Este texto fue uno de los participantes del Clan de letras edición agosto cuya temática fue ciencia ficción.

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Piezas sueltas

Piezas sueltas

Escrito por Carmen Macedo, 10 Sep · No. de Visita: 98


El parpadeo de sus ojos fue tan conmovedor para su padre, como si volviera el tiempo al instante en que contempló los primeros pasos de su alguna vez nieto. El científico jaló su silla y acercó la lámpara alta para iluminar lo más que pudo la desvelación de su obra magna. A su lado no había nadie más en el laboratorio, tan solo inventor y objeto. A sus espaldas la estantería atiborrada de cables fijos a una batería que lo alimentaba de energía, y que a su vez se conectaba a la computadora madre. Los frascos en las gavetas, que contenían toda clase de criaturas y sustancias. El refrigerante preservando las muestras de órganos otrora vivos. Toda esa estéril compañía envuelta por un exultante silencio.

Así como la lluvia deforma el reflejo de un cristal, la mirada inexperta del creado le brindó imágenes borrosas, escuchaba la voz de un ser a quien de inmediato reconoció como su “padre”, pese a que seguía sin poder enforcar bien su rostro.

—Es el ojo derecho —mencionó el científico— maldita sea… —“papá” insertó los dedos en la cuenca izquierda de su hijo y sacó el globo ocular con un delicado tono celeste en el iris— no tenía otro marrón, ¿ya puedes verme? —la criatura asintió.

Tuvo al fin conciencia de su cuerpo: era pesado, pero de forma desproporcionada como si alguna presencia invisible retuviera la movilidad de sus extremidades.

—Este ojo no era humano, creo que te afectó más de lo que pensé —“padre, me gustaría saber quién soy” dijo la creación, pero no fue escuchado. Ni siquiera salían las palabras de sus labios, tan solo sonidos agudos incomprensibles para su progenitor, y que al mismo tiempo, estaban cargados cada vez más de desesperanza.

La criatura extendió su brazo, pero en vez de dedos tenía plumas

—¿Qué tal este? —de nuevo “papá” introdujo sus dedos en la cuenca vacía, estaban húmedos y fríos, la pieza esférica entró con mucha dificultad y empezó a  girar convirtiendo las ahora imágenes en un juego de luces caleidoscópicas. Por las mejillas del “¿hombre?” la solución para ojos corrió como un par de lágrimas, ¿no podía siquiera llorar?—. Mírate, ¡estás llorando de felicidad! —Un espejo sostenido por una mano que sí podía sujetar objetos, y una voz que había vibrar cuerdas vocales atraía su atención. Su “padre” era un hombre decrépito, un científico con aires de Frankenstein: y al mismo tiempo le parecía maravilloso.

Sin embargo, el llanto no provenía por dicha alguna. De un aletazo, la criatura arrojó el espejo, el cual se hizo añicos contra la pared, reflejándolo infinitamente en inertes trozos de cristal.

El creador se había equivocado en lo más importante, el cuerpo aún conservaba su alma de artista, se olvidó de remplazar su corazón de poeta por el de sirviente.

Fue desmantelado como experimento fallido.


Autor:

Carmen Macedo

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