Entradas Recientes

¿Y dónde están los calcetines?

Escrito por María Elena Ortega, 06 Jul.

Si te gusta este fragmento puedes adquirir el libro electrónico en la tienda virtual de Lektu, sólo dale clic al enlace y listo: https://lektu.com/l/editorial-elementum/y-donde-estan-los-calcetines/13198?af=com

Si te gusta este fragmento puedes adquirir el libro electrónico en la tienda virtual de Lektu, sólo dale clic al enlace y listo: https://lektu.com/l/editorial-elementum/y-donde-estan-los-calcetines/13198?af=com

Si te gustó este fragmento puedes adquirir el libro electrónico en la tienda virtual de Lektu, sólo dale clic al enlace y listo: https://lektu.com/l/editorial-elementum/y-donde-estan-los-calcetines/13198?af=com

Continuar Leyendo

El lenguaje de las manos

Escrito por Eiden Zaragoza, 02 Jul.

Lo dejó ir.

O bien podría ser al revés. Daniel se encontró perdiendo el anclaje de la situación ¿Quién recibió el mensaje primero? ¿Quién lo escribió? Y con una aplastante sensación de derrota se pregunta: ¿acaso importa?

El sol acostado sobre el mosaico, bañando la cara de Pablo, sus largas pestañas apenas acariciando su mejilla, inseguras de poder hacerlo. Daniel bocabajo, jugueteando con sus dedos la pulsera de cuerda en la huesuda y fuerte muñeca de Pablo. The White Stripes cantando de fondo, la música empapando la habitación en un mar de serenidad, porque Daniel no se atrevía a describirlo como uno de alegría. Posiblemente fue eso lo que los condenó.  

Sus dedos danzaron como hipnotizados, empujando las yemas con las propias, en un ritual que había nacido y sido cuidadosamente nutrido a lo largo de los años. Es curiosa la forma en la que dos personas sin lazos sanguíneos pueden ser capaces de desarrollar un lenguaje propio, constituido por miradas, sonrisas, frases cortas, golpecitos en alguna parte del cuerpo, etc. Ellos sembraron el suyo en las manos. Cada dedo era una extensión del otro, como un todo cuyo significado sólo les pertenecía a ellos. Lacónico, tierno, juguetón. Cualquier intruso amenazaba con envenenar el flujo de información. Culpable recuerda cuando intentó enseñar ese lenguaje a su madre, ganándose un manotazo por tener las manos tan pegajosas.

Recién cumplía doce y Pablo once cuando se percataron de lo incómodo que eran las miradas que sus madres les lanzaban cada que los pillaban aferrados de los dedos. No lo comprendían, antes a nadie parecía importunarle. Ambos acordaron hablarse con las manos en silencio, apartados, casi ocultos de los demás.

Sus madres eran viejas amigas de la preparatoria y vivían a unas cuantas casas de distancia. Ellas y la niñez los unieron. Ahora la adolescencia los obligaba a cambiar y ambos, tercos, se rehusaron a dejar que los separara. Su lenguaje se transformó, sus manos no eran más regordetas o pegajosas, ahora las venas se asomaban por la piel y la grasa era un recuerdo vago de lo que fueron. Ya no sólo hablaban de boberías típicas de críos, ahora su diálogo era diferente: más enfocado, más íntimo. Sin darse cuenta, así como es la vida, un aliento, sus manos comenzaron a sudar, su corazón a latir hasta taparle con algodón las orejas, su sonrisa a enchuecarse torpemente ante el rubor en los cachetes de su siempre amigo. Ninguno de los dos se atrevió a reconocer lo que sucedía, y tampoco ninguno trató de parar aquello tan foráneo y desconocido que se cosía en lo más profundo desde el calor de sus manos.

Ahora, Daniel rememora la actitud de ambas familias, que intentaban descorazonadamente separarlos. Estaban asustados, y él no los culpa por ello, pero sí por haberlo logrado. Su madre invitaba a niños del colegio y de los alrededores con la esperanza de que lo alejaran de Pablo, y éste a su vez soportaba los intentos sutilmente agresivos de su padre de convertirlo en hombre, con deportes que no disfrutaba y chicas guapas llevadas a casa como si se tratase de una pasarela.

Pablo lo besó primero, comenzando por el dorso de su mano para después subir a los labios. Ninguno de los dos sabía lo que hacía, se enfocaron únicamente en lo bien que se sentía conectar de esa manera. Con melancolía, Daniel recuerda el terror que les carcomía la panza por ser descubiertos. Para entonces, la idea de que una pareja de hombres era un crimen ya había echado raíces en ambos. La indescriptible idea de ser raros y desviados construyó una barrera de pánico.

La felicidad se quebró cuando el padre de Pablo entró a la habitación, para encontrarlos recostados en el piso, dedos entrelazados y sonrisas pares. El hombre gritó y escupió, ahogando el solo de Jack White. Tomó a Pablo por el brazo y lo golpeó, ni siquiera se detuvo cuando estaba en el piso llorando y rogando, y Daniel no pudo hacer nada, tuvo que irse antes de que las amenazas de muerte se volvieran realidad.

Así que ambos se soltaron. Se olvidaron.

Días después, Daniel observó la silueta de Pablo en el asiento trasero de la camioneta blanca, mientras la vida le daba una generosa bocanada de decepción. Su corazón se rompió al leer el corto e indiferente mensaje de Pablo, que su mamá amablemente le entregó por la mañana. No se volverían a ver.

Fue tan brutal el golpe, que poco sabía hacer para remendar el músculo, entonces lo dejó así, abierto y torcido, quizá se repare solito. Veintidós años después, el celular vibró en sus manos. Un número desconocido brillaba en la pantalla. Un mensaje. Así como se cerró ese capítulo en su vida, se reabría. Sucio, descuidado y olvidado. Su corazón latió (¿cómo no se dio cuenta de que ya no lo hacía?) presentándole una oportunidad para cerrar esa parte de su vida. Para dejarlo ir de una vez por todas.

Las arrugas adornaban el lienzo de sus rostros, ya no son más unos chiquillos. Sus manos gravitaron inseguras, hasta sujetarse de nuevo, reviviendo un lenguaje olvidado. Daniel miró nervioso a su alrededor, pero Pablo apretujó su mano con cariño. Olvídate del miedo, recuérdame, le suplicaba. ¿Para qué dejarlo ir si podía recibirlo con las manos abiertas? 

Continuar Leyendo

Luna nueva.

Escrito por María Elena Ortega, 29 Jun.

Si te gusta este fragmento puedes adquirir el libro electrónico en la tienda virtual de Lektu, sólo dale clic al enlace y listo: https://lektu.com/l/editorial-elementum/la-imperfeccion-del-silencio/13312?af=com

Hoy es sábado. Mi abuelita murió un sábado de luna llena. Desde esa ocasión no he vuelto a cortarme el cabello. Aún no lo tengo tan largo como a ella le gustaba.

Cuando cumplí cinco meses de nacida mi madre me dejó para irse a la ciudad porque aquí no había trabajo. La abuela y mis tíos vendían leña y costales con tierra: el monte les pertenecía, pero ahora está prohibido saquearlo.

Mi pueblo, Maxala, está ceñido al monte. Los árboles y la neblina deshilachan por las mañanas y por las tardes la luz del sol, por eso casi siempre hace frío. Maxala parece vivir escondido entre los árboles: las casas están hechas del mismo barro del que se alimentan los pinos; con sus muros y techos cubiertos de musgo, parecen árboles. Sólo en junio y julio el sol se inclina para entibiar un poco más las casas. Son días cálidos: la neblina no baja de la montaña, sale tibiecita del suelo. En esos meses las plantas de mi abuela florecían sin modestia. Mi abuela y yo aprovechábamos esa calidez para pasar más tiempo en el patio.

“Mali, traite tu banquito”, me decía con voz dulce y me sentaba junto a sus piernas huesudas. Con una escobetilla de ixtle desenredaba mi cabello: lo peinaba, lo peinaba y lo peinaba muchas veces. Sólo se detenía para sacar los caramelos de la bolsa de su delantal. Mientras que yo me comía uno, ella se comía tres.

—Abuela, encontré un pajarito muerto, ¿la mamá lo echó del nido porque era el más feo?

—Ajá.

—Ahora no me trepé al árbol para verlos, pues el otro día me dijiste que si los veía la pajarita ya no los iba a querer.

—Ajá.

—Mira abuela, ya hay moras en la pared, ¿verdad que aquí hasta en las piedras se pueden dar los frutos?

—Ajá.

—El domingo que viene mi mamá, me haces mis trenzas, porque no le gusta que traiga el cabello suelto.

—Ajá —exhaló un suspiro lloroso— …ya viene por ti.

Ese día soltó más palabras que las que yo quería escuchar. Al principio no entendí nada. No sé si fue temor o alegría. Mientras me escobillaba el cabello me dijo que ya era tiempo de irme a vivir con mamá; luego regresó a su dulce silencio. El sonido de la escobetilla, alisando mi cabello, llenó mi cabeza de preguntas.

—Dejé una bolsa junto a tu cama pa’ que guardes tus cosas.

Quise decirle que no me quería ir, pero se me enredaron las palabras y sólo atiné a decir:

—Ajá.

Sí, abuela, hoy es sábado, el día que mido el largo de mi cabello. Aunque lo cepillo trece veces al día, esta semana sólo ha crecido tres milímetros. Necesito recolectar más cáscara de encino para enjuagarlo.

No me quería ir a vivir con mi madre, ella tampoco quería llevarme, pero la abuela le mandó decir que ya era el momento.

Empecé a añorar el frío con sus gotitas de agua: el calor de la ciudad tenía el aire podrido. Ese conjunto interminable de casas, gente y autos nunca se callaban. Tampoco mi madre: “Malí, lava los trastes; Malí, lava la ropa”. Como no sabía hacerme las trenzas me dejé el cabello suelto.

—Eres una inútil, aprende a trenzarte: así te ves muy fea. Intenta peinarte.

Mientras cepillaba mi cabello para tratar de hacerme las trenzas, sentía como si las manos de mi abuela lo estuviesen acariciando. También escuchaba el suave siseo que hacía, cuando pedía silencio para que oyéramos el canto de los pájaros.

—Vendrá a visitarme Carlos, es un amigo y me dará vergüenza que te vea greñuda, ¡péinate! No quiero que sepa que eres mi hija, desde hoy eres una sobrina y llámame por mi nombre: Emilia.

Entendí lo que dijo porque la abuela ya me había advertido. “Allá las cosas son muy distintas”, tenía razón. “Tía Emilia” se pintaba el cabello de rojo y antes de dormir se ponía los “tubos para enchinar”.

Si te gusta este fragmento puedes adquirir el libro electrónico en la tienda virtual de Lektu, sólo dale clic al enlace y listo: https://lektu.com/l/editorial-elementum/la-imperfeccion-del-silencio/13312?af=com

A los veintinueve días de vivir con ella, sentí que aumentó su enojo contra mí porque el cabello y mis senos habían crecido.

—Ponte mi suéter y péinate, te ves horrible.

Le dije que ya tenía que cortarme el cabello, que la abuela lo hacía en cuanto me llegaba a la cintura.

—No des lata, un día de estos te llevo.

—Pero debe ser en luna nueva.

—Esas son sólo ideas tontas de tu abuela.

Carlos era como mi abuela, decía poco, pero sus ojos amarillentos no dejaban de pasearse sobre mi cabello, luego se quedaban fijos sobre mi boca. Emilia se dio cuenta de que su amigo me veía con lástima porque un día decidió por fin llevarme a la peluquería. No me importó que faltara una semana para la luna nueva, ya no quería verme tan horrible como decía mamá.

