En algunas historias la ciudad es simplemente impredecible; en otras es perversa o desolada, onírica, fría, violenta, burlona, apocalíptica, seductora.

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Keep Walking

Keep Walking

Escrito por Alessandra Grácio, 14 Sep · No. de Visita: 435


 

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1

—¿Algún día voy a conocer todas las calles como tú? 

—No conozco todas… Pero tú conocerás más calles que yo. 

—¿En serio? 

—Claro. 

—¿Cómo lo sabes? 

—Así nomás. 

Un guiño. El guiño. El que te dedicaba al mismo tiempo en que abría “la sonrisa más blanca del planeta”. Cada que decía “así nomás” te hacía ese gesto y sabías que todo estaba bien. La vida tenía los colores de los crayones que usabas en tus dibujos de la escuela. Tu mundo era posible gracias a ese guiño. Mariposas gigantes y rosas, el sol sonriente, un arcoíris de juguete. Una casita roja y amarilla. En la ventana, mamá y él. En los columpios que colgaban chuecos del árbol de hojas moradas, tú y Elisa. Ustedes cuatro vivían risueños en esa hoja y en muchas otras. 

Suspiras. Debes abrir los ojos. No quieres.

 

2

 

—¡Estoy harta! —Así te recibe Elisa: con ojos de bestia, exhalando su última burbuja de paciencia que explota solemne en el aire después de describir una trayectoria de su boca al espacio que la separa de ti—. ¡Te lo dije! 

Vuelves a cerrar los ojos. Ahí está él otra vez. La sonrisa, las palabras y los parpadeos te saludan en cámara lenta. El recuerdo se te atora en la garganta y te lo pasas sin agua. Abres los ojos y ahí sigue “tu Elisa”, la mayor. La que se fue de casa a los veinte porque encontró al “amor verdadero” en la butaca de al lado del curso de Inglés. Tú le creíste y por un tiempo incluso fantaseaste con una historia parecida. Mamá se había ido al cielo un año atrás y en ese entonces Elisa tenía diecinueve. Tú, diez. Te acuerdas bien de ese día porque papá fue por ti a la escuela antes del horario de la salida. Te llevaron a Dirección y allí estaba él. Por primera vez viste los faroles que alumbraban tu mundo cubiertos por un vidrio tembloroso. Se subieron a un taxi rumbo al hospital donde mamá llevaba ya dos meses desde que empezó a toser todo el tiempo. Te tomó la mano. No le preguntaste nada, ahora sí. Nada. Él solito te miró. Y por primera vez su sonrisa era una línea muda, nada más. Sin dientes. Los ojos de vidrio brillaron y del guiño se escurrió una certeza gruesa, transparente. Mamá ya no estaba. Ahora eran tres. Ustedes tres. 

Elisa, como descubriste más tarde, no se había ido por amor. Papá no quería que se fuera. Ella se enojó. Papá sólo trataba de hacer lo mejor que podía pero ella ya lo había decidido. Era mayor de edad. No entendías por qué le decían niña… Niña eras tú. Ahora lo entiendes. Y un día ella se fue. Entonces se quedaron ustedes. Los dos.

 

3


 

Antes de que puedas decir cualquier cosa, Elisa sigue: 

—Él ya no puede seguir aquí. Me voy a volver loca. No tuve hijos porque no quiero cuidar a nadie. —Aguantas la respiración porque sabes la verdad. La “niña” sigue hablando y tú ya no la escuchas—. Blablablá. 

Justo detrás de ella, ves su enorme retrato de quinceañera colgado en la pared. La sonrisa metálica, el vestido turquesa. 

—¡Ya, Laura! Hoy es el último día que paso por esto. ¡El último! Papá es un demente—. Tu mirada se vuelve a ella. El molote que tenía en lo alto de la cabeza se deshace con sus manoteos. Es la primera vez que la observas con atención desde que volvió. Ahora es rubia y sus dientes se alinearon, dientes blancos como los de él. El “demente”. Ella se parece más a él que tú. Al menos físicamente. De todos modos, no se ve de cuarenta años. Se ve de más—. ¿Me oyes, Laura? 

No le dices nada, y no porque no te importe. En realidad podrías decirle muchas cosas. Podrías decirle que viste a papá llorar a escondidas cada que ella no daba noticias, o quizá podrías contarle de la primera Navidad que pasaron tú y él. Cuatro platos en la mesa por si ella decidía llegar con “su nueva familia”. O tal vez podrías hablarle de la alegría triste que sentías cada que disfrutabas del espacio de la habitación que había quedado sólo para ti… Pero no. No le dices nada. La miras bien a los ojos. Le avientas tu silencio en la cara… Que se aguante. Respiras profundo, sientes cómo aprietas los dientes y sales sin cerrar la puerta. Que la cierre ella. 

