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14. Der goldene Hahn

Escrito por Erasmo W. Neumann, 16 Jan.

Lo vi venir calle abajo cuando abrí la cochera: un gallo de plumas áureas, cola sinople y cresta de gules. Caminaba por en medio del arrollo, majestuoso, cual si el mundo entero debiera agachar la cabeza a su paso. De súbito desvió el rumbo y, sin reparar en mí, cruzó el portón hasta mi jardín y se echó sobre el césped. Me lo quedé mirando; ¿de dónde salió ese animal y qué debía hacer con él? Tan magnífica ave seguro tenía dueño, ¿mas cómo averiguarlo? Al diferencia de canes y felinos, los gallos no llevan collares y placas que nos digan a quién llamar en caso de extravío, y llevarlo al refugio de animales era condenarlo al asador. Supuse que podía conservarlo un tiempo y le conseguí un poco de alimento, que comió impasible mientras yo atendía mis deberes. Por la tarde le confeccioné con madera y cartón una pequeña casa que de inmediato reclamó. Lo nombré Pánfilo porque tenía cara de llamarse así. Pensé al contemplarlo echado que durante años evité las mascotas porque a duras penas podía cuidar de mí mismo y, de repente, había un gallo dorado en mi vida. No en balde afirma el proverbio que animal y mortaja del cielo bajan, ¿cierto?

            Al día siguiente me despertó, muy temprano, su canto. Asomé al jardín y lo vi fuera de su casa. Algo en su actitud me decía que buscaba problemas. No tardó en encontrarlos: se dirigió a la verja que dividía mi propiedad de la del vecino y de inmediato sus perros, dos fornidos rottweilers, corrieron a ladrarle. Me apresuré a rescatarlo, mas me detuve al observar que, antes que huir de los canes, se acercó para provocarlos otro poco; tan cierto estaba de que no podrían alcanzarlo. Lo cogí de cualquier manera y lo metí a su casa, mas en cuanto di la vuelta él ya iba de nuevo al límite de las viviendas. Fue entonces que el vecino telefoneó para preguntarme qué tenía tan inquietos a sus animales. Fingí demencia.

            —¿Qué acaso no oyes ladrar los perros? —me increpó.

            Al final confesé y prometí que, en adelante, el gallo no causaría más alborotos. Esto probó ser tarea imposible, pues cuantos obstáculos le pusiera, Pánfilo se las apañaba para desquiciar a los rottweilers a todas horas. No conforme, llenó mi césped de agujeros y estropeó casi todas las plantas, y como osara reprenderlo me miraba con felina superioridad. Era imperativo controlarlo, ¿mas qué apartaría su mentecita del conflicto y la destrucción?

            Lo primero que se me ocurrió fue el sexo, así que colgué una fotografía suya en un sitio de agricultores y ganaderos. “Galán busca novia”, escribí, declaración más efectiva que risible; pronto un granjero de Santa Matilde me contactó para que lo llevara a cruzar con sus gallinas. Fuimos hasta allá, pues. El hombre ya le tenía reservada una hembra. Los metimos al corral y mi gallo no vaciló: se abalanzó sobre ella, la sometió por la nuca y la montó, feroz.

            —¡Jesús, María y José! —se carcajeó el granjero—. ¡El chico no pierde el tiempo!

            Consumado el acto, los dos se acomodaron, satisfechos, en un rincón, y Pánfilo cacareó victorioso mientras la gallina se acurrucaba en sus plumas. Por un momento creí que sacaría un cigarrillo. El granjero pagó y me pidió que le llevara a Pánfilo con regularidad. Al coger los billetes me sentí como un proxeneta.

            Repetimos la faena varias veces. El gallo dividió y conquistó sin falta. En una de nuestras visitas el granjero no se encontraba en casa y nos recibió su hija, una chica ceñuda pero bien formada. Mientras Pánfilo hacía lo suyo, ella me guiñó un ojo y se sacó el botón superior de la blusa. No terminó con el segundo cuando ya nos besábamos sobre un montón de paja. Se subió la falda, me bajé el pantalón y, al tiempo que mi plumífero socio cantaba su orgasmo, ella gimió extasiada.

            —Trae al gallo el miércoles —me dijo al despedirnos—. Mi padre se irá a la central de abastos. Podremos divertirnos todo el día.

            Era un hecho.

Camino a casa, Pánfilo y yo nos miramos con complicidad. Cuando llegamos, me encontraba de tan buen humor que le permití molestar a los canes del vecino. Sin embargo, al cabo de un rato me inquietó no escuchar un solo ladrido. Salí y vi al gallo frente a la verja como era su costumbre pero, del otro lado, los rottweilers estaban echados de lo más tranquilos. Incluso sacudían la cola.

            “Se habrán habituado”, pensé, y me fui a la cama.

            Al día siguiente me despertó, muy temprano, un alboroto: asomé al jardín y vi a los perros correr tras el desdichado Pánfilo. En vano intenté rescatarlo; uno de ellos lo atrapó por el pescuezo y sacudió el hocico hasta desnucarlo. El gallo apenas agitó las alas antes de caer muerto. Aniquilada el ave, los cánidos regresaron a su casa, mansos, por un túnel que cavaron por debajo de la verja. La tarde anterior no se movieron de su lugar para ocultar el agujero.

            Contemplé, triste, a mi gallo de oro y lo sepulté. Cuando relaté lo ocurrido al vecino, fue su turno de fingir demencia.

            —Yo ni siquiera oí ladrar los perros.

            Me reservé cualquier comentario; discutir no traería de vuelta a Pánfilo.

            El miércoles llamé a la hija del granjero. Le expliqué la situación y propuse visitarla de cualquier manera. Guardó silencio un momento antes de responder.

            —No. Si ya no tienes al gallo mejor no.

            Colgó. Y con ello la aventura llegó a su fin.

A mi hermano

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Viscosa

Escrito por Gabriela Cruz Valdéz, 09 Jan.

Por varias noches la misma pesadilla persiguió a Caty. Soñaba que se transformaba en un gusano gordo y viscoso. Luchaba por man­tenerse a salvo de un ave negra que entraba por la ventana de su habitación y que quería devorarla. A ella se le dificultaba arrastrarse hacia un lugar seguro y sentía que la vida se le iba.

Pronto el ave desistía, agitaba las alas tan fuerte que al salir por la ventana hacía retumbar el cristal. Caty volvía a su estado natural. Al amanecer, despertaba bañada en sudor, pegajosa. Sentía el pala­dar arenoso y percibía un olor agridulce en su ropa. Estaba tirada en algún rincón del cuarto y notablemente agitada. Corría al baño a vomitar un líquido entre verde y amarillo que dejaba sabor de ajenjo. Después entraba en la regadera y tallaba su cuerpo muchas veces hasta sentirse otra vez limpia.

En uno de esos sueños, el ave estuvo a punto de atraparla cerca del baño. Caty despertó más asustada. Esa mañana no hubo rito de limpieza. Después de vestirse, salió rápido de casa sin que su madre se diera cuenta. Su objetivo era llegar al parque donde se refugiaba después de ir a la escuela para no llegar a casa temprano. Ahí leía los libros que sacaba de la biblioteca y después escribía hasta encontrar valor para regresar al encierro.

Mientras se dirigía a su sitio seguro, vio que su madre se aproxi­maba, con la cara endurecida y a paso veloz. Caty sabía que estaba furiosa por salir sin avisarle. Le retumbaba en la cabeza el canto de cada día: “No tienes remedio, no tienes remedio”.

La joven relacionaba los remedios con las enfermedades: si ella no tenía lo primero entonces estaba irremediablemente enferma, pero aún no sabía de qué. Quizá realmente se convertía en una especie viscosa que terminaría aplastada o digerida por un ave. Era probable que su madre lo supiera y por eso sólo le permitía salir para ir a la escuela.

Desde que quedaron solas en casa, la madre de Caty se volvió malhumorada y le recordaba a su hija cuánto sacrificio le implicaba mantenerla cada vez que hacía una petición para la escuela o para ella misma. Si la llegaba a encontrar husmeando en el estudio que era de papá y al que nadie tenía derecho de entrar, el desenlace era una golpiza.

