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Barpocalipsis

Escrito por Gabriela Cruz, 04 Jun.

Cuando cerraron los bares quedaron como testigos cientos de botellas y latas vacías, junto con el polvo volando por la ciudad que se fue vaciando de a poco.

 

Creo haber tenido esa visión un día que, precisamente, compartía barra con el chofer de un político. El tipo era ameno y ocurrente, parecía más listo que su patrón. Para esos días se necesitaba tanto de personas como ese amable hombre. No recuerdo su nombre, pero sí recuerdo su gruesa voz asegurando que todo se iría al carajo. La gente comenzaba a esconderse en su casa. Los turistas ya no llegaban con tanta frecuencia porque el rumor de riesgo había trascendido. No se podía hacer mucho en un lugar donde el principal ingreso venía de los paseantes. La ciudad –estaba convencido el hombre– comenzaría a ser abandonada poco a poco. La mitad de los habitantes eran viejos y se morirían pronto. Los demás preferirían irse antes de ver quebrar sus negocios.

 

Cuando el vaticinio estaba en puerta, me propuse saltar de un bar a otro, como acción de resistencia para que no cerraran, pero todo fue vano. Primero cerró el famoso de la plaza central, luego los de las calles cercanas. Así desaparecieron.

 

Un par de años antes, viajando en busca de historias para escribir, llegué a esta ciudad y las encontré, así que decidí quedarme. Aquí se vivía de noche. Los paseantes se hospedaban en posadas o pequeños hoteles, pero pasaban poco tiempo ahí. Durante el día salían a sitios paradisiacos de los alrededores para hacer turismo de aventura. Por la noche la ciudad se iluminaba.

 

Todos los turistas iban de bar en bar, desde aquellos en donde la música era escandalosa y con poco espacio para moverse, hasta los que con sólo un vistazo al interior invitaban a quedarse, los de estilos gótico, romántico, intelectual, los de temática de películas fantásticas. En todos había siempre algo atractivo.

 

Los bares se convirtieron en mis sitios preferidos. Pude conocer a gente de todo tipo ahí, a mujeres sobre todo. Unas entraban en grupo, otras con su pareja. Las observaba, giraba ligeramente la cabeza y con eso bastaba para provocarles una risa discreta, una mirada tímida. Podía sonrojarlas y provocar ese ademán inevitable de llevar la mano al pelo y acomodarlo detrás de la oreja. A veces me

acercaba y saludaba por iniciativa propia, pero era más frecuente que ellas lo hicieran. Varias conocieron mi departamento. Ninguna estuvo más de una ocasión.

Ahora, desde mi ventana veo la soledad de esta ciudad, en donde quizá yo sea el último habitante. Me he resistido a huir como los demás, cuando no hubo más turistas y las oportunidades se terminaron, cuando la epidemia mató a las personas mayores.

 

En el fondo, pienso que en cualquier momento regresarán. Aún puedo percibir el olor a cerveza y a humo. Puedo escuchar todavía el bullicio nocturno. Pero mis ojos no engañan, éstos sólo ven ruinas.

 

Bebo mi última cerveza mientras escribo unas líneas antes de partir, no sé a dónde, no sé cómo. Antes, iré a visitar por última vez mis bares favoritos, abandonados ya, pero con memoria en sus muros. Respiraré hondo para llevarme su esencia.

 

La vista se nubla. Se desdibuja cada edificio. Se vuelven polvo sus muros. El vapor me envuelve. Transpiro. Suspiro. Cierro mis ojos. Me desvanezco. Puedo escuchar a la gente de nuevo. Sonrío. Aquí están todos. Regresaron. Yo he vuelto con ellos.

 

 

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Un despertar consciente

Escrito por Agustín Rowe, 01 Jun.

Afortunado el que vive tiempos interesantes

Proverbio chino

 

Todos tenemos un despertar. ¿Qué implica despertar? El texto de Agustín Rowe nos ofrece una respuesta: en ocasiones es un despertar liviano, benevolente, plácido; en otras, pesado, sorpresivo, rudo. En todo caso lo que es seguro es el estado de vigilia que implica dejar de dormir, interrumpir el sueño, hacer surgir un sentimiento, un recuerdo, un deseo que se encontraba latente. La vigilia es un arma de doble filo, porque no sabemos de inicio si ese deseo, ese sueño, sentimiento o recuerdo, nos van a dar satisfacción. En ese momento la vigilia se transforma en desvelo, abstinencia, ayuno. En eso consiste lo que Agustín Rowe llama el despertar de la consciencia, a través de un viaje por el renacimiento de un hombre en quien podemos ver la introspección, el análisis de sentimientos, juicios y prejuicios adquiridos durante la vida y sólo reconsiderados a partir de la cercanía con la muerte.

En Más allá del principio del placer, Sigmund Freud (1920) hace referencia a la pulsión del sujeto de buscar satisfacción. Este principio tiene como base la búsqueda de la felicidad; la buscamos a través de factores inmediatos que cubren necesidades básicas como el alimento, el abrigo, etc., pero también tenemos requerimientos más complejos que involucran sentimientos como compensaciones, reconocimientos, cariño o cuidado. Todos los seres humanos tendemos a buscar ese principio del placer. ¿Por qué entonces nos ponemos tantas trampas? ¿Por qué sufrimos? ¿Por qué le tenemos miedo a la felicidad? ¿Por qué alejamos a la gente que amamos? ¿Por qué amamos a gente que nos aleja? En el mismo texto de Freud encontramos la respuesta: así como busca la vida, el ser humano siente una inevitable atracción por la muerte.

El autor de este texto nos invita a reflexionar sobre la manera en la que nos enfocamos en sólo ser reactivos a lo externo, en cómo dejamos de comunicarnos, hacemos de lado nuestro propósito en la vida y nos dormimos como seres mecánicos, inmersos en la vorágine de la cotidianidad, de la comodidad y la banalidad que nos proporciona la falta de deseo.

Dejamos de desear porque damos todo por sentado, porque tenemos todo de manera inmediata y creemos que una plataforma tecnológica o una red social nos proporcionarán el intercambio social, sentimental e intelectual que necesitamos. Ponemos de lado lo humano, dejamos de crecer y nos quedamos dormidos. Vivimos en el sueño y creemos que éste nos va a proporcionar satisfactores a largo plazo, pero sólo nos aislamos y vivimos con la corriente pensando que estamos bien.

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El personaje que nos plantea Agustín no hace más que metaforizar aquello que todos vivimos y que vemos familiar, nos muestra cómo nos hemos vuelto inmunes a lo que sucede a nuestro alrededor, cómo morimos un poco cada día al dejar de lado lo más importante. Y aquí es donde volvemos a la vigilia, sólo que ahora en otro sentido: la vigilia como víspera, proximidad, contigüidad, cercanía. Cuando dormimos no necesitamos a nadie más, no así en la vigilia, cuando se está despierto se sabe que hace falta el otro, ese que da y proporciona satisfactores, el interlocutor, el que me define y me valora, aquél con el que me encuentro como espejo que me devuelve mi propia imagen, ese otro humano con quien creo lazos que me permiten repetirme y diferenciarme.

Despertar entonces no es tan sencillo, no es sólo salir de un aletargamiento, es también dar cuenta de mí mismo y de mi prójimo, de mi contiguo, legitimarme y legitimarlo en un proceso que requiere un compromiso y un disfrute de todo lo que ofrecen la vida y la muerte.

El proverbio chino que mencioné al principio de este prólogo no es accidental, somos afortunados de vivir tiempos interesantes, aunque los chinos en realidad lo utilizaban más bien como una maldición diciendo “Te deseo vivas tiempos interesantes”. ¿Por qué dirían esto? ¿Qué los tiempos interesantes no implican felicidad? Precisamente. La felicidad viene de la mano con una elaboración que necesariamente implica pasar por la muerte para renacer. Implica cambio, movimiento, los tiempos interesantes son los tiempos del cambio y, de acuerdo con este texto, son los tiempos de estar despierto. Bienvenidos sean.

Martha Elena Guadarrama

 

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Instrucciones para sobrellevar el encierro

Escrito por Alberto Sánchez Argüello, 28 May.

A Cortázar

 

Allá afuera está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete su casa como caracola y recorra lentamente sus espirales, igual que Aquiles tratando inútilmente de alcanzar a la tortuga. Deje que los delfines recuperen Venecia, que despliegue el calendario sus hojas y que el pajarito que vuela cada cien años a la Baja Pomerania afile su pico en la montaña de diamante, hasta desgastarla. ¿Qué más quiere, qué más quiere? Si lo considera necesario, termine por abolir el tiempo, así como lo hicieron al norte del círculo Ártico, los pobladores de Sommarøy. Que dejen de existir el día y la noche; que se olvide de usted el mundo y olvídese usted también, que, en palabras del gran lector porteño, es la única venganza y el único perdón.

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En la ciudad de Pachuca existen dos importantes avenidas Juárez y Revo­lución que dan acceso al centro de la ciudad y por donde ahora transita el sistema de transporte colectivo Tuzobús. Entre ellas hay una pequeña calle perpendicular que las une. Ésta lleva por nombre “Samuel Carro” y desemboca precisamente en la Basílica Menor de Guadalupe, quizá el más importante templo católico de la ciudad. A la mitad de esta vía se encuen­tra la plaza Álvaro Obregón, nombre de uno de los más célebres perso­najes jacobinos y anticlericales de nuestra historia. El nombre de Samuel Carro alude a un educador metodista quien durante más de 30 años fue maestro de la Escuela Julián Villagrán, junto con sus hermanos María y Antonio. Los profesores Carro nos remiten al imaginario de los maestros de principios del siglo XX que lograron llevar a cabo una transformación de la sociedad a través de la educación.

El hecho de que una calle céntrica lleve el nombre de este educador metodista nos impele a preguntar por el imaginario educativo y el reco­nocimiento público a la labor de un maestro que llegó a ser símbolo de la educación en Pachuca. Como se sabe, en la ciudad se establecieron dos escuelas fundadas por misioneros de la Iglesia Metodista Episcopal. Por una parte, el Colegio Hijas de Allende fundado en 1874 y por la otra, la Escuela Julián Villagrán, institución fundada en 1877. Ambas instituciones son parte importante de la historia de la educación en nuestra ciudad.

Los historiadores Jean-Pierre Bastian y Rubén Ruiz coinciden en el tema de la educación como uno de los más importantes vehículos de pro­pagación del metodismo en México, pero no sólo para ganar adeptos o catecúmenos, sino para redimir a las masas populares y convertir al ciuda­dano en individuo libre de dogmas y de fanatismo. El historiador francés se ha referido a este proceso como una “pedagogía liberal” (Bastian, 1989 p. 143 y Ruiz, 1992).

Lo primero que observaron los misioneros al llegar a Pachuca, así como las representantes de la Woman’s Foreign Missionary Society (Socie­dad Misionera de Señoras) de la misma Iglesia Metodista Episcopal de Estados Unidos, fue el grave problema del analfabetismo. ¿Cómo transfor­mar una sociedad si sus habitantes son iletrados? Las misioneras nortea­mericanas asignadas a México estaban convencidas de que la explicación del atraso social, de la corrupción, del alto índice de alcoholismo, de la falta de cultura cívica y democrática, así como de la degradación de las costumbres en la mayoría de la población era precisamente la deficiente educación, en el sentido más amplio de la palabra. Para ello, Susan Warner y Mary Hastings, esta última originaria de Boston, Massachusets, y con amplia experiencia en la educación de señoritas, se dieron a la tarea de fundar una escuela para niñas. Cabe señalar que Hastings fue la primera misionera protestante que murió y fue sepultada en México. Durante 25 años trabajó incansablemente en la educación de las niñas en el Colegio Hijas de Allende (Butler, 1918, p. 65).