—Déjeselo bien cortito —ordenó a la estilista—: a esta niña no le gusta peinarse. A ver si así se le quita lo fea. Cuando lleguemos a la casa voy a tirar esa agua de encino que te pones en el cabello, no me importa que te la haya dado la abuela. Te voy a comprar un jabón para que te laves el cabello.

Mi cabello dejó de oler a tierra húmeda, ahora olía a lavanda, pero ya no crecía tan rápido. Se puso seco como una planta de xixi.

La abuela sabía la talla de mi vestido tan sólo con verme, ella misma los hacía. Mamá no. La ropa que me compra me queda grande. Dice que así se cubren los bultos que afean mi cuerpo.

—¿Emilia, porqué a las vecinitas les dejan el cabello suelto?

—Son niñas de facciones más finas —atinaba sólo a decirme—, les queda todo, a ti no.

Carlos sonreía burlón a lo que decía mi madre mientras sus ojos saltones rodaban sobre mi rostro, se quedaban un rato fijos sobre mi boca y luego bajaban despacio hasta mis senos.

Al día siguiente regresamos a la peluquería, mi madre le pidió a la empleada que me hiciera unos rizos permanentes.

El líquido que me pusieron para hacerme los chinos hizo que me ardiera mucho la cabeza. Una hora después me quitaron los tubitos. El cabello estaba amarillo, seco como paja. La muchacha del salón me consoló diciendo:

—Con esa cara tan bonita que tienes, ni quien se fije en tu pelo.

Una semana después, mi madre lamentó que mi apariencia no hubiera mejorado, mucho menos con el cabello quemado: me volvió a llevar a la peluquería para que me raparan. Ese mismo día, cuando llegó Carlos a la casa, al verme acarició mi cabeza pelona y tocó mi nariz.

—Mira, bonita naricita que tienes.

El resto de la tarde Emilia no habló, el silencio se sentó incómodo entre los tres hasta que ella decidió encerrarse en su recámara. Escuché que lloraba. Era día de luna llena, yo creo que por eso estaba triste. Mi abuela decía que a las mujeres se les descompone el corazón cuando hay luna llena. Yo también me puse triste, porque anoche soñé con ella; peinaba mi cabello con sus manos y me decía casi en susurros: “Trenza tu cabello con listones amarillos para que te protejan”, pero en mi sueño ella había tejido mi pelo con listones negros.

Carlos fue a ver a mi mamá a su recámara. Aunque la puerta estaba cerrada y hablaban bajito, escuché que sus voces sonaban enfadadas. Mamá empezó a llorar y como el llanto le partía las palabras ya no entendí lo que decía. Carlos regresó, se sentó junto a mí, miró lo que hacía en mi cuaderno, dibujaba árboles: así recordaba dónde estaba mi casa, porque ésta no la sentía mía.

—Usa lápices de diferente color para darle textura al tronco —me decía al tiempo que se me acercaba más—. Mira, así. Empieza en una sola dirección con este color.

La lección quedó rota con la presencia amenazadora de mi madre. Traía un cuchillo que temblaba entre sus manos.

—¡De esto te estaba hablando! —decía señalándome con el cuchillo—, de la atención que le pones a este monstruo. Te advertí que no me obligaras a hacer una tontería.

No me moví, no dije nada, mi respiración se agitó. Las palabras de la abuela se soltaron dentro de mi cabeza: “Quédate quieta, respira quedito”, me dijo el día que un coyote se metió en la casa. Estaba frente a nosotros, se movía lento a la derecha y a la izquierda. “Que no huela tu miedo”.

Carlos también respiraba quedito, pero no se estuvo quieto, se levantó despacio, dio unos pasos a la derecha y luego a la izquierda. Sus ojos saltones se clavaron en mamá. Ella se aferraba al cuchillo; ya no sólo le temblaba la mano, sino también todo el cuerpo. Al ver la cortada que le hizo a Carlos en la mano, mamá corrió por un trapo.

—Perdóname, perdóname —le decía mientras besaba muchas veces la herida que no paraba de sangrar.

“Las desgracias nunca vienen solas”, decía mi abuela. Esa noche, Carlos abandonó a mi madre y esa misma noche, nos avisaron que la abuela había muerto.

Como mamá estaba enferma de tanto llorar, me fui sola al pueblo.

—Tu abuela te extrañaba mucho —me dijo mi tía Josefa—. Sabía que sólo le faltaban dos lunas nuevas para irse, por eso te mandó con Emilia. Por las tardes jalaba tu banquito y se lo ponía junto a sus piernas. Aunque no debía, se la pasaba comiendo caramelos, decía que así le quitaba la amargura al día. Se llenó la sangre de azúcar.

Después de enterrar a mi abuela ya no quise regresar a la ciudad. Mi madre tampoco vino a buscarme.

Hoy es sábado y aún faltan muchas lunas para que el cabello me llegue otra vez a la cintura. ¡Sí abuela, ya aprendí a tejerme la trenza! Cuando esté lista la pondré en tu tumba. Lo sé: la cortaré hasta que sea luna nueva.

Si te gusta este fragmento puedes adquirir el libro electrónico en la tienda virtual de Lektu, sólo dale clic al enlace y listo: https://lektu.com/l/editorial-elementum/la-imperfeccion-del-silencio/13312?af=com

Continuar Leyendo

Semilla sin suerte.

Escrito por Alicia Islas, 25 Jun.

El frágil movimiento de los pájaros alrededor que aletean y  mueven las semillas lejos de la tierra, secas desgastadas y descarapeladas, listas para ser otras cosas. Quizás uvas, sarcásticas y ruines con los años; quizás puras y siempre bien recibidas manzanas, que bien podrían dejar de ser tan arrogantes; pero podrían ser aguacates, de los que reniegan de todo lo que no está en su sitio y viven del qué dirán.

 

Un perro furioso te ahoga y te estorba al cortar el viento que viene de frente, ese que da la vida, que da la fuerza, que da el sentido.

 

¿Que detiene tu andar hacia fondo?, ¿eres desecho y no floreces? o tropiezas con agua y formas algas a tu alrededor.

 

Te tiras en la acera y brincas las estupideces que te unen a las razones, cobras caro por cada vez que no salen hojas, mendigas sol y dejas que el perro, en sus necias patas, coloque tus restos.

 

Sentir la sed nunca estuvo mal, sentir el desgano, mal nutrida fuente de paz. Tus rasgos, desde el centro blanco hasta el café cobrizo, casi oro de la última capa, que juega con los campos tierrosos, que todos ven, que todos aman, que les permite tenerte entre las manos, que miran y pueden juzgar y devorar.

 

Con cariño atesoras el mínimo de lo que una niña con una enorme trenza te da, un poco de canto por las mañanas en la ventana del cuarto oscuro, ella te atrapa y te tiene, en verdad te tiene y no te dejará de cantar.

 

Se acercan las fechas idóneas para sembrar, tu certeza feroz está, pero no hay salidas fáciles, te ahogas, pero te atreves a descascarillar y no mueres y mantienes el frío perfecto para no perder  lo suficiente,  para que de apoco sientas y de repente sientas más.

 

Estás en latencia, lo haz perdido todo, te secas confusa. Ahora lo tienes todo, maldita y con destino marcado en las piedras. Eres semilla con años de antigüedad, que espera desesperadamente germinar.

 

Ríndete.

Continuar Leyendo

La maceta.

Escrito por Alessandra Grácio, 22 Jun.

Si te gusta este fragmento puedes adquirir el libro electrónico en la tienda virtual de Lektu, sólo dale clic al enlace y listo: https://lektu.com/l/editorial-elementum/loteria/13181?af=com

¡Ay! qué bonito es volar,

a las dos de la mañana,

a las dos de la mañana,

¡ay! qué bonito es volar, ¡ay mamá!

“La bruja”, canción popular veracruzana

 

Juan Pablo es mi nombre. Sí, todavía soy yo. No son las dos de la mañana… No sé qué hora es… No fue bonito volar porque no tengo alas…El cielo parece más grande cuando lo miras desde el suelo. ¿Elenita?

Elenita, ¿me perdonas? Te hice pedazos, pero trataba de salvarte y llevarte con tus papás y Huesos, llevarte de vuelta a la escuela…Pensé que podría cargarte, no quise dejarte caer. Ahora que tus huesos son de barro quisiera decirte que no te preocupes. Cuando vengan por mí… Cuando vengan por nosotros, te voy a pegar pedacito por pedacito y tú volverás a ser tú.

¿Sabes? Descubrí que los niños y las niñas podemos ser buenos amigos el martes 13 de octubre a las 8:15 de la mañana cuando la Miss se detuvo en la letra D:

Díaz Morales Elena. ¿Díaz Morales Elena?

No vino lo dijo alguien, no recuerdo quién fue.

Tu silla vacía me hizo pensar que tendría que jugar con Tadeo y Santiago en el recreo o, de plano, perdérmelo para ir a la cafe a pelearme por una de las rebanadas de pizza fría que nos venden a quince pesos. Cuando puedas regresar te invitaré una. Faltan algunos días para la Navidad pero para Día de Reyes estarás como nueva y me presumirás tus juguetes porque sí te has portado bien. Estar como estás no es culpa tuya. Tuviste mala suerte, no hiciste ninguna travesura.

Hace unos días fui a la biblioteca por un diccionario (aún no he encontrado el mío, ¿tú crees?) y volví a ver El libro de las brujas colocado junto a las enciclopedias y no en la repisa de cuentos para los niños de secundaria como la última vez. Lo reconocí por el color rojo. Creo que esto también es parte del hechizo: encontrármelo cada vez en un lugar distinto y que la bruja de la portada me confirme con su mirada que es Doña Anastasia.

 

*

¡Ay! me espantó una mujer, ¿a dónde?

en medio del mar salado,

en medio del mar salado,

¡Ay! me espantó una mujer, ¡ay mamá!

 

¿Te acuerdas cuando lo descubrimos? Parece que fue ayer cuando la Miss nos mandó a la biblioteca para investigar sobre los invertebrados y tú encontraste El libro de las brujas en la repisa de Ciencias Naturales. No fue la portada roja lo que te llamó la atención, sino el hecho de que la bruja de la portada se pareciera tanto a Doña Anastasia, tu vecina. Me acuerdo de tu cara de espanto y de cómo me lo explicaste muy bajito porque así es como se habla en las bibliotecas: “¡Lo sabía! ¡Lo sabía! Siempre lo supe”, dijiste.

Ese mismo día te acompañé a tu casa por primera vez, no porque dudara de ti, sino porque siempre quise conocer a una bruja de verdad. Sólo conocía a esas de los cuentos como la que le dio la manzana envenenada a Blanca Nieves o la que se quería comer a Hansel y a su hermana Gretel después de engordarlos con dulces y galletas, pero la verdad, por más feas que parecieran no me causaban miedo. Aunque si Doña Anastasia, en realidad se parecía a la bruja de la portada del libro rojo, sí que sería aterradora. Era demasiado “normal” para ser bruja y algo me decía que a esas sí había que temerles.

Antes de cruzar la calle te detuviste:

—Allí es.

—¿Abarrotes San Juan? —te pregunté refiriéndome a la tiendita cuyas letras desteñidas señalaban lo que parecía ser un lugar común y aburrido.

—Eso era antes.

—¿Antes?

—Sí. Antes de que se le muriera su esposo.

—¿Es viuda?

