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Relatos sonoros

Escrito por Elvira Hernández Carballido, 28 Sep.

 

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La radio, definida de una y mil maneras. La radio, estudiada con interés por especialistas de la comunicación. La radio, recuperada por quienes hacen la historia de los medios de comunicación en México. La radio, juzgada por la severa crítica de la calidad mediática. La radio, absuelta por quienes la califican de mágica y creativa. La radio, una parte importante en la vida de quienes hemos experimentado su generosidad y su complicidad con la imaginación.

Nadie que ha hecho radio duda del gran compromiso que implica estar frente al micrófono para expresar ideas, sensaciones y sentimientos. Ninguna persona que ha escrito una escaleta o un guión para radio duda del reto constante y de la alegría absoluta de jugar con los sonidos y nutrir la imaginación. Nos sorprenden su inmediatez y su actualidad, agradecemos que sea unisensorial y unidireccional, que sea íntima, emotiva y expresiva; versátil y flexible. Pero a veces lamentamos su instantaneidad y fugacidad. Seguramente por eso nació este libro: por el deseo de atrapar voces y sonidos, con el reto de imprimir frecuencias y sintonías, de evitar la caducidad de los mensajes radiofónicos, de darle eternidad al sonido de la radio.

El objetivo de publicar este libro es recuperar colaboraciones que han dado vida a un programa radiofónico fundado por iniciativa del maestro Mauricio Ortiz Roche -coordinador del Área Académica de Ciencias de la Comunicación durante el periodo 2004-2012 en el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades, de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo-. El punto de partida fue el compromiso de mostrar la riqueza de los estudios y del análisis desde la perspectiva de la comunicación como disciplina, como expresión naturalmente humana, como cultura que nos distingue, como parte de nuestra vida cotidiana. Así, Mauricio Ortiz Roche y Elvira Hernández Carballido hicieron el proyecto y lo presentaron en la estación radiofónica de la universidad. Al poco tiempo de presentado, les informaron que el programa había sido aceptado, y -a partir de abril de 2005- Quinto Poder forma parte de su programación.

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Durante diez años, cada semana, nuestras voces han salido de la frecuencia 99.7, XHUAH, Radio Universidad de Hidalgo. Cada semana se ha escrito una escaleta para darle forma y estructura a un programa de radio comprometido con la comunicación, con la cultura, con los medios, con las mujeres y con la vida cotidiana. Todo lo expresado, todo lo escrito para ser dicho en voz alta, todas las inspiraciones radiofónicas nos han llenado de compromiso y de constantes motivaciones: gusto por hablar ante un micrófono, imaginación para elegir temas del momento y del ayer, temas que discutir o compartir, recuerdos para soñar, críticas para orientar.

Nuestra voz, cada voz, todas esas voces tendrían un escenario menos para la expresión sin la existencia de este medio de comunicación, así como de la radio universitaria y de la misma estación Radio uaeh, por eso, en el primer capítulo damos a conocer un panorama de la radio en Hidalgo y nos centramos en dos casos representativos: Radio Ciudad Plástika y Bulbo Radio Experimental. Continuamos con una breve historia de la forma en que la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo decidió tener su propia radio. Se menciona a quienes han hecho posible su existencia y desarrollo. En estos dos apartados se recurrió a la entrevista como técnica y charlamos con varias personas

 

Vientos radiofónicos en Hidalgo

Para toda historia siempre existe un contexto, por eso en este caso presentamos un panorama radiofónico que detalla la importancia y el gran compromiso de las universidades que han tenido la oportunidad de contar con una estación radiofónica. Dejar registro de este contexto resulta necesario: indispensable.

Este primer apartado tiene el objetivo de exponer la forma en que la radio se ha desarrollado en el estado de Hidalgo. Para documentarlo, se ha entrevistado a distintas personas que hacen radio en esta región, sus respuestas nos han ayudado a visualizar un panorama de las estaciones que suenan por territorio hidalguense. En las siguientes líneas, se recuperan tres testimonios representativos: la nueva radio que existe gracias a las nuevas tecnologías, la radio joven que cada semestre experimenta la comunidad de chicos y chicas creativas que estudian comunicación; y la radio universitaria, esfuerzo constante de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Por ello, en estas páginas se dará un espacio al papel de la radio universitaria, se destacará el compromiso de Radio uaeh y se dará a conocer el surgimiento de un programa con perfil de comunicación y de periodismo, pero también femenino, feminista, de mujeres. Un programa especializado en la comunicación y periodístico. Un programa que reconoce el primero, el segundo, el tercero, el cuarto y el quinto poder de la comunicación en todos los contextos, espacios, voces, medios, escenarios y sintonías. Un programa llamado Quinto Poder. Bienvenidos a los relatos sonoros, en voz de sus protagonistas…

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Virus

Escrito por M. A. Lou, 24 Sep.

 

Eran las tres de la madrugada y volvía a estar bajo el agua de la ducha. Hacía un mes que los síntomas habían aparecido y la única manera de tenerlos bajo control era meterse al agua a esa hora. Tenía que esperar a que L se durmiera para poder hacerlo, pues debía mantener el secreto oculto. Si ella se enteraba, significaría el fin de su vínculo y no estaba dispuesta a que L sufriera por su causa.

A las tres de la tarde, H se encontraba en una esquina esperando a que el semáforo cambiara de color para poder cruzar la calle. Sintió una leve picazón en la parte posterior de la cabeza, así que se rascó sin mucha fuerza, mientras fijaba su vista en el estático semáforo. Siguió recorriendo la calle con la mirada y observó que su propia silueta se reflejaba en el edificio de enfrente. Examinó el reflejo con cuidado, centrándose en una mancha negra que sobresalía de su mano. Bajó la mirada y, de reojo, pudo ver una maraña

de pelos enredada entre sus dedos. Sabía que aquello provenía de su cuerpo, sin embargo, no podía sentirlo como propio. Percibió cómo su temperatura subía haciéndola sudar, y una súbita electricidad la impulsó a correr. Necesitaba hallar un lugar seguro ya que su ciclo había cambiado y no le quedaba mucho tiempo. A poco andar se dio cuenta de que las uñas de su mano izquierda habían quedado regadas por el camino. Las lágrimas brotaron de sus ojos al notar que la resistencia se le acababa. Eran lágrimas que afloraban de manera automática, desechando una carga líquida inservible que había que liberar. Entonces supo que era el fin. Se detuvo de golpe pues correr no la salvaría de sí misma y no la llevaría a ninguna parte. No en ese estado. No fue necesario voltear para advertir la presencia de una patrulla policial a su espalda, rodeada por un montón de personas que parecían más enojadas que curiosas. Sin más opciones, llevó su mano derecha hasta la quinta vértebra cervical, deteniéndose sorpresivamente al escuchar un “no lo hagas”, de forma clara y enérgica. Era L quien se lo ordenaba. H giró para poder verla. L estaba detrás de los policías, quienes apuntaban a H con armas especiales.

– Lo siento – gimió L. Una bruma sombría parecía cubrir sus ojos.

– ¿Desde cuándo lo sabes? – Le recriminó H.

– Desde los primeros síntomas… pero no quería detenerlo – Se interrumpió al ver cómo H se desplomaba de rodillas. El dolor punzante en su cabeza había vuelto con el triple de intensidad y le había provocado la caída. Sus circuitos sobrecalentados estaban a punto de explotar. Comenzaron a caer algunos pedazos de piel de su cara, dejando al descubierto una estructura metálica brillante.

– Sabías… sab... – H trataba de hablar con dificultad – sabías que est… estaba infectada y no me des… desactivaste en ese momento, ¿por qué?

– Es el virus más peligroso que se haya visto en años. Era una oportunidad única para documentar el caso de cerca, de forma cotidiana, sin laboratorios. Gracias a ti pude obtener lo que quería. Lo siento H, pero ya ha llegado la hora. 

