energía de cambio. La vivo como el reconocimiento constante de mi fuerza vital, de mi creatividad, cuestiones que me he propuesto rescatar y mostrar a través de la escritura de mi historia y mis acciones cotidianas.

Definitivamente, mi acto más feminista en esta nueva etapa fue rendirme. Sí, rendirme y aceptar que no lo puedo todo, que no lo sé todo, que no tengo la verdad, que quiero vivir mi vulnerabilidad en el amor, que necesito el amor de otras personas tanto como el propio porque los vínculos son un mecanismo de supervivencia, no un signo de debilidad o isolofobia; que quiero quedarme en casa el tiempo que me plazca a cuidar de mi hijo porque me cura, como dijera mi querida Hellen, del egoísmo.

En este mundo que se cae a pedazos entre tanta crueldad, violencia e individualismo, la maternidad, proceso sumamente emocional, funcionó en mí como un antídoto.

Hace unos días, recordando en la cama, al lado de Mati, el tiempo previo a mi embarazo, Diego me dijo “irradiabas un sí”. Así es, ahora lo entiendo. Era sí al cambio, sí a confiar, sí a mis pasiones, a mis deseos, sí a la libertad que para mí va consistiendo en extender el amor hacia todos lados y hacer retroceder al miedo.

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El viejo buitre

Escrito por Daniel Canals Flores, 23 Apr.

No puede permitirse demasiados errores más. Hace bastante tiempo que ha perdido aquella extraordinaria visión de antaño. La que le permitía localizar la carroña incluso antes que las águilas calvas. Esa misma semana, ha hundido el pico varias veces, sobre algunas piedras, confundiéndolas con presas muertas, provocándose bastantes melladuras. Su aspecto es lamentable.
Ya no puede entrar con el pecho adelantado, como hacen sus jóvenes congéneres, que perciben enseguida al anciano dentro del grupo. Allí no existe el respeto. Desde luego, casi siempre es relegado a la última posición, entre empujones. ¿Sabéis lo duro que es oler la carroña fresca, a un paso del pico, y no poder llegar ni a catarla, mientras observas a los demás cómo se hartan?
Le invade la sensación de no pertenecer a nada o a nadie, ni siquiera a sí mismo. Mendigando migajas, logra sobrevivir un día más. Quizás, ¡qué digo!, seguramente mañana será el último, de su volátil vida.
Atrás quedan esos días cuando enseñó a volar a sus polluelos, conquistó las mil y una hembras o logró batirse en duelo con los mejores de su especie, en aquel inhóspito territorio. Siempre indemne, orgulloso, triunfante…
Sale el sol del amanecer. Los tenues rayos, acarician el tibio cadáver. Una pequeña y solitaria pluma de su cuello, impulsada por el viento, anuncia el deceso.

 

Travesía

Escrito por Diego José, 25 Apr.

Aún fustigan solemnes los remos que me llevan

al hogar,

y el esfuerzo por asistir aligera el sopor

mediterráneo;

el viento viene cargado de pimienta y canela de

la costa,

puedo percibir su fragancia más allá del oleaje

salado.

Mar adentro te nombro, y al llamarte voy palpando

tus extremos.

Mi voz anticipa mi llegada y te descubre sobre

la hierba

diciéndote palabras amorosas que se amarran a

tus muslos

como serpientes o chacales en busca de un sitio

donde asirse.

Quiero contarte lo que me dijeron al oído

las sirenas,

también de las mujeres que recogieron mi cuerpo

del naufragio;

pero me basta este viento para olvidar que alguna

vez fui Nadie.

Me basta sentir que mi voz agita los laureles

perfumados

mientras abejas sicilianas zumban en tu piel

crepuscular,

avisándote de mi regreso, cuando todavía no llego.

 

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Tiempos modernos

Escrito por Héctor D. Olivera, 30 Apr.