Mucho más si la encontraba leyendo libros de aventura o no­velas, y no los textos escolares y que estaba obligada a memorizar.

Caty esperó escondida mientras su madre se alejaba. Poco a poco, así con el aire que hacía volar algunas hojas caídas de los ár­boles, llegó la calma y desapareció el sobresalto, entonces se acercó a la banca de siempre, en donde encontró una revista abandonada. La tomó y echó un vistazo al contenido. A ella no le gustaba ese tipo de lectura porque contenía demasiada “realidad”, una pala­bra que odiaba por ser la favorita de mamá. Sin embargo, aquel montón de papel impreso llamó su atención, así que se acomodó dispuesta a burlarse un poco de lo que la “gente normal”, como decía su madre, hacía o decía.

Por la extraña enfermedad del “hombre-árbol”, médicos del Hospital Universitario de Daca atienden a Abial Bajan, quien des­de hace diez años comenzó a llenarse de verrugas que con los años crecieron hasta convertir sus extremidades en malformaciones semejantes a las ramas de un árbol...

Caty sintió que el viento arreciaba por un instante y se estre­meció. Se rascó los brazos y la cara. Luego le dio la impresión de que alguien la observaba con insistencia, pero no quiso levantar la mirada. Continuó su lectura y encontró otro caso:

Una niña de 11 años llamada Sohi Collen quien padece la enfermedad llamada epidermólisis bullosa (EB), es aquejada por el dolor intenso que le provoca este mal genético también conocido como piel de cristal, el cual hace que con el mínimo roce se rasgue la piel y le salgan ampollas gruesas y de una consistencia babosa que se van uniendo una con otra, lo cual también afecta su piel interna...

Como aquella mirada no la dejaba concentrarse totalmente en la lectura que ya le había provocado comezón también en las piernas, decidió levantarse para saber quién la veía con tanta ve­hemencia, quizá alguien que había mandado su madre con el pro­pósito de regresarla a casa.

Antes de dejar la revista a un lado, percibió un olor familiar, como al tabaco de su padre, a madera quemada y humedecida des­pués por la lluvia. Apenas vio de reojo su silueta recargada en el árbol, se le enchinó la piel. En un instante saltó de la banca, aventó la revista y quiso correr hacia él, pero su sorpresa fue mayor cuan­do vio que el cuerpo del sujeto se iba cubriendo de una corteza muy gruesa que se fusionaba con el árbol.

Cuando se acercó ya sólo estaba el enorme tronco. Frotó las palmas de sus manos en la corteza, como si en el mismo acto el árbol le devolviera a su padre. Una savia pegajosa de olor agridulce se impregnó en su piel. Caty escuchó un aleteo, entonces se abrazó.

 

Dedicado a las mujeres que cada día enfrentan una batalla intensa por la defensa de sus derechos, sus libertades, pasiones, ilusiones y sueños.

Por todas las que han luchado y por quienes continuamos en esa lucha para destruir estereotipos y estructuras que históricamente nos han mantenido atrapadas en una ideología que nos disminuye y margina sólo por el hecho de ser eso, mujeres.

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La epidemia

Escrito por Kobda Rocha, 26 Dec.

Este mundo tan repleto de codicia,
tan obeso de pecado y vanidad,
ha posado entre mis huesos la inmundicia,
ha vejado mis residuos de bondad.
Toda peste que aborrezco está en mi pecho,
los despojos del infierno en mis entrañas;
tan talado, tan molido, tan maltrecho,
vivo al filo de mentiras y pastrañas.
El abrigo del realismo está muy guango,
los vestidos de cordura están de moda;
al desnudo no soy más que broza y fango,
pero el mundo me censura y se acomoda.
Al mirarme, los insectos se acongojan;
a mi paso, hasta las ratas huyen lejos,
los humanos su desprecio vil me arrojan
y los perros se contraen en sus pellejos.
No vislumbro ni una pizca de ternura
en los ojos impiadosos de la gente.
Por las noches, busco a dios en la basura
pero al alba encuentro al diablo en mi inconsciente.
Mil abrojos cubren mi alma de zozobra,
vago triste por pantanos de dolor;
a los hombres mi existencia les estorba,
las mujeres no me brindan ni un amor.
Un puñado de inclementes maldiciones,
los escombros de una vida sin sentido,
soy las dudas, las afrentas y aflicciones;
sólo escucha mis plegarias el olvido.
Un cruel virus he forjado cual presagio,
infectado está mi cuerpo de blasfemia.
En mis versos dejo el riesgo de contagio:
propagar en cada mente la epidemia.

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Chanel

Escrito por Adrián Ibelles, 19 Dec.

Supuso que habría de comprar otras medias al ver la larga rasgadura sobre el muslo derecho. Sintió la suavidad del material en las piernas; le gustaba la textura del nylon rozando sus manos. Se acomodó el brasier y el relleno, y luego alisó el vestido para cubrir la media. El rímel le daba protagonismo a sus ojos, así como el lipstick le devolvía volumen a su boca. Se roció el Chanel No 5 sobre el escote del vestido, donde el pecho lucía bronceado y firme. Bajó las escaleras procurando que sonara el taconeo, llamando la atención de la mujer vestida con sencillez, que ya esperaba en la mesa con las velas y el vino blanco servido en un par de copas de cristal que les habían regalado en la boda, y que guardaron hasta esta noche.

—Parece que ese labial se te ve mejor a ti —le dijo la mujer:
—Ni creas, sólo es porque tengo los labios más grandes que tú.
—¿Me vas a dejar que te arranque el vestido?
—Ya te vas a poner salvaje.
—Sé que eso te prende. Lo veo.
—El vestido no lo esconde todo el tiempo.

Como le prometió, le arrancó el vestido, las zapatillas y las medias, que quedaron desparramadas en el suelo. Él la recorrió con sus manos, encontrando la humedad entre sus piernas, desabrochó el bra de su esposa y el de él. Luego ella le besó el rosado pezón con sabor a perfume. Dejaron que la alfombra se cubriera con los vestidos de ambos, el sudor envuelto en el mismo perfume. Ella le fue quitando el maquillaje con sus besos, con las caricias que iban descubriendo al hombre del que se había enamorado. Por la mañana él guardó el vestido en el cajón del armario, y sacó el uniforme que usaban los lunes. En el refrigerador se había quedado el pastel con las cien velas —una por cada gol anotado—.

Al llegar al entrenamiento, sus compañeros notaron un dulce olor femenino.
—Alguien celebró ayer. —Le dijeron.
—Como sólo nos gusta a nosotros. —Añadió, con una sonrisa.

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Die dümmste Geschichte, die niemals erzählt wurde

Escrito por Erasmo W. Neumann, 12 Dec.

“Soy un tarado: ¡aplasté un pescado!”[1]

Homer J. Simpson

 

Por aburrimiento, y quizá también por morbo, mi esposa y yo nos sentamos a ver una película titulada The Fanatic. Puesto que la protagonizaba John Travolta creímos que, cuando menos, sería tan mala que resultaría buena, pero al revelar los créditos de entrada que la dirigía Fred Durst sospechamos que sería un desastre. No nos equivocamos: fue tan aburrida y decadente que a menos de una hora de reproducción queríamos detenerla. Aguantamos, sin embargo, hasta el final, con cuantiosas pausas para señalar los sinsentidos de la narración. Más tarde descubrimos que figuraba en más de una lista del peor cine de 2019, y si bien poco podía esperarse de alguien que se proclamó cineasta de la noche a la mañana, coincidíamos en que la auténtica víctima de ese fiasco era Travolta, quien pese a sus mejores esfuerzos llevaba más de una década atrapado en una espiral catastrófica. Seguro que al leer el guión pensó que el papel era digno de un Oscar; que sería su Forrest Gump, su Trevor Reznik o una cosa así. Y quizá lo habría sido con alguien más competente al volante.

            Tan pronto llegamos a esa conclusión, sorprendí a mi esposa mirándome como hace cada que tiene una idea.

            —¿A la máquina del tiempo? —preguntó.

            —Sí —respondí y apuré el último trago de mi café—. A la máquina del tiempo.