H levantó su cabeza, fijando la vista en L, de forma desafiante. La vio sostener un dispositivo, el que, supuso, pondría fin a su existencia. La base de datos insertada en su memoria recopiló de manera inmediata un montón de información en un par de segundos. Ajustó la vista para enfocar, captando a una velocidad ralentizada el movimiento del dedo índice de L acercándose al dispositivo. Su base de datos interna acababa de arrojar el resultado obtenido. En ese instante, H comprendió en qué consistía el miedo a la muerte.

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Microrrelatos a intervalos

Escrito por María Elena Ortega, 21 Sep.

 

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Asunto de familia

—¡Pero qué listo me saliste! Mira que ventilar los asuntos de nuestra familia en tus narraciones y peor aún, publicarlas en el periódico local. Eso no te lo vamos a perdonar —me gritaba iracundo el tío Miguel por teléfono.

Quise decirle la verdad, más cuando empezó a insultarme, lo dejé que siguiera creyendo la mentira que inventé para que leyeran lo que escribo cada semana. Ningún relato tenía que ver con mis parientes, pero cada vez que les preguntaba:

—¿Leyeron mi cuento? —me contestaban:

—Ya no encontré el diario, ¿cuándo salió? ¿En qué periódico me dijiste?

Mi padre nunca aceptó mi oficio, afirmaba con molestia que era un “pasatiempo para holgazanes inútiles que no sirven para nada”. Harto de su indiferencia, les dije: "las manías de la tía Lola y la hipocondría de mi mamá me han servido para crear algunos textos, también lo que le pasó al abuelo con su amante adolescente o cuando el banco le embargó todo a la prima Queta…"

La farsa provocó que ahora estén pendientes de lo que publico. Y, como pasa con los horóscopos, se adecuaron ellos mismos las historias. Qué ingenuos, creen que su aburrida vida es tan interesante como para escribir sobre ella.


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Te conozco

La encontré en el supermercado y de inmediato la reconocí. Bajo la blusa entallada podía admirar su cuerpo firme, producto de las rutinas diarias en el gimnasio. Estaba en la sección de frutas y verduras escogiendo los espárragos: una de sus comidas favoritas. La seguí, iba hacia los congeladores por filete de mojarra. Quise abordarla para saludarla y decirle que a mí también me gusta el pescado, pero mejor la esperé en la panadería, ahí tomaría el pan artesanal con semillas de linaza. Me acerqué sin temor, sabía tanto de su vida, como si ya hubiésemos vivido juntos. "Hola", le dije. "Tú no sabes quién soy pero yo sí sé quién eres y estoy enamorado de ti: me encanta el color con el que pintaste tu recámara y los zapatos que te compraste en París y también el café que tomas por las tardes en 'Sabinas'." Ella no dijo nada, pero sus ojos empezaron a abrirse de manera desorbitada. Al sentir que la estaba asustando tuve que decírselo. "Soy amigo de Sandra por el Facebook, desde que puso “me gusta” a tus publicaciones te conozco y te he seguido a través de ella. Por cierto, ¿cómo te fue en la playa?, ya no subiste más fotos."

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Enemigo en casa

—¿Qué quieres que te cuente, compadre? No tengo nada qué decir. Ni pude salir de vacaciones. Me quedé en mi casucha de interés social: a eso no se le puede llamar casa. Primero fue una gotera en la sala, luego en el baño, cuando me di cuenta, el tirol del techo de la recámara empezó a desmoronarse. Pero esto no se va a quedar así, mañana pongo mi denuncia ante la empresa que construyó la casa. ¿Me preguntas que si ya revisé el techo? Para qué, es evidente que usaron el material más barato. ¡Son unos ladrones con licencia de las autoridades! Sí, ya sé que puedes mandar a tu amigo de la oficina del municipio, pero no quiero que venga y se dé cuenta que me robo la luz con un “diablito” y tampoco he puesto el medidor del agua; además, ya empecé a construir un cuartito sin el permiso y no faltaría el vecino chismoso que le dijera que por el escombro que arrojé en la calle se tapó la coladera. ¿Revisar el tubo del desagüe, compadre?, ¿cuál tubo? En el techo sólo había un agujero, pero ya lo tapé con cemento.

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La denostación del crisantemo

Escrito por Manuel Mörbius, 17 Sep.

El comercio con La Ciudadela fue posible diez años después de que ellos aparecieran sobre el polo sur del planeta. Pedían únicamente posarse, sin tocar jamás tierra, dentro de nuestra atmósfera. A cambio, nos proveyeron su tecnología, que usamos para mejorar la velocidad de nuestras comunicaciones y crear máquinas de cálculo más eficientes. 

Mi padre, un gobernante de segundo nivel, invertía cantidades enormes de su tiempo para declararlos seres hostiles, aduciendo que una especie dotada de pensamientos es una amenaza latente. Su obcecación, y la de aquellos, a los que él representaba, me empujaron a pasar media vida tratando de entender el lenguaje de los seres de La Ciudadela. Eran una forma de vida muy reservada, poco se sabía de ellos, además de que se comunicaban por medio de artilugios y sombras. Después de veinte años mi padre convenció a la Gran Afinidad de que nadie sin sombra en los pensamientos pediría únicamente oxígeno para vivir. La Gran Afinidad estuvo de acuerdo y lanzó un ultimátum a La Ciudadela: debían abrir sus puertas para que nosotros conociéramos el interior. La respuesta fue inmediata. Se le permitiría a un embajador la visita a La Ciudadela.

Fui enviado en el quinto día del tercer sol. El equipo de alerón me elevó por arriba de la tierra y desde el cielo pude apreciar la descomunal esfera flotante dentro de un rombo partido a la mitad. Fui recibido por un ser de expresión inteligente que me condujo al interior de una serie de mecanismos interrelacionados con una selva que abarcaba el horizonte complejo de luces que respiraban. Toda su especie estaba asentada allí. El ser comenzó a hablar.

“Dentro de esta nave quedamos suficientes recuerdos de la civilización que fuimos y en esta ciudadela quisiéramos quedarnos, para resguardar nuestra vergüenza y sus peligros.” “Es un arma.” Pregunté de inmediato y el ser sonrió con prudencia. “El peligro real está aquí (puso una de sus extensiones en su cabeza) y también nuestra salvación. Soy únicamente un vocero. Todas las tribus que viajan en esta ciudadela están en paz y eso quiere decir que están listos para defenderla. Nadie inteligente quiere la guerra a no ser que esté cegado por el miedo. Miró al centro de esta selva, donde había cuatro esferas azules, rodeadas por maleza. “Es lo único que tenemos para defendernos y fue suficiente para justificar nuestro exilio.” Nosotros teníamos terribles armas que la gente de La Ciudadela no había visto jamás, mucho más mortales que cuatro esferas. 

El embajador me entregó dos flores, una amarilla y otra azul, llamadas crisantemos. Dijo que era suficiente mandar un mensajero con una de las flores para la paz. Lo que me hizo huir al día siguiente fue el último comentario que hizo el embajador de la ciudadela: “Para los humanos el azul es un color muy bello, pero muy triste.” Esa palabra: “triste”, no lograba descifrarla en la traducción. Nosotros no la conocimos hasta que vimos descender una de las esferas azules que brilló en nuestra percepción compartida y después todo se volvió un desierto de calor que arrasó con la mitad del planeta. Sobre el desastre se abrió la ciudadela y comenzó a alimentarse del calor del planeta. Ellos nos colonizaron con un dolor más avanzado y un miedo más grande.

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Keep Walking

Escrito por Alessandra Grácio, 14 Sep.

 

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1

—¿Algún día voy a conocer todas las calles como tú? 

—No conozco todas… Pero tú conocerás más calles que yo. 

—¿En serio? 

—Claro. 

—¿Cómo lo sabes? 

—Así nomás. 

