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Ensueño

Escrito por Nitzia Rodríguez, 26 Mar.

Lo veía. Parecía tan lejano, un paisaje perfecto, una calma desdibujada, iluminada por el sol, quién más que el mismo sol. Su trabajo era parecer estático mientras perseguía la luz para sobrevivir y sus pétalos luchaban con el viento, pétalos robados por el impenetrable silencio que resguardaba las palabras que se murmuraban y que nunca pudo pronunciar.

Podría asegurar, aún con el temor de no saber si fue un sueño, que de fondo se podían escuchar las notas de un violín interpretado por los suspiros que dejaban las aves al recorrer el cielo con la nostalgia emplumada.

Admiré tanto su ímpetu por ser omnipresente que me sorpren­dí cautiva de su intrigante naturaleza de girasol. Paralizada, deseaba seguir sus movimientos, observar de cerca y guardar la memoria de sus detalles para después cerrar los ojos y sentir que lo conocía.

Sólo estábamos de frente cuando el sol se posaba en mis pé­talos, mis ojos estaban cegados pero su calor no podía mentirme, ¿cierto? porque nuestros perfumes danzaban con aquellos violines como si nuestras raíces estuvieran puestas en las nubes y no en la tierra.

Aquellos efluvios de pétalos eran una máquina de tiempo en la que los segundos eran años y el dulce calor prometía ser eterno. En contra del inevitable perecer su salvaje naturaleza lo alentaba de vez en cuando a rebelarse, él jugaba a pretender que en algún momento no giraría más, mientras yo religiosamente interpretaba mi papel siguiendo al sol como si hubiera un guion perfectamente escrito para cada escena, preparado para cada movimiento, aun sabiéndome clavel, uno resistente y resiliente (dicen por ahí y me lo digo también yo cuando tengo miedo) que pasaba cada verano con los ojos cegados convencida de ser capaz de desterrar mis raí­ces, quizá porque al verlo girar pensaba que las suyas difícilmente estaban atadas a la tierra, o a cualquier otra cosa.

Un invierno en que el sol no regresó y la oportunidad de abrir los ojos se posó agresiva frente a mis más grandes temores me encontré solitaria en aquel desierto con hojas seca cayendo, él permaneció fijo, con la mirada en alto, seguro de que el sol volvería, cada vez más lejano, con un rigor inamovible.

La sombra que me obsequió en ese instante aclaró mi vista, me cegaba una jaula de pétalos que caían cada que el girasol seguía su rumbo, un sol que ambos necesitábamos para sobrevivir, pero nunca de la misma manera, una jaula del perfume desprendido de mi tallo retorcido, casi roto en los intentos de seguirlo a él siguiendo al sol.

No sé si su sol volvió, si sus raíces son más fuertes o sabias, si sus pétalos guardan aún ese perfume peculiar, o si acaso alguna tarde me recuerda al escuchar un violín.

Cuando me vi, volví a encontrarme y no quiero cerrar los ojos y perderme nunca más. El sol entibia mi rostro sin contarme si fue realidad, la única certeza que resguardo es la de saber que no soy y jamás seré un girasol.

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Aman-tres

Escrito por Gabriela Cruz, 19 Mar.

¡Cuánto disfruté el momento preciso en que llegó tu esposa! Habría querido que siguiéramos siendo amigas, sin que ella siquiera imaginara que cuando nos despedíamos ya estaba fijada la próxima hora, día y lugar para vernos tú y yo.

El día que te conocí, cuando llegué a la colonia, noté tu mirada y te elegí. Nos saludamos, me presentaste a tu mujer y me agradó tanto que entonces pensé en una gran amistad. Ya sé que dicen que no se puede tener todo en la vida, pero una amiga y un amante ¿por qué no?

Después de algunos desayunos, clases de pilates, compras en el súper e idas al café, ella ya era mi amiga y yo su confidente. Supe de tu caballerosidad, tu excelente desempeño en el trabajo y en la casa, además del esmero por complacerla y ser el esposo modelo.

Comencé a desearte tanto que bastó con la ausencia de ella un par de días para que yo aprovechara. Hubo oportunidad de algunos tragos, una que otra película romántica, una cena inesperada y ya estabas en mi cama. Cuando regresó todo había sido planeado para futuros encuentros sin levantar sospechas. Así pasaron algunos meses.

Fui deseándote más, pero también fui queriéndola a ella. Tenerlos cerca me mantenía arraigada a ese lugar en donde pensé estar un tiempo corto, sólo mientras mi anterior amante dejaba de buscarme.

Tú y yo sabíamos cómo era. No planeábamos complicar las cosas. Los tres nos queríamos, yo los quería. Disfrutaba nuestra convivencia como amigos, pero quise que acabara, ella era demasiado buena con los dos y yo ya no podía con eso. La engañabas y no se lo merecía. Ahí estaría yo para consolarla, después de todo, a mí me perdonaría por ser mujer, a ti te odiaría el resto de su vida.

Estábamos en la cama, a la que por cierto llegaste con prisa porque había poco tiempo, pero no te aguantabas las ganas. Dejé un mensaje en su celular para pedirle ayuda. A propósito, dejé entreabierta la puerta. Ella acudió al llamado, pero todo salió mal. Nos vio, no hubo gritos, sólo miradas y llanto. Salió corriendo, tú fuiste tras ella y así los perdí a los dos.

Ahora los extraño tanto que no paro de imaginarlos, mientras observo a mis nuevos vecinos, tienen unos niños hermosos, se ven felices. Creo que haré buenos amigos esta vez.

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Versada en ruido

Escrito por Ale Guerrero, 05 Mar.

¿Sabías que la letra h deriva de heth, que significa “cerrado”?
Aunque por sí sola no suena, está viva desde hace siglos.

El H, como le llamaban los alumnos de Martha, estaba en el camión. Su cuerpo moreno colgaba de la puerta; resaltaba el peinado en punta, rígido de tanto gel, que se ladeaba hacia la derecha.

Martha abordó junto con un grupo de personas que aceptaban con resignación el hacinamiento y el calor asfixiante del camión con tal de llegar a casa. Él no se percató de su abordaje en un primer momento, pero al extender su mano ennegrecida por la mugre de las monedas y levantar la mirada para solicitarle el pasaje, se topó con sus ojos.

Sonrió con mesura y cortesía; ella con nerviosismo, pues eran las primeras veces que subía hasta aquel barrio calificado de peligroso. A Martha le impresionaba la manera en que ese hombre podía comunicarse sin decir palabra. ¿Cómo bromeas sin palabras?, ¿cómo sueñas?, ¿cómo se ama sin palabras?, ¿cómo se expresa el amor sin una boca que cante las canciones que todos cantan y dedican, sin una boca que haga promesas, que hable de para siempres, que diga “amor”, “mi vida” o “cielo”?

La intriga crecía en su mente. Durante las noches veía tutoriales de lengua de señas, intentando interpretar lo que el H “decía” a sus amigos en los trayectos. Poco tardó en descubrir que él no sabía dicha lengua; entonces ¿cómo habría sido su niñez?, ¿y sus padres?, ¿recibió otro tipo de educación?, ¿cómo acabó de cobrador en el pecero?

En cada trayecto en que coincidían, a ella se le llenaba la cabeza de preguntas que no podía responder. No quería indagar con la gente alrededor, pensarían mal; quería que él le contestara, pero ¡¿cómo?!

Comenzó a ser más amistosa con el H, incluso le coqueteaba un poco; finalmente, esa es la manera rápida de lograr que un hombre baje la guardia, pensó. Pero él no respondía a su actitud, al contrario, se tornaba más serio, con una marcada cortesía que generaba una barrera entre ambos.