—¡Claro! ¿Qué te acabo de decir? ¡Duh! —te burlaste de mí por primera vez y luego te reíste, quizá porque me puse rojo. Sentí cómo se me quemaba la cara.

—¿“Qui ti iquibi di dicir”? —te arremedé. No podía quedarme como el tonto de los cachetes rojos.

—Antes vendían abarrotes, pero cuando enviudó se tuvo que dedicar a vender semillas, chiles secos, hojas de maíz… —continuaste sin hacerle caso a mi inútil arremedo.

—¿Por qué?

—Se dice que porque amenazó a los repartidores de pan, galletas, jabones y papel de baño con chuparles el alma si se tardaban en surtirle y poco a poco fueron dejando de venir por miedosos.

Abarrotes San Juan formaba parte de una construcción antigua, en cuya parte baja se encontraban otros dos locales: Ferretería Santa Cruz y Papelería Los Ángeles, que convivían aparentemente sin asombro con el negocio de una bruja. En el piso de arriba tres diferentes balcones dejaban ver, por sus plantas y piezas de ropa disciplinadamente tendidas, que estaba habitado. Bueno, dos balcones. El balcón que estaba arriba del local de Doña Anastasia era el único vacío.

—Yo vivo en el de en medio. La papelería es de mis papás. La heredaron de mis abuelos. Ellos fueron los que me contaron del esposo de Doña Anastasia… ¡Ash! Ya le dije a mi mamá que no colgara mi ropa en el balcón —dijiste muy molesta.

 —¿Por qué?

—¿Sabes guardar secretos?

—Sí —contesté.

Mi cachete se puso rojo otra vez. ¿Por qué?

—Sofía y Gaby pasan seguido por aquí. Viven en la Privada de Los Olmos que está a dos cuadras

— ¿Y eso qué tiene?

—Pues se burlan de mi ropa colgada. Dicen que ya vieron mis pijamas y… ¡mis chones!

Otra vez. Cachetes rojos otra vez.

—La blusa de unicornio se ve cool.

—¿Te gustan los unicornios?

—No.

—¿Entonces? Bueno, ya… ¿Entramos? —dijiste fastidiada.

— ¿A dónde?

—Pues a la tienda de Doña Anastasia. A la casa de Huesos que no va a ser.

—¿Quién es Huesos?

—Mi perro.

—Ah…

—¡No seas rajón!

—No lo soy.

—Pues ándale…

Si te gusta este fragmento puedes adquirir el libro electrónico en la tienda virtual de Lektu, sólo dale clic al enlace y listo: https://lektu.com/l/editorial-elementum/loteria/13181?af=com

*

A la bruja me encontré

en el aire iba volando

en el aire iba volando

a la bruja me encontré, ¡ay, mamá!

 

La tienda olía a especias, a polvo y también a chocolate y a mole rojo. Descubrí por la sorpresa en tus ojos que, aun siendo su vecina, jamás habías entrado a la tienda; no te dije nada porque me quería guardar la posible ilusión de haberte inspirado un valor que nunca habías tenido. Te hubiera dicho ahí mismo que quería que fueras mi mejor amiga, pero luego me imaginé a Tadeo y a Santiago burlándose de mí y mejor ya no te dije nada. Qué tonto, lo sé…

Ay, Elenita… Te confieso algo. Sé que es muy feo lo que te voy a decir… ¿Sigues ahí? Sé que sí. Pues te digo: A veces deseo que el hechizo les hubiera pegado mejor a ellas, a Gaby y a Sofía y que tú siguieras siendo la niña que siempre fuiste, con tu voz chillona, tu cabeza “trenzuda”, tus ojos de espanto y las ganas por desvendar misterios.

La misa no tardará en terminar, se fueron los del pueblo a rezar por ti y, cuando acaben, volverán a la calle, nos encontrarán y les explicaré todo. ¡Me van a creer! Como vienen de misa van a pensar que Diosito hizo un milagro. ¡El milagro de encontrarte!

Cuando Doña Anastasia salió al mostrador vi que tenías razón. Era igualita a la mujer de la portada del libro rojo: traía esa mirada que parece que lo sabe todo sobre uno, hasta las cosas que no sabes de ti mismo. Cuando la vi, supe que la sonrisa que casi sacó fue porque al instante se enteró (nada más con mirarme) de mi miedo a la oscuridad, de que lloré en el baño cuando Tadeo puso el pie para que me cayera delante de los de la secundaria y ellos se rieron de mí… En el patio no hice nada, me levanté y ya, no quería que me dijeran mariquita, me lastimé la rodilla, me dolió…pero me dolió más porque Tadeo lo hizo. Él no es mi amigo. Tú sí. Ahora ya lo sabes.

—¿Se les ofrece algo? —nos preguntó.

Su voz era muy, muy grave. No contestamos nada. Ella insistió:

—¿Qué necesitas, Elena?

Nuestro espanto fue tan grande al ver que sabía tu nombre que nos fuimos sin decir nada. Ahora pienso que ella sabía tu nombre porque es tu vecina y te conoce. ¿Sabes qué? Se me hace raro que no se haya asomado aún por el balcón. Hicimos ruido al caernos. Como es bruja no creo que haya ido a la misa. Ha de tener el sueño muy pesado.

Nos preguntábamos en aquel entonces qué tipo de bruja sería Doña Anastasia porque tú ya habías leído en “muchos lugares” que en México siempre ha habido brujas y brujos. Hay unos que entran por la ventana y les roban el alma a los niños, los nahuales que se transforman en animales, los que comen semillas y pueden ver las almas de las personas y también los que se comen sus corazones. Entre los que asustan a los grandes y se chupan el alma de los más pequeños también están los que pueden leer el futuro en los granos de maíz y los que pueden curar enfermedades y atrapar los males adentro de un huevo.

Quizás por eso Doña Anastasia vende semillas. Ella ha de ser una bruja de las que comen semillas, además de hacerte lo que te hizo.

Eres más valiente que yo, aunque también le tuvieras miedo por las historias que oíste y por las cosas que te imaginaste, la verdad es que comenzaste a disfrutar espantarme en el camino de regreso a casa. Tu voz chillona se hacía grave para cantarme versos de “La bruja”. Luego te reías y seguíamos el camino hasta que yo te dejaba en tu casa y me seguía a la mía tratando de pensar en otra cosa que no fuera Doña Anastasia entrando por la ventana de mi cuarto por la noche para chuparme el alma.

 

*

 

Me agarra la bruja

me lleva a su casa

me vuelve maceta

y una calabaza.

El 13 de octubre fui a buscarte a la papelería de tus papás para decirte que conseguí una de las últimas rebanadas de pizza de la cafe, que por primera vez en la vida la Miss no había dejado tarea y que jamás se te ocurriera faltar a la escuela otra vez. Para mi sorpresa, la cortina estaba entrecerrada. Me agaché y no vi a nadie. Miré hacia el balcón: vi ropa colgada. No te habías mudado, ¡que alivio! Los ladridos lejanos de Huesos me hicieron suspirar aún más profundo.

—¡Niño! —espantó mi alivio la voz grave de Doña Anastasia.

Ahora yo estaba solo con ella. No pude salir corriendo porque eso sería hacerle ver que le tenía miedo, y como siempre dice mi papá: “que tus miedos no sepan que les tienes miedo”. Me aguanté.

—Hola.

—No es un buen momento para que andes por acá.

—¿Por qué?

Doña Anastasia me señaló un cartel en la pared. Tenía una foto tuya y la descripción de tus rasgos: Ojos cafés. Cabello castaño oscuro. Decía que habías ido a la panadería La Gloria a las 6 de la tarde del día anterior y que no habías regresado.

—No sabes dónde está, ¿verdad? Reza por ella —me ordenó.

Me fui a mi casa y por el camino veía a muchos carteles iguales, todos con tu foto. Todos diciendo que estabas “desaparecida”. Al día siguiente en la escuela me llamaron en la dirección para preguntarme si sabía algo de ti. Les dije que no. Ese día la Miss nos habló de la importancia de no hablar con extraños. Tú no hablabas con extraños. Eres mucho más lista que yo, lo debo de aceptar.

Pasaron dos, tres, cuatro días. En la escuela todos hablaban de ti, de la falta de seguridad. Algunos niños dejaron de ir porque sus papás no querían que salieran de casa, por lo menos “por unos días”. Algunos decían que te habías ido de vacaciones, otros que estabas escondida porque eras muy traviesa. A esos les quería golpear. Te confieso que sentí rabia. ¿Cómo desapareciste sin avisarme? Tu silla vacía en el salón, regresar a casa sin tus bromas y arremedos, tus libros favoritos cerrados en la biblioteca.

Desde el 13 de octubre no he cambiado mi ruta de regreso a casa. Podría haber buscado un atajo pero pasaba diario por esta acera con la esperanza de verte. Hasta que un día sucedió. Antes de cruzar la calle volteé la mirada hacia el balcón de Doña Anastasia. Sentí que mis cachetes se pusieron rojos. Escuché tu voz cantándome “La bruja” muy cerca del oído con tu voz grave y burlona. Allá estabas tú. En el balcón antes vacío de la “come semillas” ahora lucía una maceta con unas flores tan rojas como los listones que remataban tus trenzas. ¿Por qué te haría eso? Te quería dar una lección, claro estaba. Pero, ¿por qué? Eras… digo, eres una niña y los niños nos burlamos de algunos adultos a veces, pero eso no significa que te tuviera que transformar en maceta. Con razón afirmó que yo no sabía de ti, porque ella sí sabía.

Corrí a casa para decírselo a mi padre. Nunca te lo había dicho, pero mi papá siempre me cree lo que le digo. Mi mamá no. Quise detenerme en la papelería para decirles a tus papás y a Huesos que estabas más cerca de lo que ellos imaginaban, pero necesitaba que un adulto me acompañara para que ellos no pensaran que me estaba burlando. Ese adulto sería mi papá. Un día te lo presentaré. Arregla autos y es muy listo.

Casi llegaba a casa cuando en el puesto de periódicos vi la portada de uno que decía: “Encuentran en baldío prenda de niña desaparecida.” Abajo estaba la foto de lo que parecía ser la blusa de unicornio que vi aquel día columpiándose en el tendedero de tu balcón. ¡No! Apreté el paso. Tenía que llegar a casa. Me urgía compartir con alguien un secreto que hasta entonces era sólo nuestro. Cuando por fin llegué, mi papá me abrazó. Mi mamá también. Tenían los ojos de adultos que acaban de llorar no quieren que los niños se den cuenta. Les conté el secreto. Les conté de Doña Anastasia, de los repartidores de pan, de galletas, de jabón y papel higiénico que dejaron de ir después de sus amenazas de quitarles el alma, les hablé del libro de portada roja, de tus trenzas, de cómo eres mi mejor amiga, les hablé de la canción, del verso ese que habla de la forma que tienes ahora. Les hablé del balcón, de tus listones.

Les hablé de ti como antes les hablaba de cosas que ya no tienen importancia, porque yo sé que tú estás a mi lado aquí y ahora, Elenita. Delante de mis papás sí puedo llorar. Y lloré. Lloré porque no me decían nada. Lloré porque me abrazaban como nunca antes lo habían hecho. Dijeron que iban a misa a rezar por ti, que todo el pueblo iba, que yo podría ir si quisiera, que cuando los niños le hablan a Dios, él escucha, que los angelitos estarían a tu lado y muchas cosas de adultos que creen en un cielo sin brujas.