Un guiño. El guiño. El que te dedicaba al mismo tiempo en que abría “la sonrisa más blanca del planeta”. Cada que decía “así nomás” te hacía ese gesto y sabías que todo estaba bien. La vida tenía los colores de los crayones que usabas en tus dibujos de la escuela. Tu mundo era posible gracias a ese guiño. Mariposas gigantes y rosas, el sol sonriente, un arcoíris de juguete. Una casita roja y amarilla. En la ventana, mamá y él. En los columpios que colgaban chuecos del árbol de hojas moradas, tú y Elisa. Ustedes cuatro vivían risueños en esa hoja y en muchas otras. 

Suspiras. Debes abrir los ojos. No quieres.

 

2

 

—¡Estoy harta! —Así te recibe Elisa: con ojos de bestia, exhalando su última burbuja de paciencia que explota solemne en el aire después de describir una trayectoria de su boca al espacio que la separa de ti—. ¡Te lo dije! 

Vuelves a cerrar los ojos. Ahí está él otra vez. La sonrisa, las palabras y los parpadeos te saludan en cámara lenta. El recuerdo se te atora en la garganta y te lo pasas sin agua. Abres los ojos y ahí sigue “tu Elisa”, la mayor. La que se fue de casa a los veinte porque encontró al “amor verdadero” en la butaca de al lado del curso de Inglés. Tú le creíste y por un tiempo incluso fantaseaste con una historia parecida. Mamá se había ido al cielo un año atrás y en ese entonces Elisa tenía diecinueve. Tú, diez. Te acuerdas bien de ese día porque papá fue por ti a la escuela antes del horario de la salida. Te llevaron a Dirección y allí estaba él. Por primera vez viste los faroles que alumbraban tu mundo cubiertos por un vidrio tembloroso. Se subieron a un taxi rumbo al hospital donde mamá llevaba ya dos meses desde que empezó a toser todo el tiempo. Te tomó la mano. No le preguntaste nada, ahora sí. Nada. Él solito te miró. Y por primera vez su sonrisa era una línea muda, nada más. Sin dientes. Los ojos de vidrio brillaron y del guiño se escurrió una certeza gruesa, transparente. Mamá ya no estaba. Ahora eran tres. Ustedes tres. 

Elisa, como descubriste más tarde, no se había ido por amor. Papá no quería que se fuera. Ella se enojó. Papá sólo trataba de hacer lo mejor que podía pero ella ya lo había decidido. Era mayor de edad. No entendías por qué le decían niña… Niña eras tú. Ahora lo entiendes. Y un día ella se fue. Entonces se quedaron ustedes. Los dos.

 

3


 

Antes de que puedas decir cualquier cosa, Elisa sigue: 

—Él ya no puede seguir aquí. Me voy a volver loca. No tuve hijos porque no quiero cuidar a nadie. —Aguantas la respiración porque sabes la verdad. La “niña” sigue hablando y tú ya no la escuchas—. Blablablá. 

Justo detrás de ella, ves su enorme retrato de quinceañera colgado en la pared. La sonrisa metálica, el vestido turquesa. 

—¡Ya, Laura! Hoy es el último día que paso por esto. ¡El último! Papá es un demente—. Tu mirada se vuelve a ella. El molote que tenía en lo alto de la cabeza se deshace con sus manoteos. Es la primera vez que la observas con atención desde que volvió. Ahora es rubia y sus dientes se alinearon, dientes blancos como los de él. El “demente”. Ella se parece más a él que tú. Al menos físicamente. De todos modos, no se ve de cuarenta años. Se ve de más—. ¿Me oyes, Laura? 

No le dices nada, y no porque no te importe. En realidad podrías decirle muchas cosas. Podrías decirle que viste a papá llorar a escondidas cada que ella no daba noticias, o quizá podrías contarle de la primera Navidad que pasaron tú y él. Cuatro platos en la mesa por si ella decidía llegar con “su nueva familia”. O tal vez podrías hablarle de la alegría triste que sentías cada que disfrutabas del espacio de la habitación que había quedado sólo para ti… Pero no. No le dices nada. La miras bien a los ojos. Le avientas tu silencio en la cara… Que se aguante. Respiras profundo, sientes cómo aprietas los dientes y sales sin cerrar la puerta. Que la cierre ella. 

Bajas las escaleras del edificio, tus piernas son los dedos de una mano inquieta que tamborilean manchando de impaciencia a alguna superficie. Accionas el botón que desbloquea 

la puerta principal. La calle te recibe oscura. Suspira en tu cara… Te odias por no saber manejar, por no haberle hecho caso a papá cuando te lo quiso enseñar. “Luego, pa”. Esperas un taxi. No viene ninguno. Sacas el celular del bolsillo y marcas ese número que ofrece rapidez y seguridad. No tienes saldo. Piensas subir y marcarle a Diego, pero desistes porque sabes que ésa es una tarea que tendrás que realizar sola. Además no quieres ver a Elisa. 

Diego. Papá quería a Diego. “Hacen buena pareja”. Papá no sabe nada. Diego no te quiere. Te puso el cuerno otra vez. Sufres. Sufres por la ingenuidad de tu padre. Sufres por eso que ya sabes. Aquí afuera puedes llorar. Y lloras. Aprovechas y 

lloras por todo de una vez. ¿Dónde estás, papá?

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4

 

Setenta y cinco años no es mucho, y todo estaba bien. Ya habían aprendido a vivir con dos platos en la mesa. Papá ya se había permitido “descansar” y se daba por satisfecho con entretenerse reparando cosas en casa, cultivando albahaca, epazote y perejil en unas macetas que dispuso en el balcón. Leía el periódico, salía a caminar. Escuchaba con paciencia las anécdotas que le contabas sobre tus alumnos. Digitalizó todo el recetario de mamá en la computadora. Cocinaba contigo y para ti; lasaña, gnocchi, ravioli. En la cocina, volvían a ser tres: mamá, él y tú. “Le encantaba la comida italiana, ¿te acuerdas?”, se preguntaban uno al otro en diferentes ocasiones… Como si a alguno se le hubiese olvidado.  

Una de esas tardes, ella volvió. Treinta y muchos años en el cuerpo. Sin príncipe y sin furia. Sin empleo. Sin excusas. Y sin preguntas, fuiste por otro plato. Se quedaría por un tiempo “nada más”. Tiempo que se estiró hasta hoy.

Doblas la esquina, ya no les temes a los ladrones ni a los violadores. Sólo debes seguir. No tienes cuerpo. Avanzas por el peso de lo que eres. Ahí está tu antigua escuela. El lugar ése donde hacías tus dibujos de felicidad. Antes parecía tan lejos… No hay señales de él. Deben ser casi las nueve y sólo hay silencio. Llegas al parque que lleva el nombre de un santo y que tiene una fuente… Te acuerdas de las monedas que de niña aventaste para pedir cosas que ya no importan. Espantas sin querer a una pareja que se besuquea clandestina ¡Ahí está! Las débiles luces públicas te ofrecen la silueta de un hombre sentado en una banca… ¿Será él? Sabes que no irá tan lejos. Te acercas. No, no es él. Es un indigente… Tu padre no es un indigente. Sigues. La panadería aún está abierta. Te metes. No está. Sales. Las luces de la farmacia violentan tus pupilas… Entras. Suena algo que parece bossa nova y la gente parece tranquila comprando pañales, champú, paracetamol y benzocaína. No está. Te vas.

 

5

 

Te das cuenta de que llegas cada vez más lejos porque poco a poco las calles cobran vida. Sí, ya te alejaste de la zona residencial donde un día tu padre logró liquidar una hipoteca. Quizá por eso volvió Elisa. Techo seguro. No. “No la juzgues, no la juzgues”, te dices. Te acuerdas de lo que dijo tu padre: “Ella no se fue por amor, hija. El amor aquí fue el pretexto. Un día lo entenderás. Se fue porque quiso alejarse de la tristeza de ya no tener a tu mamá”. Recuerdas que te costó entenderlo porque ahí estaban tú y él… En ese entonces no creías justo que tu hermana mayor te abandonase, pero huir “era su derecho”. 