¿Qué otra cosa podía hacer? ¡Ya está! Usaría su reciente nombramiento como reportera y la confianza de los colonos, para decirles que estaba escribiendo una historia sobre la popular colonia. Empezó por los servidores del centro de salud, las autoridades de las escuelas; niñas, niños, jóvenes, señoras, luego los dueños de las verdulerías, hasta que llegó a ellos: los conductores y cobradores de los camiones.

Ahí estaba el H con un par de hombres. Después de algunas preguntas sobre su oficio, Martha dirigió la conversación hacia él, ahí supo que sus padres eran migrantes de la Huasteca, que no hablaban ni escribían bien el español; ambos eran obreros y hacían largas jornadas, así que él fue criado por su abuela materna, hablante de náhuatl, quien sufría tanto la partida de su pueblo, que charlaba poco, pero aprendió a comunicarse con su nieto haciendo señas con las manos, moviendo sofisticadamente los labios, los ojos, las cejas…

El H aprendió a escribir algunas palabras gracias a sus padres, no tuvo acceso a la educación formal; no conjugaba verbos ni sabía todos los pronombres ni…, pero ¡¿y qué más daba?! “¿Tiene novia?”, preguntó Martha, y su cuerpo se echó ligeramente hacia atrás cuando vio la mueca de extrañeza de los otros dos hombres, pues la pregunta no venía al caso; aun así respondieron por él que no y luego le dirigieron una mirada pícara que hizo que el H sonriera y se llevara las manos a la cabeza mostrando vergüenza.

Acabó la entrevista dos preguntas después y Martha fue a casa. Aún sentía curiosidad, ¡tenía que acercarse más! Al día siguiente esperó coincidir con él en la ruta, no lo logró. No sabía si acudir el fin de semana a presenciar el carnaval, le daba un poco de miedo, pero finalmente lo hizo.

Las casas grises cobijadas por el cielo nocturno disimulaban la pobreza del barrio gracias a las luces del escenario instalado en la plaza central. Las horas pasaron entre danzas, enmascarados, son huasteco, comida y alcohol. No veía a el H por ningún lado, así que se entregó a la algarabía juvenil de sus alumnas y tomó un par de tragos de alcohol barato a escondidas, otro par más, hasta que las piernas empezaron a relajarse y moverse al ritmo de la música.

Eran cerca de las 8:00 de la noche cuando un enmascarado le tomó la mano para sacarla a bailar. Sin pensarlo mucho, aceptó; sus alumnas aplaudían y ella reía como si fuera otra adolescente. La sonrisa se le borró de la cara por un instante cuando en una vuelta la máscara cayó del rostro de su pareja y quedó al descubierto la identidad del danzante, era él.

Martha retomó el paso y acercó su cuerpo. Después de un rato ya no se separaron. Se sentaron en los escalones, a un lado de la tortillería; el H encogió un poco los hombros, giró las palmas de las manos hacia el cielo levantándolas unos 10 centímetros y después señaló el suelo con el dedo índice de la mano derecha. Martha habló bajo, moviendo marcadamente los labios al tiempo que miraba alrededor y hacía un círculo repetidas veces con el dedo índice apuntando hacia arriba.

Él comprendió que venía a dar la vuelta para presenciar el carnaval. Al mirar la hora en su teléfono, Martha le indicó que debía irse, pues ya eran más de las 10:00. Él juntó sus palmas agitándolas hacia el pecho y hacia adelante; la miró suplicante, cerró y abrió los ojos lentamente y apuntó con el dedo índice hacia el suelo. “No puedo” dijo Martha, negando también con la cabeza.

se levantó de un salto, señaló su pecho e hizo como si tuviera el manubrio de una motocicleta entre sus manos. La llevaría a casa. Ella aceptó. Ese fue el comienzo de una relación que en un inicio fue excitante para Martha debido a la novedad y secretismo, a las marcadas diferencias entre ese hombre silvestre, sordomudo y ella, una mujer culta, amante de las palabras en todos sus formatos.

Cuando la convivencia cotidiana dejó de dar pie a más “enigmas por resolver”, ella se aburrió. La abrumaba el silencio, que sus palabras y elaborados discursos intelectuales no valieran un carajo con ese hombre. Los gestos que en un principio le parecieron fascinantes en H, hoy le parecían la evidencia de una mente simple, carente de profundidad. ¿Lo amaba?, no estaba segura, ¿él a ella? Indudablemente, pero Martha no toleraba pensarse como alguien cuya voz, textualmente, no se escuchaba en una relación.

“¿Quién soy si no mi voz, mi pensamiento traducido en palabras?”, se cuestionaba Martha a solas, reprochándose la sencillez que desde hacía meses reinaba en su vida y que la hacía estúpidamente feliz. Mientras tanto, H había enriquecido el archivo de palabras que aparecían en su mente, entre ellas, Martha. Registró su nuevo olor favorito: la piel de mujer recién bañada; afinaba su tacto, sus miradas, leía las de ella; se encontraba sereno, sintiendo, pero Martha estaba tan ocupada con su escandaloso monólogo interno, que no prestó atención.

Un día, sin avisar, usando en venganza la misma lengua, Martha dejó de acudir al barrio, no contestó los mal escritos mensajes en el teléfono ni abrió la puerta.

Volvió al bullicio, a los amantes que le susurraban poesía al oído, a los debates intelectuales que disfrazaban con maestría las vísceras acaloradas de quien quiere imponer su verdad. Volvía a pensarse ella misma. Estaba intranquila, pero ahora parecía ser alguien otra vez.

Una tarde al volver a casa, encontró una serie de hojas de papel debajo de su puerta. La primera foto, dedo índice señalando al pecho; la segunda, palmas hacia el frente abriéndose desde el pecho; la tercera, dedo índice apuntando sobre la ceja y bajando en línea recta a la altura del hombro; la cuarta, dedo índice apuntando al frente, al igual que la quinta; la sexta, mano derecha cubriendo al frente; la séptima, dedo medio e índice de la mano derecha con flechas que indicaban que recorría a lo ancho la mano izquierda; la última, palmas cerrándose con los dedos en punta hacia los costados, a la altura del pecho.

El H sí que sabía cómo retarla. Tardó un par de semanas en descifrar el mensaje que significaba: “Yo abrí para tú. Tú no sabes leer silencio”.

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Una vez que

Escrito por Juan Maíllo, 27 Feb.

Una vez que abril visitaba a Horcajo, todo cambiaba. El frio volvía a la sierra del Gavilán llevándose la artrosis y las caras de sus ancianos se sonrosaban. Por las mañanas, ya no había capa de hielo sobre el parque, los arroyos del Rubial y de la Chorrera también dejaban de congelarse y los niños al terminar el colegio comenzaban a rodearlos con sus juegos. Los niños que no tardarían en ser jóvenes y labrar sus huertos, llenos de frutos y sus campos repletos de olivos. Los ciervos y los jabalíes no tenían por qué bajar a la caudalosa fuente de la blanca plaza del ayuntamiento y empezaban a oírse los primeros gorriones implorando comida y las golondrinas y vencejos regresando de África. Vecinas, como Manuela o Antonia, se sentaban por la tarde en la puerta de casa hasta que la noche hacía acto de presencia. Hablaban de su juventud y del pueblo que apenas rozaba los siete mil habitantes.

El pasado importaba, pero no tanto como el presente o el futuro. Los rebaños cabríos en las dehesas. Las empedradas calles concurridas. Las sonrisas y la alegría de todos los Horcajeños o la ermita de Nuestra Señora de Guadalupe, siempre con visitantes contentos.

Pero un día ocurrió lo que nadie esperaba. Abril dejó de acercarse, dorado y cálido, y comenzó a llegar negro y gélido. La artrosis se quedó para siempre, entumeciendo a los ancianos y emblanqueciendo sus caras. Los jóvenes ya no querían labrar sus tranquilos campos y huertos, sino que empezaron a emigrar a la ruidosa urbe. Los niños dejaron de rodear los arroyos del Rubial o la Chorrera. Manuela y Antonia ya no se sentaban en la puerta de sus casas. El cementerio poco a poco se llenó de féretros y ni los ciervos ni los jabalíes bajaban a la fuente en invierno.