Bajas las escaleras del edificio, tus piernas son los dedos de una mano inquieta que tamborilean manchando de impaciencia a alguna superficie. Accionas el botón que desbloquea 

la puerta principal. La calle te recibe oscura. Suspira en tu cara… Te odias por no saber manejar, por no haberle hecho caso a papá cuando te lo quiso enseñar. “Luego, pa”. Esperas un taxi. No viene ninguno. Sacas el celular del bolsillo y marcas ese número que ofrece rapidez y seguridad. No tienes saldo. Piensas subir y marcarle a Diego, pero desistes porque sabes que ésa es una tarea que tendrás que realizar sola. Además no quieres ver a Elisa. 

Diego. Papá quería a Diego. “Hacen buena pareja”. Papá no sabe nada. Diego no te quiere. Te puso el cuerno otra vez. Sufres. Sufres por la ingenuidad de tu padre. Sufres por eso que ya sabes. Aquí afuera puedes llorar. Y lloras. Aprovechas y 

lloras por todo de una vez. ¿Dónde estás, papá?

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4

 

Setenta y cinco años no es mucho, y todo estaba bien. Ya habían aprendido a vivir con dos platos en la mesa. Papá ya se había permitido “descansar” y se daba por satisfecho con entretenerse reparando cosas en casa, cultivando albahaca, epazote y perejil en unas macetas que dispuso en el balcón. Leía el periódico, salía a caminar. Escuchaba con paciencia las anécdotas que le contabas sobre tus alumnos. Digitalizó todo el recetario de mamá en la computadora. Cocinaba contigo y para ti; lasaña, gnocchi, ravioli. En la cocina, volvían a ser tres: mamá, él y tú. “Le encantaba la comida italiana, ¿te acuerdas?”, se preguntaban uno al otro en diferentes ocasiones… Como si a alguno se le hubiese olvidado.  

Una de esas tardes, ella volvió. Treinta y muchos años en el cuerpo. Sin príncipe y sin furia. Sin empleo. Sin excusas. Y sin preguntas, fuiste por otro plato. Se quedaría por un tiempo “nada más”. Tiempo que se estiró hasta hoy.

Doblas la esquina, ya no les temes a los ladrones ni a los violadores. Sólo debes seguir. No tienes cuerpo. Avanzas por el peso de lo que eres. Ahí está tu antigua escuela. El lugar ése donde hacías tus dibujos de felicidad. Antes parecía tan lejos… No hay señales de él. Deben ser casi las nueve y sólo hay silencio. Llegas al parque que lleva el nombre de un santo y que tiene una fuente… Te acuerdas de las monedas que de niña aventaste para pedir cosas que ya no importan. Espantas sin querer a una pareja que se besuquea clandestina ¡Ahí está! Las débiles luces públicas te ofrecen la silueta de un hombre sentado en una banca… ¿Será él? Sabes que no irá tan lejos. Te acercas. No, no es él. Es un indigente… Tu padre no es un indigente. Sigues. La panadería aún está abierta. Te metes. No está. Sales. Las luces de la farmacia violentan tus pupilas… Entras. Suena algo que parece bossa nova y la gente parece tranquila comprando pañales, champú, paracetamol y benzocaína. No está. Te vas.

 

5

 

Te das cuenta de que llegas cada vez más lejos porque poco a poco las calles cobran vida. Sí, ya te alejaste de la zona residencial donde un día tu padre logró liquidar una hipoteca. Quizá por eso volvió Elisa. Techo seguro. No. “No la juzgues, no la juzgues”, te dices. Te acuerdas de lo que dijo tu padre: “Ella no se fue por amor, hija. El amor aquí fue el pretexto. Un día lo entenderás. Se fue porque quiso alejarse de la tristeza de ya no tener a tu mamá”. Recuerdas que te costó entenderlo porque ahí estaban tú y él… En ese entonces no creías justo que tu hermana mayor te abandonase, pero huir “era su derecho”. 

Su regreso devolvió a papá cierta tranquilidad. A lo mejor, desde algún lugar, mamá también estaría feliz de volver a ver su familia reunida. Ahora te da igual. Sólo debes encontrarlo. No es la primera vez que se pierde. La primera fue hace dos meses después de una lasaña para tres. En la cocina lavaban los platos tú y él. Elisa dio las gracias a Dios y se fue a la compu dizque a buscar empleo… Creías que secar platos era una pérdida de tiempo pero lo hacías porque tu padre tenía buena plática. Secabas y él los iba guardando en el armario. Se reían, ¿te acuerdas? Te contaba de esa vez que estaba con tu madre en luna de miel y se cayeron los dos cuando trató de cargarla para una foto romántica. Se detuvo, se puso a mirar a la nada y entendiste que era un momento de nostalgia nada más. Se recuperó y fue cuando guardó el último plato en el refrigerador. 

