En un momento y espacio indeterminados Raquel adquirió la conciencia de estar rodeada de oscuridad intensa: sin luz, sin sonido, en medio de nada. Aquellos segundos, tal vez minutos, incluso horas, fueron sus primeros pasos en la iniciación a la sabiduría ancestral.

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Los sueños de Raquel

Los sueños de Raquel

Escrito por Sandra Pérez Monter, 07 Sep · No. de Visita: 106


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La luz

 

Oscuridad, intensa oscuridad, no hay más que color negro, no hay luz, no hay sonido, no hay nada. Trato de ver algo en este lugar completamente oscuro y no lo consigo, quisiera que mis ojos me dieran fe de algo, pero no puedo sentirlos. No puedo parpadear, no puedo abrirlos, no sé si aún los tengo. Pienso en mis párpados y les ordeno abrirse, pero no logran percibir nada, ni siquiera los siento.

 

El silencio es abrumador, no percibo el zumbido de mis oídos, sólo silencio, tanto que hasta podría escuchar el latido de mi corazón, y sin embargo no lo oigo. No escucho ni siquiera el vacío. No hay nada, absolutamente nada.

 

Comienzo a desesperarme, no sé si son segundos, minutos, incluso hasta horas. Empiezo a sentir una ansiedad que me hace presa de mis instintos. Aquellos que me dictan que debo sobrevivir y autoprotegerme, los mismos que expresa un recién nacido en su primer momento con un grito vivo que dice “aquí estoy”.

 

Quisiera poder gritar como en mi primer momento, llamar a alguien con la esperanza de que me despierte de esta pesadilla, de este sueño tan inhóspito. Pero no puedo, mi cuerpo se ha ido, no existe…

 

¿Estoy muerta?, ¿inconsciente?, ¿desconectada de mi realidad? Sin percepción alguna, sin plena certeza de mi autonomía, en alguna especie de coma o delirio... O simplemente me encuentro inmersa en un sueño profundo del que no he podido despertar… Es un estado desconcertante.

 

Cada vez me siento más bruta, prisionera de mis emociones, de mi desesperación. No hay nada. No puedo sentir nada, mi cuerpo sólo es un recuerdo que trato de no perder. No siento mi piel, ni el roce de ella con nada. No hay aire, ni agua, ni frío o calor que pueda sentir mi piel vacía. Sólo está mi pensamiento. Me siento aturdida, confundida, torpe…

 

La percepción se ha ido de mí. ¿Será posible que esto sea la muerte? 

 

¿Habré muerto? ¿Pero cómo? ¿Por qué? No recuerdo haber muerto… si es que se puede recordar algo así. ¿Habré tenido un accidente? ¿Me habrá dado un infarto? Pero, ¿por qué? No recuerdo haber sentido nada. No puedo estar muerta, yo no podría estar muerta, ¿o acaso lo estoy? Soy tan joven… acabo de cumplir 33 años, sólo 33 vueltas al Sol. Es tan poco…

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Si ésta es la muerte, es aterradora. No hay nada, además del insondable vacío. Y estoy yo. Una vez más, sin rendirme, trato de moverme. No puedo, y cuando pienso en la rendición, de repente viene a mi mente una interrogante: si estoy muerta, ¿por qué aún estoy pensando?

 

¿O será así cuando uno muere? Continúa nuestra mayor fuerza flameando en el espacio, o simplemente acaba todo… Finiquitada nuestra misma esencia, nuestro yo, surge nuestra percepción de ser algo que se desvanece. ¿No hay nada, ni siquiera la consciencia de que no hay nada, ni un pensamiento? O por el contrario esa energía que nos mueve, nuestra esencia flamígera, nuestra conciencia, nuestro yo, nuestra mente y sus pensamientos, continúan viajando, moviéndose hacia algún lado, hacia el espacio sideral diferente a éste, hacia las estrellas, tal vez, hacia las galaxias, a los agujeros negros…

 

¿Qué soy ahora?, ¿en qué estado me encuentro? Viva, muerta; o ¿estoy en un estado ambiguo entre ambos?