Horcajo se fue ennegreciendo hasta adentrarse en la noche y llegará un día en que ni yo me acuerde de él.

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El paso a paso para publicar un libro

Escrito por Editorial Elementum, 20 Feb.

Si estás leyendo este artículo, probablemente tienes una obra que quieres publicar o te interesaría lograrlo en algún momento.

 

Publicar por medios propios es una realidad para muchas escritoras que merecen debutar en el mundo editorial. La edición y publicación de libros es un proceso que requiere diversos cuidados y atención a cada detalle. Autoras y autores que están considerando publicar por primera vez tienen dudas sobre cuán acompañados deben andar el trayecto del texto al libro.

 

Cuando el autor opta por una publicación independiente, asume el riesgo de no poner atención a detalles, lo cual puede resultar en erratas, descuidos tipográficos, libros que no cumplen los lineamientos para entrar a librerías o impresiones que no llenan sus expectativas, por mencionar algunos.

 

Uno de los objetivos de Elementum consiste en apoyar y acompañar a las autoras en la publicación sus obras, sin quitarles decisión sobre lo que sucede con sus textos, portadas y títulos, entre otros aspectos fundamentales.

 

Porque nos gusta que los autores se sientan orgullosos de sus libros, desde hace ocho años, trabajamos para mejorar los servicios que les ofrecemos, así como la calidad de los libros que llevamos a los lectores.

 

A continuación, respondemos, de manera breve, las preguntas más comunes que suelen llegar en nuestros medios de contacto:

 

¿Cómo es el proceso de recepción de una obra?

En primer lugar, debemos acordar que, tanto la editorial como la autora, quieren publicar la obra con Elementum. Para ello, la editorial debe estudiar la obra y la autora, conocer a la editorial. Debemos reunirnos. Muchas autoras que han publicado con Elementum concretaron su primera cita a través de nuestros canales de contacto: Facebook, correo electrónico o llamada telefónica.

 

En la cita, el editor platica con el autor para saber más acerca del libro, sus aspiraciones y necesidades respecto a la publicación. En esta sesión, abundamos sobre nuestros procesos y requerimientos para trabajar con la obra. Si las dudas del autor han sido resueltas y acepta los términos de evaluación, el paso siguiente es la recepción de la obra completa y el pago para la dictaminación y propuesta de edición.

 

¿Qué se evalúa en un dictamen y cuánto tiempo demora?

El dictamen es una evaluación que contempla el análisis literario y comercial de la obra, así como la trayectoria del autor. Esta evaluación da como resultado un dictamen positivo o negativo, que indica —desde la óptica de la editorial— si la obra está en condiciones de ser publicada, o si necesita regresar al autor para que madure en un proceso de reescritura y corrección.

 

En caso de que tu dictamen sea negativo, no te desanimes, es cuestión de que regreses a tu texto y continúes trabajándolo. Cuando te entreguemos el dictamen, te haremos sugerencias y observaciones que ayudarán a mejorar tu obra. En un próximo post, te daremos algunas recomendaciones para tomar en cuenta antes de enviar tu obra a dictaminación.

 

La elaboración del dictamen inicia a partir del día del pago correspondiente y tarda hasta 60 días naturales. El periodo de dictaminación depende de la extensión de la obra.

 

Si el dictamen es positivo, ¿cuál es el siguiente paso?

Si es dictamen es positivo, realizamos una propuesta de publicación de la obra, que incluye los trabajos que realizará la editorial (corrección, diseño, ilustración, entre otros) y los tiempos aproximados de cada proceso. Asimismo, presentamos el presupuesto por los servicios editoriales y de impresión.

 

¿Qué pasa con los derechos de autor?

Elementum, como toda editorial, lleva a cabo su trabajo dentro del marco de la Ley Federal del Derecho de Autor, que protege los intereses del autor. En este marco, Elementum plasma en un contrato los acuerdos que la autora y la editorial asumen de forma verbal. Elementum no lleva a cabo ediciones sin conocimiento y consentimiento de quien se ostenta como autor de la obra.

 

¿Cuáles son los planes de financiamiento que Elementum maneja?

La intención de Elementum es lograr la publicación de la obra, sin que la autora se vea en la necesidad de hacer una gran inversión, y que, en cambio tenga la opción de recuperar lo invertido y obtener ganancias. Por este motivo, hemos diseñado diferentes alternativas de financiamiento, mismas que proponemos cuando conocemos mejor la obra. Las dos opciones más comunes son: Autofinanciamiento, en la que la autora se hace cargo del pago total de los servicios editoriales y la impresión; y Ventas anticipadas, en este esquema la autora paga los servicios editoriales, pero una vez que tenemos el libro listo para salir a imprenta, iniciamos una campaña de financiamiento para cubrir los costos de producción a través de la preventa del libro. De esta manera, la obra se publica, lo invertido se recupera y el libro ya tiene un lector que lo espera.

 

Una vez que el libro se publica, ¿cómo es el proceso de distribución?

El proceso de distribución y colocación en puntos de venta tiene muchas variantes, cada libro es único, y aunque es posible que sea aceptado en los puntos de venta que tenemos hasta el momento, también puede ser el caso de que la distribución de una obra se limite dependiendo del tema del libro y la cantidad de ejemplares impresos.

 

Además de los puntos de venta, Elementum cuenta con una tienda en línea que puedes visitar aquí:

 

¿Cuál es el valor agregado que Elementum le ofrece tanto a escritoras consolidadas como a los talentos nacientes?

Las autoras que trabajan con Elementum cuentan con una casa editorial formal, que ofrece trabajos editoriales de calidad, accesibles y que contempla al autor en cada una de las etapas de edición y de promoción (presentaciones y gestión de puntos de venta), y lo más importante, las regalías son mayores, pues el libro publicado es inversión de ambas partes.

 

¿Qué servicios tiene Elementum?

Elementum tiene varios servicios además de la edición integral. Si requieres algún servicio específico puedes acercarte con nosotros, esta es una lista de los servicios que ofrecemos:

  • Servicios de corrección de estilo, correcciones ortotipográficas, cotejo de archivos para envío a imprenta
  • Servicios de diseño editorial, diseño de portadas, ilustración
  • Gestión de ISBN, registro ante INDAUTOR, asesoría en derechos de autor
  • Impartición de talleres de fomento a la lectura y escritura. Preguntar por nuestro catálogo de talleres, que hemos impartido en diversos eventos culturales y ferias de libro
  • Servicios de impresión bajo demanda
  • Distribución física y online.

Estos son sólo algunos puntos que te ayudarán a conocer nuestro proceso de edición.

Agenda una cita con nosotros para que nos cuentes sobre tu obra. Nos encantará conocerte y apoyarte en lograr tu publicación, no importa si eres un autor nuevo, un académico o un autor con trayectoria: tenemos una propuesta editorial para ti.

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El bueno, el malo y Quiroga

Escrito por Erasmo W. Neumann, 13 Feb.