            Fuimos a la cochera y echamos a andar el aparato. Ochenta y ocho millas por hora después estábamos en Los Ángeles de 1978, año en que Grease consolidó a Travolta como la estrella juvenil del momento. Sabíamos que por su obsesión con la cienciología no sería difícil acercarnos a él y convencerlo de que éramos visitantes de otra línea espacio-temporal.

            —Estamos aquí para evitar que estropees tu futuro —le habló mi mujer—, así que presta atención: en 1997 surgirá en Florida una banda de rock llamada Limp Bizkit...

            —¿Limp Bizkit? —interrumpió el actor—. ¡Suena como un panecillo rancio! ¿A quién carajo se le ocurrió eso?

            —¡Nada menos que al imbécil que destruirá tu carrera si no guardas silencio! Escucha: el cantante de ese conjunto, un cretino llamado Fred Durst, se convertirá en director de cine cuando su música pase de moda, y en exactamente cuarenta años te buscará para ofrecerte el papel principal en una película llamada The Fanatic.

            —¡Eh! No suena como un mal título...

            —¡Lo es, pedazo de alcornoque! Si participas en ella, ganarás tu tercer Razzie y ya nadie en Hollywood querrá trabajar contigo.

            —¿Razzie? ¿Qué es un Ra—?

            —¡Eso no importa! El punto es que si deseas permanecer en esta industria debes evitar al papanatas de Durst a toda costa.

            —¡Y quedarte con Tarantino! —añadí.

            —¡En efecto! —subrayó mi esposa—. Cuando un hombre llamado Quentin Tarantino llegue a salvar tu carrera en el 94, aceptarás todos y cada uno de los papeles que te ofrezca. ¡Todos!

            —Tarantino bueno; Durst malo —expliqué con un canturreo.

            Travolta tenía los ojos desorbitados por el miedo y la confusión.

            —Déjenme ver si entendí —recapituló—. Durst bueno; Tarantino ma—

            Mi esposa lo hizo callar con una bofetada y lo cogió por el cuello de la camisa.

            —¡No, tonto! —exclamó ella—. Tarantino bueno; Durst malo. ¡Repítelo!

            —¡Tarantino bueno; Durst malo! ¡Tarantino bueno; Durst malo! ¡Ya me quedó claro, lo juro!

            —¡Más te vale! Es tu vida la que está en juego.

            Dicho eso, lo abandonamos en el lote del estudio y regresamos al presente. Demoramos unos segundos solamente, pero muchas cosas cambiaron en la historia del entretenimiento mientras tanto. Y no precisamente para bien...

            Sucedió que Travolta se tomó nuestra visita tan en serio que, al colapsar su fama a principios de los 90, viajó a Florida para, cual Terminator, rastrear y eliminar a Frederick “Fred” Durst. Dos chicos inocentes murieron antes de que diera con el correcto. Encima, los mató con tal torpeza que la policía no tardó en culparlo y arrestarlo. Fue a prisión en medio de un vendaval mediático, después de todo, no todos los días una celebridad venida a menos se torna asesino en serie.

            Al escándalo siguió una avalancha de calamidades. En primer lugar, al no tener disponible a Travolta, Tarantino le ofreció el papel de Vincent Vega a Nicolas Cage. Su estrafalaria actuación hizo de Pulp Fiction un desastre crítico, y ello sepultó la reputación del director en la infamia. En segundo, el homicidio de alto perfil confirió a Fred Durst un estatus de mártir equiparable al de Kurt Cobain, situación que sus colegas aprovecharon para convertir a Limp Bizkit en el acto de metal más aclamado de la década. Por último, Travolta fue condenado a muerte por una corte del estado de Florida. Pasó siete años encerrado antes de que le aplicaran la inyección letal. Siempre sostuvo que dos viajeros en el tiempo lo incitaron a cometer el crimen. Incluso escribió un libro en el que describía nuestro encuentro a detalle. Nadie le creyó, por supuesto, y su recuento fue calificado por la prensa como “la historia más estúpida jamás contada”. Ése, precisamente, fue el título de la adaptación al cine realizada a una década de su ejecución, con un actor novato llamado Tommy Wiseau en el papel principal. Quiso el destino que la produjera y dirigiera el mismísimo Quentin Tarantino, cuya carrera fue revitalizada gracias el éxito de la cinta.

            Mi esposa y yo nos quedamos sin palabras al descubrir las consecuencias de nuestra intromisión temporal. El crononauta, sin embargo, aprende a tomarlas por algo inevitable, acaso normal, y, sin más, cada quien se entregó a sus actividades vespertinas.

            —Es una lástima —concluyó ella mientras amasaba—. Pero, a fin de cuentas, peores debacles ha ocasionado un almanaque deportivo, ¿no lo crees?

            —Sí —respondí tras la pantalla del ordenador—. Tienes razón... ¿Quieres ver una película?

            —Vale. ¿Por qué no pones esa sobre lo de Travolta? Muero por saber quién me interpretó...

 

A Angélica.

Gracias por las películas y las risas.

 

 


[1]I wish, I wish, I hadn’t killed that fish” en el original. The Simpsons. Del episodio “Time and Punishment”. Guión de Greg Daniels, Dan McGrath, David X. Cohen & Bob Kushell. 1991. Traducción de TV Azteca.

 
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La mujer más deseada

Escrito por Eva Astorga, 05 Dec.

Una habitación oscura y con pocos muebles: tenía apenas una cama y un escritorio no lo suficientemente grande para albergar todos los libros que, apretujados, se extendían por el piso a lo largo del cuarto. Allí, inmóvil en su lecho, se encontraba Santiago, un viejo cansado y melancólico en espera de la muerte. Había pasado demasiados años de su vida persiguiendo sus fantasías para darse a la tarea de formar una familia. Moriría solo en un pueblito de la costa, lo sabía y estaba conforme con ello. Cerró los ojos y co­menzó a repasar los momentos más importantes de su existencia.

Tendría unos 14 o 15 años —a esas alturas ya no importaba— cuando viajó a la playa con varios condiscípulos. Fue un premio que sus padres le dieron por ser uno de los alumnos más inteli­gentes de su escuela. Por primera vez probó la libertad y le pa­reció tan sublime, que decidió llevar la vida de un explorador, él habría de navegar los mares en busca de maravillas para revelar al mundo. Allí, tendido ante el mar, prometió no abandonar nunca la aventura.

Hacía calor, la boca se le secaba a Santiago mientras caía en un sopor agónico. La incomodidad lo obligó a abrir los ojos. Miró el reloj, qué tarde era. Creyó que perecer sería más rápido. Ni hablar, “las cosas que valen la pena llevan tiempo”, le dijo su padre una vez. Dejó caer los párpados con el firme propósito de ya no des pertar. El teléfono sonó. ¿Quién podría estar llamando a un viejo solitario a esas horas de la tarde? Decidió no responder, ya no tenía caso. El silencio comenzó a arrullarlo y se vio otra vez de 14 o 15 años, recostado sobre la arena aquel atardecer. El sonido estridente del aparato lo sobresaltó nuevamente. “No lo dejan a uno morirse a gusto, carajo”. Con muchos esfuerzos se levantó y fue hasta la sala. Resultó ser número equivocado. Echando pestes, se encaminó a la habitación dejando el teléfono descolgado. “Ahora sí, nada va a impedirme estirar la pata como Dios manda”. Sin embargo, decidió hacer una escala técnica, no fuera a ser que las ganas de orinar lo distrajeran de su misión. Habiendo resuelto ese asunto, se tendió de nuevo sobre la cama.