—Papá, he de contarte algo.
—Hija, ¿qué pasó?
—Me enamoré de un chico que vive al otro lado del charco.
—¿De dónde es?
—De Bilbao.
—Él de Bilbao y vos en Ushuaia…, lo veo complicado.
—No lo creas. Nos conocimos en Meetic, nos hicimos amigos en Facebook, nos intercambiamos fotos por Instagram, supimos que teníamos gustos similares al compartir vídeos de YouTube, tuvimos largas charlas por WhatsApp y luego me propuso matrimonio por poderes notariales a través de Skype.
—¿Y?
—Estoy embarazada.
—Pero…, pero…, ¿cómo ha sido eso posible si no os habéis visto?
—Ay, papito, haces cada pregunta. Es obvio, ya sabés... Me enviaba unos mensajes de Twitter tan…, tan…, ¡románticos! Pero, ahora, el gallego boludo dice que el niño no es suyo, que de un pantallazo no puede ser, y que no quiere casarse conmigo.
—¡Ah, no! Ese canalla va a responder de su paternidad. Nadie se beneficia a mi hija y la preña telemáticamente y se queda tan ancho. Si no rectifica le pongo una demanda en el Juzgado, instamos una Comisión Rogatoria y que asuma su responsabilidad por vídeo conferencia.

En un mar de muertos

Escrito por José Rodolfo Espinosa, 07 May.

Es la inscripción que se lee en la placa, debajo del cuadro que muestra a un hombre parado junto a un faro mirando abajo hacia el océano, centenas de esqueletos arrastran a otro sujeto idéntico a él a las profundidades marinas.
Dicha pintura se ubica al centro del salón de juegos de Il casinò della vita. La contemplo por unos momentos, como esperando hallar alguna respuesta o algo que me provoque una epifanía para salir de este embrollo. Mi padre decía que un hombre con fe vale más que uno con suerte.
Lo cierto es que tengo pocas posibilidades. Es la penúltima ronda y sobre la mesa están dos reinas —de diamante y de corazones—, un ocho de picas y un as de tréboles.
La chica a mi derecha se levanta, puedo ver el terror en sus ojos. Escucho como sus uñas rasgan la orilla de la mesa. Su blusa amarilla está empapada de sudor. Entonces corre.
Un estruendo. Cae abatida por la bala. El crupier guarda el arma bajo la mesa.
—Su turno —me dice.
No lo atiendo. Observo el humo rojo que emana del cuerpo de la chica y flota por el salón hasta el trono de Mammón quien abre la boca y lo aspira. Toma un pañuelo verde de su solapa y se limpia los labios. Viste un traje color gris oscuro y usa mocasines negros. Su apariencia es la de un hombre rondando los cuarenta. De hecho, cuando entré, temí que se exagerase la fama del lugar. No fue hasta que vi morir a los primeros, hasta que vi como el demonio se alimentaba de sus almas y, por supuesto, hasta que vi ganar al primer jugador, que lo creí.
En Il casinò della vita las reglas son sencillas. Se apuesta todo. Omnia aut nihil.
Sólo hay un ganador por mesa. Seis jugadores. El premio, cualquier cosa que desees. Cien millones de dólares, la mujer de tus sueños, la cura para alguna enfermedad. El demonio lo consigue para ti. Los otros cinco, en cambio… bueno, ¿quién juega esperando perder?
—Su turno —escucho el corte de cartucho y vuelvo a la realidad; a mi par de ochos rojos.
—Voy —respondo. Es lo único que puedo decir, es lo que dice también el anciano a mi izquierda y la mujer que sigue de él. Porque la otra opción, la de rendirse… y nos ha quedado claro que tampoco podemos correr.
Un par sujetos de traje recogen el cuerpo de la chica. Si son demonios o humanos al servicio de Mammón, lo ignoro.
—Última ronda —anuncia el crupier. Toma una carta, el tiempo se hace lento, pesado. Si la carta es mayor a nueve estoy perdido, lo mismo si es de color rojo. La única carta que me podría ayudar sería… ¡Sí! Un ocho de tréboles. Casi se me sale un “Gracias a Dios”.
El hombre a la izquierda del crupier —un treintañero con gafas oscuras, quien había mostrado mucha seguridad durante toda la partida—, ahora muestra un rostro desencajado.
—Voy —se le corta la voz.
—Voy —dice el gordo a su izquierda. Su camisa azul rey está empapada de sudor.
Usa una toallita a juego para limpiarse la frente.
Seguiría la chica de amarillo. Ver su lugar vacío me hace perder la poca confianza que gané.
—Voy —digo, quizá sean mis últimas palabras.
Los siguientes jugadores van también.
—Jugador número 1, descubra sus cartas.
El hombre se quita las gafas. Puedo ver que le falta un ojo. Respira hondo antes de descubrir sus cartas. Un as de picas y un nueve de tréboles. Par de ases. Respiro aliviado.
El gordo destapa sus cartas con una sonrisa tamborileándole el rostro. Reina de picas y dos de corazones. Otro estruendo. El hombre tuerto yace en el suelo, el crupier le ha disparado en la cabeza.
Descubro mis cartas rápido. Al ver mi póker de ochos, el gordo mira al crupier como suplicando misericordia. Recibe un disparo por la espalda. Uno de los hombres de traje acaba con su vida.
El anciano da vuelta a sus cartas con una lentitud que me hace temer por mi vida. Pero una vez las revela, el miedo es remplazado por lastima. Él nos contó, antes de empezar, que su hija tenía cáncer, nos suplicó que le dejásemos ganar. Aparté la mirada, justo como ahora. Quizá eso sintió mi padre al perder hace veinte años. No lo sé. Pero si esa chica tiene un hermano, el sentirá lo mismo que yo cuando Matilde murió y papá no regresó.
Sólo quedamos dos. La mujer de negro y yo. Será algún augurio que anuncie mi funeral.
Descubre sus cartas. Sonríe. Reina de tréboles y de picas.
—Pokér de reinas —anuncia.
El crupier levanta el arma. Yo trago saliva. Dispara. La mujer cae al suelo.
—Tenemos un ganador —anuncia el crupier —preséntate ante nuestro señor
Mammón para hacer tu petición. Mientras camino hacia el trono del demonio, comprendo lo que sucedió. Sonrío.
—¿Puedo pedir lo que quiera?
El demonio asiente con la cabeza.
—¡Qué cierres este maldito lugar!, ¡qué se hunda en el olvido!, ¡qué jamás vuelva a existir un sitio como este!
Siento todas las miradas en mí. Los jugadores de todas las mesas se han detenido. Esperando tal vez, que sea un chiste, o que el demonio se niegue. Pero Mammón luce molesto. Lanza un rugido que me deja sordo por unos momentos. Me llevo la mano a la oreja y descubro que sangra. Ambas. Una ola enorme viene hacía mí. Me golpea. Estoy bajo el mar. Arriba hay una luz. Nado hacia ella, pero justo cuando voy a salir por aire algo me detiene. Es mi padre. Me sujeta de la pierna. Debajo de él un hombre gordo, un tuerto, el maldito anciano, la chica de amarillo, un mar de cadáveres.