Remontémonos al Uruguay de principios del siglo XX. Cuando el telón de “los novecientos” se levantaba, surgieron en Montevideo dos sociedades de artistas e intelectuales que, cual Montescos y Capuletos, llegarían a engendrar una singular rivalidad. Una de ellas fue La Torre de los Panoramas, fundada en 1900 por Julio Herrera y Reissig y su colega Roberto de las Carreras, llamada así porque sus tertulias tenían lugar en el ático de la mansión familiar del primero, de donde se tenía una imponente vista del Río de la Plata. La otra, conocida como El Consistorio del Gay Saber, tuvo sus orígenes en 1902 por convocatoria de Horacio Quiroga y su amigo Federico Ferrando, originarios de Salto los dos, y sostenía sus encuentros en una pensión de la capital. Conforme los miembros de una y otra comenzaron a publicar sus primeras obras literarias, aquéllos apegados a una corriente estética y conservadora y éstos más allegados a lo novedoso y experimental, se desataron polémicas que derivaron en intercambios de críticas y ofensas entre ambos bandos. Los periódicos locales fueron el escenario de sus enfrentamientos. Algunos pleitos fueron más allá del papel, como el que protagonizaron Álvaro Armando Vasseur y Roberto de las Carreras en 1901, el cual estuvo a poco de derivar en duelo, con padrinos y toda la cosa.


En febrero de 1902 el poeta Guzmán Papini y Zas, miembro de La Torre, inició en el diario La Tribuna Popular una sección titulada “Siluetas de literatos”, desde donde se dedicó a atacar a los miembros del Consistorio. Se ensañó en particular con Federico Ferrando, pues éste antes había hecho una crítica desfavorable de un trabajo suyo. La réplica del salteño no se hizo esperar. Comenzaron a volar los agravios cual pelotas entre dos raquetas, y el aire se envició de nuevo con la palabra “duelo”. Si bien ninguno se atrevió a lanzar el reto, Ferrando, seguro de que el enfrentamiento era inminente, encargó a su hermano Héctor la compra de un revólver y citó en su casa a su potencial padrino, Quiroga, la tarde del 5 de marzo. Éste, sentado en la cama, inspeccionaba el arma cuando se le escapó un tiro que dio justo en la boca de su amigo. La intervención médica fue fútil, pues Ferrando se desangró hasta morir. Quiroga, deshecho, se entregó esa misma noche en la jefatura de policía y se confesó culpable del incidente. Dos días después salió libre tras comprobarse accidente lo sucedido.


Nada sería igual para Horacio Quiroga en adelante: la muerte de su amigo lo orilló a un aislamiento que terminó por derrumbar el Consistorio del Gay Saber, y aunque en adelante Papini y Zas guardó su distancia de los medios —la opinión pública lo consideró el malo del cuento—, fue el propio Quiroga quien se llevó la peor parte pues, incapaz de encarar a la sociedad montevideana, dejó Uruguay con rumbo a Buenos Aires en 1903, sin saber que aquélla apenas era una de las muchas tragedias que le deparaban los treinta y cinco años siguientes.

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14. Der goldene Hahn

Escrito por Erasmo W. Neumann, 16 Jan.

Lo vi venir calle abajo cuando abrí la cochera: un gallo de plumas áureas, cola sinople y cresta de gules. Caminaba por en medio del arrollo, majestuoso, cual si el mundo entero debiera agachar la cabeza a su paso. De súbito desvió el rumbo y, sin reparar en mí, cruzó el portón hasta mi jardín y se echó sobre el césped. Me lo quedé mirando; ¿de dónde salió ese animal y qué debía hacer con él? Tan magnífica ave seguro tenía dueño, ¿mas cómo averiguarlo? Al diferencia de canes y felinos, los gallos no llevan collares y placas que nos digan a quién llamar en caso de extravío, y llevarlo al refugio de animales era condenarlo al asador. Supuse que podía conservarlo un tiempo y le conseguí un poco de alimento, que comió impasible mientras yo atendía mis deberes. Por la tarde le confeccioné con madera y cartón una pequeña casa que de inmediato reclamó. Lo nombré Pánfilo porque tenía cara de llamarse así. Pensé al contemplarlo echado que durante años evité las mascotas porque a duras penas podía cuidar de mí mismo y, de repente, había un gallo dorado en mi vida. No en balde afirma el proverbio que animal y mortaja del cielo bajan, ¿cierto?

            Al día siguiente me despertó, muy temprano, su canto. Asomé al jardín y lo vi fuera de su casa. Algo en su actitud me decía que buscaba problemas. No tardó en encontrarlos: se dirigió a la verja que dividía mi propiedad de la del vecino y de inmediato sus perros, dos fornidos rottweilers, corrieron a ladrarle. Me apresuré a rescatarlo, mas me detuve al observar que, antes que huir de los canes, se acercó para provocarlos otro poco; tan cierto estaba de que no podrían alcanzarlo. Lo cogí de cualquier manera y lo metí a su casa, mas en cuanto di la vuelta él ya iba de nuevo al límite de las viviendas. Fue entonces que el vecino telefoneó para preguntarme qué tenía tan inquietos a sus animales. Fingí demencia.

            —¿Qué acaso no oyes ladrar los perros? —me increpó.

            Al final confesé y prometí que, en adelante, el gallo no causaría más alborotos. Esto probó ser tarea imposible, pues cuantos obstáculos le pusiera, Pánfilo se las apañaba para desquiciar a los rottweilers a todas horas. No conforme, llenó mi césped de agujeros y estropeó casi todas las plantas, y como osara reprenderlo me miraba con felina superioridad. Era imperativo controlarlo, ¿mas qué apartaría su mentecita del conflicto y la destrucción?

            Lo primero que se me ocurrió fue el sexo, así que colgué una fotografía suya en un sitio de agricultores y ganaderos. “Galán busca novia”, escribí, declaración más efectiva que risible; pronto un granjero de Santa Matilde me contactó para que lo llevara a cruzar con sus gallinas. Fuimos hasta allá, pues. El hombre ya le tenía reservada una hembra. Los metimos al corral y mi gallo no vaciló: se abalanzó sobre ella, la sometió por la nuca y la montó, feroz.

            —¡Jesús, María y José! —se carcajeó el granjero—. ¡El chico no pierde el tiempo!

            Consumado el acto, los dos se acomodaron, satisfechos, en un rincón, y Pánfilo cacareó victorioso mientras la gallina se acurrucaba en sus plumas. Por un momento creí que sacaría un cigarrillo. El granjero pagó y me pidió que le llevara a Pánfilo con regularidad. Al coger los billetes me sentí como un proxeneta.

            Repetimos la faena varias veces. El gallo dividió y conquistó sin falta. En una de nuestras visitas el granjero no se encontraba en casa y nos recibió su hija, una chica ceñuda pero bien formada. Mientras Pánfilo hacía lo suyo, ella me guiñó un ojo y se sacó el botón superior de la blusa. No terminó con el segundo cuando ya nos besábamos sobre un montón de paja. Se subió la falda, me bajé el pantalón y, al tiempo que mi plumífero socio cantaba su orgasmo, ella gimió extasiada.

            —Trae al gallo el miércoles —me dijo al despedirnos—. Mi padre se irá a la central de abastos. Podremos divertirnos todo el día.

            Era un hecho.

Camino a casa, Pánfilo y yo nos miramos con complicidad. Cuando llegamos, me encontraba de tan buen humor que le permití molestar a los canes del vecino. Sin embargo, al cabo de un rato me inquietó no escuchar un solo ladrido. Salí y vi al gallo frente a la verja como era su costumbre pero, del otro lado, los rottweilers estaban echados de lo más tranquilos. Incluso sacudían la cola.

            “Se habrán habituado”, pensé, y me fui a la cama.

            Al día siguiente me despertó, muy temprano, un alboroto: asomé al jardín y vi a los perros correr tras el desdichado Pánfilo. En vano intenté rescatarlo; uno de ellos lo atrapó por el pescuezo y sacudió el hocico hasta desnucarlo. El gallo apenas agitó las alas antes de caer muerto. Aniquilada el ave, los cánidos regresaron a su casa, mansos, por un túnel que cavaron por debajo de la verja. La tarde anterior no se movieron de su lugar para ocultar el agujero.

            Contemplé, triste, a mi gallo de oro y lo sepulté. Cuando relaté lo ocurrido al vecino, fue su turno de fingir demencia.

