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Descargas eléctricas ligeras: dos poemas

Descargas eléctricas ligeras: dos poemas

Escrito por Aleqs Garrigóz, 30 Jul · No. de Visita: 60


A un joven marinero
 

Cógeme de la mano,
llévame en una barca en que sólo quepamos tú y yo

a esa nación tabú donde es lícita la trata carnal.

Penétrame en esas rojas mareas
cuyo vaivén sentimos como toques en la médula.
Marea en que los peces convulsionan, eléctricos,
entre jubilosas espumas saladas.


Bébeme, soy botella de un vino que se multiplica a sí mismo;
deléitate hasta tocar fondo.

Cómeme, soy cornucopia de mi propia abundancia.

Habítame, mi cuerpo es hoy para ti

un hostal con sillas, juegos de azar,
música primitiva de tambores y omóplatos, danza
y feliz prostitución. Marinero del amar…

 

¡No me dejes ir 

hasta haberte saciado!

 

II

 

Se mecen las olas arrullando el candor,

pero no quiero dormir si no es contigo.

 

Tus besos son estampa sabrosa

cuando tiras de mi hebilla por acercarme a tu boca.
En ella encuentro un sabor a tabaco y ron.

 

Somos jóvenes, y seguimos en desarrollo,

carambolos de tierras exóticas,

con una estrella interior.

 

Uno sopesa los músculos del otro 

y lo mide con los ojos.
El otro se deja hacer.

 

Inmenso es lo que siento por tu fuerza.

 

Hombre, el océano... el océano nos pertenece.

 

Bucólico

 

Hemos puesto uvas sobre nuestros cuerpos

para devorarlas con ansia.

El otro se retorcía entonces con gusto

por esas sensaciones tan nuevas que se le iban despertando.

 

Hemos jugado a causa del vino 

recreos de adulto sobre el césped fresco,
suave como nuestra piel tempranamente despierta.

Hemos bromeado tanto, tanto, como sólo dos locos harían.
Hemos tocado la flauta y el laúd
mientras los pajarillos se acercaban amistados
y con su ala nos rozaban las mejillas

donde tenemos hoyuelos profundos como la amistad.

 

Nos hemos bañado al natural a orillas del río,

cerca de nuestra morada.

Y el río fluía como aceite sobre una espalda morena.

Nosotros oíamos el canto que le hacían los guijarros al entrechocar

en su fondo pulposo;

y jugábamos a abrazar nuestro reflejo en el agua,

a apretarlo contra nuestros pechos lampiños:

sólo nos quedaba la humedad silvestre en los brazos

mientras nuestra risa penetraba la floresta.

 

Hemos partido el pan, el queso, bajo la sombra de un oloroso cedro.

Nos hemos dado un beso grande como un secreto de amor.

 

¿Como podríamos estar más felices de vivir?


Autor:

Aleqs Garrigóz

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