Toda una semana en la playa, la pura vida. Y lo mejor: sin super­visión adulta. Sería libre de beber y bailar cuanto quisiera, aunque olvidó el detalle de que no sabía bailar, además de que iba acompa­ñado por varones solamente, lo cual hacía complicado encontrar pa­reja. Encima de todo y pese a lo que Santiago quisiera creer de sí mis­mo, era en realidad un joven tímido, incapaz de iniciar conversación con alguna mujer. Una noche, mientras todos sus amigos se divertían alrededor de una fogata junto al mar, él fue alejándose poco a poco, caminando sin rumbo a lo largo de la costa. Cuando se dio cuenta, ya estaba muy lejos del grupo, y afligido por los efectos del alcohol, sintió unas incontenibles ganas de llorar. Se arrodilló sobre la arena y dejó caer copiosas lágrimas. De repente, una luz intensa penetró sus párpados. Abriendo los ojos con mucho trabajo, alcanzó a vis­lumbrar una mantarraya de oro que se aproximaba hacia él. Estaba rodeada por un aura luminosa, y al fondo se distinguía también una silueta semihumana montada sobre su lomo. Él miró consternado cómo el animal se acercaba a la orilla y pudo ver, ahora con claridad, a una sirena que extendía la mano para tocarlo, dejándolo sentir su piel dorada y fresca. La escena duró apenas un segundo y ambas criaturas se sumergieron en el agua, dejando la playa en penumbras. Cuando reaccionó, Santiago corrió adonde estaban sus amigos para contarles lo ocurrido, pero todos se burlaron de él. Creyeron que era una alucinación causada por la bebida y lo enviaron a dormir, pero el muchacho no pudo pegar el ojo en toda la noche.

Esforzándose por mantener los ojos cerrados, seguía escu­chando los tenues ruidos que había en la casa: el zumbido de una mosca, el crujir del colchón viejo bajo su cuerpo, las manecillas del reloj en su interminable ciclo, su propia respiración. En conjunto eran una melodía, una canción de cuna que lo ayudaba a dormir. Comenzó a ver escenas de su vida entrecortadas: los bocetos de la mujer-pez pegados en las paredes de su cuarto, las consultas con el psiquiatra, las rupturas con su primera, segunda, tercera y enésima novias, quienes consideraban su búsqueda una locura. Estos recuerdos se mezclaban con imágenes nuevas, inventadas. Tenían como fondo, desde hacía un rato, el sonido de agua en movimiento. Santiago creyó que no había subido bien la palanca del escusado. “No voy a levantarme”, pensó, imaginando el baño inundado, después, la sala. Se vio otra vez joven en el funeral de sus padres y luego mudándose a la costa, para iniciar sus investi­gaciones. Cuántas noches de luna malgastadas a la orilla del mar, persiguiendo algo que al parecer no existía. Se hizo más intenso el sonido del agua corriente, insoportable. Bloqueaba los ensueños con tanta dificultad conseguidos. Somnoliento, sin poder escuchar sus pasos, como entre nubes, el anciano salió de su dormitorio. Tal como había sospechado, ya el líquido se había esparcido por buena parte de la vivienda. Entró en el baño y allí vio —empapada, con su piel resplandeciente—, a la criatura que lo había hecho embarcarse en una búsqueda sin fin, la maravilla que había perseguido durante décadas. Ella extendió sus extremidades de mujer hacia él. Santiago la tomó de la mano y así comenzaron a recorrer juntos el profundo mar en que la casa se había transformado.

 

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Mi amiga la muerte

Escrito por Adriana Miguel Franco, 28 Nov.

La desconocí.

Le temí.

La odié.

La acepté.

 

De niño no sabía exactamente lo que  era “morirse”, se estaba y luego ya no, eso era todo. Se morían las personas viejas, los abuelitos que ya habían vivido mucho, con su mirada cansada y la piel arrugada; como mi vecina Doña Felipita, con, su mandil color rosa y la piel de los pies tan frágil que yo pensaba que en cualquier momento se le reventaría. Barría  su calle, dejándola pulcra y envidiable , un día no salió más y la basura comenzó a acumularse. O mamá Luisa, sentada en un tronco al sol para que le entrara un poco de calor a los huesos, quieta como una estatua, con sus dos hermosas trenzas color plata que le daban un estupendo corte elegante que combinaba con su piel blanca y los surcos abismales de la cara, cada que pasaba por su casa le saludaba con la mano y ella devolvía el gesto; siempre tuve la impresión que no sabía que yo era su bisnieto. Sin más, sin despedirse, se fue.

 

Fue así como la vida, o más bien la muerte, me dió pequeñas señales de su presencia, como avisando que pronto  llegaría y dejó de ser una desconocida para ser “la cosa mala” que se lleva a los viejitos y descubrí que no solo se los lleva a ellos, que también se lleva a las mamás de mis compañeros, a los bebés, a los hermanos de mis amigas, a niños… a niños como yo; no quería que me viera, que me encontrara a mí, porque cuando la gente muere se va al cielo o al infierno, yo no me quería morir y menos irme al infierno, tampoco importaba si me iba al cielo, porque allá no estaba mi mamá, no quería dejar de ver lo bella que es y que me dejara de leer cuentos.

 

Luego la odié, la odié como no sabía que podía odiar un niño de trece años, porque eso no se hace, no se lleva al papá de alguien como si nada, sin pedir permiso, sin avisar, sin dejarse despedir, no es justo, ¿Qué no se dió cuenta que yo lo necesitaba más? ¿Para qué lo quería si ya tenía a los viejitos, a las mamás de mis compañeros, a los hermanos de mis amigas, a los bebés y a niños como yo?,  ¿Para qué?. Aquí hacen falta abrazos y quién componga puertas, y dónde sea que viva - o muera- estoy seguro, no hay puertas. Un día cerró los ojos y nunca más los volvió a abrir. Y no entendí lo doloroso que sería, hasta que pasaron los días y no volví a escuchar su voz, oler sus manos y sentir su barba en mis mejillas; la odié porque hizo llorar a mamá, la odié porque el hueco del pecho crecía inexorablemente, dolía seguir, ver su lugar de la mesa vacío, sus botas abandonadas y la risa ausente por toda la casa. Corazones rotos que jamás sanarán por completo.

 

La acepté como parte de mi cotidianidad, y es que no creo que la muerte sea la ausencia de alguien, sino más bien,  todo lo que deja tras de sí, caos, confusión, sufrimiento, coraje, la desesperanza, porque con el tiempo me di cuenta que la muerte también puede ser liberadora, de penas, de dolor, de la lenta postración en una cama atadora sueños y anhelos, de algún hombre que perdió a su esposa y que ahora solo espera no estar en éste mundo tan mísero. Entendí que hay quienes esperan la con los brazos abiertos y los ojos cerrados, como a una vieja amiga, apaciguadora de los malos sueños, traedora de paz. Fiel justiciera, se presenta sin retrasarse un solo minuto ,sin preguntar porqués;  hermosa y sutil, tan desgraciada que nos toma de la mano a medio suspiro.

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Vacío

Escrito por Alinn Mejía, 21 Nov.

Eran pasadas las 10 de la noche. Camila caminaba de prisa, debía llegar cuanto antes a casa. Aquél, no había sido el mejor de sus días. Nunca dejaban de molestarla. Camila esto, Camila aquello. Estaba harta, pero hacía su mejor esfuerzo, en verdad necesitaba el trabajo. Ese horrible trabajo, pensaba Camila acelerando aún más su paso. ¿Por qué esto nunca termina?

El camino era el mismo de todos los días, lo sabía de memoria, creía incluso poder recorrerlo sin ver. ¿Qué cosas piensas Camila?

Dobló en la siguiente cuadra a la derecha. Ahora ya sólo tenía que caminar un par de cuadras más, tomar un camión, cruzar el puente y pasar por ese parque que tanto odiaba. No podía dejar de pensar en su cama, sólo quería llegar y recostarse en su cama. Todo parecía normal, aunque el camino se le había hecho de pronto inexplicablemente más largo que de costumbre. Iba ensimismada, de hecho, todos lo hacían. Todas las miradas siempre fijas perdidas caminaban con ella. El viento estaba muy frío, resoplaba y congelaba sus labios, entrecerrando los ojos seguía caminando. Debió haber sido por esto, quizá dobló en la cuadra siguiente, pero el camino ya no era el mismo. No se asustó pues conocía bien estos rumbos. Estaba muy oscuro. Debo seguir y doblar a la izquierda, pensó y con cada paso parecía que Camila se perdía entre espejos. Un sudor helado le recorrió el cuerpo y por primera vez sintió miedo.