            —Yo ni siquiera oí ladrar los perros.

            Me reservé cualquier comentario; discutir no traería de vuelta a Pánfilo.

            El miércoles llamé a la hija del granjero. Le expliqué la situación y propuse visitarla de cualquier manera. Guardó silencio un momento antes de responder.

            —No. Si ya no tienes al gallo mejor no.

            Colgó. Y con ello la aventura llegó a su fin.

A mi hermano

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Viscosa

Escrito por Gabriela Cruz Valdéz, 09 Jan.

Por varias noches la misma pesadilla persiguió a Caty. Soñaba que se transformaba en un gusano gordo y viscoso. Luchaba por man­tenerse a salvo de un ave negra que entraba por la ventana de su habitación y que quería devorarla. A ella se le dificultaba arrastrarse hacia un lugar seguro y sentía que la vida se le iba.

Pronto el ave desistía, agitaba las alas tan fuerte que al salir por la ventana hacía retumbar el cristal. Caty volvía a su estado natural. Al amanecer, despertaba bañada en sudor, pegajosa. Sentía el pala­dar arenoso y percibía un olor agridulce en su ropa. Estaba tirada en algún rincón del cuarto y notablemente agitada. Corría al baño a vomitar un líquido entre verde y amarillo que dejaba sabor de ajenjo. Después entraba en la regadera y tallaba su cuerpo muchas veces hasta sentirse otra vez limpia.

En uno de esos sueños, el ave estuvo a punto de atraparla cerca del baño. Caty despertó más asustada. Esa mañana no hubo rito de limpieza. Después de vestirse, salió rápido de casa sin que su madre se diera cuenta. Su objetivo era llegar al parque donde se refugiaba después de ir a la escuela para no llegar a casa temprano. Ahí leía los libros que sacaba de la biblioteca y después escribía hasta encontrar valor para regresar al encierro.

Mientras se dirigía a su sitio seguro, vio que su madre se aproxi­maba, con la cara endurecida y a paso veloz. Caty sabía que estaba furiosa por salir sin avisarle. Le retumbaba en la cabeza el canto de cada día: “No tienes remedio, no tienes remedio”.

La joven relacionaba los remedios con las enfermedades: si ella no tenía lo primero entonces estaba irremediablemente enferma, pero aún no sabía de qué. Quizá realmente se convertía en una especie viscosa que terminaría aplastada o digerida por un ave. Era probable que su madre lo supiera y por eso sólo le permitía salir para ir a la escuela.

Desde que quedaron solas en casa, la madre de Caty se volvió malhumorada y le recordaba a su hija cuánto sacrificio le implicaba mantenerla cada vez que hacía una petición para la escuela o para ella misma. Si la llegaba a encontrar husmeando en el estudio que era de papá y al que nadie tenía derecho de entrar, el desenlace era una golpiza.

Mucho más si la encontraba leyendo libros de aventura o no­velas, y no los textos escolares y que estaba obligada a memorizar.

Caty esperó escondida mientras su madre se alejaba. Poco a poco, así con el aire que hacía volar algunas hojas caídas de los ár­boles, llegó la calma y desapareció el sobresalto, entonces se acercó a la banca de siempre, en donde encontró una revista abandonada. La tomó y echó un vistazo al contenido. A ella no le gustaba ese tipo de lectura porque contenía demasiada “realidad”, una pala­bra que odiaba por ser la favorita de mamá. Sin embargo, aquel montón de papel impreso llamó su atención, así que se acomodó dispuesta a burlarse un poco de lo que la “gente normal”, como decía su madre, hacía o decía.

Por la extraña enfermedad del “hombre-árbol”, médicos del Hospital Universitario de Daca atienden a Abial Bajan, quien des­de hace diez años comenzó a llenarse de verrugas que con los años crecieron hasta convertir sus extremidades en malformaciones semejantes a las ramas de un árbol...

Caty sintió que el viento arreciaba por un instante y se estre­meció. Se rascó los brazos y la cara. Luego le dio la impresión de que alguien la observaba con insistencia, pero no quiso levantar la mirada. Continuó su lectura y encontró otro caso:

Una niña de 11 años llamada Sohi Collen quien padece la enfermedad llamada epidermólisis bullosa (EB), es aquejada por el dolor intenso que le provoca este mal genético también conocido como piel de cristal, el cual hace que con el mínimo roce se rasgue la piel y le salgan ampollas gruesas y de una consistencia babosa que se van uniendo una con otra, lo cual también afecta su piel interna...

Como aquella mirada no la dejaba concentrarse totalmente en la lectura que ya le había provocado comezón también en las piernas, decidió levantarse para saber quién la veía con tanta ve­hemencia, quizá alguien que había mandado su madre con el pro­pósito de regresarla a casa.

Antes de dejar la revista a un lado, percibió un olor familiar, como al tabaco de su padre, a madera quemada y humedecida des­pués por la lluvia. Apenas vio de reojo su silueta recargada en el árbol, se le enchinó la piel. En un instante saltó de la banca, aventó la revista y quiso correr hacia él, pero su sorpresa fue mayor cuan­do vio que el cuerpo del sujeto se iba cubriendo de una corteza muy gruesa que se fusionaba con el árbol.

Cuando se acercó ya sólo estaba el enorme tronco. Frotó las palmas de sus manos en la corteza, como si en el mismo acto el árbol le devolviera a su padre. Una savia pegajosa de olor agridulce se impregnó en su piel. Caty escuchó un aleteo, entonces se abrazó.

 

Dedicado a las mujeres que cada día enfrentan una batalla intensa por la defensa de sus derechos, sus libertades, pasiones, ilusiones y sueños.

Por todas las que han luchado y por quienes continuamos en esa lucha para destruir estereotipos y estructuras que históricamente nos han mantenido atrapadas en una ideología que nos disminuye y margina sólo por el hecho de ser eso, mujeres.

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La epidemia

Escrito por Kobda Rocha, 26 Dec.

Este mundo tan repleto de codicia,
tan obeso de pecado y vanidad,
ha posado entre mis huesos la inmundicia,
ha vejado mis residuos de bondad.
Toda peste que aborrezco está en mi pecho,
los despojos del infierno en mis entrañas;
tan talado, tan molido, tan maltrecho,
vivo al filo de mentiras y pastrañas.
El abrigo del realismo está muy guango,
los vestidos de cordura están de moda;
al desnudo no soy más que broza y fango,
pero el mundo me censura y se acomoda.
Al mirarme, los insectos se acongojan;
a mi paso, hasta las ratas huyen lejos,
los humanos su desprecio vil me arrojan
y los perros se contraen en sus pellejos.
No vislumbro ni una pizca de ternura
en los ojos impiadosos de la gente.
Por las noches, busco a dios en la basura
pero al alba encuentro al diablo en mi inconsciente.
Mil abrojos cubren mi alma de zozobra,
vago triste por pantanos de dolor;
a los hombres mi existencia les estorba,
las mujeres no me brindan ni un amor.
Un puñado de inclementes maldiciones,
los escombros de una vida sin sentido,
soy las dudas, las afrentas y aflicciones;
sólo escucha mis plegarias el olvido.
Un cruel virus he forjado cual presagio,
infectado está mi cuerpo de blasfemia.
En mis versos dejo el riesgo de contagio:
propagar en cada mente la epidemia.

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Chanel

Escrito por Adrián Ibelles, 19 Dec.

Supuso que habría de comprar otras medias al ver la larga rasgadura sobre el muslo derecho. Sintió la suavidad del material en las piernas; le gustaba la textura del nylon rozando sus manos. Se acomodó el brasier y el relleno, y luego alisó el vestido para cubrir la media. El rímel le daba protagonismo a sus ojos, así como el lipstick le devolvía volumen a su boca. Se roció el Chanel No 5 sobre el escote del vestido, donde el pecho lucía bronceado y firme. Bajó las escaleras procurando que sonara el taconeo, llamando la atención de la mujer vestida con sencillez, que ya esperaba en la mesa con las velas y el vino blanco servido en un par de copas de cristal que les habían regalado en la boda, y que guardaron hasta esta noche.