Me hice el dormido. Esperé a que se fueran a la iglesia para venir a verte y rescatarte. Después de pasar por aquí tantos días, estudié desde el otro lado de la calle la forma de trepar la ventana de Abarrotes San Juan y brincar al balcón. ¿Viste cómo lo hice? . Nunca te había abrazado Elenita, pero me dio gusto estar cerca de ti otra vez. Hueles a tierra mojada. Te tomé con un brazo, subí al muro del balcón para tratar de dar el salto que me ayudaría a salvarte, después no recuerdo qué pasó. Sólo me acuerdo de estar en el aire y de cómo te escapabas de mí y de cómo te dejé caer. Elenita, ¿me perdonas? Te hice pedazos, pero trataba de salvarte y llevarte con tus papás y Huesos, de llevarte de vuelta a la escuela. Pensé que podría cargarte, no quise dejarte caer. Ahora que tus huesos son de barro quisiera decirte que no te preocupes. Cuando vengan por mí… Cuando vengan por nosotros te voy a pegar pedacito por pedacito y tú volverás a ser tú. No me puedo mover. Lo único que siento ahora son mis cachetes helados y sé que es por el frío que hace cuando se acerca la Navidad. Contigo a mi lado ya no le temo a la oscuridad.

El cielo se ve más grande desde el suelo. Se me cierran los ojos. Elenita, ¿sigues ahí?

Si te gusta este fragmento puedes adquirir el libro electrónico en la tienda virtual de Lektu, sólo dale clic al enlace y listo: https://lektu.com/l/editorial-elementum/loteria/13181?af=com

Continuar Leyendo

Los otros ojos del silencio

Escrito por José N. Méndez, 18 Jun.

Esta vez has tardado más de lo habitual en hacer las compras, menos mal que ella aún no llega o podría molestarse contigo y creo que cada vez se molesta más a menudo contigo.

 

No te ofendas, pero me parece que hoy no traes todo lo de costumbre, cuando te he visto volver de aquel sitio se te dificulta caminar, pero sabes que si se te cae algo estaré atento para recogerlo y entregártelo.

 

Ya veo; aún te duele la pierna, pero no entiendo ¿Por qué utilizó esos objetos para golpearte? Supongo que lo pregunto como si fueras a entenderme, lo siento.

 

Por alguna razón cada vez que quisiera ayudar me apartas de ti, confío en que sabes lo que estás haciendo, pero aquí entre nos todas esas veces que te veo llorar también me duelen.

 

Sí, mejor toma una de esas cosas con las que ella y tú controlan el dolor, pero no, no demasiadas, no creo que eso sea bueno.

 

No pareces estar bien ¿Vas a dormirte? ¿En el suelo? ¿Puedo quedarme a tu lado? Te estás poniendo muy frío; pero no importa, voy a quedarme contigo como tú lo hiciste aquella noche que me encontraste en medio de la carretera y te volviste amigo de este perro.

 

 

Continuar Leyendo

Las consecuencias violentas de la reificación de las personas lgbt en el discurso periodístico

Escrito por Alejandro Ávila Huerta y Luis Fernando Serrano Delgadillo, 15 Jun.

¿Puede un periodista, a partir del tratamiento que dé a la información que transmita en un medio masivo de comunicación, incurrir en un ejercicio de violencia que afecte los derechos humanos de algún grupo o comunidad, incluso si no fue de forma intencional?
La construcción de significados que no corresponden a la realidad o que generalizan sus particularidades en torno a un fenómeno determinado imposibilita el reconocimiento que otros puedan tener sobre quienes forman parte de él. Esto llega a reducirlos a meros objetos que, en tanto tales, pueden ser agraviados sin consecuencias, no sólo en el universo simbólico de los medios de comunicación sino en su realidad más inmediata, afectando la definición de la unidad mediante la cual los agentes sociales se generan a sí mismos.
¿Cómo detectar y delimitar este tipo de violencia? ¿A quién responsabilizar? ¿Cómo sensibilizar a los periodistas sobre los efectos negativos (aunque no necesariamente premeditados) de su labor? Dentro de esta situación, el caso de la diversidad sexual merece atención por el estado de discriminación que históricamente ha vivido este sector.

Si te gusta este fragmento puedes adquirir el libro electrónico en la tienda virtual de Lektu, sólo dale clic al enlace y listo: https://lektu.com/l/editorial-elementum/fragmentario-ii-cruces-identitarios/13185?af=com

Homofobia simbólica
 

Quienes nos dedicamos a investigar acerca de la homofobia en el periodismo solemos enfrentarnos a las descalificaciones de nuestros resultados con alegatos como que nos empeñamos en encontrar discriminación en donde no la hay. Aunque para algunos pudiese parecer claro que equiparar la homosexualidad o el transgénero a un delito o enfermedad, o asociarlos con soledad y sufrimiento, son actos de violencia que afectan no sólo a las personas directamente aludidas, sino a la percepción social que se tiene de las personas homosexuales y trans en general. ¿Cómo convencer de esto a alguien que no lo ve así? ¿De qué manera justificarlo y evidenciarlo con argumentos académicos sólidos, más allá de las buenas intenciones de un discurso más bien activista? Bourdieu (1996: 44) ofrece un concepto que resulta una respuesta casi obvia a nuestro problema desde que la define como una violencia que no se ve: la violencia simbólica, aquella que impone a los objetos, los espacios y las interacciones del mundo significados que se hacen pasar por naturales.
Pero, antes de profundizar en el concepto de violencia simbólica, es pertinente acercarse a la concepción de lo que es violencia. A pesar de ser un tema frecuente en las ciencias sociales desde el siglo pasado, su abordaje se ha hecho desde una perspectiva fundamentalmente etnohistórica o de seguridad o salud pública, que, sin definirla, la describen, ejemplifican y sistematizan según, por ejemplo, el lugar donde ocurre (violencia doméstica, laboral, escolar); contra quién se manifiesta (violencia familiar, en el noviazgo, de género); qué aspecto daña de las personas (violencia psicológica, física, económica) o en qué nivel de la sociedad se presenta (violencia política, mediática, delincuencial), pero nada de eso explica qué es la violencia.
Una definición básica pero sustancial la refiere como el uso o amenaza del uso indebido de la fuerza o el poder entre individuos o grupos. Aunque en ocasiones se hace hincapié en la condición deliberada del acto, puede ser que ejercicios violentos se lleven a cabo sin la conciencia de cometerlos, pero sin que por ello dejen de serlo (Giddens, 2000: 741; Conde, 2011: 77).

Si te gusta este fragmento puedes adquirir el libro electrónico en la tienda virtual de Lektu, sólo dale clic al enlace y listo: https://lektu.com/l/editorial-elementum/fragmentario-ii-cruces-identitarios/13185?af=com


¿Qué quiere decir la adjetivación del uso del poder como ‘indebido’? ¿Es que puede haber un uso ‘debido’ del poder? Veamos. El poder es una acción, no una cosa (como un trono, una banda, un báculo) que esté ahí para ser tomada (Ayala, 2014: 77). No significa que el poder no sirva para mandar, pues es una de sus manifestaciones, pero no la única; y no se debe a una propiedad, sino a una capacidad de los agentes sociales: la de intervenir en el mundo con la consecuencia de influir sobre un curso o estado de cosas en él (Giddens, 2011: 51). De lo anterior se deriva que todo agente social “tiene” siempre poder, o para decirlo correctamente, tiene siempre la capacidad de ejercer poder sobre otros en distintos niveles, según sus recursos; por esto, todas las relaciones sociales deben entenderse como relaciones de poder.
Si los agentes sociales tienen a su disposición diferentes recursos en distintos momentos para ejercer el poder, entonces las relaciones entre ellos serán usualmente asimétricas y cambiantes entre la autonomía y la dependencia. Esto no implica obligatoriamente una relación de dominación (que es diferente al poder). Hay dominación cuando una relación asimétrica se vuelve constante al grado de establecerse en un sistema social determinado por cierta extensión de tiempo para, posteriormente, legitimarse, disfrazando la opresión (Giddens, 2011: 204; Ayala, 2014: 80).
Con esto, hemos formado una idea de cómo o cuándo el uso o amenaza del poder se puede considerar ‘debido’ o no: ¿es un poder que aspira a la dominación, que busca su legitimación? Es el abuso de una relación de poder y no el poder por sí mismo la condición que une a este –pero no lo fusiona– con la violencia, siendo esta también no un factor externo a las interacciones sociales, sino una forma –aunque sea límite- de éstas, en las que los intentos de acción comunicativa colapsaron, revelando las contradicciones de una sociedad (Arteaga, 2015).
Cuando es simbólica, la violencia se expresa en el lenguaje (verbal y no verbal), pero no de manera directa (con insultos, gritos o gestos ofensivos), sino veladamente a través del sentido de las palabras y de las imágenes, y no de éstas por sí solas. Ya que los seres humanos conocemos el mundo que habitamos sólo por medio del lenguaje, el significado que demos a aquello que nos rodea será determinante en la forma en que lo reconozcamos. Esta labor de significación será siempre colectiva e histórica.

Si te gustó  este fragmento puedes adquirir el libro electrónico en la tienda virtual de Lektu, sólo dale clic al enlace y listo: https://lektu.com/l/editorial-elementum/fragmentario-ii-cruces-identitarios/13185?af=com

Continuar Leyendo

Das tragische Schicksal der Maskottchen

Escrito por Erasmo W. Neumann, 11 Jun.

Tras años de intensos debates, el Congreso aprobó una reforma a la Ley Federal de Publicidad y Mercadotecnia que prohibía la aparición de personajes de caricatura en las cajas de cereal. Afirmaban los proponentes que esta práctica, arraigada en la industria alimenticia por más de un siglo, era la culpable de que ocho de cada diez niños al interior del país fueran obesos. La controvertida resolución propinó un golpe devastador a las mascotas en cuestión, muchas de las cuales sirvieron durante décadas como emblemas de productos comercializados en todo el mundo y perdieron sus empleos de la noche a la mañana. Encima de eso, las empresas a las que dedicaron sus vidas las dejaron a la merced de la opinión pública, que las acusó de ganar fama y fortuna a costa de la salud infantil. Para cuando se calmaron las aguas, apenas quedaban añicos de sus reputaciones. De allí que nadie echara de menos a las principales luminarias del ramo ni prestara atención a sus subsecuentes historias.

 

Cornelius Rooster, por ejemplo, se retiró a su rancho en Omaha y mantuvo un perfil discreto hasta que The Economist reveló que había dilapidado millones en negocios piramidales. Luego de que el fisco confiscara sus bienes para pagar a sus acreedores encontró trabajo como gallo de granja, mas su instinto ya no era el de un joven y ni podía cacarear puntual ni montar a las gallinas a causa de la disfunción eréctil. A falta de éxito en el sector agrícola decidió imitar a otras celebridades pasadas de moda y presentarse en convenciones de cultura popular. Hasta la fecha se sostiene de los dólares que cobra por retratarse con sus admiradores y por firmar cuantos cachivaches le llevan.

 

No fue muy distinto el caso de Tony the Tiger, quien de inmediato retomó su carrera deportiva en Detroit. Confiado en su talento, firmó de manera simultánea con los Lions, los Pistons y los Red Wings, y si bien en un principio cosechó victorias, su dependencia al azúcar terminó por mermar su desempeño. Al cabo de unos meses cada uno de los equipos se perfiló como el peor de su respectiva liga, pero incluso antes de que le rescindieran los contratos la Comisión del Deporte lo vetó por dar positivo al uso de anabólicos. Todo el dinero que hizo lo perdió en apelaciones rechazadas, y en vano intentó que lo ficharan clubes de Ohio e Indiana. Aunque desde entonces se mantiene lejos de los reflectores, según un artículo de la revista People es instructor de zumba en un gimnasio de Wisconsin.