Estante y polvo

Escrito por Óscar Baños Huerta, 14 May.

Dicen que me devoraba. Que mordía mis entrañas con dientes afilados. Todos los días apenas me despierto hago un dibujo de ella. No la conozco. La imagino y armo el rompecabezas de su rostro con lo que me contaron las personas del hospital.
Nunca tuvo nombre. Yo la llamé Hiedra. En una carpeta tengo archivados sus rostros cambiantes, cada mañana uno distinto. No se me permite verla. Escuché que la tienen prisionera en un frasco, flotando en líquido. Ya la dibujé de ese modo también.
Dijeron en el hospital que nunca tuvo posibilidad de vida, que se alimentaba a duras penas de lo que podía sacarme. Estoy segura de que en realidad yo fui quien la devoró, pero no me dio tiempo de aniquilarla. Nacimos juntas. Ella dentro de mí, yo, alimentándome sin parar.
Cuando no estoy pensando en Hiedra me gusta imaginar el crimen perfecto. Un robo, un asesinato, el secuestro de alguien importante y conocido. Planeo los pasos. Siempre acabo encontrando la falla, el motivo que hará que me atrapen. Vuelvo a empezar entonces con otra posibilidad. Todo eso me agota. Es una espiral interminable, una caída libre de la que Hiedra viene a salvarme. Detengo la búsqueda y dibujo a mi hermana otra vez.
La imagino en su prisión de cristal, como una curiosidad que en otros tiempos hubiera formado parte de las ferias de monstruos y deformidades: “pasen a ver al parásito, la criatura que vivía dentro de su hermana”. La gente curiosa pagaría unas monedas para mirarla.
Yo no puedo más que seguir dibujándola, cada día un rostro. Hasta que nos encontremos, hasta que halle el estante umbrío en el que me espera.