Su regreso devolvió a papá cierta tranquilidad. A lo mejor, desde algún lugar, mamá también estaría feliz de volver a ver su familia reunida. Ahora te da igual. Sólo debes encontrarlo. No es la primera vez que se pierde. La primera fue hace dos meses después de una lasaña para tres. En la cocina lavaban los platos tú y él. Elisa dio las gracias a Dios y se fue a la compu dizque a buscar empleo… Creías que secar platos era una pérdida de tiempo pero lo hacías porque tu padre tenía buena plática. Secabas y él los iba guardando en el armario. Se reían, ¿te acuerdas? Te contaba de esa vez que estaba con tu madre en luna de miel y se cayeron los dos cuando trató de cargarla para una foto romántica. Se detuvo, se puso a mirar a la nada y entendiste que era un momento de nostalgia nada más. Se recuperó y fue cuando guardó el último plato en el refrigerador. 

—¿Papá? 

—¿Qué? 

—¿Por qué guardas el plato en el refri? 

—¿Cuál plato?

Sí. Ese fue el día en que empezó a “irse”. A esconderse. Pero esa vez fue sin darte el chance de contar hasta diez para que salieras a buscarlo. Lo tomaste de la mano cuando llegaron al doctor. Iba contestando muy bien todas las preguntas que le hacía. Sabía su propio nombre, su número de teléfono… Hasta que no pudo contar del diez al uno. Ni del uno al diez. Te acuerdas de su cara de pena, de su aura de impotencia. El diagnóstico implacable de demencia cayó como un fruto podrido en tu cabeza y en la de Elisa, mientras se columpiaban en la inercia de la vida: “Defecto cognitivo moderado-grave”. No te perdonaste por no darle más importancia a las primeras señales porque creías que era normal que se le olvidara el nombre de algún actor o cantante. Si a ti se te olvida… Desde entonces la fijación de Elisa es que se vaya, que lo metas a una de esas casas de asistencia del gobierno y ya. Tú no lo vas a hacer. Si ella decidió regresarse, que se adapte. Por momentos, tu padre no la reconoce y no lo culpas porque tú tampoco logras hacerlo. Elisa no es la misma hermana que se fue a los veinte. De todos modos, también sabes que tu padre a veces no te reconoce a ti. Ya no te guiña. Pero te aferras a lo que sientes, a lo que recuerdas…

Todavía puedes sentir como era dejarte guiar por él cuando te llevaba a la escuela. Te iba leyendo los nombres de las calles en las placas que homenajeaban a poetas y a presidentes muertos. Si te apretaba la mano una vez era porque doblarían a la derecha. Dos veces: cruzaremos la calle. Pausa. Y miraban para un lado y para el otro. 

Te acuerdas de una fiesta a la que fuiste a tus casi quince. Aquella que fue una trampa de tus “amigas” de la secu para que te besaras con Arturo. Trataron de encerrarte con él en un cuarto pero te escapaste. Saliste de la casa y le marcaste a tu padre de un teléfono de monedas. Lo esperaste en una tienda aguantándote el coraje. Le contaste todo. El abrazo que te dio ese día aún es un buen refugio para tus miedos. Fue la primera vez que dijo que eras valiente.

6

El sonido lejano de una ambulancia te trae de vuelta a la realidad. No quieres pensar en hospitales y menos en la policía. Sabes que lo encontrarás. 

“¿Por qué Elisa no lo cuidó?”. Por más que intentes, te cuesta no juzgarla. Te viene la idea de usar el dinero de la pensión de tu padre y contratar a alguien que te ayude a cuidarlo. Sí, parece una buena idea y esto te hace caminar más rápido. Cruzas una avenida y los espectaculares de led y neón tratan en vano de convencerte de que la felicidad se destapa, de que nada es imposible, de que la vida es buena… De todos estos anuncios sólo simpatizas con el que muestra un señorcito y parpadea diciendo: “Keep walking, keep walking”. Le haces caso y avanzas.  

Te acuerdas de la única vez que viste a tu papá beber whisky, fue en una junta de señores cuando trataba de hacer negocios con unos empresarios. Recuerdos vagos. Tenías once años ya y por alguna razón tuviste que acompañarlo. En esa época se había “obsesionado” con la idea de hacer dinero porque tenía que cuidarte él solo y, como te viniste a enterar después, depositarle “algo” a tu hermana. Después de esta junta escuchaste la expresión “mi gran oportunidad”, repetida muchas veces por tu padre. Lo acompañaste más de una vez a una oficina donde se presentaba con una secretaria vestida de traje azul marino y que olía a talco.

—¿En qué le puedo ayudar? 

—Vengo a ver al Licenciado. Me espera. 

—¿Su nombre? 

Tu papá le contestaba y ella levantaba el teléfono. Hablaba tan bajito que te causaba mala espina. 

—Una disculpa, pero el Licenciado tuvo un compromiso. 

—Entiendo… 

Volvieron en otras ocasiones y a veces la respuesta era: “El Licenciado tuvo una junta de último momento” o “El Licenciado no está en la ciudad…”. Cuando te diste cuenta dejaste de frecuentar ese lugar. De todos modos, el tal Licenciado nunca lo recibió porque tu padre nunca hizo dinero. Lo que tenía eran ahorros y disciplina. Ahora lo que te despierta son las campanadas de la catedral. Ya son las diez. Pasan coches a alta velocidad… Es la gente joven. Es viernes y se dirigen a los bares de la parte bohemia de la ciudad. Tú también eres joven, apenas cumpliste los treinta. Das unos cuantos pasos y te detienes enfrente de la catedral. Elevas tu mirada a los ángeles desnudos que te miran con desdén. Eres maestra suplente en una escuela equis, no tienes ahorros, no sabes manejar, no tienes pareja y tu único plan para la noche de este viernes es encontrar a tu padre anciano en una ciudad indiferente. 

“¿Y si no lo encuentro?”. Te asalta esta pregunta como un mecanismo de evasión. No te pondrás a analizar tus carencias. No ahora. Te olvidas de los ángeles. Miras las enormes puertas de esta opulenta casa celestial. Están cerradas. Te acuerdas de cuando una vez tu papá te tomó del brazo y cruzaron su pasillo. “Entrenemos para cuando te cases”, te dijo. Te volteas. Ves las paradas de autobuses con largas filas aún. Filas de gente que sabe dónde vive, que tiene fe en que llegará a algún lugar. Te desesperas. La niña sigues siendo tú porque quieres a tu papá ahora mismo. Quisieras salir corriendo y perderte de ti misma, pero ya aprendiste que no existen calles suficientes cuando lo que quieres es huir de la tristeza. 

Te sientas en una banca porque necesitas anclarte en algo. Apoyas la cabeza entre tus manos. Te fijas en tus Converse sucios y te cuesta creer que eres el adulto a cargo en este momento. Levantas la mirada y el semáforo de la gran avenida se pone en rojo. Se detiene un coche blanco lleno de chicas de tu edad que gritan, se ríen y hacen coro con el estéreo a todo volumen:

Last night I dreamt of San Pedro

Just like I'd never gone, I knew the song.

A young girl with eyes like the desert

It all seems like yesterday, not far away…

 

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Con el último verso el coche arranca desafiando los colores del orden. Tarareas mentalmente esta canción pegajosa de Madonna. Repites una y otra vez el único pedazo que te sabes: This is where I long to be / La isla boni-i-taaa… Es inevitable. Recuerdas que La Isla Bonita es también el nombre del más nuevo antro de la ciudad que anuncian a cada rato en la tele. Es un karaoke de canciones ochenteras, de esos con estrobos y gente vieja tratando de sentirse joven y gente joven tratando de sentirse vieja. Fuiste una vez con Diego y unos amigos suyos de la agencia y juraste no volver jamás. Primero porque “ese tipo de lugar” no te atrae y segundo porque el edificio de al lado es el que hace años visitabas con tu padre para tratar de hablar con el tal Licenciado que nunca lo recibiría. No te gusta ese recuerdo. 