 

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El Colegio Hijas de Allende

Aunque la fecha de apertura de cursos del Colegio Hijas de Allende fue en febrero de 1875, la fundación de esta escuela de niñas se remonta al año anterior, cuando en abril de 1874 la misionera de la Sociedad Misionera de Señoras de la Iglesia Metodista Episcopal, Susan M. Warner llegó a Pa­chuca y de inmediato alquiló dos cuartos en los altos de la Casa Maquívar, por 35 pesos mensuales, situados en los portales de la plaza Constitución con el propósito de establecer una escuela para niñas (véase Imagen 2). De acuerdo con una reseña histórica elaborada por la profesora Manuela Vargas, el objetivo de Warner era redimir a la mujer mexicana a través de la cultura: “El ideal fue uno sólo: la redención de la mujer mexicana por la educación y la cultura” (Anuario, 1950). En 1875, la profesora Warner tuvo la encomienda de ir a otra escuela a la Ciudad de México y entonces llegó en su lugar la profesora Mary Hastings, quien continuó con la labor del Colegio Hijas de Allende.

La estancia de esta escuela en la Plaza Constitución tuvo una duración de poco más de quince años, hasta que en 1890, ante la creciente deman­da de estudiantes, se inauguró su nueva sede en un edificio construido específicamente para este propósito, situado en la calle de Allende 102, junto al antiguo templo metodista. Una fotografía que probablemente date de 1894 ca. muestra esta edificación escolar junto al antiguo templo de una sola planta (véase Imagen 10).

Imagen 10. Detalle de panorámica de Pachuca, ca. 1896. Fototeca Nacional, INAH.

 

Como se puede observar, el edificio de la escuela es de mayores dimen­siones que el primer templo construido, contiguo al colegio. La primera edi­ficación de 1890 es la que tiene su fachada hacia la calle de Allende, con sus ventanas ojivales. La otra parte de la construcción es posterior al año 1893.

La labor educativa de estas misioneras no encontró trabas ni escollos en la población pachuqueña. Por el contrario, fue bien recibida, tal y como señala un testimonio de la fundadora Mary Hastings:

 

Al empezar el trabajo no tuve que batallar con el fanatismo y oposición que hicieron tan difícil la labor cristiana en algunas otras ciudades. Esto, sin duda, fue debido a la influencia de los ingleses protestantes que, para trabajar en las minas, habían vivido por muchos años allí.

 

La maestra Hastings murió el 15 de agosto de 1898, y por lo tanto alcanzó a ver edificada la nueva escuela en la calle de Allende. El edificio de ladri­llo rojo aparente y ventanales de estilo neogótico, con arcos apuntados u ojivales inaugurado en 1890, se diseñó y construyó especialmente para el Colegio Hijas de Allende y hasta la fecha constituye un inmueble muy sugerente en el centro de la ciudad. Como podemos observar en la foto­grafía, el actual templo contiguo a la escuela todavía no existía en 1890, ya que en su lugar estaba una construcción sencilla, de una sola planta que hacía las veces de templo, y entre semana funcionaba como escuela diaria para varones. Podríamos concluir que la primera edificación destinada a fines exclusivamente educativos fue este inmueble que hasta la fecha se encuentra en la calle de Allende.

Un testimonio de la directora Manuela A. Vargas, rememoraba en el Anuario de 1940 que en los inicios de la década de 1890 la escuela Hijas de Allende tenía kindergarten23, “el primero en la ciudad de Pachuca”, una escuela primaria y un departamento de enseñanza superior y normal, con profesores que también eran maestros del Instituto Científico y Literario del Estado. En 1898 se graduó la primera clase de la Normal, aunque no sabemos cuándo se suprimió este departamento; probablemente fue a raíz de los acontecimientos revolucionarios entre 1911 y 1917.

En 1930 se añadió la carrera Comercial, iniciada por la profesora Gua­dalupe Guzmán. La maestra Vargas señalaba en el mencionado Anuario:

 

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La Escuela Hijas de Allende sigue desarrollando una intensa labor de patriotismo; se preocupa resulta y desinteresadamente por la cultura y la liberación moral de nues­tro pueblo, combatiendo los vicios y los errores que tantos estragos están causando a la humanidad.

 

Manuela Vargas fue un personaje señero en la escuela Hijas de Allende. Originaria de Mineral del Chico, Hidalgo, nació el 14 de enero de 1888 y murió el 8 de mayo de 1972. De acuerdo con una biografía escrita por la profesora Magdalena Skewes (Anuario, 1948) sus padres fueron Manuel Vargas y Gregoria Estrada. Antes de cumplir un año de vida, su padre murió y la joven viuda Gregoria emigró a la ciudad de Pachuca. Así, fue enviada al jardín de niños del Colegio Hijas de Allende, donde continuó sus estudios, hasta culminar la secundaria en 1904. Posteriormente pasó a estudiar en el Instituto Normal Metodista de la ciudad de Puebla, en el cual se graduó de maestra en 1909. De 1910 a 1918 fue profesora del Colegio Hijas de Allende, en donde colaboró con la profesora-misionera Hellen Hewitt. Al año siguiente (1919) fue llamada a una escuela de la Compañía Santa Gertrudis, en Pueblo Nuevo, cerca de San Guillermo la Reforma, en donde estuvo doce años, hasta que en 1931 regresó a dirigir la escuela donde laboró en 1910, ya situada en su nueva sede de Avenida Juárez.

Una placa de latón (ya desaparecida) que estuvo colocada en las es­calinatas del costado oriente de esta nueva edificación evocaba las bodas de diamante del colegio, en 1950, y la edificación del nuevo inmueble en la Avenida Juárez. Con las disposiciones de la Constitución de 1917, los colegios confesionales tuvieron que adaptarse a los nuevos tiempos más difíciles en la etapa del callismo en la década de 1920. Así lo sugiere la pro­fesora Delfina Huerta, en el Anuario de 1954, en ocasión de los 50 años de maestra de Manuela Vargas. El 15 de mayo de 1954 se le otorgó la medalla Ignacio M. Altamirano, en el Palacio de Bellas Artes, por el presidente de la república. Hay que recalcar que una escuela pública de Mineral de la Reforma lleva el nombre de esta maestra.

Muy pronto el crecimiento de la matrícula del colegio motivó a que la Sociedad Misionera de Señoras de la Iglesia Metodista Episcopal adqui­riera un predio en los límites sureños de la ciudad. Para tal efecto se adqui­rieron dos terrenos a un costado de la estación del Ferrocarril Hidalgo, en la actual Avenida Juárez. El cronista del estado de Hidalgo menciona que en realidad estos terrenos fueron donados por la Compañía de Minas, ya con capital norteamericano (Menes, 2012). Estos predios eran parte de las caballerizas de la empresa, y ahí se comenzó a construir el nuevo edificio del Colegio Hijas de Allende que contaría con un internado y amplios sa­lones. Esta primera edificación tenía su entrada por la calle de Av. Juárez, y era de una sola planta. En el terreno del fondo sólo se encontraban otras construcciones de una sola planta que se ocupaban para el internado. A partir de 1957 se comenzó a construir en el predio del fondo un auditorio con visión isóptica y el edificio de tres pisos que funcionó como internado y actualmente está en uso de la secundaria y preparatoria.

El historiador Luis Rublúo señala que los nombres de los centros educa­tivos metodistas constituyen un indicio del impulso al nacionalismo y una identificación con los personajes de nuestra historia patria. Por ejemplo, el colegio metodista de Real del Monte se llamaba Benito Juárez; el de Mira­flores, Estado de México, se llamaba Hijas de Hidalgo; Hijas de Juárez, en la Ciudad de México, y el Julián Villagrán e Hijas de Allende en Pachuca. A primera vista podríamos asociar el nombre de Allende con al apellido del prócer insurgente, sin embargo, otra hipótesis señala que también se puede referir al adverbio “allende”, como sinónimo de “el otro lado”, de la parte “de allá”. Entonces la voz “Hijas de Allende” se refería a las alumnas como hijas del otro lado, refiriéndose a las maestras y misioneras que pro­cedían de allende la línea fronteriza24. En un principio el nombre aludía a que la matrícula estaba constituida exclusivamente de niñas y señoritas, pero a partir de los cambios en la Constitución de 1917, la escuela comen­zó a recibir también varones. Así lo recuerdan exalumnos distinguidos, como el escritor Raúl Macín Andrade, o el cronista vitalicio del estado de Hidalgo Juan Manuel Menes Llaguno, ambos exalumnos de este plantel.

En 1920 se inauguró el nuevo edificio de este colegio en la naciente Avenida Juárez, con dos patios internos y amplios salones. En el tránsito hacia su nueva ubicación la escuela perdió mucho alumnado, pero a par­tir de la década de 1940 recuperó su matrícula de más de 800 alumnas.

Una vez desocupado en 1919 el edificio de la calle de Allende, éste se destinó a la Escuela Julián Villagrán, el cual durante casi 100 años fue la sede emblemática, ya que en 2016 el plantel de la primaria se trasladó al predio de la avenida Juárez, ahora con el acceso por la calle Cuauhtémoc.

Como veremos más adelante, la parte del Colegio Hijas de Allende construida en 1920, y que colindaba con la avenida Juárez fue demolida inexplicablemente en la década de 1970, a partir de 1977, en ocasión del centenario de la Escuela Julián Villagrán, con el propósito de construir un nuevo inmueble para la preparatoria, cosa que no sucedió.

Hacia la década de 1950 se comenzó a construir otro conjunto de edifi­cios para agrandar el internado, y los salones de clases. Se edificó también el auditorio ya mencionado, que fue modificado en la década del 2010, des­truyendo su elemento original que consistía en el piso que formaba una parábola muy sugerente, lo cual hacía una isóptica muy peculiar y única en toda la ciudad. Este grave atentado al patrimonio cultural no tuvo ninguna respuesta y sólo mostró la ignorancia de los responsables.

El Colegio Hijas de Allende constituyó un factor muy importante en la educación pachuqueña, toda vez que era una alternativa liberal y laica a los institutos católicos como el Francisco de Siles, el Angloespañol y el Instituto Hidalguense, de inspiración Marista. Los políticos liberales en­viaban a sus hijos a este colegio, el cual tuvo como docentes a maestros que también impartían clases en el Instituto Científico y Literario. Entre los profesores, llamados entonces “catedráticos”, destacaban: los doctores Enrique Rojas Corona, Librado Gutiérrez, Héctor González, Adán Ville­gas, Alicia Bezíes de Baños y Antonio Aparicio. De abogados, descollaban como maestros el licenciado Carlos Ramírez Guerrero, (futuro goberna­dor del estado de Hidalgo en el sexenio de 1963-1969), Neftalí Vite Terán y Rubén Licona Ruiz. Asimismo, los ingenieros Antonio y Carlos Madrazo. Otros profesores fueron: Alfonso García Flores, Francisco Rivero Nava, (futuro Secretario de Educación Pública de Hidalgo), Florentino Gómez Estrella, (Director de Educación Física del estado de Hidalgo) Humberto Cuevas, y las maestras Matilde Hoeck, May Harris, Carlota G. Munguía, Guadalupe Guzmán de Gómez Estrella, Ethel Brown, entre otras (véase Anuario, 1956). Hay que hacer notar que en las décadas de 1940 y 1950, entre los docentes de este colegio también estaba el pintor y muralista Me­dardo Anaya, en la clase de escultura y dibujo (Anuario, 1943). Anaya es el autor del mural que hace una apología del socialismo y que se encuentra en el cubo de las escaleras del entonces Instituto Politécnico Nacional, hoy Centro Cultural de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo.