Long Live the King

Escrito por Erasmo W. Neumann, 21 May.

King aún era muy joven cuando la señorita Miller lo sacó del albergue de animales. Al principio lo trataba como a una mascota ordinaria, mas pronto su latente instinto materno la hizo brindarle lujos y cuidados más propios de un niño que de un gato.


Entre otras cosas, la solterona le procuraba siempre alimento en exceso, y como no le permitía salir ni desenvolverse dentro la casa, el minino se volvió en especial torpe, perezoso y obeso. Se le iban los días en el regazo de la mujer mientras ésta tejía o miraba la televisión, y si bien no objetaba a su modus vivendi había algo que con frecuencia lo irritaba: como osara asolearse junto al ventanal, los pájaros le silbaban burlas desde el olmo del jardín. Señalaban, crueles, cuán voluminoso era comparado con otros felinos del vecindario, e incluso lo retaban a que fuera y los devorase ciertos de que, incluso si le permitieran asomar por la puerta, jamás los alcanzaría con esa barriga. Aconteció, sin embargo, que una buena mañana no toleró más las mofas y, resuelto a defender su orgullo, aprovechó un descuido de su dueña para escabullirse al exterior. Corrió en el acto al pie del árbol y, cuan pesado era, comenzó a trepar.


Conforme ascendía lo embargó una emoción hasta entonces desconocida, mas su repentino ímpetu de intrépido y cazador nada pudo hacer contra su falta de pericia: agotado, clavó las garras a la corteza y quedó suspendido a medio tronco. Metros abajo, su ama le gritaba que bajara de allí. Por un momento quiso obedecer y arrojarse a sus brazos, confiado en que, en lugar de reprenderlo, le serviría de comer para después llevarlo a tomar la primera de muchas siestas frente al televisor, pero como los jilgueros no dejaban de provocarlo desde la copa, rehusó de esta posibilidad, hizo acopio de fuerzas y se impulsó cuesta arriba con renovado brío. Estaba a punto de llegar a las ramas cuando su sobrepeso y un error de cálculo lo precipitaron al vacío.


Alguna vez escuchó en una vieja película aquello de que, antes de morir, se ve pasar la vida entera. En su caso apenas hubo tiempo para ello: la gravedad tiró con particular violencia de su corpulento ser y todo terminó en menos de un segundo. Todavía rechiflaban las aves cuando la desconsolada cincuentona lo sepultó entre los rosales.

Lo que le pareció un hermoso detalle no era sino una última afrenta al micho, pues en su despiadada lengua decían: “¡El rey ha muerto! ¡Viva el rey!”.

Instrucciones para sobrellevar el encierro

Escrito por Alberto Sánchez Argüello, 28 May.

A Cortázar

 

Allá afuera está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete su casa como caracola y recorra lentamente sus espirales, igual que Aquiles tratando inútilmente de alcanzar a la tortuga. Deje que los delfines recuperen Venecia, que despliegue el calendario sus hojas y que el pajarito que vuela cada cien años a la Baja Pomerania afile su pico en la montaña de diamante, hasta desgastarla. ¿Qué más quiere, qué más quiere? Si lo considera necesario, termine por abolir el tiempo, así como lo hicieron al norte del círculo Ártico, los pobladores de Sommarøy. Que dejen de existir el día y la noche; que se olvide de usted el mundo y olvídese usted también, que, en palabras del gran lector porteño, es la única venganza y el único perdón.