—Parece que ese labial se te ve mejor a ti —le dijo la mujer:
—Ni creas, sólo es porque tengo los labios más grandes que tú.
—¿Me vas a dejar que te arranque el vestido?
—Ya te vas a poner salvaje.
—Sé que eso te prende. Lo veo.
—El vestido no lo esconde todo el tiempo.

Como le prometió, le arrancó el vestido, las zapatillas y las medias, que quedaron desparramadas en el suelo. Él la recorrió con sus manos, encontrando la humedad entre sus piernas, desabrochó el bra de su esposa y el de él. Luego ella le besó el rosado pezón con sabor a perfume. Dejaron que la alfombra se cubriera con los vestidos de ambos, el sudor envuelto en el mismo perfume. Ella le fue quitando el maquillaje con sus besos, con las caricias que iban descubriendo al hombre del que se había enamorado. Por la mañana él guardó el vestido en el cajón del armario, y sacó el uniforme que usaban los lunes. En el refrigerador se había quedado el pastel con las cien velas —una por cada gol anotado—.

Al llegar al entrenamiento, sus compañeros notaron un dulce olor femenino.
—Alguien celebró ayer. —Le dijeron.
—Como sólo nos gusta a nosotros. —Añadió, con una sonrisa.

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Die dümmste Geschichte, die niemals erzählt wurde

Escrito por Erasmo W. Neumann, 12 Dec.

“Soy un tarado: ¡aplasté un pescado!”[1]

Homer J. Simpson

 

Por aburrimiento, y quizá también por morbo, mi esposa y yo nos sentamos a ver una película titulada The Fanatic. Puesto que la protagonizaba John Travolta creímos que, cuando menos, sería tan mala que resultaría buena, pero al revelar los créditos de entrada que la dirigía Fred Durst sospechamos que sería un desastre. No nos equivocamos: fue tan aburrida y decadente que a menos de una hora de reproducción queríamos detenerla. Aguantamos, sin embargo, hasta el final, con cuantiosas pausas para señalar los sinsentidos de la narración. Más tarde descubrimos que figuraba en más de una lista del peor cine de 2019, y si bien poco podía esperarse de alguien que se proclamó cineasta de la noche a la mañana, coincidíamos en que la auténtica víctima de ese fiasco era Travolta, quien pese a sus mejores esfuerzos llevaba más de una década atrapado en una espiral catastrófica. Seguro que al leer el guión pensó que el papel era digno de un Oscar; que sería su Forrest Gump, su Trevor Reznik o una cosa así. Y quizá lo habría sido con alguien más competente al volante.

            Tan pronto llegamos a esa conclusión, sorprendí a mi esposa mirándome como hace cada que tiene una idea.

            —¿A la máquina del tiempo? —preguntó.

            —Sí —respondí y apuré el último trago de mi café—. A la máquina del tiempo.

            Fuimos a la cochera y echamos a andar el aparato. Ochenta y ocho millas por hora después estábamos en Los Ángeles de 1978, año en que Grease consolidó a Travolta como la estrella juvenil del momento. Sabíamos que por su obsesión con la cienciología no sería difícil acercarnos a él y convencerlo de que éramos visitantes de otra línea espacio-temporal.

            —Estamos aquí para evitar que estropees tu futuro —le habló mi mujer—, así que presta atención: en 1997 surgirá en Florida una banda de rock llamada Limp Bizkit...

            —¿Limp Bizkit? —interrumpió el actor—. ¡Suena como un panecillo rancio! ¿A quién carajo se le ocurrió eso?

            —¡Nada menos que al imbécil que destruirá tu carrera si no guardas silencio! Escucha: el cantante de ese conjunto, un cretino llamado Fred Durst, se convertirá en director de cine cuando su música pase de moda, y en exactamente cuarenta años te buscará para ofrecerte el papel principal en una película llamada The Fanatic.

            —¡Eh! No suena como un mal título...

            —¡Lo es, pedazo de alcornoque! Si participas en ella, ganarás tu tercer Razzie y ya nadie en Hollywood querrá trabajar contigo.

            —¿Razzie? ¿Qué es un Ra—?

            —¡Eso no importa! El punto es que si deseas permanecer en esta industria debes evitar al papanatas de Durst a toda costa.

            —¡Y quedarte con Tarantino! —añadí.

            —¡En efecto! —subrayó mi esposa—. Cuando un hombre llamado Quentin Tarantino llegue a salvar tu carrera en el 94, aceptarás todos y cada uno de los papeles que te ofrezca. ¡Todos!

            —Tarantino bueno; Durst malo —expliqué con un canturreo.

            Travolta tenía los ojos desorbitados por el miedo y la confusión.

            —Déjenme ver si entendí —recapituló—. Durst bueno; Tarantino ma—

            Mi esposa lo hizo callar con una bofetada y lo cogió por el cuello de la camisa.

            —¡No, tonto! —exclamó ella—. Tarantino bueno; Durst malo. ¡Repítelo!

            —¡Tarantino bueno; Durst malo! ¡Tarantino bueno; Durst malo! ¡Ya me quedó claro, lo juro!

            —¡Más te vale! Es tu vida la que está en juego.

            Dicho eso, lo abandonamos en el lote del estudio y regresamos al presente. Demoramos unos segundos solamente, pero muchas cosas cambiaron en la historia del entretenimiento mientras tanto. Y no precisamente para bien...

            Sucedió que Travolta se tomó nuestra visita tan en serio que, al colapsar su fama a principios de los 90, viajó a Florida para, cual Terminator, rastrear y eliminar a Frederick “Fred” Durst. Dos chicos inocentes murieron antes de que diera con el correcto. Encima, los mató con tal torpeza que la policía no tardó en culparlo y arrestarlo. Fue a prisión en medio de un vendaval mediático, después de todo, no todos los días una celebridad venida a menos se torna asesino en serie.

            Al escándalo siguió una avalancha de calamidades. En primer lugar, al no tener disponible a Travolta, Tarantino le ofreció el papel de Vincent Vega a Nicolas Cage. Su estrafalaria actuación hizo de Pulp Fiction un desastre crítico, y ello sepultó la reputación del director en la infamia. En segundo, el homicidio de alto perfil confirió a Fred Durst un estatus de mártir equiparable al de Kurt Cobain, situación que sus colegas aprovecharon para convertir a Limp Bizkit en el acto de metal más aclamado de la década. Por último, Travolta fue condenado a muerte por una corte del estado de Florida. Pasó siete años encerrado antes de que le aplicaran la inyección letal. Siempre sostuvo que dos viajeros en el tiempo lo incitaron a cometer el crimen. Incluso escribió un libro en el que describía nuestro encuentro a detalle. Nadie le creyó, por supuesto, y su recuento fue calificado por la prensa como “la historia más estúpida jamás contada”. Ése, precisamente, fue el título de la adaptación al cine realizada a una década de su ejecución, con un actor novato llamado Tommy Wiseau en el papel principal. Quiso el destino que la produjera y dirigiera el mismísimo Quentin Tarantino, cuya carrera fue revitalizada gracias el éxito de la cinta.

            Mi esposa y yo nos quedamos sin palabras al descubrir las consecuencias de nuestra intromisión temporal. El crononauta, sin embargo, aprende a tomarlas por algo inevitable, acaso normal, y, sin más, cada quien se entregó a sus actividades vespertinas.

            —Es una lástima —concluyó ella mientras amasaba—. Pero, a fin de cuentas, peores debacles ha ocasionado un almanaque deportivo, ¿no lo crees?