Miedo no de saberse perdida, miedo al día de mañana, a lo que pasaría. Miedo de despertar y encontrarse de nuevo sola y rendida. Los pasos cada vez más tenues de Camila desparecían. Sin darse cuenta, ya no había nada a su alrededor, no había camino, no había personas, no había edificios. Sólo estaban ella y sus pensamientos. Un estrépito alarido se oyó a lo lejos. Su parsimonioso caminar se volvió frenético. Corrió, corrió como nunca lo había hecho. Camila tropezó, pero en seguida se levantó, alzó la mirada hacia el cielo y vio como una enorme sombra sobrevolaba su cuerpo. Una enorme sombra, con ojos sangrientos la miraba fijamente, penetraba su mirada en la de ella, sonriendo. Una sombra deforme que se perdía con el viento. Camila no sabía lo que estaba viendo, solo sentía la mirada punzante en su cuerpo, era como si todo el mal y toda la ira del mundo se concentraran en ese momento. ¿Quedarse o huir? Que diferencia haría. La vida es una constante lucha sin remordimientos. Camila sabía bien lo que pasaría. Lo supo desde aquel momento, lo supo al salir de su trabajo, lo supo al comenzar a caminar. Sabía que nunca llegaría a su casa. ¿Pero, cómo, por qué, cómo pudo saberlo?

Hay una constante en la vida. Camila debe saberlo. Al salir del trabajo, vio aquella sobra, la siguió todo el tiempo. ¿Por qué no hiciste nada Camila?

La noche era aun más densa, las nubes convulsionantes encierran secretos, criaturas extrañas toman la forma de nuestros peores miedos. Quieres huir, esconderte, pero ni siquiera puedes extinguirte. Camila dejó de luchar, la realidad es mucho más aplastante, pensó. Extendió sus brazos y se dejó tomar por aquella forma inhumana. Al fin no sintió miedo.

Una multitud obstinada rodeaba un cuerpo inerte, frío, y tranquilo. Camila observaba a lo lejos, sus ojos tristes y vacíos pudieron ver en ellos su propio reflejo.

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En la boca del sapo

Escrito por Adip Juárez, 14 Nov.

Mi nacimiento fue muy raro. Recuerdo un líquido, mucho calor, presión y al final, frío. Me siento perdido, de aquí para allá, pero la primera vez que vi la luz, estaba en una bolsa, en un lugar no muy agradable, casi asfixiante. Al menos había muchos como yo.

Mi vida ha sido un caos. He viajado al centro mismo de una máquina expendedora de refrescos: me deslicé por sus entrañas y pasé por sus resortes, justo para car en una caja.

No todo era malo. Un día salí con el cambio de esa oscura máquina y llegué a manos de mi mejor amigo: Ramiro, un niño de siete años. Fuimos inseparables y ganamos muchas batallas. Fui su amuleto de la suerte.

Incluso, para tomar una decisión, me aventaba al aire y, según como salía, tomaba su determinación final: jugo de piña o arándano, columpios o resbaladilla.

Una tarde, todo cambió. Ramiro ya no jugaba conmigo. Se oían gritos en la casa, al parecer Romina, su mamá, había encontrado a Laureano con la chica del aseo.

Con una voz casi inaudible, como ruido de hojas cayendo, dije: “Ramiro despierta, escucho pasos”, pero nunca reaccionó. Se abrió la puerta de la habitación y se llevaron a Ramiro. Jamás lo volví a ver.

Sentí unas manos, vi los zapatos de Laureano salir de la negra habitación.

La humedad que sentí después fue insoportable, como estar acostado sobre un pedazo de gelatina. Junto a mí estaba la foto de Romina, olía a ajo e incienso.

Pasaron cinco años hasta que escuche una voz. Era ¡Ramiro! Era un joven. Levantó mi húmeda prisión.

—¡Joven, joven no toque eso! —gritó Marciano, el cuidador del panteón—. Es un trabajo, mire.

Tomó sus guantes y abrió la boca del horrible sapo. Me sacó junto con la foto de Romina.

Un fuego abrazador me cobijo, estaba en el infierno, rodeado de brasas. Al parecer, era la única forma de acabar con el trabajo.

Adiós, Ramiro.

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La llorona

Escrito por Gabriela Gómez, 07 Nov.

En su juventud, Mario acostumbraba a fumar por las noches, le daba mucha satisfacción y calma. Sin embargo, a su madre Doña Enedina no le resultaba agradable, le hacía recordar a su difunto marido, quien tuvo una muerte muy trágica: cayó desde el balcón de su casa una noche mientras fumaba. Enedina recordaba perfectamente esa noche, y nunca dejaba de lamentarse. Siempre pedía a sus hijos que no fumaran en casa, que lo hicieran en el trabajo o en la escuela, pero el vicio y necedad de los vástagos era mayor al deseo de la madre.

Mario aprovechaba las noches para fumar en el balcón de su casa, a esa hora su madre permanecía dormida mientras que Abel se ocupaba de sus tareas de la universidad.

Mario era el hijo mayor, trabajaba como guardia en una tienda de empeños, era alto y fornido, cosa que heredo de su padre. Solía recordarlo con resentimiento cuando fumaba o al observar la calle desde el balcón. Conservaba aquella noche fresca en la memoria, su padre había caído desde el balcón golpeando su cabeza contra la banqueta. Fue un terrible trauma para él, pero aún más grave para su madre y hermano. Él se obligó a ser fuerte y vio por su familia desde entonces; aunque le era difícil mirar abajo sin sentir escalofríos

Una noche, Mario fumaba como le era costumbre. Pasaban de las dos de la mañana y Doña Enedina fue a buscarlo al balcón. Le riñó con insistencia que se fuera a dormir. Mario procuró ignorarla, pero ella continuó advirtiéndole que tuviera cuidado con la Llorona, que no tardaba en salir por almas. 

—Esas son puras mentiras —respondió Mario molesto.

—Con esas cosas no se juega, Mario. —Enedina siguió hablando del fallecimiento de su esposo. El patriarca se había burlado de aquella existencia legendaria, fantasmagórica, y le pareció divertido esperar toda la noche por ella. El arribo ocurriría la misma noche en que murió.

A Mario le parecía muy molesto que Enedina uniera la muerte de su padre con una leyenda. Arrojó a la calle el cigarro y entró sin decir nada.

 

Al día siguiente, Mario fue a su trabajo como usualmente lo hacía. Durante su hora de comida, recibió a su hermano Abel, quien nunca lo visitaba. Abel parecía muy molesto.

Mi mamá te manda esto —dijo sin saludarlo y le arrojó una cajetilla de cigarros—, dice que los fumes aquí y no en la casa.

Luego de eso, Abel se fue. Aunque Mario lo hubiera querido así, tenía prohibido fumar en el trabajo, y mucho menos en el metro. Él sabía que su madre estaba protegiéndolo de algo absurdo, esa leyenda no era real, y tenía la intención de sacarle esa tonta idea de la cabeza.

Cuando Mario regresó a casa, cenó junto con su familia. Su madre nunca abordó el tema de los cigarros o el balcón, simplemente le pidió que se durmiera temprano, incluso se aseguró de que aquello ocurriera. Le dio su ropa de dormir, que consistía en un simple camisón de rayas que su padre había dejado, uno de muchos que pudo haber terminado lleno de sangre, o en la basura de algún hospital. Mario se fue a su habitación, pero en realidad no durmió. Permaneció sentado en su cama, esperando a que su madre apagara todas las luces y velas del altar de su padre. Enseguida, buscó la caja de cigarrillos y un encendedor. Alrededor de la 1:30 de la mañana salió al balcón.

Hacía una noche fresca. Mario encendió el primer cigarro y lo disfrutó como nunca.
Observaba la calle con mucha atención. La mayoría de las luces seguían encendidas. Miró al fondo y vio el puente. Prestó mucha atención, ya que se decía que ese era el camino habitual de la mujer. Se mantuvo por mucho tiempo en el lugar sin que sucediera nada, veía carros pasar, escuchaba música y bullicio en otras casas, pero nada ocurrió. Sentía el frió de la noche apropiarse de su cuerpo y mente. Un vago sentimiento sobre la muerte de su padre comenzó a aquejarlo. Descubrió que vestía de la misma forma que su padre aquel día, y tenía una caja de cigarros. Sólo le faltaba arrojarse por el balcón y que sus días terminaran en ese momento. Pero no lo hizo. Continuó observando. Terminaba un cigarro y lo arrojaba a la calle. Una y otra vez
.