De repente, te levantas de un salto. Te cuesta creer en ti misma pero esta vez te arriesgas. Le haces la parada a un taxi. Te acomodas y sientes un hormigueo en las piernas: tu cuerpo te recuerda cuánto caminaste. 

—¿Adónde? 

—La Isla Bonita. 

—Claro. Eres la tercera persona que llevo allá el día de hoy. Es todo un éxito este lugar, ¿verdad, señorita? 

Te limitas a sonreírle por pura cortesía. El coche se come la avenida, pasa por un viaducto donde mujeres brillosas ofrecen compañía. El chofer las saluda con el claxon y ellas le mandan besos. Él se ríe. Finges que no te das cuenta. Poco a poco te invaden las luces. Doblan a la derecha, a la izquierda… 

—Señorita, ¿está bien si la dejo en la banqueta de enfrente, nada más para que se cruce? Es que hay muchos coches. 

Asientes. Por fin llegan. Bajas. Te tiemblan las piernas, tu corazón late de prisa. Te abraza una nube de olores a frituras, cigarro, desodorante y perfume. Ahí está tu padre. De pie.

Enfrente del edificio antiguo al lado de La Isla Bonita. Las luces de neón rojo se reflejan en su cabeza canosa. Lo observas y ves que no se altera con la multitud que parece invisible a sus ojos. Te acercas. No te reconoce. Suspiras. Cierras los ojos y te acuerdas del guiño. Los abres. Carraspeas. Esa es tu gran oportunidad: 

—¿Le puedo ayudar en algo? 

—Vengo a ver al Licenciado. Me espera. 

Sientes el nudo en la garganta. En el bar de enfrente, el letrero con señorcito te recuerda tu misión y sigues. 

—Señor, el Licenciado tuvo un compromiso. 

—Entiendo. Pero voy a esperar por si viene. 

—Muy bien. Lo acompaño. 

—¿También vas a hablar con él? 

—Probablemente. ¿Lleva usted mucho tiempo aquí? 

—Algo… Pero no se desespere, señorita. El Licenciado va a llegar. 

—¿Y cómo lo sabe? 

—Así nomás.

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Piezas sueltas

Escrito por Carmen Macedo, 10 Sep.

El parpadeo de sus ojos fue tan conmovedor para su padre, como si volviera el tiempo al instante en que contempló los primeros pasos de su alguna vez nieto. El científico jaló su silla y acercó la lámpara alta para iluminar lo más que pudo la desvelación de su obra magna. A su lado no había nadie más en el laboratorio, tan solo inventor y objeto. A sus espaldas la estantería atiborrada de cables fijos a una batería que lo alimentaba de energía, y que a su vez se conectaba a la computadora madre. Los frascos en las gavetas, que contenían toda clase de criaturas y sustancias. El refrigerante preservando las muestras de órganos otrora vivos. Toda esa estéril compañía envuelta por un exultante silencio.

Así como la lluvia deforma el reflejo de un cristal, la mirada inexperta del creado le brindó imágenes borrosas, escuchaba la voz de un ser a quien de inmediato reconoció como su “padre”, pese a que seguía sin poder enforcar bien su rostro.

—Es el ojo derecho —mencionó el científico— maldita sea… —“papá” insertó los dedos en la cuenca izquierda de su hijo y sacó el globo ocular con un delicado tono celeste en el iris— no tenía otro marrón, ¿ya puedes verme? —la criatura asintió.

Tuvo al fin conciencia de su cuerpo: era pesado, pero de forma desproporcionada como si alguna presencia invisible retuviera la movilidad de sus extremidades.

—Este ojo no era humano, creo que te afectó más de lo que pensé —“padre, me gustaría saber quién soy” dijo la creación, pero no fue escuchado. Ni siquiera salían las palabras de sus labios, tan solo sonidos agudos incomprensibles para su progenitor, y que al mismo tiempo, estaban cargados cada vez más de desesperanza.

La criatura extendió su brazo, pero en vez de dedos tenía plumas

—¿Qué tal este? —de nuevo “papá” introdujo sus dedos en la cuenca vacía, estaban húmedos y fríos, la pieza esférica entró con mucha dificultad y empezó a  girar convirtiendo las ahora imágenes en un juego de luces caleidoscópicas. Por las mejillas del “¿hombre?” la solución para ojos corrió como un par de lágrimas, ¿no podía siquiera llorar?—. Mírate, ¡estás llorando de felicidad! —Un espejo sostenido por una mano que sí podía sujetar objetos, y una voz que había vibrar cuerdas vocales atraía su atención. Su “padre” era un hombre decrépito, un científico con aires de Frankenstein: y al mismo tiempo le parecía maravilloso.

Sin embargo, el llanto no provenía por dicha alguna. De un aletazo, la criatura arrojó el espejo, el cual se hizo añicos contra la pared, reflejándolo infinitamente en inertes trozos de cristal.

El creador se había equivocado en lo más importante, el cuerpo aún conservaba su alma de artista, se olvidó de remplazar su corazón de poeta por el de sirviente.

Fue desmantelado como experimento fallido.

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Los sueños de Raquel

Escrito por Sandra Pérez Monter, 07 Sep.

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La luz

 

Oscuridad, intensa oscuridad, no hay más que color negro, no hay luz, no hay sonido, no hay nada. Trato de ver algo en este lugar completamente oscuro y no lo consigo, quisiera que mis ojos me dieran fe de algo, pero no puedo sentirlos. No puedo parpadear, no puedo abrirlos, no sé si aún los tengo. Pienso en mis párpados y les ordeno abrirse, pero no logran percibir nada, ni siquiera los siento.

 

El silencio es abrumador, no percibo el zumbido de mis oídos, sólo silencio, tanto que hasta podría escuchar el latido de mi corazón, y sin embargo no lo oigo. No escucho ni siquiera el vacío. No hay nada, absolutamente nada.

 

Comienzo a desesperarme, no sé si son segundos, minutos, incluso hasta horas. Empiezo a sentir una ansiedad que me hace presa de mis instintos. Aquellos que me dictan que debo sobrevivir y autoprotegerme, los mismos que expresa un recién nacido en su primer momento con un grito vivo que dice “aquí estoy”.

 

Quisiera poder gritar como en mi primer momento, llamar a alguien con la esperanza de que me despierte de esta pesadilla, de este sueño tan inhóspito. Pero no puedo, mi cuerpo se ha ido, no existe…

 

¿Estoy muerta?, ¿inconsciente?, ¿desconectada de mi realidad? Sin percepción alguna, sin plena certeza de mi autonomía, en alguna especie de coma o delirio... O simplemente me encuentro inmersa en un sueño profundo del que no he podido despertar… Es un estado desconcertante.

 

Cada vez me siento más bruta, prisionera de mis emociones, de mi desesperación. No hay nada. No puedo sentir nada, mi cuerpo sólo es un recuerdo que trato de no perder. No siento mi piel, ni el roce de ella con nada. No hay aire, ni agua, ni frío o calor que pueda sentir mi piel vacía. Sólo está mi pensamiento. Me siento aturdida, confundida, torpe…

 

La percepción se ha ido de mí. ¿Será posible que esto sea la muerte? 

 

¿Habré muerto? ¿Pero cómo? ¿Por qué? No recuerdo haber muerto… si es que se puede recordar algo así. ¿Habré tenido un accidente? ¿Me habrá dado un infarto? Pero, ¿por qué? No recuerdo haber sentido nada. No puedo estar muerta, yo no podría estar muerta, ¿o acaso lo estoy? Soy tan joven… acabo de cumplir 33 años, sólo 33 vueltas al Sol. Es tan poco…

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Si ésta es la muerte, es aterradora. No hay nada, además del insondable vacío. Y estoy yo. Una vez más, sin rendirme, trato de moverme. No puedo, y cuando pienso en la rendición, de repente viene a mi mente una interrogante: si estoy muerta, ¿por qué aún estoy pensando?