En la década de los cincuenta, la directora general del colegio era la Profra. Manuela A. Vargas. La directora de comercio era la Profra. Virgi­nia Conde, la de secundaria, la Profra. Ruth Escorza Pimentel, y la de primaria la Profra. Josefina León G.

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Long Live the King

Escrito por Erasmo W. Neumann, 21 May.

King aún era muy joven cuando la señorita Miller lo sacó del albergue de animales. Al principio lo trataba como a una mascota ordinaria, mas pronto su latente instinto materno la hizo brindarle lujos y cuidados más propios de un niño que de un gato.


Entre otras cosas, la solterona le procuraba siempre alimento en exceso, y como no le permitía salir ni desenvolverse dentro la casa, el minino se volvió en especial torpe, perezoso y obeso. Se le iban los días en el regazo de la mujer mientras ésta tejía o miraba la televisión, y si bien no objetaba a su modus vivendi había algo que con frecuencia lo irritaba: como osara asolearse junto al ventanal, los pájaros le silbaban burlas desde el olmo del jardín. Señalaban, crueles, cuán voluminoso era comparado con otros felinos del vecindario, e incluso lo retaban a que fuera y los devorase ciertos de que, incluso si le permitieran asomar por la puerta, jamás los alcanzaría con esa barriga. Aconteció, sin embargo, que una buena mañana no toleró más las mofas y, resuelto a defender su orgullo, aprovechó un descuido de su dueña para escabullirse al exterior. Corrió en el acto al pie del árbol y, cuan pesado era, comenzó a trepar.


Conforme ascendía lo embargó una emoción hasta entonces desconocida, mas su repentino ímpetu de intrépido y cazador nada pudo hacer contra su falta de pericia: agotado, clavó las garras a la corteza y quedó suspendido a medio tronco. Metros abajo, su ama le gritaba que bajara de allí. Por un momento quiso obedecer y arrojarse a sus brazos, confiado en que, en lugar de reprenderlo, le serviría de comer para después llevarlo a tomar la primera de muchas siestas frente al televisor, pero como los jilgueros no dejaban de provocarlo desde la copa, rehusó de esta posibilidad, hizo acopio de fuerzas y se impulsó cuesta arriba con renovado brío. Estaba a punto de llegar a las ramas cuando su sobrepeso y un error de cálculo lo precipitaron al vacío.


Alguna vez escuchó en una vieja película aquello de que, antes de morir, se ve pasar la vida entera. En su caso apenas hubo tiempo para ello: la gravedad tiró con particular violencia de su corpulento ser y todo terminó en menos de un segundo. Todavía rechiflaban las aves cuando la desconsolada cincuentona lo sepultó entre los rosales.

Lo que le pareció un hermoso detalle no era sino una última afrenta al micho, pues en su despiadada lengua decían: “¡El rey ha muerto! ¡Viva el rey!”.

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Futbol para Eugenia

Escrito por Hortensia Moreno, 18 May.

Debo confesar que a mí no me gusta el futbol. En repetidas ocasiones he llegado a decir que lo aborrezco, aunque eso quizá no sea sino una exageración. Lo cierto es que me mata de aburrimiento. Me parece un juego largo, monótono y demasiado simple. No obstante, reconozco que se trata de un espectáculo popular y nunca deja de sorprenderme la forma en que la vida se interrumpe en la ciudad de México cuando hay un partido importante. La calle se pacifica, se deshabita. La gente se concentra. En la unidad donde vivo, el entusiasmo se oye de ventana a ventana. Se respira expectación. Cada gol se celebra o se lamenta con gritos que provienen de las entrañas. No hay experiencia igual: tan colectiva y a la vez tan íntima.

Ahora bien, como hice mi tesis de doctorado sobre boxeo femenil, no tuve más remedio que familiarizarme con ideas y discusiones sobre el campo deportivo. Un autor que cito en otra parte dice que ignorar las expresiones deportivas en el mundo actual sería equivalente a tratar de entender la vida en la Europa medieval sin tomar en cuenta el papel de la iglesia católica.1 No me parece exagerado pensar el deporte como una mística, como una búsqueda religiosa (en la acepción de re-ligare) y una formación de comunitas, tanto en la práctica deportiva como en su exhibición.

El amor a un determinado deporte amanece temprano o no amanece. Y se realiza sólo en el conocimiento profundo que se deriva de la práctica. El deporte es sobre todo una experiencia del cuerpo. Cuando se practica desde la infancia, un deporte se vuelve consustancial de la persona: se integra a su habitus, a su hexis corporal. Pero nunca es una experiencia individual.

La comunitas del espacio deportivo se propicia en el campo de juego, pero también en el proceso iniciático por medio del cual una persona adulta conduce a una criatura hacia el campo. Varias autoras subrayan la influencia decisiva de un padre en la vocación deportiva de su hija. En un mundo donde la actividad se identifica tan cerradamente con los varones, la transmisión del secreto exige la presencia de esa figura fuerte —el padre apasionado— en el aprendizaje de la nueva actividad por parte de una niña.

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Hay muchos testimonios en la etnografía feminista del deporte donde se puede leer este proceso: es el padre el que lleva a la chiquilla al estadio, el que le enseña a usar el bat, el que le explica las reglas. Y es por amor al padre que muchas mujeres se enamoran de algún deporte. A mí me faltó ese aprendizaje porque mi padre ha estado desde toda la vida negado por completo no sólo para el deporte, sino para cualquier tipo de juego.

No obstante, desde que me acuerdo practico —de manera torpe e indisciplinada— alguna actividad física. Me acuerdo de mí colgada como chango de los juegos de tubos
del parque, junto a la escuela, a una cuadra de mi casa. En la primaria fue el basquetbol, porque mi maestro de quinto me invitó a formar parte de un equipo. En secundaria y
prepa, la gimnasia olímpica. Y ahora voy a nadar dos o tres veces a la semana, nada más para que la computadora no me acabe de romper la espalda.

Insisto, siempre he sido más bien maleta. Le echo la culpa a la miopía, a los lentes de culo de vaso. Pero hay también una torpeza fundamental y una equivocación de origen: la gimnasia exige un cuerpo compacto —y el mío se desparrama como verdolaga—, exige equilibrio y fuerza de los que carezco por completo. Hay acá una condición individual, pero también hay un problema de género. Como dice Iris Marion Young, la ineptitud de las mujeres en el campo deportivo refleja modalidades del comportamiento del cuerpo femenino —de su manera de moverse y de su relación con el espacio— que parecen subrayar las diferencias físicas entre hombres y mujeres. Young detecta diferencias típicas en la manera en que hombres y mujeres manejan sus cuerpos:

No sólo hay un estilo típico para lanzar [una pelota] como niña, sino que hay un estilo más o menos típico de correr como niña, trepar como niña, columpiarse como niña, golpear como niña. Lo que tienen en común, primero, es que no se pone todo el cuerpo en un movimiento fluido y dirigido, sino que más bien, al balancearse o al golpear, por ejemplo, el movimiento se concentra en una parte del cuerpo; y segundo, que el movimiento de la mujer tiende a no alargar, extender, inclinar, encoger o seguir hasta el final la dirección de su propósito.

Muchas mujeres con frecuencia respondemos al movimiento de una pelota que viene hacia nosotras como si viniera contra nosotras, y nuestro impulso corporal inmediato es quitarnos, agacharnos o protegernos, porque, en apariencia, el miedo a salir lastimadas es mayor en las mujeres que en los varones. Eso, desde luego, significa una enorme desventaja cuando una quiere jugar futbol. Pero esa desventaja, según la autora, no es una característica “natural” de las anatomías de las mujeres, sino el resultado de la falta de práctica en el uso del cuerpo y en el cumplimiento de tareas, porque a la mayoría de las niñas y las mujeres no se nos estimula tanto como a los varones para desarrollar habilidades corporales específicas. Porque los juegos de las niñas son más sedentarios y encerrados que los juegos de los niños.

Christine Mennesson habla inclusive de una “cultura de recámara”, donde crecen las niñas, por oposición a la “cultura de cancha” en que se desenvuelven los niños. Según esta autora, las adolescentes pasan demasiado tiempo en casa trabajando en su apariencia física para volverse atractivas a los muchachos, mientras que los varones tienen acceso al aire libre y al espacio abierto del campo de juego.

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El problema no es sólo la falta de práctica —aunque ésta tenga una particular importancia— sino también en un aprendizaje activo del cuerpo y del estilo corporal que comienza a cultivarse desde el momento en que una niña entiende que es una niña y lo que eso significa:

La niñita adquiere muchos hábitos sutiles de comportamiento corporal femenino [...], aprende activamente a entorpecer sus movimientos. Se le dice que debe ser cuidadosa para no lastimarse, no ensuciarse, no desgarrarse la ropa; se le dice que las cosas que desea hacer son peligrosas para ella [...]. Cuanto más asume una niña su estatus como femenino, más se toma a sí misma como alguien frágil e inmóvil, y pone en acto más activamente su propia inhibición corporal.

De ahí mi enorme admiración por las deportistas natas: las que dejan desarrollar sus cuerpos sin sucumbir a estas tendencias.

Mi incursión defectuosa en el deporte me da a la vez un conocimiento material y una distancia crítica, lo cual tal vez ha sido sano para mi elección temática, de modo que me he convertido en una suerte de “especialista” de la academia y, gracias a ello, de pronto me ha tocado acompañar a varias alumnas de maestría en la investigación de sus tesis sobre futbol. El amor de estas mujeres por el deporte de los puntapiés me convence de que no se trata de un asunto trivial ni estrictamente manipulado, enajenado, ideológico, sino de una afición legítima, pura, nacida en el cuerpo y cultivada en el espíritu.


Tengo además un grupo de amistades que va casi cada domingo por la mañana —y varias tardes entre semana— a ver jugar a los Pumas. Desde luego, me han invitado y quizás he ido alguna vez —ya no me acuerdo si solamente lo soñé—; en todo caso, mi cercanía con esta banda de pamboleros y pamboleras vuelve difícil criticar simplemente la actitud fanática de quien acude al estadio, porta los colores de su equipo, sufre cuando pierde y goza cuando gana.

Interpreto el deporte —así, en abstracto— como una actividad central para la vida contemporánea; como un prisma a través del cual se refracta la interioridad de la gente, sus esperanzas y perspectivas más sagradas, además de las relaciones sociales con sus cargas de poder y contenidos de dominación. Estoy segura de que no hay manera de entender una sociedad o una cultura como la mexicana si no tratamos de descifrar el lugar que ocupa en el imaginario nacional este juego, este negocio.

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Estante y polvo

Escrito por Óscar Baños Huerta, 14 May.