Un despertar consciente

Escrito por Agustín Rowe, 01 Jun.

Afortunado el que vive tiempos interesantes

Proverbio chino

 

Todos tenemos un despertar. ¿Qué implica despertar? El texto de Agustín Rowe nos ofrece una respuesta: en ocasiones es un despertar liviano, benevolente, plácido; en otras, pesado, sorpresivo, rudo. En todo caso lo que es seguro es el estado de vigilia que implica dejar de dormir, interrumpir el sueño, hacer surgir un sentimiento, un recuerdo, un deseo que se encontraba latente. La vigilia es un arma de doble filo, porque no sabemos de inicio si ese deseo, ese sueño, sentimiento o recuerdo, nos van a dar satisfacción. En ese momento la vigilia se transforma en desvelo, abstinencia, ayuno. En eso consiste lo que Agustín Rowe llama el despertar de la consciencia, a través de un viaje por el renacimiento de un hombre en quien podemos ver la introspección, el análisis de sentimientos, juicios y prejuicios adquiridos durante la vida y sólo reconsiderados a partir de la cercanía con la muerte.

En Más allá del principio del placer, Sigmund Freud (1920) hace referencia a la pulsión del sujeto de buscar satisfacción. Este principio tiene como base la búsqueda de la felicidad; la buscamos a través de factores inmediatos que cubren necesidades básicas como el alimento, el abrigo, etc., pero también tenemos requerimientos más complejos que involucran sentimientos como compensaciones, reconocimientos, cariño o cuidado. Todos los seres humanos tendemos a buscar ese principio del placer. ¿Por qué entonces nos ponemos tantas trampas? ¿Por qué sufrimos? ¿Por qué le tenemos miedo a la felicidad? ¿Por qué alejamos a la gente que amamos? ¿Por qué amamos a gente que nos aleja? En el mismo texto de Freud encontramos la respuesta: así como busca la vida, el ser humano siente una inevitable atracción por la muerte.

El autor de este texto nos invita a reflexionar sobre la manera en la que nos enfocamos en sólo ser reactivos a lo externo, en cómo dejamos de comunicarnos, hacemos de lado nuestro propósito en la vida y nos dormimos como seres mecánicos, inmersos en la vorágine de la cotidianidad, de la comodidad y la banalidad que nos proporciona la falta de deseo.

Dejamos de desear porque damos todo por sentado, porque tenemos todo de manera inmediata y creemos que una plataforma tecnológica o una red social nos proporcionarán el intercambio social, sentimental e intelectual que necesitamos. Ponemos de lado lo humano, dejamos de crecer y nos quedamos dormidos. Vivimos en el sueño y creemos que éste nos va a proporcionar satisfactores a largo plazo, pero sólo nos aislamos y vivimos con la corriente pensando que estamos bien.

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El personaje que nos plantea Agustín no hace más que metaforizar aquello que todos vivimos y que vemos familiar, nos muestra cómo nos hemos vuelto inmunes a lo que sucede a nuestro alrededor, cómo morimos un poco cada día al dejar de lado lo más importante. Y aquí es donde volvemos a la vigilia, sólo que ahora en otro sentido: la vigilia como víspera, proximidad, contigüidad, cercanía. Cuando dormimos no necesitamos a nadie más, no así en la vigilia, cuando se está despierto se sabe que hace falta el otro, ese que da y proporciona satisfactores, el interlocutor, el que me define y me valora, aquél con el que me encuentro como espejo que me devuelve mi propia imagen, ese otro humano con quien creo lazos que me permiten repetirme y diferenciarme.

Despertar entonces no es tan sencillo, no es sólo salir de un aletargamiento, es también dar cuenta de mí mismo y de mi prójimo, de mi contiguo, legitimarme y legitimarlo en un proceso que requiere un compromiso y un disfrute de todo lo que ofrecen la vida y la muerte.