Mario miró de reojo su reloj. Sus ojos estaban cansados. Comenzó a sentir la agonía por volver a la cama. Estaba a punto de hacerlo cuando sus ojos vieron en el puente a una mujer. Vestía de blanco, su andar era muy lento y sus pasos, cortos. Se tambaleaba de un lado a otro. Una bruma rodeaba su cuerpo, no parecía real. Ella lloraba. Mario podía escuchar su llanto, pero le era difícil creer que era ella en verdad. Mario agitó la cabeza y al ver que la mujer seguía allí salió corriendo hasta la habitación de su madre. Entró apresurado y la levantó de la cama. Le hablaba muy rápido y con nerviosismo, a la pobre madre adormilada le fue difícil saber qué decía su hijo, pero lo siguió hasta el balcón. Mario le señaló el puente, y ambos pudieron ver a la mujer. La madre sólo asintió y se cruzó de brazos, en cambio, Mario agitaba las manos señalando a la mujer.

—¡Es ella! ¡Es ella! —repetía.

—Ya viste que es cierto —pronunció la madre. Su voz de pronto se volvió muy suave y delicada—, no vuelvas a juzgar su existencia o puede llevarse tu alma, así como lo hizo con tu padre.

Mario y la señora Enedina observaron a la mujer hasta que se perdió entre las calles de la colonia. Momentos después, regresaron a dormir.

 

La mañana siguiente, Mario se sentó a la mesa para tomar su desayuno. Abel tenía el día libre, así que después del desayuno volvería a dormir. Mario se sentía agotado por lo poco que había dormido. Cuando recordó lo que vio la noche anterior, no dudó en contarle a su hermano.

—Ayer vi a la Llorona.

Abel se rascó la cabeza y le dio un sorbo al café.

—Mi mamá también la vio —continuó Mario.

Él no le creía, se recargó en la silla y se cruzó de brazos.

—Si no me crees pregúntale.

—¿Qué tanto hablan? —preguntó Doña Enedina desde la cocina.

—Lo que pasó en la noche, mamá.

Enedina fue al comedor y dejo dos platos con huevo y frijoles.

—¿Qué paso? —preguntó ella.

—Que te desperté y vimos a la Llorona, ¿te acuerdas?

—¿Cuál Llorona?

—En la madrugada, vimos a la Llorona desde el balcón.

Sin prestar atención, Abel se hizo dos tacos de frijoles.

—¡Estás loco! Yo no me levanté en la madrugada.

Mario iba a reírse, pero vio que su madre hablaba en serio.

—Entonces ¿Quién estaba conmigo?

—Pa’ mí que lo soñaste, —dijo Abel luego de pasarse el bocado.

—Lo soñaste Mario —repitió Doña Enedina.

Mario estaba muy confundido, por más que le pensó no sintió que hubiera sido un sueño, había sido muy real. Debía irse al trabajo. Ya no tuvo ganas de tomar su desayuno, así que se cambió y se lavó los dientes, y se fue al trabajo, muy desanimado. Cuando salió a la calle se encontró con las colillas de cigarro que había arrojado en la noche. Pudo contarlas. Eran las mismas que él había tirado. Permaneció allí, pensando en quién había sido la mujer que fue con él al balcón. Bien pudo recordar que recibió una advertencia, misma que recibió e ignoró su padre. Esa fue la razón de que muriera aquella noche.

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De la mano del padre

Escrito por Eva Astorga, 31 Oct.

¿Te acuerdas, Lauro, del día que nos conocimos? Fue allá, en la plaza. Tú traías puesto un traje negro bien cortado, de esos que no se encontraban más que en la capital. Mirabas en derredor, distraído, silbando una canción romántica. Yo estaba cargando las compras para la semana. Al pasar junto a ti, se me resbaló de la mano el monedero. Tú lo rescataste y me perseguiste para entregármelo. No olvido lo suaves que me parecieron tus dedos al rozar los míos. Yo que no conocía más que las ásperas palmas de mi padre, avejentadas por la siembra y la ordeña.

No pasó mucho tiempo antes de que me llevaras a la casona de tus padres, tan resplandeciente de oro y plata, y allí, a mitad de la cena, me entregaras un anillo de diamantes, delante de todos. Qué iba yo a saber de todos esos lujos, si apenas aquella tarde me habías llevado a la ciudad a comprar un vestido, para que “tuviera algo decente que ponerme”.

Yo no supe qué responder, sólo sonreí mientras todos aplaudían. Más tarde, mientras me guiabas en el vals, te pregunté:

—¿No crees que debiste hablar antes con mi papá?

—No hace falta. Le diremos ahora. Con un yerno como yo, no podrá negarse —dijiste, ciñendo mi cintura.

Recuerdo cuando nos mudamos al rancho. Tu padre, pese a tus protestas, decidió dejarte en provincia en lugar de darte un puesto como ejecutivo en la capital. Decía que ese trabajo te sentaba mejor, ya que te habías casado con una pueblerina. Esta afrenta, junto con los años de malas cosechas y pérdidas irreparables, terminaron por cambiarte. Aquellas manos tan finas, acostumbradas a tocar sedas y terciopelos, pieles de señoritas adineradas; se convirtieron en instrumento de castigo. Y yo me consolaba en el hecho de que eras un buen padre, de que las niñas nunca recibieron ni un golpe tuyo. Al contrario, te gustaba estar cerca de ellas, peinar sus largas melenas que no tenían permiso de cortar.

Cuando nació Alma, te quedaste en casa para ayudarme. Por la noche, arropaste a las niñas para dormir. Desde la puerta entreabierta, vi una sombra deslizarse sobre el perfil de Aurora, palpando sus formas, mientras tu voz grave le decía: “No tengas miedo. Papá está aquí”.

Desde ese día, la desgracia llegó a nuestra casa. No era raro que te pasaras toda la noche fuera, apostando lo poco que te quedaba. Por eso no fue sino hasta el tercer día que las niñas empezaron a preguntar por ti. Yo les inventé un viaje de negocios, por no decir que estabas con alguna de tus otras mujeres. No puedo negar la tranquilidad que me causó tu ausencia y lo aliviada que me sentí al pensar que no volverías. Una noche, no obstante, mientras Aurora y yo preparábamos la cena, Alba entró gritando a la cocina:

—¡Papá llegó, papá está aquí!

—¿Regresó? —dijo Aurora, llevándose una mano al pecho, con disimulo.

—Sí, yo lo vi pasar por la ventana de la sala. Iba silbando la canción que le gusta.

No puede ser. —Dije en tono seco—. Es muy pronto todavía para que vuelva.

No habían pasado ni dos minutos cuando mi pulso se agitó al oír la puerta.

Alguien toca, —dijo Aurora, volviendo la mirada hacia mí, lentamente.

¡Es papá, es papá! —gritó Alba de camino a la entrada.

Yo corrí para alcanzarla y logré tomar la perilla antes que ella. Al abrir, me topé con la visión de tres trabajadores tuyos que miraban al suelo, con los sombreros entre las manos.

¿Ya ves? Es a ellos a quienes viste.

Señora, —me interrumpió uno de ellos—. Le tenemos malas noticias.

A las niñas no quise contarles los detalles, no supieron de las nueve puñaladas, ni tampoco que le cortaron las manos a tu cadáver, como venganza, según se especulaba, por alguna deuda de juego. Ya bastante perturbadas las había dejado la noticia. Durante varias semanas Alba aseguró que soñaba contigo, que la mirabas desde un rincón de su cuarto. Pese a mis esfuerzos por tranquilizarla, logró infundir miedo en su hermana, quien, una noche, cuando intentaba sobreponerme a la impresión de un golpe seco que me despertara de repente, entró corriendo en mi habitación:

¡Mamá, mamá! ¡Alguien me tiró, me jaló los pies!

¿Qué dices?

¡No sé, yo me estaba levantando para tomar agua! ¡Alguien me tomó por los pies, me tiró!  ¡Estaba debajo de la cama!

¿Qué tonterías dices? ¡No hay nadie debajo de tu cama! ¡No hay nadie en esta casa aparte de nosotras! ¡Es a los vivos a quienes hay que temerles, no a los muertos!