Dicen que me devoraba. Que mordía mis entrañas con dientes afilados. Todos los días apenas me despierto hago un dibujo de ella. No la conozco. La imagino y armo el rompecabezas de su rostro con lo que me contaron las personas del hospital.
Nunca tuvo nombre. Yo la llamé Hiedra. En una carpeta tengo archivados sus rostros cambiantes, cada mañana uno distinto. No se me permite verla. Escuché que la tienen prisionera en un frasco, flotando en líquido. Ya la dibujé de ese modo también.
Dijeron en el hospital que nunca tuvo posibilidad de vida, que se alimentaba a duras penas de lo que podía sacarme. Estoy segura de que en realidad yo fui quien la devoró, pero no me dio tiempo de aniquilarla. Nacimos juntas. Ella dentro de mí, yo, alimentándome sin parar.
Cuando no estoy pensando en Hiedra me gusta imaginar el crimen perfecto. Un robo, un asesinato, el secuestro de alguien importante y conocido. Planeo los pasos. Siempre acabo encontrando la falla, el motivo que hará que me atrapen. Vuelvo a empezar entonces con otra posibilidad. Todo eso me agota. Es una espiral interminable, una caída libre de la que Hiedra viene a salvarme. Detengo la búsqueda y dibujo a mi hermana otra vez.
La imagino en su prisión de cristal, como una curiosidad que en otros tiempos hubiera formado parte de las ferias de monstruos y deformidades: “pasen a ver al parásito, la criatura que vivía dentro de su hermana”. La gente curiosa pagaría unas monedas para mirarla.
Yo no puedo más que seguir dibujándola, cada día un rostro. Hasta que nos encontremos, hasta que halle el estante umbrío en el que me espera.

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La mesa de los solos

Escrito por E. J. Valdés, 08 May.

Para ser franca, no tengo idea de cómo contar una historia. Su­pongo que comenzaré presentándome. Me llamo Fabiola y tengo 19 años. Trabajo como mesera en un restaurante de la calle Doria llamado Café Saint-Michel. La paga es mediocre y las propinas muy variables, pero lo que gano, sumado al poco dinero que me abonan mis padres cada quincena, me permite solventar mis gastos y guardar un poco para cuando ingrese a la universidad (lo cual espero conseguir el próximo semestre). El lugar donde trabajo no es precisamente concurrido (nada en la colonia Constitución lo es) y podríamos decir que nada tiene que lo distinga de otros negocios del mismo giro excepto la “mesa de los solos”. Así he bautizado a un gabinete situado al fondo del restaurante, casi junto a los baños, el cual cuenta con solamente una banca y tiene el tamaño justo para acomodar una manteleta, un vaso (o taza) y la cesta de pan. Nada más. A todas luces es el espacio pensado para aquellos clientes que llegan a comer solos, que no son muchos, porque el Saint-Michel es la clase de lugar donde las señoras se reúnen para almorzar o donde los novios se sientan a tomar café y compartir un postre. No sé si sea una cosa psicológica o social, pero es muy raro que alguien se pare por allí sin más compañía que su alma, y quienes lo hacen —sin falta— van a parar a “la mesa de los solos”, la cual, por cierto, figura entre las que atiendo yo. En el tiempo que llevo trabajando jamás me he enterado de que un cliente se niegue o se resista a que lo sienten allí (aunque, estoy segura, si lo pidieran se les asignaría una mesa “normal”), y me resulta un tanto más curioso que la cocina despache las órdenes destinadas a este espacio con mayor premura que al resto. Si bien esto podría interpretarse como una especie de “servicio exprés” a mí me hace pensar que esos solitarios comensales no son muy bienvenidos que digamos. ¿Por qué? No lo sé. Supongo que porque no representan un ingreso considerable para el negocio (ni para mí, pues dados los precios del menú apenas me dejan una moneda o dos). Como sea, no es frecuente que se ocupe la mesa de los solos y puede irse la semana entera sin que alguien lo haga. También me he percatado de que quien llega a sentarse allí una vez no suele hacerlo una segunda, después de todo, yo misma siento que se les da el peor lugar del restaurante.

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Sin embargo, dice la sabiduría popular que a toda regla hay una excepción, y es precisamente esa excepción la que me tiene aquí, contándoles esto. Sucedió que hace unos cuatro meses comenzó a visitar el restaurante un muchacho a quien suelo referirme como “El Chico Misterioso”. Fue a desayunar una vez, y desde que lo vi me pareció un tipo bastante singular, por no decir que atractivo, aunque no tengo la certeza de que ése sea el adjetivo apropiado para él. Debía rondar los 25 años. Era blanco como si nunca se asoleara y llevaba el cabello alborotado y la barba crecida y descuidada. Pese a que lucía ligeramente pasado de peso, era apuesto, aunque siempre tuve la sospecha de que no estaba consciente de ello, o bien, buscaba verse mal intencionalmente. Pidió un chocolate caliente y unos huevos.  Mientras se los preparaban, se puso a escribir en un cuaderno que llevaba consigo. Veinte minutos después pidió la cuenta, pagó y se marchó, dejándome sobre la mesa una propina un tanto generosa, creo yo. Para mi sorpresa, dos días después volví a verlo cruzar la puerta del Café Saint-Michel, más o menos a la misma hora. Lo sentaron de nuevo en la mesa de los solos y ordenó exactamente lo mismo: chocolate caliente y huevos. Así lo hizo esa mañana y todas las que siguieron, porque se convirtió en el cliente más asiduo que ha tenido ese restaurante en años; acudía prácticamente a diario, solo y en el mismo horario. Llegaba caminando (lo cual me llevó a pensar que debía vivir o trabajar cerca), se sentaba en el gabinete individual y pedía lo mismo; a veces agregaba una segunda taza de chocolate. Sin falta llevaba consigo un cuaderno y una pluma, y mientras esperaba la comida se ponía a escribir. No tengo idea qué vertía en las páginas, pero durante el tiempo que visitó el Café lo vi llevar por lo menos ocho libretas distintas. A veces también dibu­jaba en las servilletas, y dejaba en ellas bocetos que me recordaban a las caricaturas japonesas. También plasmaba con frecuencia una figura negruzca que llegué a identificar como una pieza del ajedrez: la reina. Había, sin embargo, algo en su manera de representarla que transmitía una sensación gélida: añoranza…, vacío…, triste­za… No lo sé. Nunca me atreví a preguntárselo. En primer lugar porque no me competía meterme en los asuntos de los clientes, y en segundo porque no parecía la clase de persona abierta a la conversación casual; de hecho, era bastante callado: se limitaba a saludar, ordenar y susurrar un “gracias” cuando le servía o le llevaba la nota. También evitaba el contacto visual.

Su comportamiento, así como el hecho de que fuera a desayunar casi a diario, dio pie a que se hablara de él en el restaurante, algo que siempre consideré de muy mal gusto. En la cocina le decían “el raro”, mientras que en el piso lo referían como “el solo”. Me parecía que este último mote encerraba algo de cierto, pues al verlo sentado allí todos los días, comiendo lo mismo, enfrascado en la tinta y el papel, no pude evitar tomarlo por una persona que no tenía otra cosa qué hacer u otro lugar dónde estar; una persona a quien nadie espera a ninguna hora. Sin querer, comencé a inventarme historias sobre él: me imaginaba que, luego de desayunar, se iba a casa a seguir trabajando en sus misteriosos apuntes y dibujos, y que no salía de allí hasta la mañana siguiente, cuando regresaba al restaurante. “Quizá en este lugar constatamos el único tipo de interacción que tiene con otras personas”, me decía a mí misma. “Quizá”, agregaba, “es un ermitaño que vive encerrado en un departamento y paga a terceros para que le lleven comida o le hagan las compras, como hacía ese aviador millonario de la película”. Y fue precisamente así, pensando en él más de lo debido, que me inventé otras historias… Como que yo era el motivo por el cuál asistía al restaurante todos los días.

Desechaba tales cuentos casi tan pronto como me surgían de la cabeza. Admito, aunque con renuencia, que el chico misterioso

se había metido en mis pensamientos más íntimos, y a pesar de que intenté no ilusionarme, hubo momentos en los que creí que yo también estaba en los suyos. El primero fue cuando quiso saber mi nombre: le llevé su chocolate caliente y tras colocar la taza junto a la manteleta lo descubrí mirándome con sus ojos bonitos, aunque también muy tristes. Me preguntó: “¿Cómo te llamas?”. Me ruboricé al responderle. No tuve el valor para agregar: “¿Y tú?”. A partir de entonces añadió mi nombre a todos sus “buenos días” y “gracias”, además de que lo pesqué mirán­dome de reojo en más de una ocasión, lo cual, debo aceptar, no me desagradaba, aunque bien pudo ser algo que mi fantasía malinterpretó. Tiempo después comenzó a dejar cosas escritas en las servilletas. En su mayoría se trataba de fragmentos aleatorios de textos que, aunque incomprensibles, encerraban cierta belleza teñida de melancolía. Algunos de estos apuntes los conservé un tiempo; luego me deshice de todos salvo uno que reza: “Lo que más me gusta de sentarme aquí es que no hay otro asiento que te recalque la falta de compañía; es como mirarte en un espejo que no te dice que tienes la nariz muy grande, los ojos desviados o la barba mal cortada”. También llegó a dejar otras notas más dulces, las cuales, quise creer, iban dirigidas a mí; me he convencido de que nunca fue el caso, pero si hubo un momento en que me ilusioné como niña fue cuando encontré una servilleta con un número inscrito; un teléfono celular por la cantidad de dígitos. Esa misma tarde, al llegar a casa, lo marqué muerta de nervios; nadie contestó y jamás volví a intentarlo. Casualmente, a partir de este acontecimiento el chico misterioso se volvió un tanto más expresivo… A su manera, por supuesto. Nuestras miradas se cruzaban más a menudo, comenzó a dedicarme fugaces y tímidas sonrisas, e incluso a hacerme preguntas que delataban cierta ingenuidad, tierna inexperiencia: “¿Qué clase de música escuchas?”, “¿qué te gusta hacer?”. Con gusto se lo dije, aunque él no hizo lo mismo y yo no pude (ni debía) preguntárselo. Le encontraba hermético, impenetrable. Y en verdad lo era: jamás pude averiguar sobre él.

Sin embargo, era precisamente el misterio que lo rodeaba lo que me tenía fascinada. Llegó un momento en que decidí dar un paso que podría acarrearme problemas en más de un plano (el laboral sobre todo): lo invité a salir. Hacerlo fue más sencillo de lo que imaginaba: se lo planteé luego de dejar su plato y antes que pudiera decirme “gracias”.

—¿Te gustaría tomar un café por la tarde?

Al escucharme me miró con un desconcierto casi infantil; como si aquello fuese algo nuevo para él. Tal vez lo era. Ante su falta de respuesta pensé disculparme y dar la media vuelta, pero un súbito “sí” me detuvo.

—Me encantaría —agregó, evidentemente nervioso.

Yo salía a las tres, así que quedamos de vernos a las cinco en un café del bulevar Ángeles, cerca de Doria. Ni siquiera entonces me dijo su nombre. Yo no se lo pregunté.

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Ese día, al salir del trabajo, fui a casa a cambiarme y, puesto que se me hacía tarde, abordé un taxi al lugar donde quedamos. Nunca había estado más nerviosa antes de una cita. Llegué casi puntual. Me senté y me adelanté con la orden: pedí un americano mientras esperaba. Pero no habría final feliz para mi cuento de hadas: ordené una segunda taza, luego una tercera; una hora y quince minutos des­pués pagué y me fui. Logré contener las lágrimas hasta llegar a casa.

Al día siguiente me presenté a laborar como siempre. La mañana me mantuvo suficientemente ocupada como para pensar en lo suce­dido. Por lo menos hasta que lo vi entrar. Llegó a su hora habitual. Nuestras miradas se encontraron antes que se sentara en la mesa de los solos, y aunque me sentía bastante molesta eso pasó a segundo plano cuando vi la expresión de absoluta miseria y desesperanza en su rostro. Supe entonces que él no diría nada al respecto y que yo tampoco debía hacerlo, que cualquier reclamo que pudiera hacerle él ya se lo había hecho. Por un instante lo vi como era realmente: un fantasma, un despojo en constante penitencia.