            —Sí —respondí tras la pantalla del ordenador—. Tienes razón... ¿Quieres ver una película?

            —Vale. ¿Por qué no pones esa sobre lo de Travolta? Muero por saber quién me interpretó...

 

A Angélica.

Gracias por las películas y las risas.

 

 


[1]I wish, I wish, I hadn’t killed that fish” en el original. The Simpsons. Del episodio “Time and Punishment”. Guión de Greg Daniels, Dan McGrath, David X. Cohen & Bob Kushell. 1991. Traducción de TV Azteca.

 
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La mujer más deseada

Escrito por Eva Astorga, 05 Dec.

Una habitación oscura y con pocos muebles: tenía apenas una cama y un escritorio no lo suficientemente grande para albergar todos los libros que, apretujados, se extendían por el piso a lo largo del cuarto. Allí, inmóvil en su lecho, se encontraba Santiago, un viejo cansado y melancólico en espera de la muerte. Había pasado demasiados años de su vida persiguiendo sus fantasías para darse a la tarea de formar una familia. Moriría solo en un pueblito de la costa, lo sabía y estaba conforme con ello. Cerró los ojos y co­menzó a repasar los momentos más importantes de su existencia.

Tendría unos 14 o 15 años —a esas alturas ya no importaba— cuando viajó a la playa con varios condiscípulos. Fue un premio que sus padres le dieron por ser uno de los alumnos más inteli­gentes de su escuela. Por primera vez probó la libertad y le pa­reció tan sublime, que decidió llevar la vida de un explorador, él habría de navegar los mares en busca de maravillas para revelar al mundo. Allí, tendido ante el mar, prometió no abandonar nunca la aventura.

Hacía calor, la boca se le secaba a Santiago mientras caía en un sopor agónico. La incomodidad lo obligó a abrir los ojos. Miró el reloj, qué tarde era. Creyó que perecer sería más rápido. Ni hablar, “las cosas que valen la pena llevan tiempo”, le dijo su padre una vez. Dejó caer los párpados con el firme propósito de ya no des pertar. El teléfono sonó. ¿Quién podría estar llamando a un viejo solitario a esas horas de la tarde? Decidió no responder, ya no tenía caso. El silencio comenzó a arrullarlo y se vio otra vez de 14 o 15 años, recostado sobre la arena aquel atardecer. El sonido estridente del aparato lo sobresaltó nuevamente. “No lo dejan a uno morirse a gusto, carajo”. Con muchos esfuerzos se levantó y fue hasta la sala. Resultó ser número equivocado. Echando pestes, se encaminó a la habitación dejando el teléfono descolgado. “Ahora sí, nada va a impedirme estirar la pata como Dios manda”. Sin embargo, decidió hacer una escala técnica, no fuera a ser que las ganas de orinar lo distrajeran de su misión. Habiendo resuelto ese asunto, se tendió de nuevo sobre la cama.

Toda una semana en la playa, la pura vida. Y lo mejor: sin super­visión adulta. Sería libre de beber y bailar cuanto quisiera, aunque olvidó el detalle de que no sabía bailar, además de que iba acompa­ñado por varones solamente, lo cual hacía complicado encontrar pa­reja. Encima de todo y pese a lo que Santiago quisiera creer de sí mis­mo, era en realidad un joven tímido, incapaz de iniciar conversación con alguna mujer. Una noche, mientras todos sus amigos se divertían alrededor de una fogata junto al mar, él fue alejándose poco a poco, caminando sin rumbo a lo largo de la costa. Cuando se dio cuenta, ya estaba muy lejos del grupo, y afligido por los efectos del alcohol, sintió unas incontenibles ganas de llorar. Se arrodilló sobre la arena y dejó caer copiosas lágrimas. De repente, una luz intensa penetró sus párpados. Abriendo los ojos con mucho trabajo, alcanzó a vis­lumbrar una mantarraya de oro que se aproximaba hacia él. Estaba rodeada por un aura luminosa, y al fondo se distinguía también una silueta semihumana montada sobre su lomo. Él miró consternado cómo el animal se acercaba a la orilla y pudo ver, ahora con claridad, a una sirena que extendía la mano para tocarlo, dejándolo sentir su piel dorada y fresca. La escena duró apenas un segundo y ambas criaturas se sumergieron en el agua, dejando la playa en penumbras. Cuando reaccionó, Santiago corrió adonde estaban sus amigos para contarles lo ocurrido, pero todos se burlaron de él. Creyeron que era una alucinación causada por la bebida y lo enviaron a dormir, pero el muchacho no pudo pegar el ojo en toda la noche.

Esforzándose por mantener los ojos cerrados, seguía escu­chando los tenues ruidos que había en la casa: el zumbido de una mosca, el crujir del colchón viejo bajo su cuerpo, las manecillas del reloj en su interminable ciclo, su propia respiración. En conjunto eran una melodía, una canción de cuna que lo ayudaba a dormir. Comenzó a ver escenas de su vida entrecortadas: los bocetos de la mujer-pez pegados en las paredes de su cuarto, las consultas con el psiquiatra, las rupturas con su primera, segunda, tercera y enésima novias, quienes consideraban su búsqueda una locura. Estos recuerdos se mezclaban con imágenes nuevas, inventadas. Tenían como fondo, desde hacía un rato, el sonido de agua en movimiento. Santiago creyó que no había subido bien la palanca del escusado. “No voy a levantarme”, pensó, imaginando el baño inundado, después, la sala. Se vio otra vez joven en el funeral de sus padres y luego mudándose a la costa, para iniciar sus investi­gaciones. Cuántas noches de luna malgastadas a la orilla del mar, persiguiendo algo que al parecer no existía. Se hizo más intenso el sonido del agua corriente, insoportable. Bloqueaba los ensueños con tanta dificultad conseguidos. Somnoliento, sin poder escuchar sus pasos, como entre nubes, el anciano salió de su dormitorio. Tal como había sospechado, ya el líquido se había esparcido por buena parte de la vivienda. Entró en el baño y allí vio —empapada, con su piel resplandeciente—, a la criatura que lo había hecho embarcarse en una búsqueda sin fin, la maravilla que había perseguido durante décadas. Ella extendió sus extremidades de mujer hacia él. Santiago la tomó de la mano y así comenzaron a recorrer juntos el profundo mar en que la casa se había transformado.

 

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Mi amiga la muerte

Escrito por Adriana Miguel Franco, 28 Nov.

La desconocí.

Le temí.

La odié.

La acepté.

 

De niño no sabía exactamente lo que  era “morirse”, se estaba y luego ya no, eso era todo. Se morían las personas viejas, los abuelitos que ya habían vivido mucho, con su mirada cansada y la piel arrugada; como mi vecina Doña Felipita, con, su mandil color rosa y la piel de los pies tan frágil que yo pensaba que en cualquier momento se le reventaría. Barría  su calle, dejándola pulcra y envidiable , un día no salió más y la basura comenzó a acumularse. O mamá Luisa, sentada en un tronco al sol para que le entrara un poco de calor a los huesos, quieta como una estatua, con sus dos hermosas trenzas color plata que le daban un estupendo corte elegante que combinaba con su piel blanca y los surcos abismales de la cara, cada que pasaba por su casa le saludaba con la mano y ella devolvía el gesto; siempre tuve la impresión que no sabía que yo era su bisnieto. Sin más, sin despedirse, se fue.

 

Fue así como la vida, o más bien la muerte, me dió pequeñas señales de su presencia, como avisando que pronto  llegaría y dejó de ser una desconocida para ser “la cosa mala” que se lleva a los viejitos y descubrí que no solo se los lleva a ellos, que también se lleva a las mamás de mis compañeros, a los bebés, a los hermanos de mis amigas, a niños… a niños como yo; no quería que me viera, que me encontrara a mí, porque cuando la gente muere se va al cielo o al infierno, yo no me quería morir y menos irme al infierno, tampoco importaba si me iba al cielo, porque allá no estaba mi mamá, no quería dejar de ver lo bella que es y que me dejara de leer cuentos.