 

Por su parte, Toucan Sam fue deportado a Brasil cuando salió a la luz que su visa de trabajo estaba expirada desde 1996. Lo recibieron con honores en São Paulo y dio cuantiosas entrevistas en radio y televisión. Aprovechó el súbito interés mediático para incursionar en la música, como siempre había soñado. Al lado de Pagodinho y Alcione Nazaré formó el conjunto Sam’s Samba Sensation y se embarcó en una gira nacional. Sin embargo, el escándalo opacó su colorido acto luego de que dos bailarinas lo denunciaran por acoso sexual. Zanjó el asunto fuera de los tribunales, mas no contaba con que al poco tiempo una de ellas arremetería de nuevo con un explícito video. Acorralado, no tuvo más remedio que despedirse de los escenarios y afrontar las consecuencias. Actualmente cumple una condena de veintidós años en Carandiru. A decir de las autoridades de la penitenciaría, es un prisionero ejemplar. Sus tres sobrinos permanecieron en los Estados Unidos por tener la ciudadanía, y mientras que dos de ellos siguieron sus pasos y conformaron el Froot Loop DJ Set, el otro se contentó con ser influencer.

 

Melvin, sin lugar a dudas, fue el más afortunado, pues además de recobrar su talla natural habló en numerosos colegios de Norteamérica sobre el desorden alimenticio al que lo orilló la propaganda de Kellogg’s. Aunado a sus actividades como conferencista, es coach de nutrición de estrellas como Katy Perry, conduce el talk show Melvin Coast to Coast y escribió los bestsellers The Life & Times of an Anorexic Elephant y Cocoa Krispies for Dummies.

 

A Angélica.

Continuar Leyendo

La frontera entre México y los Estados Unidos es el espacio de intersección o ecotono1 entre dos entidades culturales que, al coexistir y traslaparse, generan un nuevo medio ambiente o tercer espacio en el que “el significado y los símbolos de la cultura no poseen unidad ni fijeza primordiales” (Bhabha, 1994: 55). En dicha zona fronteriza, elástica y en perpetua transformación, “el límite no marca diferencias, sino que crea un espacio extendido que rebaja el límite y crea su propia, característica zona de influencia” (Gómez Montero, 2003: 163). Si concebimos a la frontera desde esta perspectiva, resulta interesante explorar los diferentes caminos que el cine ha recorrido para llegar a retratarla como un espacio social y culturalmente híbrido, en el que las desigualdades económicas y políticas no son razones suficientes para perpetuar la imagen de una región dividida. Como miradas que muchas veces se reconocen y otras más se ignoran, los acercamientos hacia la frontera que el cine de Hollywood, el cine mexicano y el cine chicano han realizado a lo largo de poco más de un siglo han contribuido a construir un imaginario complejo sobre el territorio fronterizo en el que la representación de sus espacios, rurales y urbanos, públicos y privados, ocupa un lugar tan importante como el de la caracterización de los personajes que habitan y transitan a diario por esa región de más de tres mil kilómetros de longitud.

 

Si te gusta este fragmento puedes adquirir el libro electrónico en la tienda virtual de Lektu, sólo dale clic al enlace y listo: https://lektu.com/l/editorial-elementum/fragmentario-i-trump-y-otros-retos/13193?af=com


¿De qué maneras ha sido representado el espacio de la frontera entre México y los Estados Unidos en el cine y cómo se pueden interpretar dichas representaciones? El concepto de paisaje cinematográfico representa una herramienta adecuada para estudiar al cine fronterizo y valorar sus películas como productos de los diferentes discursos ideológicos promovidos a lo largo de la historia por una industria audiovisual cada vez más integrada en términos económicos, políticos y sociales. Definido por Lukinbeal (2005) y Escher (2006) a partir de la taxonomía de Higson (1984, 1987), de las funciones culturales significativas que pueden desempeñar los escenarios en una película, el paisaje2 cinematográfico puede cumplir cuatro funciones básicas: servir como espacio para el desarrollo del drama; presentarse como un lugar específico e histórico que permite autentificar la ficción; funcionar como metáfora de las emociones, sentimientos y pensamientos de personajes y grupos sociales; y ofrecer un espectáculo “visualmente agradable para el ojo de espectador” que “al establecer una relación afectiva entre los personajes, los espectadores y el espacio (…) contribuye a redefinir los significados adheridos al paisaje que es representado en la pantalla” (Maza, 2014: 112-113). Esta última función es la que favorece en mayor medida la valoración de los aspectos ideológicos del discurso fílmico.


A lo largo de su historia, el cine ha representado de muchas maneras el paisaje de la frontera mexicoamericana. La primera representación no solo definió a la frontera, sino a México entero, como un espacio propicio para la violencia y la barbarie. El 6 de octubre de 1894, un par de artistas mexicanos del espectáculo del Salvaje Oeste de Buffalo Bill (Buffalo Bill’s Wild West Show) se presentaron en el estudio Black Maria, propiedad de Thomas Alva Edison, en West Orange, Nueva Jersey, para filmar una breve escena destinada a ser reproducida en el kinetoscopio, aparato para el visionado de películas que antecedió al cinematógrafo de los hermanos Lumière (García Riera, 1987; Musser, 1997). Ninguno de los actores se imaginó que los escasos segundos de su representación constituirían un hito histórico en muchos sentidos. Por un lado, Pedro Esquirel y Dionecio Gonzales (o Pedro Esquivel y Dionisio González, como seguramente se llamaban) eran los primeros mexicanos en interpretar una escena frente a una cámara que capturaba imágenes en movimiento. Pero lo que hacía significativa su presencia frente a la cámara no era su nacionalidad, sino la habilidad que los había hecho famosos dentro de la troupe de Buffalo Bill y que quedaría inmortalizada a partir del título de la cinta: Mexican Duel o Mexican Knife Duel. El duelo a cuchilladas que escenificaron con destreza, anunciado como “emocionante, interesante y lleno de acción” en el catálogo de la empresa fílmica, significó el primer acto de barbarie con el que se identificaría a México y a lo mexicano en el cine norteamericano3. Al ser interpretado frente a un fondo negro, como casi todos los filmes hechos para el kinetoscopio, el violento acto de Esquivel y González ni siquiera necesitó de una ubicación concreta para representar de manera estereotipada no sólo a un territorio, sino a toda una nación y su cultura.

Si te gusta este fragmento puedes adquirir el libro electrónico en la tienda virtual de Lektu, sólo dale clic al enlace y listo: https://lektu.com/l/editorial-elementum/fragmentario-i-trump-y-otros-retos/13193?af=com


Una vez inventado el cinematógrafo, la portabilidad de la cámara permitió a los realizadores explorar las regiones del mundo entero, lo cual trajo como consecuencia una mayor atención a los elementos de carácter espacial y geográfico en la puesta en escena fílmica. García Riera (1987: 20-21) afirma que la frontera entre México y los Estados Unidos apareció en la pantalla por primera vez en los westerns de principios del siglo xx. En ese género cinematográfico, profundamente estadounidense, la presencia de lo mexicano se hizo evidente a través del paisaje. 

Una profusión de construcciones humanas, como iglesias y misiones, haciendas y casas de adobe, y aún de plantas que diríanse producto de una conspiración de la naturaleza en favor de lo mexicano, como los nopales y los magueyes, indicaron la ubicación, muchas veces imprecisa, de una gran cantidad de westerns en un extenso territorio que alguna vez fue de México y que conservó por lo general sus nombres de tiempos mexicanos.

La mexicanidad del paisaje del western fue evidente en un sin número de películas que ofrecían una visión de lo mexicano limitada geográficamente a la región fronteriza entre México y los Estados Unidos. Así el western, con sus espacios rurales abiertos, paisajes semidesérticos y caminos empolvados “que encarna[n] el espíritu, la lucha y el fin de la existencia de la nueva frontera” (American Film Institute, 2008) fue el género más recurrente del cine norteamericano sobre la frontera, por lo menos hasta su decadencia a mediados de la década de 1970. El papel que ocupa el western como género esencial del cine estadounidense sobre la frontera también refleja la importancia del proceso de colonización de los territorios fronterizos en la construcción del discurso ideológico que dominó a dicha cinematografía. El western no sólo constituyó la épica de una expansión territorial, sino la exaltación del espíritu progresista y transformador atribuido a los pioneros que colonizaron la frontera.

El estallido de la revolución tuvo como consecuencia directa el aumento de la representación fílmica de actos violentos en territorio mexicano. La lucha armada fue capturada por camarógrafos mexicanos y estadounidenses en incontables pies de película, tanto documentales como de ficción. Una de las más célebres fue The Life of General Villa, largometraje por el que Pancho Villa y la Mutual Film Corporation firmaron un contrato4 que comprometía al Centauro del Norte a “entablar sus batallas de día para facilitar las filmaciones” de los camarógrafos que lo acompañaron en sus incursiones a Ojinaga, Torreón y Durango (García Riera, 1987: 65). Estrenada el 9 de mayo de 1914, la cinta resultó una curiosa mezcla entre documental y ficción, en la que las tropas villistas recorrían el norte de México escenificando cruentas batallas y llevando a cabo brutales ejecuciones. Velázquez García (2008) observa que, durante los años de la revolución, la imagen de México en los Estados Unidos se construyó en gran medida a partir de una perspectiva de riesgo, en la que los eventos del conflicto armado eran percibidos en el país vecino “como una desviación del curso normal de las cosas y que [podían] causar un perjuicio a la sociedad y a las personas” (p. 41). En la construcción de esa percepción jugó un papel fundamental el imaginario fílmico sobre lo mexicano creado por el cine estadounidense. Ante el desinterés de sus realizadores por mostrar algún otro aspecto de México que no fuese el de un país desgarrado por la violencia y su poca o nula voluntad por adentrarse en territorio mexicano, más allá de unas cuantas millas de la línea fronteriza, el cine estadounidense sintetizó a la nación mexicana a partir de los actos de barbarie cometidos en los áridos paisajes del norte del país.

Si te gustó este fragmento puedes adquirir el libro electrónico en la tienda virtual de Lektu, sólo dale clic al enlace y listo: https://lektu.com/l/editorial-elementum/fragmentario-i-trump-y-otros-retos/13193?af=com

Continuar Leyendo

Barpocalipsis

Escrito por Gabriela Cruz, 04 Jun.

Cuando cerraron los bares quedaron como testigos cientos de botellas y latas vacías, junto con el polvo volando por la ciudad que se fue vaciando de a poco.

 

Creo haber tenido esa visión un día que, precisamente, compartía barra con el chofer de un político. El tipo era ameno y ocurrente, parecía más listo que su patrón. Para esos días se necesitaba tanto de personas como ese amable hombre. No recuerdo su nombre, pero sí recuerdo su gruesa voz asegurando que todo se iría al carajo. La gente comenzaba a esconderse en su casa. Los turistas ya no llegaban con tanta frecuencia porque el rumor de riesgo había trascendido. No se podía hacer mucho en un lugar donde el principal ingreso venía de los paseantes. La ciudad –estaba convencido el hombre– comenzaría a ser abandonada poco a poco. La mitad de los habitantes eran viejos y se morirían pronto. Los demás preferirían irse antes de ver quebrar sus negocios.

 

Cuando el vaticinio estaba en puerta, me propuse saltar de un bar a otro, como acción de resistencia para que no cerraran, pero todo fue vano. Primero cerró el famoso de la plaza central, luego los de las calles cercanas. Así desaparecieron.