Tomó asiento como cualquier otra mañana. Suspiré y fui a atenderlo. Me dio los buenos días y ordenó lo de costumbre. Sin decir mi nombre. Luego se sumió en su cuaderno. Cosa rara en él, comió de prisa, pagó la cuenta y se marchó cabizbajo. Al acercarme a levantar su plato encontré una servilleta con esto escrito:

Niña que me miras:

no puedo corresponderte porque,

a mis ojos,

siempre tendrás un defecto:

no eres ella.

En ese momento ardí en deseos de alcanzarlo, pegarle una bofetada o arrojarle a la cabeza lo primero que tuviera a la mano. Por supuesto que no lo hice; sencillamente apretujé el papel en un puño y lo arrojé a la basura. Más tarde, con la cabeza fría, medité lo que escribió y comprendí que El Chico Misterioso era incapaz de pertenecer a nada ni a nadie, pues estaba atado a un pasado sobre el cual no me correspondía indagar.

Bien dicen que los hombres que se aferran al pasado son los más difíciles.

Después de ese día no se le ha vuelto a ver por el Café Saint-Mi­chel. En lo que a mí respecta, aún trabajo allí, pero insistí al gerente me asignara otra área del restaurante, pues no quiero tener nada que ver con la mesa de los solos.

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En un mar de muertos

Escrito por José Rodolfo Espinosa, 07 May.

Es la inscripción que se lee en la placa, debajo del cuadro que muestra a un hombre parado junto a un faro mirando abajo hacia el océano, centenas de esqueletos arrastran a otro sujeto idéntico a él a las profundidades marinas.
Dicha pintura se ubica al centro del salón de juegos de Il casinò della vita. La contemplo por unos momentos, como esperando hallar alguna respuesta o algo que me provoque una epifanía para salir de este embrollo. Mi padre decía que un hombre con fe vale más que uno con suerte.
Lo cierto es que tengo pocas posibilidades. Es la penúltima ronda y sobre la mesa están dos reinas —de diamante y de corazones—, un ocho de picas y un as de tréboles.
La chica a mi derecha se levanta, puedo ver el terror en sus ojos. Escucho como sus uñas rasgan la orilla de la mesa. Su blusa amarilla está empapada de sudor. Entonces corre.
Un estruendo. Cae abatida por la bala. El crupier guarda el arma bajo la mesa.
—Su turno —me dice.
No lo atiendo. Observo el humo rojo que emana del cuerpo de la chica y flota por el salón hasta el trono de Mammón quien abre la boca y lo aspira. Toma un pañuelo verde de su solapa y se limpia los labios. Viste un traje color gris oscuro y usa mocasines negros. Su apariencia es la de un hombre rondando los cuarenta. De hecho, cuando entré, temí que se exagerase la fama del lugar. No fue hasta que vi morir a los primeros, hasta que vi como el demonio se alimentaba de sus almas y, por supuesto, hasta que vi ganar al primer jugador, que lo creí.
En Il casinò della vita las reglas son sencillas. Se apuesta todo. Omnia aut nihil.
Sólo hay un ganador por mesa. Seis jugadores. El premio, cualquier cosa que desees. Cien millones de dólares, la mujer de tus sueños, la cura para alguna enfermedad. El demonio lo consigue para ti. Los otros cinco, en cambio… bueno, ¿quién juega esperando perder?
—Su turno —escucho el corte de cartucho y vuelvo a la realidad; a mi par de ochos rojos.
—Voy —respondo. Es lo único que puedo decir, es lo que dice también el anciano a mi izquierda y la mujer que sigue de él. Porque la otra opción, la de rendirse… y nos ha quedado claro que tampoco podemos correr.
Un par sujetos de traje recogen el cuerpo de la chica. Si son demonios o humanos al servicio de Mammón, lo ignoro.
—Última ronda —anuncia el crupier. Toma una carta, el tiempo se hace lento, pesado. Si la carta es mayor a nueve estoy perdido, lo mismo si es de color rojo. La única carta que me podría ayudar sería… ¡Sí! Un ocho de tréboles. Casi se me sale un “Gracias a Dios”.
El hombre a la izquierda del crupier —un treintañero con gafas oscuras, quien había mostrado mucha seguridad durante toda la partida—, ahora muestra un rostro desencajado.
—Voy —se le corta la voz.
—Voy —dice el gordo a su izquierda. Su camisa azul rey está empapada de sudor.
Usa una toallita a juego para limpiarse la frente.
Seguiría la chica de amarillo. Ver su lugar vacío me hace perder la poca confianza que gané.
—Voy —digo, quizá sean mis últimas palabras.
Los siguientes jugadores van también.
—Jugador número 1, descubra sus cartas.
El hombre se quita las gafas. Puedo ver que le falta un ojo. Respira hondo antes de descubrir sus cartas. Un as de picas y un nueve de tréboles. Par de ases. Respiro aliviado.
El gordo destapa sus cartas con una sonrisa tamborileándole el rostro. Reina de picas y dos de corazones. Otro estruendo. El hombre tuerto yace en el suelo, el crupier le ha disparado en la cabeza.
Descubro mis cartas rápido. Al ver mi póker de ochos, el gordo mira al crupier como suplicando misericordia. Recibe un disparo por la espalda. Uno de los hombres de traje acaba con su vida.
El anciano da vuelta a sus cartas con una lentitud que me hace temer por mi vida. Pero una vez las revela, el miedo es remplazado por lastima. Él nos contó, antes de empezar, que su hija tenía cáncer, nos suplicó que le dejásemos ganar. Aparté la mirada, justo como ahora. Quizá eso sintió mi padre al perder hace veinte años. No lo sé. Pero si esa chica tiene un hermano, el sentirá lo mismo que yo cuando Matilde murió y papá no regresó.
Sólo quedamos dos. La mujer de negro y yo. Será algún augurio que anuncie mi funeral.
Descubre sus cartas. Sonríe. Reina de tréboles y de picas.
—Pokér de reinas —anuncia.
El crupier levanta el arma. Yo trago saliva. Dispara. La mujer cae al suelo.
—Tenemos un ganador —anuncia el crupier —preséntate ante nuestro señor
Mammón para hacer tu petición. Mientras camino hacia el trono del demonio, comprendo lo que sucedió. Sonrío.
—¿Puedo pedir lo que quiera?
El demonio asiente con la cabeza.
—¡Qué cierres este maldito lugar!, ¡qué se hunda en el olvido!, ¡qué jamás vuelva a existir un sitio como este!
Siento todas las miradas en mí. Los jugadores de todas las mesas se han detenido. Esperando tal vez, que sea un chiste, o que el demonio se niegue. Pero Mammón luce molesto. Lanza un rugido que me deja sordo por unos momentos. Me llevo la mano a la oreja y descubro que sangra. Ambas. Una ola enorme viene hacía mí. Me golpea. Estoy bajo el mar. Arriba hay una luz. Nado hacia ella, pero justo cuando voy a salir por aire algo me detiene. Es mi padre. Me sujeta de la pierna. Debajo de él un hombre gordo, un tuerto, el maldito anciano, la chica de amarillo, un mar de cadáveres.

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Construir personæ

Escrito por Alfonso Pescador, 02 May.

Cuando empecé a ejercer la actividad docente, debo reconocer, fue de manera accidental. Como muchos maestros, al principio necesitaba una forma de ganarme la vida, como decía mi abuela. Aprendí un segundo idioma desde la cuna —por la decisión de mi madre de hablarnos a sus hijos en inglés—. Al llegar a México después de un viaje, comencé la práctica docente sin más experiencia que aquella de la imitación de los maestros que tuve en los salones de clase en mi época escolar.
Sin embargo, hoy reconozco que mis inicios, a los escasos diecisiete años, me ubicaron en el espacio que sería, con el tiempo, la atmósfera más segura desde entonces: un aula. Ahí me transformaba en los personajes de las lecturas que compartía con mis alumnos. Personificaba los innumerables protagonistas de historias que nos transportaban a lugares que despertaron el interés en más de uno de ver mundo. Ideaba, sin pensar, juegos que captaban la atención de los integrantes de mis grupos, y sentía cómo se creaba el elemento que los mantendría motivados para el aprendizaje de lo que había planeado: diversión.
Con nula instrucción formal en metodología y pedagogía para alumnos de primaria y secundaria, resultó absolutamente extraño que mis estudiantes obtuvieran calificaciones aprobatorias, y más en el primer examen que aplicaba ante la preocupación de mi madre, quien se había dedicado a la enseñanza desde hacía tiempo.
La adquisición de una segunda lengua se entendía entonces, como la memorización de interminables listas de vocabularios y explicaciones gramaticales que dirigían a una supuesta producción oral en el idioma.
Me tomó varios cursos escolares darme cuenta de que los alumnos que conseguían una buena fluidez oral habían estado expuestos a escuchar, experimentar y disfrutar el uso de los contenidos, no sólo utilizar mnemotecnias. No había oído aún sobre aprendizaje significativo ni aquél por descubrimiento. Jerome Bruner, Lev Vigotsky, David Ausubel y A. S. Neill tardarían muchos años para llegar a fundamentar de manera teórica, lo que me habría de acompañar en mis clases en el futuro.
Han pasado veinticinco años y más de mil alumnos desde entonces.

 

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La preparación profesional me permitió darle nombre a aquello que hacía y que resultaba. Mi experiencia en grupo se diversificó desde el inglés como materia hacia asignaturas curriculares como historia, ciencias, arte, negocios, y algunas más complejas como análisis literario y chino mandarín. La fórmula se ha respetado de raíz: encontrar esa manera individual en la que cada alumno logra llegar a lo esperado.
Al quinto año de mi ejercicio me encontraba categorizando el aprendizaje con relación a quién aprendía, no a qué debía enseñársele.
Hoy, cada alumno es un individuo. Cada uno nos define los cómos. Son ellos quienes nos dirigen hacia las estrategias adecuadas, a través de las cuales aprenden. Desafortunadamente aún hay maestros que insisten en la producción en serie, en considerar que es el alumno quien debe adaptarse a la planeación de las actividades, así como quien aún hace uso del servicio postal en pleno siglo xxi.
En este libro plasmo la evolución de la forma, aunque el fondo siga siendo el mismo. Hablo de la diferencia más que de la experiencia en sí. Retomo los inicios, mas sólo para hacer una comparativa de esas generaciones de hace más de veinte años con las que hoy llenan nuestras aulas. Son ellos quienes no nos permiten a los docentes insistir en el uso de metodologías obsoletas.
Ellos, quienes claman a gritos por una modernización de los que han repetido el modo; individuos que piensan desde la sobrestimulación con ácido fólico y ejercicios pre y post natales.
Los pequeños en edad escolar con quienes convivimos hoy son capaces de programar y personalizar nuestro teléfono celular, ese al cual podemos apenas modificar el tono de llamada.
Son niños, los de hoy, ávidos de una circunstancia escolar distinta a la que se ha venido imitando, una que provea la oportunidad de aprendizaje al cien por ciento de quienes están presentes, y no al ínfimo número de los que aún son capaces de acercarse conocimiento nuevo a través de lo que se les dice, sentados en silencio, inmóviles en un mesa-banco individual. Somos los docentes frente a grupo los que nos encontramos a diario con la disyuntiva de confinarnos a modelos basados en la repetición y el almacenaje de información, o a brindarles experiencias de aprendizaje que puedan relacionar con el entorno al que pertenecen y a la socialización de aquello que pueda transformarse en habilidades y recursos. Igualmente, los padres de familia de estas generaciones deben replantearse si la forma adecuada de guiar a sus hijos es hacia la contención y la represión o hacia la elección de proyectos educativos que concuerden con el proyecto de hijo que se han planteado. No es coincidencia que los niños en escuelas donde son ellos los que están ubicados al centro del modelo —y donde los actores alrededor de su vida escolar prioricen la efectividad de las sesiones sobre la cantidad de contenidos— sean los que encuentren un sentido de propósito. El resultado derivará en un disfrute auténtico de lo que se aborda, y en la construcción de herramientas para aportar al mundo al que pertenecen.
En cada capítulo narro la historia de una persona, sí en relación con sus necesidades específicas para el aprendizaje, mas desde la conceptualización de que son individuos. Cada uno tiene un nombre y procesos mentales distintos del otro, sin olvidar la parte emocional y social como punto de partida. Pretendo simplemente compartir esas experiencias con otros maestros y padres de familia de esta generación. Intento acercar maneras diferentes de ver a los niños de hoy, con miras a una mejor comprensión del desarrollo de su etapa escolar.
Es difícil descubrir hilos negros actualmente, cuando la tecnología nos permite la búsqueda de millones de Personæ compartiendo teorías, ideas y paradigmas. La intención es sensibilizar a quienes se encuentran a cargo de la formación de estos pequeños.
La propuesta se hace en el entendido de que probar es una decisión voluntaria, y que quedarse con la tradición de antaño es igualmente válido. El peor escenario podría ser vernos obligados a aceptar que funciona y a reestructurar nuestras técnicas.