Los días siguieron pasando y las niñas andaban por la casa, evadiendo mi mirada, cargando en el rostro una expresión de ansiedad que, no obstante, no se atrevían a comunicarme desde aquella noche. Una mañana, mientras Aurora me ayudaba a preparar el desayuno, le ordené que saliera al patio trasero y trajera agua del pozo.

¡No, no, suéltame! —gritó.

Salí corriendo para ver qué pasaba y solo encontré un jirón de tela a la orilla del pozo, como único rastro de su presencia. No fue fácil sacarla de allí, tuve que echar mano de todos los escasos empleados que quedaban en el rancho. Dijeron que fue un accidente. Por más que yo insistí en que alguien la había empujado, la policía no quiso investigar.

Yo pasaba noche y día llorando por mi niña, aquella que desde su nacimiento había sido también tu más preciada posesión. Me costaba trabajo encargarme de Alma, casi recién nacida, y la pobrecilla Alba era quien pagaba los platos rotos. Apenas si ponía cuidado en su alimentación y arreglo. Por lo demás, ella debía valerse por sí misma. Cierto día, después de pasar una noche difícil con la bebé, me despertó la luz meridiana y, tras salir de mi sopor, fui a su habitación para verla. No hay palabras que alcancen para describir lo que sentí al encontrarla inerte y contorsionada, luciendo alrededor del cuello su brillante cabellera negra, como un adorno fúnebre.

En vano traté de convencerme de que había sido un accidente, de que era normal para las niñas de cierta edad enredarse en su propio cabello hasta agotar el aire en sus pulmones. Ni siquiera pude llorarla. En vez de lágrimas, tenía una gran rabia atorada en el pecho, en la garganta, en las pupilas. Me quedé sola con la bebé en una casa fría y plagada de sombras. Solo de vez en cuando su llanto lograba quebrar el aplastante silencio de la propiedad.

Cierta urgencia morbosa me llevó a dormir en la habitación de Alba. Desde la cama que una vez ocupara su cuerpecito, distinguí infinidad de formas apenas dibujadas por la luz de la luna sobre la oscuridad del cuarto. Fui sacando muebles y adornos poco a poco, para evitar sobresaltarme con sus siluetas durante la noche. Pero, sin importar cuán vacía estuviera la recámara, al abrir los ojos en la madrugada, siempre me parecía estar rodeada por una multitud de contornos indescifrables. Me aferraba a Alma como único escapulario hasta la salida del sol.

Una noche me pareció escuchar la tonada triste que conociera hace años. El silbido duró solo un momento, en el patio, y luego fue opacado por los aullidos de perros lejanos, salidos de no sé dónde. Alma cayó enferma pocos días después. Los médicos no supieron detectar ningún mal en ella, pero yo sabía que algo había cambiado en mi hija. Parecía contaminada de aquella insoportable quietud que envolvía nuestro hogar. Ya casi no lloraba y dormía demasiado. Yo, en cambio, me rehusaba a cerrar los ojos, siempre alerta del inminente peligro, en especial las noches en que esa cancioncilla era entonada primero en la cocina, luego en el recibidor, la escalera, el pasillo; cada vez más cerca de nosotras. Las notas se extendían apenas unos segundos, pero lograban llenar todas habitaciones, disparando en mi cuerpo el instinto no sé si de huida o de lucha.

Pero la debilidad fue venciéndome. Por más que intenté reducir mis horas de sueño al mínimo para permanecer atenta a los movimientos de Alma, una madrugada me vi envuelta por ensueños de tiempos mejores: la plaza, la cena, tu casa de plata y oro, y nosotros bailando al compás de una melodía conocida, suave y desgastada por los años. Cuando alcé los párpados, encontré a la niña inmóvil a mi lado, su carita cubierta con una almohada que mostraba aún el contorno de las manos que la apretaran contra ella.

Qué tonta fui al no ver que jamás podría salvarlas de ti, arrancarte ese amor retorcido que sentías por ellas. Pude ver en tus ojos, mientras perforaba tu carne con el puñal una y otra vez, aquel odio que tantas veces estampaste en mi piel con tus manos. “Nunca nos dejará en paz”, dijo Aurora mientras me ayudaba a arrastrarte fuera del rancho. Ella parecía conocerte más que yo, tal vez porque a últimas fechas había sido quien te entibiara por las noches, cuando yo te suponía descansando a mi lado.

Sé que vienes por mí. He visto tu sombra pasar con descaro frente a mi ventana, lentamente. Te he oído tararear y silbar esa canción que te gusta. No sé hasta cuándo alargarás mi suplicio, pero estoy segura de que no puedo escapar. Me encontrarás dondequiera que vaya. Te adueñaste de mí y de mis hijas cuando te dejé cercar mi dedo con tu anillo, o quizás antes, desde aquella vez, en la plaza, ¿te acuerdas?

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Estación C. Doria

Escrito por Alicia Islas, 17 Oct.

Te leí entre juegos y eso bastó para tener fe en llanuras cubiertas de cálidas palabras, en las leyendas de la calle y las de mi casa, e incluso aún más lejos muy pegado del reflejo de la luna.

Era verano tenías tantas ganas de salir a brincar con los zapatos de charol y la cara cubierta de grumos de algodón de azúcar. ¡Pero no! ¡Los zapatos debían estar limpios! Corre despacito, que no te escuchen.

Miro el reflejo de la ventana, se tropieza con una mirada difusa pero con mucho fuego a medio apagar con sal, cortantes, cruzadas, perdidas desde el ojo hacia el arete del labio.

Cráteres de labial desterrados por el color del vino.

Cambio de estación…

Olor a vino, tal vez ron y un poco de tabaco o quizá algo más…

Te sientas a mi lado y me saludas, ¡qué sonrisa! 

Te presentas con INE en mano, como si de un trámite burocrático se tratase, y tu celular torturaba mi oído a tan altas horas de la noche.

Cambio de estación…

¡Quema! En verdad me siento fatal, él me dejó, ¡Que se pudra! ¿Has leído México Bárbaro? Léelo, ¡tienes que leerlo! Estudio Sociología, mucho gusto…

Una y otra vez escuchaba su llanto cortado.

Debes decirme en dónde bajar, por favor.

El silencio se comía el tiempo entre una estación y otra con las miradas, los gestos y las pocas ganas de quien habitaba la obscuridad de la ciudad.

Cambio de estación…

Te doy todas las armas que tengo, mi número por si algo pasa en los callejones, invoca antes de entrar a casa.

Una charla calmada antes de despedirnos y una mirada de suerte que tiene piedras, cada mineral con un, “espero que llegues viva”.

Tomas con fuerza tus lágrimas y el gas pimienta, y acomodas los recuerdos para que no se salgan, avanzas con incertidumbre y con más terremotos que esperanzas.

 

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Hikikomori 2.0

Escrito por Editorial Elementum, 03 Oct.

En nuestro mundo hiperconectado puede resultar difícil desconectarse. El flujo interminable de correos electrónicos, tuits, likes, comentarios y fotos nos mantiene constantemente "enchufados" a la vida moderna.

Pero en Japón medio millón de personas viven como ermitaños modernos. Se les conoce como: "hikikomori": solitarios que se retiran de todo contacto social y, a menudo, no abandonan su casa en años.

Una encuesta gubernamental halló que son unas 541.000 personas (el 1,57% de la población) en ese país, pero muchos expertos creen que la cifra total es mucho más alta, pues a veces tardan años en pedir ayuda.

Se pensaba que esta condición era única de Japón, pero en los últimos años se ha extendido por el mundo.

Un tema controversial (pero habitual) en las investigaciones sobre los hikikomori es la influencia de la tecnología moderna en el aislamiento. Todavía está lejos de establecerse cualquier vínculo potencial entre estos dos fenómenos, pero preocupa que la "generación perdida" de Japón pueda ser un llamado de atención de nuestras cada vez más desconectadas sociedades.

El término hikikomori se refiere tanto a la condición como a quienes la padecen y fue acuñado por el psicólogo japonés Tamaki Saito en su libro "Aislamiento social: una interminable adolescencia" (1998).