—¿Papá? 

—¿Qué? 

—¿Por qué guardas el plato en el refri? 

—¿Cuál plato?

Sí. Ese fue el día en que empezó a “irse”. A esconderse. Pero esa vez fue sin darte el chance de contar hasta diez para que salieras a buscarlo. Lo tomaste de la mano cuando llegaron al doctor. Iba contestando muy bien todas las preguntas que le hacía. Sabía su propio nombre, su número de teléfono… Hasta que no pudo contar del diez al uno. Ni del uno al diez. Te acuerdas de su cara de pena, de su aura de impotencia. El diagnóstico implacable de demencia cayó como un fruto podrido en tu cabeza y en la de Elisa, mientras se columpiaban en la inercia de la vida: “Defecto cognitivo moderado-grave”. No te perdonaste por no darle más importancia a las primeras señales porque creías que era normal que se le olvidara el nombre de algún actor o cantante. Si a ti se te olvida… Desde entonces la fijación de Elisa es que se vaya, que lo metas a una de esas casas de asistencia del gobierno y ya. Tú no lo vas a hacer. Si ella decidió regresarse, que se adapte. Por momentos, tu padre no la reconoce y no lo culpas porque tú tampoco logras hacerlo. Elisa no es la misma hermana que se fue a los veinte. De todos modos, también sabes que tu padre a veces no te reconoce a ti. Ya no te guiña. Pero te aferras a lo que sientes, a lo que recuerdas…

Todavía puedes sentir como era dejarte guiar por él cuando te llevaba a la escuela. Te iba leyendo los nombres de las calles en las placas que homenajeaban a poetas y a presidentes muertos. Si te apretaba la mano una vez era porque doblarían a la derecha. Dos veces: cruzaremos la calle. Pausa. Y miraban para un lado y para el otro. 

Te acuerdas de una fiesta a la que fuiste a tus casi quince. Aquella que fue una trampa de tus “amigas” de la secu para que te besaras con Arturo. Trataron de encerrarte con él en un cuarto pero te escapaste. Saliste de la casa y le marcaste a tu padre de un teléfono de monedas. Lo esperaste en una tienda aguantándote el coraje. Le contaste todo. El abrazo que te dio ese día aún es un buen refugio para tus miedos. Fue la primera vez que dijo que eras valiente.

6

El sonido lejano de una ambulancia te trae de vuelta a la realidad. No quieres pensar en hospitales y menos en la policía. Sabes que lo encontrarás. 

“¿Por qué Elisa no lo cuidó?”. Por más que intentes, te cuesta no juzgarla. Te viene la idea de usar el dinero de la pensión de tu padre y contratar a alguien que te ayude a cuidarlo. Sí, parece una buena idea y esto te hace caminar más rápido. Cruzas una avenida y los espectaculares de led y neón tratan en vano de convencerte de que la felicidad se destapa, de que nada es imposible, de que la vida es buena… De todos estos anuncios sólo simpatizas con el que muestra un señorcito y parpadea diciendo: “Keep walking, keep walking”. Le haces caso y avanzas.  

Te acuerdas de la única vez que viste a tu papá beber whisky, fue en una junta de señores cuando trataba de hacer negocios con unos empresarios. Recuerdos vagos. Tenías once años ya y por alguna razón tuviste que acompañarlo. En esa época se había “obsesionado” con la idea de hacer dinero porque tenía que cuidarte él solo y, como te viniste a enterar después, depositarle “algo” a tu hermana. Después de esta junta escuchaste la expresión “mi gran oportunidad”, repetida muchas veces por tu padre. Lo acompañaste más de una vez a una oficina donde se presentaba con una secretaria vestida de traje azul marino y que olía a talco.

—¿En qué le puedo ayudar? 

—Vengo a ver al Licenciado. Me espera. 

—¿Su nombre? 

Tu papá le contestaba y ella levantaba el teléfono. Hablaba tan bajito que te causaba mala espina. 

—Una disculpa, pero el Licenciado tuvo un compromiso. 

—Entiendo… 

Volvieron en otras ocasiones y a veces la respuesta era: “El Licenciado tuvo una junta de último momento” o “El Licenciado no está en la ciudad…”. Cuando te diste cuenta dejaste de frecuentar ese lugar. De todos modos, el tal Licenciado nunca lo recibió porque tu padre nunca hizo dinero. Lo que tenía eran ahorros y disciplina. Ahora lo que te despierta son las campanadas de la catedral. Ya son las diez. Pasan coches a alta velocidad… Es la gente joven. Es viernes y se dirigen a los bares de la parte bohemia de la ciudad. Tú también eres joven, apenas cumpliste los treinta. Das unos cuantos pasos y te detienes enfrente de la catedral. Elevas tu mirada a los ángeles desnudos que te miran con desdén. Eres maestra suplente en una escuela equis, no tienes ahorros, no sabes manejar, no tienes pareja y tu único plan para la noche de este viernes es encontrar a tu padre anciano en una ciudad indiferente. 