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Tiempos modernos

Escrito por Héctor D. Olivera, 30 Apr.

—Papá, he de contarte algo.
—Hija, ¿qué pasó?
—Me enamoré de un chico que vive al otro lado del charco.
—¿De dónde es?
—De Bilbao.
—Él de Bilbao y vos en Ushuaia…, lo veo complicado.
—No lo creas. Nos conocimos en Meetic, nos hicimos amigos en Facebook, nos intercambiamos fotos por Instagram, supimos que teníamos gustos similares al compartir vídeos de YouTube, tuvimos largas charlas por WhatsApp y luego me propuso matrimonio por poderes notariales a través de Skype.
—¿Y?
—Estoy embarazada.
—Pero…, pero…, ¿cómo ha sido eso posible si no os habéis visto?
—Ay, papito, haces cada pregunta. Es obvio, ya sabés... Me enviaba unos mensajes de Twitter tan…, tan…, ¡románticos! Pero, ahora, el gallego boludo dice que el niño no es suyo, que de un pantallazo no puede ser, y que no quiere casarse conmigo.
—¡Ah, no! Ese canalla va a responder de su paternidad. Nadie se beneficia a mi hija y la preña telemáticamente y se queda tan ancho. Si no rectifica le pongo una demanda en el Juzgado, instamos una Comisión Rogatoria y que asuma su responsabilidad por vídeo conferencia.

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Travesía

Escrito por Diego José, 25 Apr.

Aún fustigan solemnes los remos que me llevan

al hogar,

y el esfuerzo por asistir aligera el sopor

mediterráneo;

el viento viene cargado de pimienta y canela de

la costa,

puedo percibir su fragancia más allá del oleaje

salado.

Mar adentro te nombro, y al llamarte voy palpando

tus extremos.

Mi voz anticipa mi llegada y te descubre sobre

la hierba

diciéndote palabras amorosas que se amarran a

tus muslos

como serpientes o chacales en busca de un sitio

donde asirse.

Quiero contarte lo que me dijeron al oído

las sirenas,

también de las mujeres que recogieron mi cuerpo

del naufragio;

pero me basta este viento para olvidar que alguna

vez fui Nadie.

Me basta sentir que mi voz agita los laureles

perfumados

mientras abejas sicilianas zumban en tu piel

crepuscular,

avisándote de mi regreso, cuando todavía no llego.

 

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El viejo buitre

Escrito por Daniel Canals Flores, 23 Apr.

No puede permitirse demasiados errores más. Hace bastante tiempo que ha perdido aquella extraordinaria visión de antaño. La que le permitía localizar la carroña incluso antes que las águilas calvas. Esa misma semana, ha hundido el pico varias veces, sobre algunas piedras, confundiéndolas con presas muertas, provocándose bastantes melladuras. Su aspecto es lamentable.
Ya no puede entrar con el pecho adelantado, como hacen sus jóvenes congéneres, que perciben enseguida al anciano dentro del grupo. Allí no existe el respeto. Desde luego, casi siempre es relegado a la última posición, entre empujones. ¿Sabéis lo duro que es oler la carroña fresca, a un paso del pico, y no poder llegar ni a catarla, mientras observas a los demás cómo se hartan?
Le invade la sensación de no pertenecer a nada o a nadie, ni siquiera a sí mismo. Mendigando migajas, logra sobrevivir un día más. Quizás, ¡qué digo!, seguramente mañana será el último, de su volátil vida.
Atrás quedan esos días cuando enseñó a volar a sus polluelos, conquistó las mil y una hembras o logró batirse en duelo con los mejores de su especie, en aquel inhóspito territorio. Siempre indemne, orgulloso, triunfante…
Sale el sol del amanecer. Los tenues rayos, acarician el tibio cadáver. Una pequeña y solitaria pluma de su cuello, impulsada por el viento, anuncia el deceso.

 

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Parir-me

Escrito por Alejandra Guerrero, 18 Apr.

“¿Tratas de exhibirme? ¡Parece que sólo estás buscando la aprobación de todas las antifeministas, esas que echan para atrás el movimiento! ¡Ahora te estás aliando con ellas!”, me dijo Rebeca, mi amiga, sumamente enfadada cuando compartí, como casi siempre lo hago en mi muro de Facebook, una reflexión. Ésta era acerca de lo injusta que fui antes con otras mujeres que decidieron ser madres y sobre cómo algunas personas son incapaces de tolerar nuestra libertad y decisiones, abandonándonos por ello.

Borré la publicación. No era mi intención exhibirla porque aún la quería y no le había contado a nadie acerca de su enojo, justamente para no hacerla quedar mal. Pero sí quería mostrar el sometimiento a prueba constante por parte de “las aliadas” para ver qué tan feminista es una mujer que dice serlo.

Durante esta última conversación con Rebeca, me limité a contener cada una de sus palabras sin ponerme a la defensiva ya que evidentemente éramos personas hablando idiomas distintos. No estaba dispuesta a perder mi centro y, sobre todo, aunque sabía que podía si así lo deseaba, no iba a lastimarla, aunque algunas de sus palabras me produjeran enojo o me exasperaran.

Me di cuenta de que la idealicé demasiado. Rebeca era una estudiante de doctorado, culta, generosa, excelente docente, viajera, siempre con el mejor argumento en mano para hacer retroceder a cualquiera; era mi modelo y mi mejor amiga desde hacía tres años. Quizá por ello todos sus malos augurios, al enterarse de que estaba embarazada, tuvieron en mí un efecto avasallador.

Comencé a cuestionarme cómo seguí su camino casi a ciegas, creyendo que era el bueno, cuando, resultado de ese camino, la mayor parte del tiempo la vi deprimida y rígida. La cara que mostraba al exterior distaba mucho de lo que ocurría en su interior. Yo seguramente terminaría convirtiéndome en una mala copia suya, pues a pesar de que el feminismo me había enseñado cosas maravillosas, también había generado en mí la desconfianza como primer frente al conocer a nuevas personas, una pesada autoexigencia para ser una mujer coherente, liberada y, más tarde, la falsa creencia de superioridad frente a muchas otras personas por ser incapaces de ver y actuar a partir del feminismo.

Como ese desencuentro con Rebeca me había roto el corazón, acudí a Judith, mi antigua terapeuta, una mujer de largo cabello ondulado, con unos hermosos ojos verdes, voluptuosa, muy sensual y juguetona, la antítesis de Rebeca en cuanto a pensamiento y forma de vivir. Ella se enfadó ante la reacción de Rebeca y me dijo algo que hasta ahora tengo muy presente: “Todas las decisiones y maneras de vivir tienen sus implicaciones, buenas y malas; ninguna es mejor que otra”. Y pensé en las personas a mi alrededor, principalmente en mis amigas, todas diversas, algunas con descendencia, otras sin ella; algunas con pareja estable, otras con amantes ocasionales, solteras, amas de casa, oficinistas, viajeras, saludables, con malos hábitos, guerreras, espirituales, etcétera; ninguna, absolutamente ninguna tenía una vida perfecta, pero tampoco una vida para ser desaprobada. Así, entre las vivencias y decisiones acertadas e incorrectas, en su imperfección, todas tenían una vida única y se las arreglaban para construirse la felicidad. ¿Por qué entonces yo no podría hacerlo? Me fui quitando la idea de que había renunciado a la forma de vida que Rebeca me proponía y que supuestamente era mejor que la que yo acababa de elegir. La clave, comenzaba a entender, era guardar la armonía entre mis contradicciones y tener una alegría a prueba de balas.

Judith, que sólo había visto dos veces a Rebeca, decidió eliminarla de sus contactos; yo no lo supe hasta que esta última me reclamó afirmando que la estaba exhibiendo. Supe por otra de sus amigas, que Rebeca decía que yo afirmaba ante otras mujeres que había querido obligarme a abortar. Me di cuenta en primer lugar del gran temor que tenía a que se supiera su reacción y, por otro lado, de su necesidad de conseguir atención y cobijo de otras personas, aunque fuera valiéndose de inventar que yo la estaba calumniando. Así justificaba su depresión, desconfianza y segregación.

A partir de ahí, el silencio absoluto se interpuso entre Rebeca y yo.

Quizá si yo era su pilar en esa racha tan dolorosa por la que pasaba (un divorcio, estar en otro país, tener nula certeza de las condiciones en las que viviría al volver, etcétera) su enojo era comprensible al enterarse de que mi vida cambiaría tanto. Por otro lado, al llamarme una persona falta de ética por decidir continuar mi embarazo en condiciones que a ella le parecían inapropiadas, todo entre nosotras se quebró para mí. No estaba dispuesta a tener que justificar ante ella mis decisiones dando argumentos que le parecieran suficientes y válidos como si me encontrara en un coloquio.

Judith, que vivía en otro estado, buscó la manera de acompañarme. Muchas veces me ayudó a centrarme, sin juicios. Me enseñó algunas meditaciones y me recordó que éste era un tiempo para disfrutar. Sin ella, la gestación y el puerperio habrían sido mucho más difíciles.

Al apoyo de Judith se sumó el de conocidas feministas no tan cercanas hasta entonces; también el de mi hermana, mi madre, mis tías, primas y otras amigas que poco o nada conocían de feminismo. Pero no hacía falta la teoría para llevar a cabo la práctica de la solidaridad entre mujeres. Quizá ellas desconocían la carga política que sus amorosos actos contenían; sin embargo, eran mi sostén en gran medida cuando aparecían los temores. Nunca hubo un reproche hacia ninguna de mis decisiones, sólo acompañamiento. Cuando había diferencias, siempre las expresaban de manera respetuosa, nunca desde la imposición.

Por su parte Luis, mi subdirector en la oficina y un buen amigo, me ayudó a comprender mejor la paternidad, los procesos por los que pasan los hombres. Estos me interesaron porque estaba pasando por algo que nunca creí: ¡vivir la maternidad en pareja! Cuando pensaba en la posibilidad de tener hijos, siempre imaginaba que sería sola, quizá porque de niña lo vi así, mi madre sola conmigo y con mi hermana, sin tener que lidiar con un hombre inmaduro e irresponsable aparte de tener que criar un par de niñas, trabajar e intentar que no se derrumbara su propia vida.