 

Pero yo estoy pensando ahora, pienso y pienso… Pienso y trato de buscar en mi memoria otros pensamientos, alguno que me conduzca hacia algún lado, pero no voy hacia ninguna parte, todo esto me genera un gran vacío, un ardor frontal que me desespera aún más. Estoy angustiada, tengo miedo. De pronto, viene a mi mente la imagen de mi hijo, mi pequeño Isaac, mi pequeño tololoche. Si estoy muerta, voy a hacerle mucha falta. Es sólo un niño. Inmersa en mis pensamientos maternales, comienzo a angustiarme: quiero ver a mi hijo. Mi hijo. No puedo pensar en nada más que en él. No puede ser tan desdichada mi suerte. Él me necesita. Necesito volver a donde él está. Tengo que regresar con Isaac. Quiero verlo, tengo que verlo… Me siento tan desesperada por ir a encontrarme con mi hijo, ¿le habrá ocurrido algo? Debo verlo, asegurarme de que está bien. Mi pequeño Isaac.

 

No veo, no oigo, no puedo moverme, sólo pensar. Tal vez pueda imaginar algo y así pueda regresar a ver a mi hijo.

 

De pronto, la voz… Una voz distante. No entiendo qué dice. ¿Será una mujer? No, es de un hombre, o ¿será de un niño?

 

Ahí está otra vez. Una voz extraña cuyo mensaje no logro descifrar, habla en una lengua diferente, una que jamás había escuchado. Pero la escucho. Quiero seguirla, pero no sé de dónde viene. Se hace más fuerte, resuena dentro de mi mente y viene de todas las direcciones, la escucho detrás de mí, incluso por delante y también a los lados, pero no veo aún nada, todo continúa siendo negro.

 

Trato de parpadear, pero no puedo. Aún no puedo sentir mis párpados.

 

La voz se hace cada vez más clara, pero todavía no entiendo que dice, ¿estará hablándome a mí, o hay alguien más aquí?

 

Trato de hablar, pero mi voz no se escucha, no soy capaz de emitir ningún sonido; pareciera que mi laringe tampoco existe. Mis cuerdas vocales se habrán podrido llenas de gusanos dentro de una fosa tres metros bajo tierra. Definitivamente estoy muerta, ahora lo sé, me dirijo hacia algún otro lado. Mi cuerpo no existe más. No soy ni siquiera un par de átomos. No puede ser que éste sea mi estado definitivo, eterno… No puede serlo, ¿o será el infierno?

 

Me refiero al verdadero infierno de Satán, a ese abismo de la condenación que idealizamos en llamas desgarradoras y que evadimos hasta en nuestras pesadillas, el mismo que creemos irreal, pero que a veces se nos asoma en el temor de pensar que sí existe, para torturarnos por nuestras culpas.

 

¿Será el infierno? Seré un alma putrefacta y ruin, que aguarda su castigo sempiterno y exquisito. ¿Será ese espacio de tormentos en donde estaré condenada a pensar en la ausencia de mi hijo? ¿Dónde esperaré mi dolor? No creo haber sido tan mezquina después de todo. No he matado a nadie, no he robado nunca, no he estafado, no he maltratado a ningún hombre ni mujer. No le he quitado nada a nadie, le he sido fiel a mi esposo en mente y materia, he trabajado, me he esforzado en tener dignidad... Trato desmesuradamente de ser una madre para mi hijo, la mejor que pueda ser yo, trato día a día de nadar por encima de mi terquedad, de mi rudeza y de mi descuido, para poder ser una buena madre, una madre que llene todos los huecos que pueda…

 

¿He pecado? Seguramente lo he hecho. Desde luego que lo he hecho.

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He mentido, no lo niego, y no tengo más excusa que la risible compulsión que desde siempre me empuja a hacerlo, esa comezón que me produce hacerlo y el placer de observar lo que sucede después. Las consecuencias francas e impunes… La mentira que rodea la realidad que he vivido, que en ocasiones llega a confundirme. Será mi pecado de lengua, de voz y desde luego de consecuencias… ¿Será ese mi peor rostro, el que me ha traído hasta aquí?

 

¿O será el de mi ira? El yo iracundo que vive dentro de mí, la mujer sin piedad, esa que se ha asomado un par de veces en mi rostro. La que me ha perdido en la furia de la impotencia y que se ha dejado llevar por sus instintos primarios. La que ha odiado alguna vez… Debió ser odio a ella, pues es un sentimiento atroz, uno fulminante, intempestivo, que hace que mi estómago se revuelva.

 

Sí, yo me he arrebatado a mí misma en un furor iracundo… Me he dejado llevar por la rabia, por mi impotencia… Pero, y entonces, ¿qué debo hacer?, ¿tengo que pedir perdón?, ¿a quién debo pedirle perdón?, ¿será a los deshonrados con mis falacias? ¿A pesar de haberles hecho dar de brincos con mis querellas y con mis historias?, ¿o a esos que se percataron y se ofendieron? ¿No tuve ya mi castigo en su desdén?

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Autor:

Sandra Pérez Monter

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