Enrique Olmos de Ita, en su libro Hikikomori 2.0 nos plantea la historia de Mara, una adolescente a la que recientemente acaban de cambiar de escuela y harta de soportar largas caminatas de su habitación a la nueva escuela, agresiones e incomodidades en el transporte público, pero sobre todo, de tener que aguantar al grupo de chicas que la rechazan, decide convertirse en la primera hikikomori mexicana: la 2.0. la acompañan alba y mara en el camino a la auto reclusión. Sí, una versión de ella misma, pero con 10 años de ventaja, hace uso de la voz para contar esta historia.

 

Con información de Qué son los "hikikomori", los cientos de miles de jóvenes que viven sin salir de sus cuartos escrito por Edd Gent para BBC Future

 

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Diesen Weg gehst du…

Escrito por Erasmo W. Neumann, 26 Sep.

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El autor será siempre responsable de los contenidos generados por él mismo, la veracidad y exhaustividad de la información declarada es responsabilidad absoluta del declarante.
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El sol no llegaba al cénit cuando un individuo se plantó frente al edificio de la Dirección General de Seguridad y, sin decir una palabra, arrojó una nariz putrefacta a los pies de los oficiales que montaban guardia. Aunque en un principio éstos solamente intercambiaron miradas perplejas, pronto repararon en que se trataba del hombre más buscado de Ecatepec: el “Carpintero vengador”. Entonces desenfundaron sus armas cuan rápido les permitieron los nervios y le ordenaron llevarse las manos a la nuca. Él obedeció sin chistar y permitió que lo esposaran al tiempo que, con un suspiro resignado, evocaba los acontecimientos que lo condujeron hasta allí.

            Todo comenzó con la muerte de su hija durante un asalto al transporte público; el ladrón le disparó por rehusarse a entregar el móvil, y aunque el resto de los tripulantes aprovecharon la situación para desarmarlo y retenerlo, el tiro fue fatal. Todavía no se escuchaba la sirena de la patrulla cuando arribó para confirmar, los ojos anegados en amargura, que la víctima era su pequeña. El arresto del responsable fue consuelo efímero: semanas más tarde, su abogado lo enteró de que, puesto que los pasajeros golpearon al criminal y se incurrió en un número de faltas protocolarias durante la detención, el delegado de la Comisión Estatal de Derechos Humanos determinó que se violaron sus garantías y, con ello, dio a la defensa elementos para anular el proceso.

En el acto solicitó audiencia con el funcionario, quien no era sino un chico recién egresado de la universidad.

            —¡Es un atropello! —le espetó—. ¿Qué hay de los derechos de mi hija? ¿Quién la defendió a ella? ¡La mataron y tú ni siquiera alzaste la voz!

El muchacho, sin embargo, no veía en su proceder sino el mero cumplimiento de sus obligaciones.

            —Créame que si fuera usted el preso, señor, también me cercioraría que lo hubiesen tratado con justicia.

            En el Ministerio Público le expusieron argumentos similares, y el juez desestimó cuantos recursos invocó para revertir el escenario. No le restó sino ver, impotente, exonerado al asesino de su hija.

            —Descuide. Ya caerá por otra cosa —le aseguró el fiscal, y aunque él confiaba en que así sería, no estaba dispuesto a esperar.

            A menos de un mes del veredicto, el ladrón amaneció muerto en un callejón de Ciudad Azteca y, como la policía no lo encontrara ni en su domicilio ni en su carpintería, terminó por encabezar la lista de sospechosos. La situación empeoró al descubrirse que en el bajo mundo hablaban de un sujeto que, armado con una clavadora eléctrica y un martillo, intimidó a las personas adecuadas hasta dar con el bandido. No tardaron las más mordaces plumas del municipio en enterarse y difundir la historia del vigilante que, cual manado de alguna tira cómica, se procuró con las herramientas de su oficio la justicia que el sistema no proveyó. La subsecuente cacería del “Carpintero vengador”, como lo referían en las calles, se convirtió en un ardid mediático, y su aprehensión se volvió prioritaria para las autoridades luego de que, a tres semanas de la primera ejecución, vecinos de Tulpetlac informaran el hallazgo de otro cuerpo: el del funcionario de la Comisión Estatal de Derechos Humanos. Además de molerle la cabeza a golpes, le amputó la nariz como para que no la metiera de nuevo en donde no debía.

            Ésta no aparecería hasta que el justiciero se entregara unos días después, resuelto a poner fin a la violencia y encarar las consecuencias de sus actos. Ignoraba, no obstante, que la fortuna no movía aún todas sus piezas: cuando lo conducían al interior del edificio para ficharlo, un hombre se acercó por la calle de López Mateos y, raudo, le descargó los seis tiros de su revólver.

            —¡Esto es por mi hijo, cabrón! —exclamó entre lágrimas antes de que los oficiales lo abatieran.

            Ese homicidio dejó claro que no solamente el carpintero había saciado su sed de revancha, pues la identificación en los bolsillos del agresor lo reveló como el padre del joven delegado de Derechos Humanos. La rabia de uno derivó en la tragedia del otro y, en su dolor, ambos escribieron con sangre una historia que en esa sucia acera llegó a su punto final.

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Literatura para entender a nuestro México lindo y herido

Escrito por Editorial Elementum, 12 Sep.

Están por llegar las fiestas patrias y por ello te traemos una serie recomendaciones literarias para comprender a México, el país más grande de América Latina. 

 

Temporada de huracanes
Autor: Fernanda Melchor
Editorial: Random House

La historia, narrada en forma de novela, se desata tras el hallazgo de un cuerpo flotando en un canal de riego por parte de un grupo de niños.

La misma Melchor, quien es originaria de Veracruz, contó que la novela, publicada en 2017, empezó con una nota roja que se encontró en un periódico local, cinco años antes.

"A partir de ahí, los personajes involucrados en el crimen nos contarán su historia mientras los lectores nos sumergimos en la vida de este lugar acosado por la miseria y el abandono, y donde convergen la violencia del erotismo más oscuro y las sórdidas relaciones de poder", resume la editorial Random House.

 

 

La nación desdibujada
Autor: Claudio Lomnitz
Editorial: Malpaso

Se trata de una recopilación de 13 ensayos "sobre los problemas que enfrenta el México de hoy y cómo llegamos a este México desencantado".

Según la editorial Malpaso, los textos, escritos entre 2002 y 2015, confirman a Lomnitz como "uno de los grandes analistas de la realidad mexicana".

"La nación desdibujada plantea un recorrido crítico a través de la realidad mexicana actual siguiendo la pista de sus iconos -populares y oficiales− y de los acontecimientos que la han convertido en lo que es", sostiene la editorial.

 

 

Ellas que sonríen. El poder rosa en el círculo del poder
Autor: Norma Pérez Vences
Editorial: Elementum

Este libro es un acercamiento íntimo a los hilos del poder político, a través de confidencias realizadas a Norma Pérez Vences por esposas de los gobernadores en funciones de Aguascalientes, Baja California, Coahuila, Durango, Hidalgo, Morelos y Tabasco. Ellas que sonríen es un mosaico conformado por experiencias muy diversas de estas mujeres, sin lugar a dudas influyentes, que cotidianamente enfrentan la disyuntiva de ejercer un poder para el cual no fueron electas, o dejar pasar la oportunidad de abonar su experiencia a la transformación y mejora de su realidad.

 


Manifiesto mexicano: cómo perdimos el rumbo y cómo recuperarlo
Autor: Denise Dresser
Editorial: Aguilar

La editorial lo describe como "una lectura obligada para ciudadanos críticos y propositivos" y "un libro lleno de rabia y amor perro por el México maltrecho que debemos rescatar".

En sus páginas, los lectores encontrarán una disección de algunos de los escándalos más sonados en México durante los últimos años de Ayotzinapa a la Estafa Maestra. Y mucho más.

 

 

Tropa vieja
Autor: Gral. Francisco L. Urquizo
Editorial: Fondo de Cultura Económica

La novela, narrada en primera persona, cuenta la historia de un soldado durante la Revolución Mexicana y fue publicada por primera vez en 1940.

Urquizo falleció en 1969, pero "Tropa Vieja" ha sido reeditada numerosas veces.

En 1987 el Fondo de Cultura Económica también publicó un nutrido volumen de sus Obras escogidas, con una "Presentación" de Alejandro Katz.

 

 

Con información de: https://www.bbc.com/mundo/noticias-45497964

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