Con Rebeca siempre decíamos “los hombres están bien pendejos”. Lo dije tantas veces que me lo creí. Sí, todos los hombres, tarde o temprano, resultaban pendejos y llegaba el momento de dejarlos, pero entonces aparecía uno nuevo al que le ignorábamos “la pendejez” por un rato hasta que era imposible hacerse de la vista gorda.

Como para mí habían resultado así mis anteriores parejas ¿¡cuánto más podrían serlo como padres!? Diego hasta ahora se había portado a la altura, pero quién sabe si más adelante cambiaría. Sin embargo, me di cuenta de que era un hombre sensible, tranquilo, con una vida ordenada, enfocada en la mejora de sí mismo en lo interior y exterior, pisando suavecito, sin lastimar, sin hacer demasiado ruido. Diego buscaba ser impecable.

También se volvió un gran amigo para mí, un par, comenzó a ser clarificador en las ocasiones en que yo sentía que perdía el rumbo entre tantas emociones encontradas. Me acompañaba amorosamente pero también me enseñó a mirarme como pareja. Hasta entonces, yo siempre había sido muy crítica, pero pocas veces me preguntaba qué tan buena pareja era yo. Diego me ayudó también a pulir esa parte, a empezar a comunicarme realmente, algo de lo que en verdad carecía, pues en mis anteriores relaciones o controlaba o era controlada; no había mediación.

Pensé que haber visto truncada la etapa del cortejo para pasar inmediatamente a ser padres no había sido tan malo; yo necesitaba una relación así, en la que no hubiera que esperar para mostrarse transparente, sin tanto adorno, porque era la única forma de construir con cimientos lo más sólidos posible.

Por otro lado, su familia resultó ser humilde, cálida y respetuosa; el encuentro con la mía fluyó de inmediato y disfrutamos todos juntos de varias reuniones llenas de música, deliciosa comida y mucha charla. Sus padres eran austeros y sabios, me producían una enorme sensación de calma. Su hogar se convirtió en mi segundo lugar de paz. Era una casa pequeña, con muros de piedra y un jardín hermoso que los padres de Diego cuidaban a conciencia. Su familia tenía una comunicación transparente, algo que yo nunca había visto, todos velaban por el crecimiento de todos. Me daba la sensación de que enfocaban sus vidas en la búsqueda del perfeccionamiento de sus dones, en la belleza. ¿Acaso este no era el momento perfecto y yo tenía todo, como me decía Judith?

Parecía que sí, pero en mi cabeza siempre había espacio para un nuevo “pero”. Cuestiones como tener necesidad del afecto y compañía de Diego y aprender a aceptar su ayuda y la de otras personas me hacían corto circuito en la mente. ¡¿Cómo una feminista que se pasó ya unos años buscando independizarse de los hombres necesita tanto de uno?! Porque así era, de repente necesitaba de él, de sus abrazos, de su sola presencia. Hubo algunas noches en que tuvo que salir y yo me sentía como esa niña que fui y que se creyó abandonada porque no llegaban por ella a la escuela. Sólo que ahora no tenía una mochila conmigo, tenía un hijo.

En contraste pensaba: ¡¿dejar que me ayude, que me cuide?! ¡No! ¡Yo puedo sola, yo puedo sola!, no fuera a ser que me acostumbrara a los cuidados y, cuando ya no estuvieran, me viniera abajo. “Puedo sola”, decía para mis adentros y efectivamente podía, pero terminaba agotada.

Recuerdo mucho el tiempo en que, por mi alto riesgo de padecer preeclampsia, tuve que mover cielo, mar y tierra para conseguir unas inyecciones que debía ponerme diario. Iba de una a otra institución de salud para conseguirlas, con proveedores, con amigas. ¡Incluso llegué con una mujer que poseía un puesto alto para conseguirlas! Una tarde, al salir del trabajo, fui a unas diez cuadras de ahí para recoger un paquete de dichas inyecciones. Estaba cansada, no había comido, hacía mucho calor y el peso agregado en mi vientre comenzaba a dificultarme el andar. Ya de regreso, sentí un enorme mareo y un fuerte dolor en el pecho, me detuve para sentarme y lloré. Estaba agotada, pero me resistía a pedir ayuda.

Algunas veces me pasó por la mente correr lejos de Diego sólo porque no quería necesitar de él ni lidiar con los altibajos que mostraba en este proceso nuevo para los dos. Sus temores, como ver limitada su libertad, no tener suficientes recursos económicos, entre otras cosas, yo se los adjudicaba a que no quería estar, a que seguramente se había arrepentido y le estaba quedando grande la sola idea de la paternidad. A pesar de que era honesto y me comunicaba todos sus sentimientos y pensamientos sin filtro, a veces yo pensaba en huir para salvar el pellejo antes de que pasara “algo”.

Descubrí ahí una vieja lealtad a mi clan, donde los matrimonios no funcionan o las mujeres se quedaban viudas pronto, pero salían adelante. Salir adelante solas, con mucho sufrimiento y librando dificultades, es un sello de mi clan que las mujeres portan con orgullo. Mi madre, separada, admitió alguna vez que fue ese orgullo lo que no le permitió reconciliarse con mi papá. Tampoco quiso o no supo mediar junto con él el momento que cada uno vivía y se separaron. Él, evidentemente, no supo comunicar sus temores ni quiso ceder tiempo para criar.

¿De qué estaba intentando protegerme tan neuróticamente? Descubrí que mi verdadero miedo era a que mis necesidades fueran demasiadas para Diego y él se fuera y me dejara sola con nuestro hijo. Creía que eso había alejado a mi padre de mi mamá y nosotras, el tener que ceder parte 129 de sí, de su tiempo, olvidarse de sus propias necesidades para brindarnos cuidados, amor... No cabe duda: las heridas de la infancia nos persiguen hasta la adultez.

Me di cuenta también de lo dura que estaba siendo con Diego al querer rechazarlo por manifestar sus temores abiertamente ¡temores iguales a los míos y por los que él no me rechazaba a mí! Desde ahí entendí que, independientemente de mis amistades y familia que son relaciones vitales, Diego ocupaba ahora un lugar importante, era con quien yo había decidido tener un hijo, mi compañero, la persona con quien amanecía cada día y me iba a dormir cada noche. Él confiaba en mí, tomaba el riesgo, se mostraba. No ocultaba sus temores, sus defectos, era capaz de llorar, reír y enfadarse frente a mí. Y también demostraba esfuerzo por mejorar.

¡¿Qué clase de locura era resistirme a confiar en él?! ¿No pregonaba acaso que los vínculos amorosos eran el verdadero acto de rebeldía? Si no me atrevía ¿cómo sabría si mis herramientas de vida funcionaban? No quería vivir nunca más del miedo. Era hora de confiar, confiar como un acto de amor.

No es que yo hubiera encontrado la última Coca del desierto, como dicen por ahí. Es que deseaba amarlo tal y como era, en el presente, con todo y esos pequeños defectos que, por supuesto, no afectaban mi crecimiento, mi salud mental o física, como sí lo hacían mi rigidez y contención, tanto que incluso podrían llegar a ser motivos para abandonarlo.

A partir de estas reflexiones comencé a disfrutar mi embarazo a pesar de que este fue tratado médicamente como patológico. Este hecho me mantenía en vilo porque deseaba tener un parto; sin embargo, nunca lo dije. Debido al riesgo de preeclampsia que presenté, tuve miedo de desobedecer las prescripciones médicas, de que algo le pasara a mi hijo y luego Diego u otro familiar me reprocharan.

Pero el día que el doctor dijo la palabra cesárea ya no pude más; terminé expresando, entre lágrimas, lo que realmente quería y me di cuenta de que siempre fue posible hacerlo así, si yo hablaba. Es decir, estaba actuando así por propia decisión, por una presión inexistente a mi alrededor, pues Diego y mi familia en realidad me apoyaban al cien por ciento. Pero me resultó más fácil hacerme víctima que tomar las riendas y ser firme en lo que deseaba. Diego me dijo esa mañana “si quieres un parto vamos a buscarlo, yo te cedo mi parte en la toma de esa decisión, aunque no niego que Mati me preocupa. Pero vamos, y usa esto como un precedente para ti y para otras mujeres”.

Enseguida hice llamadas. Al día siguiente, con ocho meses de embarazo, Diego y yo viajamos a Querétaro a conocer a una partera. La reunión fue maravillosa: atención integral, tomando en cuenta no sólo mi estado físico sino emocional. Diego manifestó su respaldo a cualquiera que fuera mi decisión. Pero, como finalmente movernos hacia allá con todo y familia presupondría un esfuerzo y gasto mayores, y la partera no me conocía como para lograr acompañarme y sostenerme, acepté la cesárea, que por “casualidad” se postergó como deseábamos debido a que nuestro médico enfermó de gripe.

El 7 de noviembre de 2017, un día antes del gran día, acepté las cosas tal como eran y me sentí agradecida de que, finalmente, era afortunada por haber tenido la posibilidad de un embarazo cuidado médicamente, apoyado por mi familia y mi pareja. Esa noche preparé una pasta deliciosa y la compartí con Diego, su mamá, su hermano y mi madre.

Al día siguiente, a las cinco de la tarde, fui ingresada a quirófano. Me sentí vulnerable mientras mi cuerpo semidesnudo era manipulado sobre la plancha, pero me concentré en agradecer y recibir a mi hijo lo más serena posible. Ya después hablaría sobre esta experiencia y, por supuesto, apoyaría a otras mujeres en la búsqueda de un parto a su manera.

Después de que me pusieron la epidural, miré hacia la derecha y tardé unos segundos en reconocer a Diego, que vestía con un atuendo azul, gorro y cubre bocas. Ahí estaban esos ojos, el izquierdo con sus lunares alrededor; me miraba con dulzura, acariciaba mi cabeza y tomaba mi mano.

Un empujón a mi tórax, otro más y de repente vi a nuestro hijo frente a mí. Estaba calmado, con sus ojos muy abiertos. Lo besé en la frente. Le dije a Diego que fuera con él. Giré la cabeza hacia atrás mientras cerraban mi vientre y miré a Diego acariciándolo; la criatura lloró unos segundos y luego volvió a calmarse. A mí se me salieron las lágrimas. ¡Ya estaba aquí! ¡Era real! Pedimos que sólo nuestra familia más cercana estuviera ahí para recibir al nuevo integrante. Los tres solos pasamos la mayor parte del tiempo en la clínica con la intención de afianzar nuestro vínculo. Cuando por fin pudimos ir a casa se intensificó la aventura.

Recuerdo que la segunda noche en casa, nuestro hijo lloraba sin parar y yo no sabía qué tenía. Mi madre estaba conmigo y Diego se preparaba para salir a trabajar. Cuando me di cuenta de que no me estaba saliendo leche me puse a llorar. ¡¿Cuánto tiempo habría pasado ya mi pequeño sin comer?! Me animé a escribirle a una doula (mujer que acompaña a las embarazadas o puérperas para hacer lo que se necesite para sostenerlas y posibilitar la diada madre-hijo) que me recomendaron, Hellen. Le expliqué la situación. Me dijo que se trataba de una especie de congestión en los senos debido a que mi cuerpo todavía no reconocía cuántos hijos había tenido y qué tanta leche debía producir. Me recomendó un masaje y ponerme fomentos de hojas de col con sus “venas” aplastadas previamente.