 

¿O será así cuando uno muere? Continúa nuestra mayor fuerza flameando en el espacio, o simplemente acaba todo… Finiquitada nuestra misma esencia, nuestro yo, surge nuestra percepción de ser algo que se desvanece. ¿No hay nada, ni siquiera la consciencia de que no hay nada, ni un pensamiento? O por el contrario esa energía que nos mueve, nuestra esencia flamígera, nuestra conciencia, nuestro yo, nuestra mente y sus pensamientos, continúan viajando, moviéndose hacia algún lado, hacia el espacio sideral diferente a éste, hacia las estrellas, tal vez, hacia las galaxias, a los agujeros negros…

 

¿Qué soy ahora?, ¿en qué estado me encuentro? Viva, muerta; o ¿estoy en un estado ambiguo entre ambos?

 

Pero yo estoy pensando ahora, pienso y pienso… Pienso y trato de buscar en mi memoria otros pensamientos, alguno que me conduzca hacia algún lado, pero no voy hacia ninguna parte, todo esto me genera un gran vacío, un ardor frontal que me desespera aún más. Estoy angustiada, tengo miedo. De pronto, viene a mi mente la imagen de mi hijo, mi pequeño Isaac, mi pequeño tololoche. Si estoy muerta, voy a hacerle mucha falta. Es sólo un niño. Inmersa en mis pensamientos maternales, comienzo a angustiarme: quiero ver a mi hijo. Mi hijo. No puedo pensar en nada más que en él. No puede ser tan desdichada mi suerte. Él me necesita. Necesito volver a donde él está. Tengo que regresar con Isaac. Quiero verlo, tengo que verlo… Me siento tan desesperada por ir a encontrarme con mi hijo, ¿le habrá ocurrido algo? Debo verlo, asegurarme de que está bien. Mi pequeño Isaac.

 

No veo, no oigo, no puedo moverme, sólo pensar. Tal vez pueda imaginar algo y así pueda regresar a ver a mi hijo.

 

De pronto, la voz… Una voz distante. No entiendo qué dice. ¿Será una mujer? No, es de un hombre, o ¿será de un niño?

 

Ahí está otra vez. Una voz extraña cuyo mensaje no logro descifrar, habla en una lengua diferente, una que jamás había escuchado. Pero la escucho. Quiero seguirla, pero no sé de dónde viene. Se hace más fuerte, resuena dentro de mi mente y viene de todas las direcciones, la escucho detrás de mí, incluso por delante y también a los lados, pero no veo aún nada, todo continúa siendo negro.

 

Trato de parpadear, pero no puedo. Aún no puedo sentir mis párpados.

 

La voz se hace cada vez más clara, pero todavía no entiendo que dice, ¿estará hablándome a mí, o hay alguien más aquí?

 

Trato de hablar, pero mi voz no se escucha, no soy capaz de emitir ningún sonido; pareciera que mi laringe tampoco existe. Mis cuerdas vocales se habrán podrido llenas de gusanos dentro de una fosa tres metros bajo tierra. Definitivamente estoy muerta, ahora lo sé, me dirijo hacia algún otro lado. Mi cuerpo no existe más. No soy ni siquiera un par de átomos. No puede ser que éste sea mi estado definitivo, eterno… No puede serlo, ¿o será el infierno?

 

Me refiero al verdadero infierno de Satán, a ese abismo de la condenación que idealizamos en llamas desgarradoras y que evadimos hasta en nuestras pesadillas, el mismo que creemos irreal, pero que a veces se nos asoma en el temor de pensar que sí existe, para torturarnos por nuestras culpas.

 

¿Será el infierno? Seré un alma putrefacta y ruin, que aguarda su castigo sempiterno y exquisito. ¿Será ese espacio de tormentos en donde estaré condenada a pensar en la ausencia de mi hijo? ¿Dónde esperaré mi dolor? No creo haber sido tan mezquina después de todo. No he matado a nadie, no he robado nunca, no he estafado, no he maltratado a ningún hombre ni mujer. No le he quitado nada a nadie, le he sido fiel a mi esposo en mente y materia, he trabajado, me he esforzado en tener dignidad... Trato desmesuradamente de ser una madre para mi hijo, la mejor que pueda ser yo, trato día a día de nadar por encima de mi terquedad, de mi rudeza y de mi descuido, para poder ser una buena madre, una madre que llene todos los huecos que pueda…

 

¿He pecado? Seguramente lo he hecho. Desde luego que lo he hecho.

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He mentido, no lo niego, y no tengo más excusa que la risible compulsión que desde siempre me empuja a hacerlo, esa comezón que me produce hacerlo y el placer de observar lo que sucede después. Las consecuencias francas e impunes… La mentira que rodea la realidad que he vivido, que en ocasiones llega a confundirme. Será mi pecado de lengua, de voz y desde luego de consecuencias… ¿Será ese mi peor rostro, el que me ha traído hasta aquí?

 

¿O será el de mi ira? El yo iracundo que vive dentro de mí, la mujer sin piedad, esa que se ha asomado un par de veces en mi rostro. La que me ha perdido en la furia de la impotencia y que se ha dejado llevar por sus instintos primarios. La que ha odiado alguna vez… Debió ser odio a ella, pues es un sentimiento atroz, uno fulminante, intempestivo, que hace que mi estómago se revuelva.

 

Sí, yo me he arrebatado a mí misma en un furor iracundo… Me he dejado llevar por la rabia, por mi impotencia… Pero, y entonces, ¿qué debo hacer?, ¿tengo que pedir perdón?, ¿a quién debo pedirle perdón?, ¿será a los deshonrados con mis falacias? ¿A pesar de haberles hecho dar de brincos con mis querellas y con mis historias?, ¿o a esos que se percataron y se ofendieron? ¿No tuve ya mi castigo en su desdén?

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Los sesentas

Escrito por Alejandra Inclán, 03 Sep.

El bar estaba casi vacío, pero me agradaba mirar a la señorita de vestido rojo y al tipo de cabello esponjado con pitillo falso. ¿Qué se sentirá fumar? Sólo el viejo junto a mí no disfrutaba, parecía dolerle estar ahí. El bartender nos sirvió bebidas. En la rocola sonó It’s Impossible, de Elvis. En la tv pasaba “Rebelde sin causa”. Eran extraños esos escenarios a cielo abierto.

Traté de no pensar y miré a los lados. Una bella chica rubia también vestida de rojo estaba en una foto gigante. Su nombre: Marilyn Monroe. Me hubiera gustado enamorarme de una mujer así.

Miré el reloj digital en la pared. Era lo único que estaba fuera de época. Apuré mi bebida. El guía dejó de fingir que era un bartender:

─Según los registros estos eran al parecer los sesentas, no lo sabemos con precisión.

En aquel entonces se podía vivir en libertad como vieron en la película. Quítense los trajes de “época” y vayamos a la siguiente sala: los ochentas-noventas.

Irónico, estamos en los sesentas, pero no son iguales, en el 2060 la única diversión son los museos de simulación. Vivir en el exterior It’s Impossible.

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Vorágine Rimada

Escrito por Víctor Miguel Gutiérrez, 31 Aug.

 

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Soneto de la tabla del dos
 

Multiplica por uno y sale dos, 

duplica este producto y queda cuatro, 

y para no acabar aquí este teatro 

seis sale de sacar al tres la tos. 

El ocho, resultado, viene en pos 

de hacer duplicación y no mohatro 

y el diez, que es número al que idolatro, 

saldrá si al cinco lo acompañas vos. 

El resto de la tabla es más sencilla: 

del doce hasta el catorce no hay rencilla, 

duplicas seis y siete así y ya está. 

Dieciocho, dieciséis, llegando a veinte 

son menos reto para quien intente 

doblar el ocho, el nueve, el diez y ya.
 

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Entre

Escrito por Diego Hernández Arellano , 27 Aug.

Entre la enfermedad y la salud.

 

Entre sueños eternos a desvelos inmemorables, donde es imposible conciliar el sueño, noches en las que doy vueltas y vueltas buscando encontrarme.