 

Un par de años antes, viajando en busca de historias para escribir, llegué a esta ciudad y las encontré, así que decidí quedarme. Aquí se vivía de noche. Los paseantes se hospedaban en posadas o pequeños hoteles, pero pasaban poco tiempo ahí. Durante el día salían a sitios paradisiacos de los alrededores para hacer turismo de aventura. Por la noche la ciudad se iluminaba.

 

Todos los turistas iban de bar en bar, desde aquellos en donde la música era escandalosa y con poco espacio para moverse, hasta los que con sólo un vistazo al interior invitaban a quedarse, los de estilos gótico, romántico, intelectual, los de temática de películas fantásticas. En todos había siempre algo atractivo.

 

Los bares se convirtieron en mis sitios preferidos. Pude conocer a gente de todo tipo ahí, a mujeres sobre todo. Unas entraban en grupo, otras con su pareja. Las observaba, giraba ligeramente la cabeza y con eso bastaba para provocarles una risa discreta, una mirada tímida. Podía sonrojarlas y provocar ese ademán inevitable de llevar la mano al pelo y acomodarlo detrás de la oreja. A veces me

acercaba y saludaba por iniciativa propia, pero era más frecuente que ellas lo hicieran. Varias conocieron mi departamento. Ninguna estuvo más de una ocasión.

Ahora, desde mi ventana veo la soledad de esta ciudad, en donde quizá yo sea el último habitante. Me he resistido a huir como los demás, cuando no hubo más turistas y las oportunidades se terminaron, cuando la epidemia mató a las personas mayores.

 

En el fondo, pienso que en cualquier momento regresarán. Aún puedo percibir el olor a cerveza y a humo. Puedo escuchar todavía el bullicio nocturno. Pero mis ojos no engañan, éstos sólo ven ruinas.

 

Bebo mi última cerveza mientras escribo unas líneas antes de partir, no sé a dónde, no sé cómo. Antes, iré a visitar por última vez mis bares favoritos, abandonados ya, pero con memoria en sus muros. Respiraré hondo para llevarme su esencia.

 

La vista se nubla. Se desdibuja cada edificio. Se vuelven polvo sus muros. El vapor me envuelve. Transpiro. Suspiro. Cierro mis ojos. Me desvanezco. Puedo escuchar a la gente de nuevo. Sonrío. Aquí están todos. Regresaron. Yo he vuelto con ellos.

 

 

Continuar Leyendo

Un despertar consciente

Escrito por Agustín Rowe, 01 Jun.

Afortunado el que vive tiempos interesantes

Proverbio chino

 

Todos tenemos un despertar. ¿Qué implica despertar? El texto de Agustín Rowe nos ofrece una respuesta: en ocasiones es un despertar liviano, benevolente, plácido; en otras, pesado, sorpresivo, rudo. En todo caso lo que es seguro es el estado de vigilia que implica dejar de dormir, interrumpir el sueño, hacer surgir un sentimiento, un recuerdo, un deseo que se encontraba latente. La vigilia es un arma de doble filo, porque no sabemos de inicio si ese deseo, ese sueño, sentimiento o recuerdo, nos van a dar satisfacción. En ese momento la vigilia se transforma en desvelo, abstinencia, ayuno. En eso consiste lo que Agustín Rowe llama el despertar de la consciencia, a través de un viaje por el renacimiento de un hombre en quien podemos ver la introspección, el análisis de sentimientos, juicios y prejuicios adquiridos durante la vida y sólo reconsiderados a partir de la cercanía con la muerte.

En Más allá del principio del placer, Sigmund Freud (1920) hace referencia a la pulsión del sujeto de buscar satisfacción. Este principio tiene como base la búsqueda de la felicidad; la buscamos a través de factores inmediatos que cubren necesidades básicas como el alimento, el abrigo, etc., pero también tenemos requerimientos más complejos que involucran sentimientos como compensaciones, reconocimientos, cariño o cuidado. Todos los seres humanos tendemos a buscar ese principio del placer. ¿Por qué entonces nos ponemos tantas trampas? ¿Por qué sufrimos? ¿Por qué le tenemos miedo a la felicidad? ¿Por qué alejamos a la gente que amamos? ¿Por qué amamos a gente que nos aleja? En el mismo texto de Freud encontramos la respuesta: así como busca la vida, el ser humano siente una inevitable atracción por la muerte.

El autor de este texto nos invita a reflexionar sobre la manera en la que nos enfocamos en sólo ser reactivos a lo externo, en cómo dejamos de comunicarnos, hacemos de lado nuestro propósito en la vida y nos dormimos como seres mecánicos, inmersos en la vorágine de la cotidianidad, de la comodidad y la banalidad que nos proporciona la falta de deseo.

Dejamos de desear porque damos todo por sentado, porque tenemos todo de manera inmediata y creemos que una plataforma tecnológica o una red social nos proporcionarán el intercambio social, sentimental e intelectual que necesitamos. Ponemos de lado lo humano, dejamos de crecer y nos quedamos dormidos. Vivimos en el sueño y creemos que éste nos va a proporcionar satisfactores a largo plazo, pero sólo nos aislamos y vivimos con la corriente pensando que estamos bien.

Si te gusta este fragmento puedes adquirir el libro  en la tienda virtual de Lektu, sólo dale clic al enlace y listo: https://lektu.com/l/editorial-elementum/un-despertar-consciente/13188?af=com

El personaje que nos plantea Agustín no hace más que metaforizar aquello que todos vivimos y que vemos familiar, nos muestra cómo nos hemos vuelto inmunes a lo que sucede a nuestro alrededor, cómo morimos un poco cada día al dejar de lado lo más importante. Y aquí es donde volvemos a la vigilia, sólo que ahora en otro sentido: la vigilia como víspera, proximidad, contigüidad, cercanía. Cuando dormimos no necesitamos a nadie más, no así en la vigilia, cuando se está despierto se sabe que hace falta el otro, ese que da y proporciona satisfactores, el interlocutor, el que me define y me valora, aquél con el que me encuentro como espejo que me devuelve mi propia imagen, ese otro humano con quien creo lazos que me permiten repetirme y diferenciarme.

Despertar entonces no es tan sencillo, no es sólo salir de un aletargamiento, es también dar cuenta de mí mismo y de mi prójimo, de mi contiguo, legitimarme y legitimarlo en un proceso que requiere un compromiso y un disfrute de todo lo que ofrecen la vida y la muerte.

El proverbio chino que mencioné al principio de este prólogo no es accidental, somos afortunados de vivir tiempos interesantes, aunque los chinos en realidad lo utilizaban más bien como una maldición diciendo “Te deseo vivas tiempos interesantes”. ¿Por qué dirían esto? ¿Qué los tiempos interesantes no implican felicidad? Precisamente. La felicidad viene de la mano con una elaboración que necesariamente implica pasar por la muerte para renacer. Implica cambio, movimiento, los tiempos interesantes son los tiempos del cambio y, de acuerdo con este texto, son los tiempos de estar despierto. Bienvenidos sean.

Martha Elena Guadarrama

 

Si te gustó este fragmento puedes adquirir el libro  en la tienda virtual de Lektu, sólo dale clic al enlace y listo: https://lektu.com/l/editorial-elementum/un-despertar-consciente/13188?af=com

Continuar Leyendo

Instrucciones para sobrellevar el encierro

Escrito por Alberto Sánchez Argüello, 28 May.

A Cortázar

 

Allá afuera está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete su casa como caracola y recorra lentamente sus espirales, igual que Aquiles tratando inútilmente de alcanzar a la tortuga. Deje que los delfines recuperen Venecia, que despliegue el calendario sus hojas y que el pajarito que vuela cada cien años a la Baja Pomerania afile su pico en la montaña de diamante, hasta desgastarla. ¿Qué más quiere, qué más quiere? Si lo considera necesario, termine por abolir el tiempo, así como lo hicieron al norte del círculo Ártico, los pobladores de Sommarøy. Que dejen de existir el día y la noche; que se olvide de usted el mundo y olvídese usted también, que, en palabras del gran lector porteño, es la única venganza y el único perdón.

Continuar Leyendo

En la ciudad de Pachuca existen dos importantes avenidas Juárez y Revo­lución que dan acceso al centro de la ciudad y por donde ahora transita el sistema de transporte colectivo Tuzobús. Entre ellas hay una pequeña calle perpendicular que las une. Ésta lleva por nombre “Samuel Carro” y desemboca precisamente en la Basílica Menor de Guadalupe, quizá el más importante templo católico de la ciudad. A la mitad de esta vía se encuen­tra la plaza Álvaro Obregón, nombre de uno de los más célebres perso­najes jacobinos y anticlericales de nuestra historia. El nombre de Samuel Carro alude a un educador metodista quien durante más de 30 años fue maestro de la Escuela Julián Villagrán, junto con sus hermanos María y Antonio. Los profesores Carro nos remiten al imaginario de los maestros de principios del siglo XX que lograron llevar a cabo una transformación de la sociedad a través de la educación.

El hecho de que una calle céntrica lleve el nombre de este educador metodista nos impele a preguntar por el imaginario educativo y el reco­nocimiento público a la labor de un maestro que llegó a ser símbolo de la educación en Pachuca. Como se sabe, en la ciudad se establecieron dos escuelas fundadas por misioneros de la Iglesia Metodista Episcopal. Por una parte, el Colegio Hijas de Allende fundado en 1874 y por la otra, la Escuela Julián Villagrán, institución fundada en 1877. Ambas instituciones son parte importante de la historia de la educación en nuestra ciudad.

Los historiadores Jean-Pierre Bastian y Rubén Ruiz coinciden en el tema de la educación como uno de los más importantes vehículos de pro­pagación del metodismo en México, pero no sólo para ganar adeptos o catecúmenos, sino para redimir a las masas populares y convertir al ciuda­dano en individuo libre de dogmas y de fanatismo. El historiador francés se ha referido a este proceso como una “pedagogía liberal” (Bastian, 1989 p. 143 y Ruiz, 1992).

Lo primero que observaron los misioneros al llegar a Pachuca, así como las representantes de la Woman’s Foreign Missionary Society (Socie­dad Misionera de Señoras) de la misma Iglesia Metodista Episcopal de Estados Unidos, fue el grave problema del analfabetismo. ¿Cómo transfor­mar una sociedad si sus habitantes son iletrados? Las misioneras nortea­mericanas asignadas a México estaban convencidas de que la explicación del atraso social, de la corrupción, del alto índice de alcoholismo, de la falta de cultura cívica y democrática, así como de la degradación de las costumbres en la mayoría de la población era precisamente la deficiente educación, en el sentido más amplio de la palabra. Para ello, Susan Warner y Mary Hastings, esta última originaria de Boston, Massachusets, y con amplia experiencia en la educación de señoritas, se dieron a la tarea de fundar una escuela para niñas. Cabe señalar que Hastings fue la primera misionera protestante que murió y fue sepultada en México. Durante 25 años trabajó incansablemente en la educación de las niñas en el Colegio Hijas de Allende (Butler, 1918, p. 65).