 

Luego la odié, la odié como no sabía que podía odiar un niño de trece años, porque eso no se hace, no se lleva al papá de alguien como si nada, sin pedir permiso, sin avisar, sin dejarse despedir, no es justo, ¿Qué no se dió cuenta que yo lo necesitaba más? ¿Para qué lo quería si ya tenía a los viejitos, a las mamás de mis compañeros, a los hermanos de mis amigas, a los bebés y a niños como yo?,  ¿Para qué?. Aquí hacen falta abrazos y quién componga puertas, y dónde sea que viva - o muera- estoy seguro, no hay puertas. Un día cerró los ojos y nunca más los volvió a abrir. Y no entendí lo doloroso que sería, hasta que pasaron los días y no volví a escuchar su voz, oler sus manos y sentir su barba en mis mejillas; la odié porque hizo llorar a mamá, la odié porque el hueco del pecho crecía inexorablemente, dolía seguir, ver su lugar de la mesa vacío, sus botas abandonadas y la risa ausente por toda la casa. Corazones rotos que jamás sanarán por completo.

 

La acepté como parte de mi cotidianidad, y es que no creo que la muerte sea la ausencia de alguien, sino más bien,  todo lo que deja tras de sí, caos, confusión, sufrimiento, coraje, la desesperanza, porque con el tiempo me di cuenta que la muerte también puede ser liberadora, de penas, de dolor, de la lenta postración en una cama atadora sueños y anhelos, de algún hombre que perdió a su esposa y que ahora solo espera no estar en éste mundo tan mísero. Entendí que hay quienes esperan la con los brazos abiertos y los ojos cerrados, como a una vieja amiga, apaciguadora de los malos sueños, traedora de paz. Fiel justiciera, se presenta sin retrasarse un solo minuto ,sin preguntar porqués;  hermosa y sutil, tan desgraciada que nos toma de la mano a medio suspiro.

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Vacío

Escrito por Alinn Mejía, 21 Nov.

Eran pasadas las 10 de la noche. Camila caminaba de prisa, debía llegar cuanto antes a casa. Aquél, no había sido el mejor de sus días. Nunca dejaban de molestarla. Camila esto, Camila aquello. Estaba harta, pero hacía su mejor esfuerzo, en verdad necesitaba el trabajo. Ese horrible trabajo, pensaba Camila acelerando aún más su paso. ¿Por qué esto nunca termina?

El camino era el mismo de todos los días, lo sabía de memoria, creía incluso poder recorrerlo sin ver. ¿Qué cosas piensas Camila?

Dobló en la siguiente cuadra a la derecha. Ahora ya sólo tenía que caminar un par de cuadras más, tomar un camión, cruzar el puente y pasar por ese parque que tanto odiaba. No podía dejar de pensar en su cama, sólo quería llegar y recostarse en su cama. Todo parecía normal, aunque el camino se le había hecho de pronto inexplicablemente más largo que de costumbre. Iba ensimismada, de hecho, todos lo hacían. Todas las miradas siempre fijas perdidas caminaban con ella. El viento estaba muy frío, resoplaba y congelaba sus labios, entrecerrando los ojos seguía caminando. Debió haber sido por esto, quizá dobló en la cuadra siguiente, pero el camino ya no era el mismo. No se asustó pues conocía bien estos rumbos. Estaba muy oscuro. Debo seguir y doblar a la izquierda, pensó y con cada paso parecía que Camila se perdía entre espejos. Un sudor helado le recorrió el cuerpo y por primera vez sintió miedo.

Miedo no de saberse perdida, miedo al día de mañana, a lo que pasaría. Miedo de despertar y encontrarse de nuevo sola y rendida. Los pasos cada vez más tenues de Camila desparecían. Sin darse cuenta, ya no había nada a su alrededor, no había camino, no había personas, no había edificios. Sólo estaban ella y sus pensamientos. Un estrépito alarido se oyó a lo lejos. Su parsimonioso caminar se volvió frenético. Corrió, corrió como nunca lo había hecho. Camila tropezó, pero en seguida se levantó, alzó la mirada hacia el cielo y vio como una enorme sombra sobrevolaba su cuerpo. Una enorme sombra, con ojos sangrientos la miraba fijamente, penetraba su mirada en la de ella, sonriendo. Una sombra deforme que se perdía con el viento. Camila no sabía lo que estaba viendo, solo sentía la mirada punzante en su cuerpo, era como si todo el mal y toda la ira del mundo se concentraran en ese momento. ¿Quedarse o huir? Que diferencia haría. La vida es una constante lucha sin remordimientos. Camila sabía bien lo que pasaría. Lo supo desde aquel momento, lo supo al salir de su trabajo, lo supo al comenzar a caminar. Sabía que nunca llegaría a su casa. ¿Pero, cómo, por qué, cómo pudo saberlo?

Hay una constante en la vida. Camila debe saberlo. Al salir del trabajo, vio aquella sobra, la siguió todo el tiempo. ¿Por qué no hiciste nada Camila?

La noche era aun más densa, las nubes convulsionantes encierran secretos, criaturas extrañas toman la forma de nuestros peores miedos. Quieres huir, esconderte, pero ni siquiera puedes extinguirte. Camila dejó de luchar, la realidad es mucho más aplastante, pensó. Extendió sus brazos y se dejó tomar por aquella forma inhumana. Al fin no sintió miedo.

Una multitud obstinada rodeaba un cuerpo inerte, frío, y tranquilo. Camila observaba a lo lejos, sus ojos tristes y vacíos pudieron ver en ellos su propio reflejo.

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En la boca del sapo

Escrito por Adip Juárez, 14 Nov.

Mi nacimiento fue muy raro. Recuerdo un líquido, mucho calor, presión y al final, frío. Me siento perdido, de aquí para allá, pero la primera vez que vi la luz, estaba en una bolsa, en un lugar no muy agradable, casi asfixiante. Al menos había muchos como yo.

Mi vida ha sido un caos. He viajado al centro mismo de una máquina expendedora de refrescos: me deslicé por sus entrañas y pasé por sus resortes, justo para car en una caja.

No todo era malo. Un día salí con el cambio de esa oscura máquina y llegué a manos de mi mejor amigo: Ramiro, un niño de siete años. Fuimos inseparables y ganamos muchas batallas. Fui su amuleto de la suerte.

Incluso, para tomar una decisión, me aventaba al aire y, según como salía, tomaba su determinación final: jugo de piña o arándano, columpios o resbaladilla.

Una tarde, todo cambió. Ramiro ya no jugaba conmigo. Se oían gritos en la casa, al parecer Romina, su mamá, había encontrado a Laureano con la chica del aseo.

Con una voz casi inaudible, como ruido de hojas cayendo, dije: “Ramiro despierta, escucho pasos”, pero nunca reaccionó. Se abrió la puerta de la habitación y se llevaron a Ramiro. Jamás lo volví a ver.

Sentí unas manos, vi los zapatos de Laureano salir de la negra habitación.

La humedad que sentí después fue insoportable, como estar acostado sobre un pedazo de gelatina. Junto a mí estaba la foto de Romina, olía a ajo e incienso.

Pasaron cinco años hasta que escuche una voz. Era ¡Ramiro! Era un joven. Levantó mi húmeda prisión.

—¡Joven, joven no toque eso! —gritó Marciano, el cuidador del panteón—. Es un trabajo, mire.

Tomó sus guantes y abrió la boca del horrible sapo. Me sacó junto con la foto de Romina.

Un fuego abrazador me cobijo, estaba en el infierno, rodeado de brasas. Al parecer, era la única forma de acabar con el trabajo.

Adiós, Ramiro.

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