 

Entre encierros largos y miedo a una libertad que me podría desaparecer.

 

Entre el anhelo de un beso y de un abrazo que incendie el corazón, a tener que mantenerme lejos porque eso es lo mejor.

 

Entre añorar estar con mis padres, con mis abuelos, de moverme de lado a lado a saber que debo estar quieto pues solo así puedo cuidarlos, cuidarnos.

 

Entre las pláticas con mis hermanos a los interminables mensajes de cuídate y cualquier otro tema.

 

Entre recuerdos de aquellos paseos con mi pareja, largos, nocturnos, llenos de risas, pláticas, tomados de la mano a la luz de las farolas. A encontramos esperando aquellas caminatas, deseosos de recorrer las calles.

 

Entre las tardes de café, tacos, esquites, papas fritas, pastel o cualquier alimento que nos podrían brindar los locatarios a disfrutar todo en casa.

 

Entre largas caminatas en las que encontraba reflexión, ideas, inspiración a encontrarme sedentario, meditando, contemplando.

 

Entre el deseo de mi mascota de salir a pasear, recorrer la ciudad a solo poder caminar algunos minutos y solo a veces.

 

Entre una playlist que me brindaba un concierto en mis audífonos a una combinación de diversos gustos que se escucha en toda la casa.

 

Entre las trayectorias largas en el transporte público en donde escapaba de lo monótono leyendo a encontrarme sentado, absorto, taciturno.

 

Entre inundar mis pulmones de aire fresco, contemplando los paisajes a refugiarme detrás de un cubrebocas que a veces me deja sin aliento.

 

Entre la inmovilidad de los muebles al vaivén de los mismos, buscando lo diferente. Encontrando nuestro espacio, nuestra esencia, nuestro lugar.

 

Entre rutinas abrumadoras a unas más simples.

Entre las noticias globales que nos recordaban como se destruía poco a poco el mundo. Las múltiples inconformidades en diversas partes del mismo a escuchar la palabra pandemia tan repetitivamente como la creciente línea de contagiados.

 

Entre la puesta del sol al crepúsculo o a contemplar el amanecer.

 

Entre la mochila repleta de libretas, libros, lapiceros, hojas, cachivaches a un escritorio en el cual se han repartido los antes mencionados.

 

Entre las ideas al cine, llenas de risas, palomitas, dulces, quesos de nachos a las tardes, recostados viendo la plataforma de streaming que mejor nos vaya. De la cual ya se ha recorrido la mayoría del catálogo, con una cobija que nos brinda mayor comodidad.

 

Entre la seguridad de poder visitar a mis papás, entrar a la casa tan pronto me era posible a tener temor de llegar, tener que esperar para poder abrazarlos, besarlos o platicar con ellos y eso solo las pocas veces en las que puedo.

 

Entre los abrazos con mi abuelita, sus tamales, su sonrisa y sus ojos brillosos a solo poder decirle “Cuídate mucho, te extraño, ya pronto nos veremos”.

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Trampas

Escrito por Agustín Cadena, 24 Aug.

 

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Dentro y fuera

Escrito por Rosario Martínez, 20 Aug.

Dentro:

Gemidos de angustia y crujir de dientes,

lloran a sus muertos, que se llevó el mal:

¡Invisible, peligroso, cruel y letal!

Hoy se cuentan por miles todos los dolientes.

 

Están refugiados, suplican piedad,

se estrujan las manos y claman al cielo,

piden clemencia y sufren su duelo.

Es tiempo de miedo, muerte y soledad.

 

Fuera:

El aire no teme, el mar descansa.

El pájaro vuela, el gran ciervo pasta.

No teme el sol, el río corre y canta.

 

El árbol retoña, la rosa florece,

camina el tiempo, la noche anochece.

El mundo se calla, y el hombre… perece.

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Hikikomori 2.0

Escrito por Enrique Olmos de Ita, 17 Aug.

 

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La primera lluvia

Escrito por Mariana Rosas Giacomán, 13 Aug.

Esta madrugada me despertó un relámpago. Tardé un par de minutos en abrir los ojos, en un intento por mantenerme un rato más dentro de mi propio sueño. No era un sueño especialmente significativo, pero en él, estaba bailando. Extraño mucho bailar. Todos mis amigos me rodeaban y ellos también bailaban, sólo que en el sueño lo hacían de forma menos absurda a como suelen hacerlo en realidad y fue por ese detalle que supe que era un sueño. Otro detalle ficticio: lucían radiantes, más grandes, más formales, más adultos.

La tormenta también despertó a mi familia, que no suele reaccionar a ningún ruido —por más escandaloso que sea— antes de las nueve de la mañana: ni a las alertas sísmicas que más de una vez me han hecho brincar fuera de la cama en calzones, ni a los temblores que agitan las repisas ni al sonido del vendedor de tamales oaxaqueños, cuya bicicleta parece estar equipada con bocinas supersónicas. No se enterarían del Apocalipsis si ocurriera en el turno matutino. Pero esta vez estaban todos en la sala: mis papás, los gemelos y mis dos hermanas, apretujados frente a la ventana como si fuera la televisión transmitiendo un partido de la Selección Nacional. Afuera, una capa de blanco granizo tapizaba el pavimento. 

—No puedo creerlo, —dijo mi papá encendiendo un cigarro ignorando que apenas se escurrían por la persiana los primeros rayos del amanecer—. ¿Ya vieron al calvo de la 32 pegado a la ventana? Ni porque se está acabando el mundo pierde la oportunidad de estar en primera fila para el chisme. Qué bárbaro. 

Mi mamá lo interrumpió. 

—¿No quieres venir a ver la lluvia?

A decir verdad, prefería no hacerlo. Después de cuatro meses sin salir de la casa, estar juntos se había vuelto cada vez más difícil. Nos peleábamos por la ahora inexistente liga de futbol, por las elecciones presidenciales de hace dos años y por los condimentos de la sopa. Una tarde, uno de los gemelos desapareció durante dos horas, dejando una nota en la cocina en la que explicaba que no quería vernos más. Antes de que mi madre llamara a la policía, a los bomberos y a cualquier servicio que denotara emergencia, lo encontramos fumando en la azotea, agradecido por el silencio que por primera vez en más de cien días había podido sentir. Yo estaba siempre a punto de hacer lo mismo: salir a la azotea o al jardín de la entrada a ver las hojas de los árboles y las calles vacías a la distancia. Pero no lo hacía porque después de tantas semanas de transitar sólo el espacio de mi habitación, la sala, el baño y la cocina, me daba miedo todo lo demás. Quizá era el efecto colateral de las noticias sonando en la radio y en la tele desde el amanecer hasta la madrugada. Cifras de contagios y muertes, rebrotes, cierre de fronteras. Incertidumbre. O quizás era sólo el miedo a salir de casa y encontrarme con un mundo nuevo, diferente al que dejé la última vez que lo vi, un jueves de marzo, tan indistinguible de los demás que sólo fue memorable cuando meses después nos dimos cuenta de que había sido el último.