 

Si te gusta este fragmento puedes adquirir el libro electrónico en la tienda virtual de Lektu, sólo dale clic al enlace y listo: https://lektu.com/l/editorial-elementum/calles-de-ladrillo-rojo/13405?af=com

 

El Colegio Hijas de Allende

Aunque la fecha de apertura de cursos del Colegio Hijas de Allende fue en febrero de 1875, la fundación de esta escuela de niñas se remonta al año anterior, cuando en abril de 1874 la misionera de la Sociedad Misionera de Señoras de la Iglesia Metodista Episcopal, Susan M. Warner llegó a Pa­chuca y de inmediato alquiló dos cuartos en los altos de la Casa Maquívar, por 35 pesos mensuales, situados en los portales de la plaza Constitución con el propósito de establecer una escuela para niñas (véase Imagen 2). De acuerdo con una reseña histórica elaborada por la profesora Manuela Vargas, el objetivo de Warner era redimir a la mujer mexicana a través de la cultura: “El ideal fue uno sólo: la redención de la mujer mexicana por la educación y la cultura” (Anuario, 1950). En 1875, la profesora Warner tuvo la encomienda de ir a otra escuela a la Ciudad de México y entonces llegó en su lugar la profesora Mary Hastings, quien continuó con la labor del Colegio Hijas de Allende.

La estancia de esta escuela en la Plaza Constitución tuvo una duración de poco más de quince años, hasta que en 1890, ante la creciente deman­da de estudiantes, se inauguró su nueva sede en un edificio construido específicamente para este propósito, situado en la calle de Allende 102, junto al antiguo templo metodista. Una fotografía que probablemente date de 1894 ca. muestra esta edificación escolar junto al antiguo templo de una sola planta (véase Imagen 10).

Imagen 10. Detalle de panorámica de Pachuca, ca. 1896. Fototeca Nacional, INAH.

 

Como se puede observar, el edificio de la escuela es de mayores dimen­siones que el primer templo construido, contiguo al colegio. La primera edi­ficación de 1890 es la que tiene su fachada hacia la calle de Allende, con sus ventanas ojivales. La otra parte de la construcción es posterior al año 1893.

La labor educativa de estas misioneras no encontró trabas ni escollos en la población pachuqueña. Por el contrario, fue bien recibida, tal y como señala un testimonio de la fundadora Mary Hastings:

 

Al empezar el trabajo no tuve que batallar con el fanatismo y oposición que hicieron tan difícil la labor cristiana en algunas otras ciudades. Esto, sin duda, fue debido a la influencia de los ingleses protestantes que, para trabajar en las minas, habían vivido por muchos años allí.

 

La maestra Hastings murió el 15 de agosto de 1898, y por lo tanto alcanzó a ver edificada la nueva escuela en la calle de Allende. El edificio de ladri­llo rojo aparente y ventanales de estilo neogótico, con arcos apuntados u ojivales inaugurado en 1890, se diseñó y construyó especialmente para el Colegio Hijas de Allende y hasta la fecha constituye un inmueble muy sugerente en el centro de la ciudad. Como podemos observar en la foto­grafía, el actual templo contiguo a la escuela todavía no existía en 1890, ya que en su lugar estaba una construcción sencilla, de una sola planta que hacía las veces de templo, y entre semana funcionaba como escuela diaria para varones. Podríamos concluir que la primera edificación destinada a fines exclusivamente educativos fue este inmueble que hasta la fecha se encuentra en la calle de Allende.

Un testimonio de la directora Manuela A. Vargas, rememoraba en el Anuario de 1940 que en los inicios de la década de 1890 la escuela Hijas de Allende tenía kindergarten23, “el primero en la ciudad de Pachuca”, una escuela primaria y un departamento de enseñanza superior y normal, con profesores que también eran maestros del Instituto Científico y Literario del Estado. En 1898 se graduó la primera clase de la Normal, aunque no sabemos cuándo se suprimió este departamento; probablemente fue a raíz de los acontecimientos revolucionarios entre 1911 y 1917.

En 1930 se añadió la carrera Comercial, iniciada por la profesora Gua­dalupe Guzmán. La maestra Vargas señalaba en el mencionado Anuario:

 

Si te gusta este fragmento puedes adquirir el libro electrónico en la tienda virtual de Lektu, sólo dale clic al enlace y listo: https://lektu.com/l/editorial-elementum/calles-de-ladrillo-rojo/13405?af=com

 

La Escuela Hijas de Allende sigue desarrollando una intensa labor de patriotismo; se preocupa resulta y desinteresadamente por la cultura y la liberación moral de nues­tro pueblo, combatiendo los vicios y los errores que tantos estragos están causando a la humanidad.

 

Manuela Vargas fue un personaje señero en la escuela Hijas de Allende. Originaria de Mineral del Chico, Hidalgo, nació el 14 de enero de 1888 y murió el 8 de mayo de 1972. De acuerdo con una biografía escrita por la profesora Magdalena Skewes (Anuario, 1948) sus padres fueron Manuel Vargas y Gregoria Estrada. Antes de cumplir un año de vida, su padre murió y la joven viuda Gregoria emigró a la ciudad de Pachuca. Así, fue enviada al jardín de niños del Colegio Hijas de Allende, donde continuó sus estudios, hasta culminar la secundaria en 1904. Posteriormente pasó a estudiar en el Instituto Normal Metodista de la ciudad de Puebla, en el cual se graduó de maestra en 1909. De 1910 a 1918 fue profesora del Colegio Hijas de Allende, en donde colaboró con la profesora-misionera Hellen Hewitt. Al año siguiente (1919) fue llamada a una escuela de la Compañía Santa Gertrudis, en Pueblo Nuevo, cerca de San Guillermo la Reforma, en donde estuvo doce años, hasta que en 1931 regresó a dirigir la escuela donde laboró en 1910, ya situada en su nueva sede de Avenida Juárez.

Una placa de latón (ya desaparecida) que estuvo colocada en las es­calinatas del costado oriente de esta nueva edificación evocaba las bodas de diamante del colegio, en 1950, y la edificación del nuevo inmueble en la Avenida Juárez. Con las disposiciones de la Constitución de 1917, los colegios confesionales tuvieron que adaptarse a los nuevos tiempos más difíciles en la etapa del callismo en la década de 1920. Así lo sugiere la pro­fesora Delfina Huerta, en el Anuario de 1954, en ocasión de los 50 años de maestra de Manuela Vargas. El 15 de mayo de 1954 se le otorgó la medalla Ignacio M. Altamirano, en el Palacio de Bellas Artes, por el presidente de la república. Hay que recalcar que una escuela pública de Mineral de la Reforma lleva el nombre de esta maestra.

Muy pronto el crecimiento de la matrícula del colegio motivó a que la Sociedad Misionera de Señoras de la Iglesia Metodista Episcopal adqui­riera un predio en los límites sureños de la ciudad. Para tal efecto se adqui­rieron dos terrenos a un costado de la estación del Ferrocarril Hidalgo, en la actual Avenida Juárez. El cronista del estado de Hidalgo menciona que en realidad estos terrenos fueron donados por la Compañía de Minas, ya con capital norteamericano (Menes, 2012). Estos predios eran parte de las caballerizas de la empresa, y ahí se comenzó a construir el nuevo edificio del Colegio Hijas de Allende que contaría con un internado y amplios sa­lones. Esta primera edificación tenía su entrada por la calle de Av. Juárez, y era de una sola planta. En el terreno del fondo sólo se encontraban otras construcciones de una sola planta que se ocupaban para el internado. A partir de 1957 se comenzó a construir en el predio del fondo un auditorio con visión isóptica y el edificio de tres pisos que funcionó como internado y actualmente está en uso de la secundaria y preparatoria.

El historiador Luis Rublúo señala que los nombres de los centros educa­tivos metodistas constituyen un indicio del impulso al nacionalismo y una identificación con los personajes de nuestra historia patria. Por ejemplo, el colegio metodista de Real del Monte se llamaba Benito Juárez; el de Mira­flores, Estado de México, se llamaba Hijas de Hidalgo; Hijas de Juárez, en la Ciudad de México, y el Julián Villagrán e Hijas de Allende en Pachuca. A primera vista podríamos asociar el nombre de Allende con al apellido del prócer insurgente, sin embargo, otra hipótesis señala que también se puede referir al adverbio “allende”, como sinónimo de “el otro lado”, de la parte “de allá”. Entonces la voz “Hijas de Allende” se refería a las alumnas como hijas del otro lado, refiriéndose a las maestras y misioneras que pro­cedían de allende la línea fronteriza24. En un principio el nombre aludía a que la matrícula estaba constituida exclusivamente de niñas y señoritas, pero a partir de los cambios en la Constitución de 1917, la escuela comen­zó a recibir también varones. Así lo recuerdan exalumnos distinguidos, como el escritor Raúl Macín Andrade, o el cronista vitalicio del estado de Hidalgo Juan Manuel Menes Llaguno, ambos exalumnos de este plantel.

En 1920 se inauguró el nuevo edificio de este colegio en la naciente Avenida Juárez, con dos patios internos y amplios salones. En el tránsito hacia su nueva ubicación la escuela perdió mucho alumnado, pero a par­tir de la década de 1940 recuperó su matrícula de más de 800 alumnas.

Una vez desocupado en 1919 el edificio de la calle de Allende, éste se destinó a la Escuela Julián Villagrán, el cual durante casi 100 años fue la sede emblemática, ya que en 2016 el plantel de la primaria se trasladó al predio de la avenida Juárez, ahora con el acceso por la calle Cuauhtémoc.

Como veremos más adelante, la parte del Colegio Hijas de Allende construida en 1920, y que colindaba con la avenida Juárez fue demolida inexplicablemente en la década de 1970, a partir de 1977, en ocasión del centenario de la Escuela Julián Villagrán, con el propósito de construir un nuevo inmueble para la preparatoria, cosa que no sucedió.

Hacia la década de 1950 se comenzó a construir otro conjunto de edifi­cios para agrandar el internado, y los salones de clases. Se edificó también el auditorio ya mencionado, que fue modificado en la década del 2010, des­truyendo su elemento original que consistía en el piso que formaba una parábola muy sugerente, lo cual hacía una isóptica muy peculiar y única en toda la ciudad. Este grave atentado al patrimonio cultural no tuvo ninguna respuesta y sólo mostró la ignorancia de los responsables.

El Colegio Hijas de Allende constituyó un factor muy importante en la educación pachuqueña, toda vez que era una alternativa liberal y laica a los institutos católicos como el Francisco de Siles, el Angloespañol y el Instituto Hidalguense, de inspiración Marista. Los políticos liberales en­viaban a sus hijos a este colegio, el cual tuvo como docentes a maestros que también impartían clases en el Instituto Científico y Literario. Entre los profesores, llamados entonces “catedráticos”, destacaban: los doctores Enrique Rojas Corona, Librado Gutiérrez, Héctor González, Adán Ville­gas, Alicia Bezíes de Baños y Antonio Aparicio. De abogados, descollaban como maestros el licenciado Carlos Ramírez Guerrero, (futuro goberna­dor del estado de Hidalgo en el sexenio de 1963-1969), Neftalí Vite Terán y Rubén Licona Ruiz. Asimismo, los ingenieros Antonio y Carlos Madrazo. Otros profesores fueron: Alfonso García Flores, Francisco Rivero Nava, (futuro Secretario de Educación Pública de Hidalgo), Florentino Gómez Estrella, (Director de Educación Física del estado de Hidalgo) Humberto Cuevas, y las maestras Matilde Hoeck, May Harris, Carlota G. Munguía, Guadalupe Guzmán de Gómez Estrella, Ethel Brown, entre otras (véase Anuario, 1956). Hay que hacer notar que en las décadas de 1940 y 1950, entre los docentes de este colegio también estaba el pintor y muralista Me­dardo Anaya, en la clase de escultura y dibujo (Anuario, 1943). Anaya es el autor del mural que hace una apología del socialismo y que se encuentra en el cubo de las escaleras del entonces Instituto Politécnico Nacional, hoy Centro Cultural de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo.