El proverbio chino que mencioné al principio de este prólogo no es accidental, somos afortunados de vivir tiempos interesantes, aunque los chinos en realidad lo utilizaban más bien como una maldición diciendo “Te deseo vivas tiempos interesantes”. ¿Por qué dirían esto? ¿Qué los tiempos interesantes no implican felicidad? Precisamente. La felicidad viene de la mano con una elaboración que necesariamente implica pasar por la muerte para renacer. Implica cambio, movimiento, los tiempos interesantes son los tiempos del cambio y, de acuerdo con este texto, son los tiempos de estar despierto. Bienvenidos sean.

Martha Elena Guadarrama

 

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Barpocalipsis

Escrito por Gabriela Cruz, 04 Jun.

Cuando cerraron los bares quedaron como testigos cientos de botellas y latas vacías, junto con el polvo volando por la ciudad que se fue vaciando de a poco.

 

Creo haber tenido esa visión un día que, precisamente, compartía barra con el chofer de un político. El tipo era ameno y ocurrente, parecía más listo que su patrón. Para esos días se necesitaba tanto de personas como ese amable hombre. No recuerdo su nombre, pero sí recuerdo su gruesa voz asegurando que todo se iría al carajo. La gente comenzaba a esconderse en su casa. Los turistas ya no llegaban con tanta frecuencia porque el rumor de riesgo había trascendido. No se podía hacer mucho en un lugar donde el principal ingreso venía de los paseantes. La ciudad –estaba convencido el hombre– comenzaría a ser abandonada poco a poco. La mitad de los habitantes eran viejos y se morirían pronto. Los demás preferirían irse antes de ver quebrar sus negocios.

 

Cuando el vaticinio estaba en puerta, me propuse saltar de un bar a otro, como acción de resistencia para que no cerraran, pero todo fue vano. Primero cerró el famoso de la plaza central, luego los de las calles cercanas. Así desaparecieron.

 

Un par de años antes, viajando en busca de historias para escribir, llegué a esta ciudad y las encontré, así que decidí quedarme. Aquí se vivía de noche. Los paseantes se hospedaban en posadas o pequeños hoteles, pero pasaban poco tiempo ahí. Durante el día salían a sitios paradisiacos de los alrededores para hacer turismo de aventura. Por la noche la ciudad se iluminaba.

 

Todos los turistas iban de bar en bar, desde aquellos en donde la música era escandalosa y con poco espacio para moverse, hasta los que con sólo un vistazo al interior invitaban a quedarse, los de estilos gótico, romántico, intelectual, los de temática de películas fantásticas. En todos había siempre algo atractivo.

 

Los bares se convirtieron en mis sitios preferidos. Pude conocer a gente de todo tipo ahí, a mujeres sobre todo. Unas entraban en grupo, otras con su pareja. Las observaba, giraba ligeramente la cabeza y con eso bastaba para provocarles una risa discreta, una mirada tímida. Podía sonrojarlas y provocar ese ademán inevitable de llevar la mano al pelo y acomodarlo detrás de la oreja. A veces me

acercaba y saludaba por iniciativa propia, pero era más frecuente que ellas lo hicieran. Varias conocieron mi departamento. Ninguna estuvo más de una ocasión.

Ahora, desde mi ventana veo la soledad de esta ciudad, en donde quizá yo sea el último habitante. Me he resistido a huir como los demás, cuando no hubo más turistas y las oportunidades se terminaron, cuando la epidemia mató a las personas mayores.

 

En el fondo, pienso que en cualquier momento regresarán. Aún puedo percibir el olor a cerveza y a humo. Puedo escuchar todavía el bullicio nocturno. Pero mis ojos no engañan, éstos sólo ven ruinas.

 

Bebo mi última cerveza mientras escribo unas líneas antes de partir, no sé a dónde, no sé cómo. Antes, iré a visitar por última vez mis bares favoritos, abandonados ya, pero con memoria en sus muros. Respiraré hondo para llevarme su esencia.

 

La vista se nubla. Se desdibuja cada edificio. Se vuelven polvo sus muros. El vapor me envuelve. Transpiro. Suspiro. Cierro mis ojos. Me desvanezco. Puedo escuchar a la gente de nuevo. Sonrío. Aquí están todos. Regresaron. Yo he vuelto con ellos.