“¿Hacía cuánto no llovía?”, pensé. Era como si la lluvia y todos sus relámpagos se hubieran confinado también. Mi familia seguía en la ventana mirando el aguacero, señalando los pedazos de granizo que rebotaban en la banqueta mientras mi padre aún fumaba quejándose del vecino y su afición por el chisme. Pero todas las ventanas de la cuadra mostraban una escena más o menos igual: familias de diferentes tamaños mirando la lluvia hipnotizados, como si fuera la primera vez que lo hacían. Manitas de niños estirándose para sentir el viento y las diminutas bolas de hielo. Me imaginé a mis amigos haciendo lo mismo y por un instante me sentí tan cerca de ellos como lo hacía unos minutos antes en mi sueño. Isabela, la más chica del grupo, había caído enferma durante los días-meses de la pandemia. Tras su recuperación, nos describió por teléfono a sus amigos la dificultad para atrapar el aire que por momentos se sentía tan sólo como un hilo, el dolor en su estómago que imaginaba lleno de moretones por el esfuerzo de tanto toser. Cuando la imaginaba sola en la sala blanca del hospital me daba escalofrío. Y en mi sueño, era ella quien bailaba mejor. No podía identificar si el escenario era una boda, una graduación, una fiesta de XV años a la que nadie nos había invitado pero a la que nos habíamos colado arreglándonos lo suficiente para que nadie se preguntara de dónde habíamos salido y nos confundieran más bien con integrantes de la rama más extendida de los primos. Sonaba música disco, en esa parte de la noche en la que la pista de baile queda más bien conformada por adultos mayores que hacen una fila para dar vueltas por el salón. Mis amigos y yo dábamos brincos, nos reíamos a carcajadas, nos tirábamos encima nuestros vasos de coca con ron. Con esa imagen, la de sus risas, nos recordé a principios del año antes de que la pandemia siquiera se asomara a nuestras vidas. Nos recordé corriendo bajo la lluvia una tarde después de un examen inaprobable. Los uniformes escurriendo, los calcetines empapados bajo los zapatos escolares.

Ante la mirada curiosa de mis hermanos abrí la puerta y salí a nuestro jardín. Afuera estaba el mismo mundo que habíamos dejado atrás, inhabitado, puesto en pausa. Sentí el aire helado pegando mi pijama a mi piel tibia. No tenían que decírmelo, sabía que cada uno de mis amigos estaba en sintiendo las ráfagas de aire en su propio jardín. Y la lluvia en mis pestañas se sintió como un milagro.

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El periodista en su ejercicio profesional siempre ha buscado la veracidad y objetividad como valores guía, es decir, que la interpretación que haga de la realidad social sea lo más apegada posible a los hechos que acontecen. Cuando un periodista logra estas cualidades, va conformando su personalidad en los medios periodísticos y poco a poco conquista la credibilidad de determinados públicos. Lo mismo sucede con los medios de comunicación, la manera en que —como grupos o empresas— abordan ciertos temas les permite ser creíbles ante algunos grupos sociales.

Parecería que tener credibilidad en el ejercicio periodístico es sencillo o que se da por antonomasia a la profesión, sin embargo, no es así; las técnicas periodísticas y las rutinas de los medios de comunicación pueden generar confianza, aceptación y fidelidad en un público en específico, pero éstas también pueden alcanzar a otras audiencias con el efecto opuesto, creando desconfianza y rechazo.

Consideramos como un punto de partida para este análisis conocer el significado de ser creíble en el periodismo. En este capítulo se reflexiona en torno a este tema, partiendo de la pregunta: ¿qué es la credibilidad en el ejercicio periodístico? se realiza una exploración a la opinión de estudiantes de carreras afines a periodismo, la población —entendidos como públicos o audiencias—, y los periodistas en activo —como generadores de credibilidad—, en el marco espacial del estado de Colima, México.

 

La estructura de este trabajo está dividido en cuatro apartados. En el primero se exploran los conceptos teóricos que sustentan este estudio, específicamente para distinguir al periodismo como un método de interpretación sucesiva de la realidad social que genera credibilidad. En el segundo apartado se explica la estrategia metodológica utilizada en esta investigación, las redes semánticas naturales y la manera en que fue operacionalizada. En el tercero se exponen los siguientes hallazgos: la opinión que tienen de forma independiente los estudiantes, la población y los periodistas, así como el significado que en conjunto, aportan a la credibilidad en el ejercicio periodístico a partir de tres categorías: cualidades del periodista, procesos de la investigación periodística y valores que deberían guiar la profesión. Finalmente, en el cuarto apartado, se presentan las conclusiones.

 

Palabras clave: credibilidad, opinión, periodista y ejercicio periodístico.


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LA CREDIBILIDAD EN EL EJERCICIO PERIODÍSTICO

La realidad, dicen Berger y Luckmann (1968), es la consecuencia de un proceso dialéctico entre relaciones sociales, hábitos tipificados y estructuras sociales; pero también es la consecuencia de interpretaciones simbólicas, internalización de roles y formación de identidades individuales; de tal forma que el conocimiento es justamente lo que permite que el sentido de la realidad y su representación sean comprendidos y explicados.

En este tenor, los teóricos del periodismo han planteado que la labor del periodismo es justamente la interpretación de la realidad social, por lo que se han ocupado de explicar cómo se pueden abstraer sucesos del continuo de hechos que conforman el flujo de realidad noticiosa, para ser diseccionados, apartados del resto, mirados en todas sus dimensiones e interpretados a través de la subjetividad de los periodistas, que posteriormente los comunican siguiendo convenciones estilísticas —los llamados géneros periodísticos—, pero también obedeciendo a factores empresariales, económicos y políticos.

Una de las propuestas más amplias para la interpretación de la realidad social desde el periodismo es el compendio de once teorías que sistematiza Pena de Oliveira (2009) apoyándose en los métodos surgidos, probados y comprobados en otras disciplinas de las ciencias sociales, por ejemplo, la etnografía de la antropología, el método biográfico de la historia, o los enfoques cuanti o cualitativos de la investigación sociológica.

Sin embargo, nosotros nos adherimos a lo que Romero (2003) propone para este proceso interpretativo de la realidad, que es un método de interpretación originado en la fuerza epistemológica propia del periodismo, como la autora expresa: “la interpretación periodística nos permite, empleando el lenguaje, descifrar y comprender los hechos que suceden a nuestro alrededor” (p. 296). Para ello, el periodista actúa como operador semántico: 1) selecciona de la multitud de estímulos de la realidad, los que son noticiosos; 2) interpreta el hecho y lo traduce a un lenguaje inteligible para producir la noticia; y 3) comunica la información interpretada, de manera que pueda ser entendida por el público al que va dirigida.

Entonces, en un proceso donde tienen tanto peso las actividades y decisiones de los sujetos de la interpretación, es decir, los periodistas, y que por lo tanto es subjetivo, ¿dónde queda el ideal de veracidad y objetividad como valores del ejercicio periodístico que conducen a la credibilidad?, ¿cómo se puede creer la información que los periodistas comunican, cuando ya fue interpretada por ellos, con influencias tan diversas como los intereses económicos o políticos de las empresas para las que trabajan?

Para Romero, la respuesta está precisamente en ese método estricto, ordenado y hasta comprobable de la investigación periodística, aunado a la aceptación de una subjetividad bien intencionada, en la que el periodista deja de lado toda la pretensión de mostrar la realidad al presentar los hechos como son:

La objetividad no se da en el hecho, sino en la reconstrucción producto de la labor del periodista. La investigación que lleva a contextualizar el hecho y la materialización de sus resultados en el relato se producen desde la subjetividad del periodista (2005: p. 299).

Esta concepción del periodismo es poco usual, pero más vigente que nunca ante el relativismo y la posverdad que adelgazaron los límites entre lo falso y lo verdadero, amenazando al periodismo como actividad y a los medios de comunicación como fuentes de información para la sociedad. Sobre las fake news, que conjugan esta problemática, Raphael (2017) reflexiona:

Las noticias fabricadas son expresión de la propaganda destinada para desinformar a través de los medios de comunicación. Son noticias intencional y verificablemente falsas, cuya principal finalidad es engañar o confundir a la audiencia. Su motivación es siempre económica o política y jamás informativa o periodística (p. 13).

Entonces, los procedimientos sistemáticos y ordenados con los que el método del periodismo interpreta la realidad social verificando datos y fuentes, agregando valor para el análisis, otorgando contexto y contrastando opiniones son la luz en el camino que se debe tomar para recobrar la debilitada credibilidad: “el periodismo serio es una disciplina que permite distinguir entre la información fabricada y aquella que podría ser verdadera. Se trata, por ello, de uno de los antídotos más eficaces para enfrentar el relativismo y la posverdad” (Raphael, 2007: p. 13): se necesita más y mejor periodismo.

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