En la década de los cincuenta, la directora general del colegio era la Profra. Manuela A. Vargas. La directora de comercio era la Profra. Virgi­nia Conde, la de secundaria, la Profra. Ruth Escorza Pimentel, y la de primaria la Profra. Josefina León G.

Si te gustó este fragmento puedes adquirir el libro electrónico en la tienda virtual de Lektu, sólo dale clic al enlace y listo: https://lektu.com/l/editorial-elementum/calles-de-ladrillo-rojo/13405?af=com

Continuar Leyendo

Long Live the King

Escrito por Erasmo W. Neumann, 21 May.

King aún era muy joven cuando la señorita Miller lo sacó del albergue de animales. Al principio lo trataba como a una mascota ordinaria, mas pronto su latente instinto materno la hizo brindarle lujos y cuidados más propios de un niño que de un gato.


Entre otras cosas, la solterona le procuraba siempre alimento en exceso, y como no le permitía salir ni desenvolverse dentro la casa, el minino se volvió en especial torpe, perezoso y obeso. Se le iban los días en el regazo de la mujer mientras ésta tejía o miraba la televisión, y si bien no objetaba a su modus vivendi había algo que con frecuencia lo irritaba: como osara asolearse junto al ventanal, los pájaros le silbaban burlas desde el olmo del jardín. Señalaban, crueles, cuán voluminoso era comparado con otros felinos del vecindario, e incluso lo retaban a que fuera y los devorase ciertos de que, incluso si le permitieran asomar por la puerta, jamás los alcanzaría con esa barriga. Aconteció, sin embargo, que una buena mañana no toleró más las mofas y, resuelto a defender su orgullo, aprovechó un descuido de su dueña para escabullirse al exterior. Corrió en el acto al pie del árbol y, cuan pesado era, comenzó a trepar.


Conforme ascendía lo embargó una emoción hasta entonces desconocida, mas su repentino ímpetu de intrépido y cazador nada pudo hacer contra su falta de pericia: agotado, clavó las garras a la corteza y quedó suspendido a medio tronco. Metros abajo, su ama le gritaba que bajara de allí. Por un momento quiso obedecer y arrojarse a sus brazos, confiado en que, en lugar de reprenderlo, le serviría de comer para después llevarlo a tomar la primera de muchas siestas frente al televisor, pero como los jilgueros no dejaban de provocarlo desde la copa, rehusó de esta posibilidad, hizo acopio de fuerzas y se impulsó cuesta arriba con renovado brío. Estaba a punto de llegar a las ramas cuando su sobrepeso y un error de cálculo lo precipitaron al vacío.


Alguna vez escuchó en una vieja película aquello de que, antes de morir, se ve pasar la vida entera. En su caso apenas hubo tiempo para ello: la gravedad tiró con particular violencia de su corpulento ser y todo terminó en menos de un segundo. Todavía rechiflaban las aves cuando la desconsolada cincuentona lo sepultó entre los rosales.

Lo que le pareció un hermoso detalle no era sino una última afrenta al micho, pues en su despiadada lengua decían: “¡El rey ha muerto! ¡Viva el rey!”.

Continuar Leyendo

Futbol para Eugenia

Escrito por Hortensia Moreno, 18 May.

Debo confesar que a mí no me gusta el futbol. En repetidas ocasiones he llegado a decir que lo aborrezco, aunque eso quizá no sea sino una exageración. Lo cierto es que me mata de aburrimiento. Me parece un juego largo, monótono y demasiado simple. No obstante, reconozco que se trata de un espectáculo popular y nunca deja de sorprenderme la forma en que la vida se interrumpe en la ciudad de México cuando hay un partido importante. La calle se pacifica, se deshabita. La gente se concentra. En la unidad donde vivo, el entusiasmo se oye de ventana a ventana. Se respira expectación. Cada gol se celebra o se lamenta con gritos que provienen de las entrañas. No hay experiencia igual: tan colectiva y a la vez tan íntima.

Ahora bien, como hice mi tesis de doctorado sobre boxeo femenil, no tuve más remedio que familiarizarme con ideas y discusiones sobre el campo deportivo. Un autor que cito en otra parte dice que ignorar las expresiones deportivas en el mundo actual sería equivalente a tratar de entender la vida en la Europa medieval sin tomar en cuenta el papel de la iglesia católica.1 No me parece exagerado pensar el deporte como una mística, como una búsqueda religiosa (en la acepción de re-ligare) y una formación de comunitas, tanto en la práctica deportiva como en su exhibición.

El amor a un determinado deporte amanece temprano o no amanece. Y se realiza sólo en el conocimiento profundo que se deriva de la práctica. El deporte es sobre todo una experiencia del cuerpo. Cuando se practica desde la infancia, un deporte se vuelve consustancial de la persona: se integra a su habitus, a su hexis corporal. Pero nunca es una experiencia individual.

La comunitas del espacio deportivo se propicia en el campo de juego, pero también en el proceso iniciático por medio del cual una persona adulta conduce a una criatura hacia el campo. Varias autoras subrayan la influencia decisiva de un padre en la vocación deportiva de su hija. En un mundo donde la actividad se identifica tan cerradamente con los varones, la transmisión del secreto exige la presencia de esa figura fuerte —el padre apasionado— en el aprendizaje de la nueva actividad por parte de una niña.

Si te gusta este fragmento puedes adquirir el libro electrónico en la tienda virtual de Lektu, sólo dale clic al enlace y listo: https://lektu.com/l/editorial-elementum/las-que-aman-el-futbol/13201?af=com

Hay muchos testimonios en la etnografía feminista del deporte donde se puede leer este proceso: es el padre el que lleva a la chiquilla al estadio, el que le enseña a usar el bat, el que le explica las reglas. Y es por amor al padre que muchas mujeres se enamoran de algún deporte. A mí me faltó ese aprendizaje porque mi padre ha estado desde toda la vida negado por completo no sólo para el deporte, sino para cualquier tipo de juego.

No obstante, desde que me acuerdo practico —de manera torpe e indisciplinada— alguna actividad física. Me acuerdo de mí colgada como chango de los juegos de tubos
del parque, junto a la escuela, a una cuadra de mi casa. En la primaria fue el basquetbol, porque mi maestro de quinto me invitó a formar parte de un equipo. En secundaria y
prepa, la gimnasia olímpica. Y ahora voy a nadar dos o tres veces a la semana, nada más para que la computadora no me acabe de romper la espalda.

Insisto, siempre he sido más bien maleta. Le echo la culpa a la miopía, a los lentes de culo de vaso. Pero hay también una torpeza fundamental y una equivocación de origen: la gimnasia exige un cuerpo compacto —y el mío se desparrama como verdolaga—, exige equilibrio y fuerza de los que carezco por completo. Hay acá una condición individual, pero también hay un problema de género. Como dice Iris Marion Young, la ineptitud de las mujeres en el campo deportivo refleja modalidades del comportamiento del cuerpo femenino —de su manera de moverse y de su relación con el espacio— que parecen subrayar las diferencias físicas entre hombres y mujeres. Young detecta diferencias típicas en la manera en que hombres y mujeres manejan sus cuerpos:

No sólo hay un estilo típico para lanzar [una pelota] como niña, sino que hay un estilo más o menos típico de correr como niña, trepar como niña, columpiarse como niña, golpear como niña. Lo que tienen en común, primero, es que no se pone todo el cuerpo en un movimiento fluido y dirigido, sino que más bien, al balancearse o al golpear, por ejemplo, el movimiento se concentra en una parte del cuerpo; y segundo, que el movimiento de la mujer tiende a no alargar, extender, inclinar, encoger o seguir hasta el final la dirección de su propósito.

Muchas mujeres con frecuencia respondemos al movimiento de una pelota que viene hacia nosotras como si viniera contra nosotras, y nuestro impulso corporal inmediato es quitarnos, agacharnos o protegernos, porque, en apariencia, el miedo a salir lastimadas es mayor en las mujeres que en los varones. Eso, desde luego, significa una enorme desventaja cuando una quiere jugar futbol. Pero esa desventaja, según la autora, no es una característica “natural” de las anatomías de las mujeres, sino el resultado de la falta de práctica en el uso del cuerpo y en el cumplimiento de tareas, porque a la mayoría de las niñas y las mujeres no se nos estimula tanto como a los varones para desarrollar habilidades corporales específicas. Porque los juegos de las niñas son más sedentarios y encerrados que los juegos de los niños.

Christine Mennesson habla inclusive de una “cultura de recámara”, donde crecen las niñas, por oposición a la “cultura de cancha” en que se desenvuelven los niños. Según esta autora, las adolescentes pasan demasiado tiempo en casa trabajando en su apariencia física para volverse atractivas a los muchachos, mientras que los varones tienen acceso al aire libre y al espacio abierto del campo de juego.

Si te gusta este fragmento puedes adquirir el libro electrónico en la tienda virtual de Lektu, sólo dale clic al enlace y listo: https://lektu.com/l/editorial-elementum/las-que-aman-el-futbol/13201?af=com


El problema no es sólo la falta de práctica —aunque ésta tenga una particular importancia— sino también en un aprendizaje activo del cuerpo y del estilo corporal que comienza a cultivarse desde el momento en que una niña entiende que es una niña y lo que eso significa:

La niñita adquiere muchos hábitos sutiles de comportamiento corporal femenino [...], aprende activamente a entorpecer sus movimientos. Se le dice que debe ser cuidadosa para no lastimarse, no ensuciarse, no desgarrarse la ropa; se le dice que las cosas que desea hacer son peligrosas para ella [...]. Cuanto más asume una niña su estatus como femenino, más se toma a sí misma como alguien frágil e inmóvil, y pone en acto más activamente su propia inhibición corporal.

De ahí mi enorme admiración por las deportistas natas: las que dejan desarrollar sus cuerpos sin sucumbir a estas tendencias.

Mi incursión defectuosa en el deporte me da a la vez un conocimiento material y una distancia crítica, lo cual tal vez ha sido sano para mi elección temática, de modo que me he convertido en una suerte de “especialista” de la academia y, gracias a ello, de pronto me ha tocado acompañar a varias alumnas de maestría en la investigación de sus tesis sobre futbol. El amor de estas mujeres por el deporte de los puntapiés me convence de que no se trata de un asunto trivial ni estrictamente manipulado, enajenado, ideológico, sino de una afición legítima, pura, nacida en el cuerpo y cultivada en el espíritu.


Tengo además un grupo de amistades que va casi cada domingo por la mañana —y varias tardes entre semana— a ver jugar a los Pumas. Desde luego, me han invitado y quizás he ido alguna vez —ya no me acuerdo si solamente lo soñé—; en todo caso, mi cercanía con esta banda de pamboleros y pamboleras vuelve difícil criticar simplemente la actitud fanática de quien acude al estadio, porta los colores de su equipo, sufre cuando pierde y goza cuando gana.

Interpreto el deporte —así, en abstracto— como una actividad central para la vida contemporánea; como un prisma a través del cual se refracta la interioridad de la gente, sus esperanzas y perspectivas más sagradas, además de las relaciones sociales con sus cargas de poder y contenidos de dominación. Estoy segura de que no hay manera de entender una sociedad o una cultura como la mexicana si no tratamos de descifrar el lugar que ocupa en el imaginario nacional este juego, este negocio.

Si te gustó este fragmento puedes adquirir el libro electrónico en la tienda virtual de Lektu, sólo dale clic al enlace y listo: https://lektu.com/l/editorial-elementum/las-que-aman-el-futbol/13201?af=com

Continuar Leyendo