Eran ya las nueve de la noche. ¿Encontraríamos la col? Diego salió corriendo. Al volver venía cargando un garrafón sobre el hombro y en la otra mano traía una bolsa con dicha verdura. Dijo: “¡Sí encontré una y bien grandota!”. Sonreí, pero eso no duró mucho tiempo ¡había traído coliflor!

Cuando le dijimos que se necesitaba col, no coliflor, volvió a salir un poco irritado y con prisas, pero la trajo. Me puse los fomentos, me hice el masaje y la leche comenzó a fluir.

Los meses siguientes definitivamente acepté y pedí ayuda pues mi herida no me permitía ni levantarme sin que otros brazos me sostuvieran. Entendí que en teoría sonaba muy “progre” eso de los cuidados cincuenta-cincuenta por parte de ambos progenitores, pero en realidad este nuevo ser requería de mí absolutamente y yo de él.

Diego era el encargado de garantizar que pudiéramos mantener la diada y no tuviera que preocuparme por nada más. Nuestras familias también colaboraron con trabajo doméstico, con comida, palabras. Sin duda esta red de apoyo resultó vital, lo mismo que no olvidarme de mí, de mantener viva mi energía creativa e iniciar el taller de escritura autobiográfica, que encajó perfectamente con esta racha en que salir de casa se dificultaba y tampoco me apetecía demasiado.

Desde el nacimiento de mi hijo, los cuidados no han resultado difíciles. Lo difícil ha sido maternar en un terreno hostil, contra reloj porque sabía que debía volver al trabajo cuando lo único en lo que deseaba invertir energía era en mí y en mi hijo. Difícil porque, debido a los horarios laborales de mi familia y de Diego (aunado a los cinco miserables días de licencia de paternidad), pasé también mucho tiempo a solas con Mati, complicándose el asearme, prepárame de comer, salir a la calle.

Desde el nacimiento de mi hijo, los cuidados no han resultado difíciles. Lo difícil ha sido maternar en un terreno hostil, contra reloj porque sabía que debía volver al trabajo cuando lo único en lo que deseaba invertir energía era en mí y en mi hijo. Difícil porque, debido a los horarios laborales de mi familia y de Diego (aunado a los cinco miserables días de licencia de paternidad), pasé también mucho tiempo a solas con Mati, complicándose el asearme, prepárame de comer, salir a la calle.

A pesar de ello, yo elegí convertirme en madre y poner por ahora en primer lugar la crianza. No me siento atrapada en mi hogar, en una “vida tradicional”, como decía Rebeca, ni manipulada por mi hijo (¡vaya superpoderes que le adjudican a una criatura acultural!). En cambio, sí me siento presa de un sistema que se olvida de los vínculos entre personas, las redes de apoyo y la importancia de los cuidados. Por ello, decidí comenzar a hacer tribu con un pequeño grupo de personas que, al igual que yo, consideran importante abrir espacio para la maternidad, facilitarla.

Estar al margen por un tiempo de la vida laboral me llevó a detenerme para observarme con mis viejas heridas, trabajarlas y así estar en mejor disposición para nutrir a mi hijo. Paré para acariciar, para asear, para besar y contemplar a este pequeño cuyo nombre por fin cobró sentido para mí: Mati, “conocer a través del sentir”. Y es que ese fue el camino al que me llevó de vuelta, a sentir.

Ahora que he vuelto al trabajo, atesoro esos momentos en que puedo dedicarme cien por ciento a eso, a sentir. Después de tanto tiempo dejando que fuera mi mente la caótica capitana, creer que la vida sólo está afuera y que fundar mi identidad en un estatus profesional me haría sentir viva, llegó Mati. Y me recordó que estar viva no se piensa, se siente. Tengo certeza de estar viva, realmente viva, cuando respiro tranquila, cuando amo y me siento amada, cuando cuido y soy cuidada, cuando sé que puedo caerme vulnerable, confiada de que hay alguien dispuesto a ayudarme a recobrar la postura; cuando algunas palabras me reavivan el fuego interno, cuando lloro, cuando “no hago nada” más que sumergirme por horas en un par de ojitos que me miran como si fuera un milagro.

Aceptar mis temores y heridas me está permitiendo resaltar mis dones, lo que me hace realmente feliz, lo importante, lo que sí está en mis manos cambiar o mejorar. Si estoy aquí haciendo lo que me apasiona, escribiendo, es porque la maternidad elegida me llevó a reconocerme.

La maternidad, siempre marginada, banalizada u olvidada incluso por los discursos más revolucionarios, se convirtió para mí en un poder en el que también reside la energía de cambio. La vivo como el reconocimiento constante de mi fuerza vital, de mi creatividad, cuestiones que me he propuesto rescatar y mostrar a través de la escritura de mi historia y mis acciones cotidianas.

Definitivamente, mi acto más feminista en esta nueva etapa fue rendirme. Sí, rendirme y aceptar que no lo puedo todo, que no lo sé todo, que no tengo la verdad, que quiero vivir mi vulnerabilidad en el amor, que necesito el amor de otras personas tanto como el propio porque los vínculos son un mecanismo de supervivencia, no un signo de debilidad o isolofobia; que quiero quedarme en casa el tiempo que me plazca a cuidar de mi hijo porque me cura, como dijera mi querida Hellen, del egoísmo.

En este mundo que se cae a pedazos entre tanta crueldad, violencia e individualismo, la maternidad, proceso sumamente emocional, funcionó en mí como un antídoto.

Hace unos días, recordando en la cama, al lado de Mati, el tiempo previo a mi embarazo, Diego me dijo “irradiabas un sí”. Así es, ahora lo entiendo. Era sí al cambio, sí a confiar, sí a mis pasiones, a mis deseos, sí a la libertad que para mí va consistiendo en extender el amor hacia todos lados y hacer retroceder al miedo.

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La luz

Escrito por Ronnie Camacho, 16 Apr.

Como siempre, es una hermosa noche. Las estrellas brillan, la luna llena abarca un gran cacho del cielo. Yo, muy confiado, me acerco a la puerta de la cafetería donde mi novia trabaja.
Apenas la abro, soy recibido por el exuberante aroma de las tortillas de harina y el café recién hecho. Otrora, aquello despertaba mi hambre, pero ahora lo único que logra es hacer retorcer mi estómago del asco.
Mi novia, la única razón por la entré a este cochino lugar, se encuentra atendiendo el negocio detrás de la barra.
—¡Amor, ya llegaste! —sus ojos se iluminan al verme.
—Hola, hermosa, —camino hacia la barra y sobre ésta, nuestros rostros se acercan hasta fusionarse en un beso.
—¡Ya párenle tortolitos, guárdense algo pa más tarde.
—Órale, que se queman mis chilaquiles —son algunos de los comentarios burlones que nos sueltan varios comensales habituales.
—Ya voy, ya voy —responde mi novia a sabiendas de que es un juego—. Oye sé que planeaste algo para hoy, pero, ¿puede esperar un par de horas? Papá salió y me dejó encargada de cerrar —nerviosa mira hacia el suelo a la par que estruja entre sus manos, el viejo trapo con el que seca los platos después de lavarlos.
—Por supuesto, tenemos todo el tiempo del mundo, —como me odio por decir eso.
—Gracias guapo, —me sonríe antes de volver al trabajo.
Mientras la observo ir y venir de un lado a otro, no evito repasar en mi mente todos los defectos que le he encontrado, como sus ojos de tamaño desigual, el grotesco lunar carnoso sobre su labio superior y su voz tan chillona que ya me tiene harto.
A veces me pregunto si después de tanto tiempo ella hará lo mismo, ¿tratará de encontrar todos los defectos que en su día el amor impidió que viéramos?
Por casi dos horas, espero que termine. Mientras lo hago, veo un rato el futbol en una vieja televisión que hay enclavada en la pared, charlo con algún cliente y me tomo un café.
—Perdón por hacerte esperar —dice exhausta.
—No te preocupes —yo sonrío de oreja a oreja.
—Ya nada más déjame apago las luces y cierro las puertas para que nos vayamos —promete.
—Claro.
Ella comienza con su última labor cuando, de pronto, escuchamos el sonido de la puerta abrirse a nuestras espaldas.
Un hombre ha entrado a la cafetería, luce nervioso, no aparta la mano del bolsillo derecho de su pantalón y esconde su cara debajo de un sombrero y unas gafas de sol.
Con cuidado examina el lugar, antes de centrar su mirada en nosotros.
—Ay, señor, discúlpeme pero ya cerramos —mi novia se muestra apenada.
Sin mediar palabra y con paso tembloroso, el hombre se da la vuelta, pero no para marcharse, sino para cerrar la puerta de la entrada con candado. Se aproxima a la barra.
—Dame todo el dinero —dice tan rápido que apenas se le entiende.
—¿Cómo? —pregunta mi novia con una sonrisa nerviosa.
—Ya me escuchaste, ¡que me des todo el dinero! —rápidamente, desenfunda una pistola y le apunta a la cara.
Al ver el arma, ella grita aterrada. El ladrón, que de por sí luce nervioso desde que entró, se asusta y aprieta el gatillo.
Una bala sale disparada y los sesos de mi novia se estampan contra la pared, antes de que ella caiga muerta al suelo.
—¡Asesino! —la ira me invade al presenciar aquello y trato de abalanzarme sobre él.
No logro mucho, pues penas me ve levantarme de mi asiento, apunta en mi dirección y también me fulmina de tres disparos en el pecho.
Cual colilla de cigarro, me desplomo. Mientras la penumbra se apodera de mi visión, observo como el ladrón quita el seguro de la puerta y sale corriendo.
Un frío acalambrado me abraza y siento como me hundo en la profundidad de la nada, hasta que de pronto, algo sucede: una tenue luz comienza a atravesar la oscuridad que tapiza mis ojos.
Con cada segundo, ésta se agranda. Pronto alcanzo a distinguir que aquella luminiscencia proviene de la poderosa luna llena que impera en el cielo.
Una vez más, me encuentro frente a la entrada de la cafetería y, contra todos mis deseos, vuelvo a abrir la puerta.
—¡Amor, ya llegaste! —otra vez los ojos de mi novia se iluminan al verme.
—Hola, hermosa —nuevamente me acerco a la barra, nuestros rostros se funden en un apasionado beso y los comensales se mofan de nosotros.
—Ya voy, ya voy —ella les sigue el juego—. Oye sé que planeaste algo para hoy, pero, ¿puede esperar un par de horas?, es que papá salió y me dejó encargada de cerrar —estoy cansado de esto.
—Por supuesto, tenemos todo el tiempo del mundo. —¿Por qué no me fui cuando pude?
—Gracias guapo, —regresa al trabajo.
Mientras la espero, vuelvo a ver el partido. El equipo de la cruz blanca sobre la playera azul, una vez más, perdió. Tengo la misma conversación trillada con el otro comensal y me bebo un café repugnante.
—Perdón por hacerte esperar.
—No te preocupes —mientras mi rostro sonríe, lloro por dentro.
—Ya nada más déjame apago las luces y cierro las puertas para que nos vayamos —jura.
—Claro.
A la par que mi novia comienza a apagar las luces, el característico sonido de la puerta abriéndose se escucha.
Igual que siempre, el ladrón entra, exige el dinero, ella grita, de un tiro la silencia, yo trato de vengarla, me mata también.
Otra vez la oscuridad se apropia de mis ojos, el frío me abraza y la nada me absorbe, hasta que la luz de la luna vuelve a hacer su aparición.
Ya he vivido esto más de cien veces y lo seguiré haciendo, pues este es el destino que le depara a las almas que murieron de una forma tan abrupta como yo: estamos condenados a repetir nuestra muerte hasta el fin de los tiempos…
Aquí voy de nuevo.

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