“¿Y si no lo encuentro?”. Te asalta esta pregunta como un mecanismo de evasión. No te pondrás a analizar tus carencias. No ahora. Te olvidas de los ángeles. Miras las enormes puertas de esta opulenta casa celestial. Están cerradas. Te acuerdas de cuando una vez tu papá te tomó del brazo y cruzaron su pasillo. “Entrenemos para cuando te cases”, te dijo. Te volteas. Ves las paradas de autobuses con largas filas aún. Filas de gente que sabe dónde vive, que tiene fe en que llegará a algún lugar. Te desesperas. La niña sigues siendo tú porque quieres a tu papá ahora mismo. Quisieras salir corriendo y perderte de ti misma, pero ya aprendiste que no existen calles suficientes cuando lo que quieres es huir de la tristeza. 

Te sientas en una banca porque necesitas anclarte en algo. Apoyas la cabeza entre tus manos. Te fijas en tus Converse sucios y te cuesta creer que eres el adulto a cargo en este momento. Levantas la mirada y el semáforo de la gran avenida se pone en rojo. Se detiene un coche blanco lleno de chicas de tu edad que gritan, se ríen y hacen coro con el estéreo a todo volumen:

Last night I dreamt of San Pedro

Just like I'd never gone, I knew the song.

A young girl with eyes like the desert

It all seems like yesterday, not far away…

 

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Con el último verso el coche arranca desafiando los colores del orden. Tarareas mentalmente esta canción pegajosa de Madonna. Repites una y otra vez el único pedazo que te sabes: This is where I long to be / La isla boni-i-taaa… Es inevitable. Recuerdas que La Isla Bonita es también el nombre del más nuevo antro de la ciudad que anuncian a cada rato en la tele. Es un karaoke de canciones ochenteras, de esos con estrobos y gente vieja tratando de sentirse joven y gente joven tratando de sentirse vieja. Fuiste una vez con Diego y unos amigos suyos de la agencia y juraste no volver jamás. Primero porque “ese tipo de lugar” no te atrae y segundo porque el edificio de al lado es el que hace años visitabas con tu padre para tratar de hablar con el tal Licenciado que nunca lo recibiría. No te gusta ese recuerdo. 

De repente, te levantas de un salto. Te cuesta creer en ti misma pero esta vez te arriesgas. Le haces la parada a un taxi. Te acomodas y sientes un hormigueo en las piernas: tu cuerpo te recuerda cuánto caminaste. 

—¿Adónde? 

—La Isla Bonita. 

—Claro. Eres la tercera persona que llevo allá el día de hoy. Es todo un éxito este lugar, ¿verdad, señorita? 

Te limitas a sonreírle por pura cortesía. El coche se come la avenida, pasa por un viaducto donde mujeres brillosas ofrecen compañía. El chofer las saluda con el claxon y ellas le mandan besos. Él se ríe. Finges que no te das cuenta. Poco a poco te invaden las luces. Doblan a la derecha, a la izquierda… 

—Señorita, ¿está bien si la dejo en la banqueta de enfrente, nada más para que se cruce? Es que hay muchos coches. 

Asientes. Por fin llegan. Bajas. Te tiemblan las piernas, tu corazón late de prisa. Te abraza una nube de olores a frituras, cigarro, desodorante y perfume. Ahí está tu padre. De pie.

Enfrente del edificio antiguo al lado de La Isla Bonita. Las luces de neón rojo se reflejan en su cabeza canosa. Lo observas y ves que no se altera con la multitud que parece invisible a sus ojos. Te acercas. No te reconoce. Suspiras. Cierras los ojos y te acuerdas del guiño. Los abres. Carraspeas. Esa es tu gran oportunidad: 

—¿Le puedo ayudar en algo? 

—Vengo a ver al Licenciado. Me espera. 

Sientes el nudo en la garganta. En el bar de enfrente, el letrero con señorcito te recuerda tu misión y sigues. 

—Señor, el Licenciado tuvo un compromiso. 

—Entiendo. Pero voy a esperar por si viene. 

—Muy bien. Lo acompaño. 

—¿También vas a hablar con él? 

—Probablemente. ¿Lleva usted mucho tiempo aquí? 

—Algo… Pero no se desespere, señorita. El Licenciado va a llegar. 

—¿Y cómo lo sabe? 

—Así nomás.

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Autor:

Alessandra Grácio

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