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Luna nueva.

Luna nueva.

Escrito por María Elena Ortega, 29 Jun · No. de Visita: 160


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Hoy es sábado. Mi abuelita murió un sábado de luna llena. Desde esa ocasión no he vuelto a cortarme el cabello. Aún no lo tengo tan largo como a ella le gustaba.

Cuando cumplí cinco meses de nacida mi madre me dejó para irse a la ciudad porque aquí no había trabajo. La abuela y mis tíos vendían leña y costales con tierra: el monte les pertenecía, pero ahora está prohibido saquearlo.

Mi pueblo, Maxala, está ceñido al monte. Los árboles y la neblina deshilachan por las mañanas y por las tardes la luz del sol, por eso casi siempre hace frío. Maxala parece vivir escondido entre los árboles: las casas están hechas del mismo barro del que se alimentan los pinos; con sus muros y techos cubiertos de musgo, parecen árboles. Sólo en junio y julio el sol se inclina para entibiar un poco más las casas. Son días cálidos: la neblina no baja de la montaña, sale tibiecita del suelo. En esos meses las plantas de mi abuela florecían sin modestia. Mi abuela y yo aprovechábamos esa calidez para pasar más tiempo en el patio.

“Mali, traite tu banquito”, me decía con voz dulce y me sentaba junto a sus piernas huesudas. Con una escobetilla de ixtle desenredaba mi cabello: lo peinaba, lo peinaba y lo peinaba muchas veces. Sólo se detenía para sacar los caramelos de la bolsa de su delantal. Mientras que yo me comía uno, ella se comía tres.

—Abuela, encontré un pajarito muerto, ¿la mamá lo echó del nido porque era el más feo?

—Ajá.

—Ahora no me trepé al árbol para verlos, pues el otro día me dijiste que si los veía la pajarita ya no los iba a querer.

—Ajá.

—Mira abuela, ya hay moras en la pared, ¿verdad que aquí hasta en las piedras se pueden dar los frutos?

—Ajá.

—El domingo que viene mi mamá, me haces mis trenzas, porque no le gusta que traiga el cabello suelto.

—Ajá —exhaló un suspiro lloroso— …ya viene por ti.

Ese día soltó más palabras que las que yo quería escuchar. Al principio no entendí nada. No sé si fue temor o alegría. Mientras me escobillaba el cabello me dijo que ya era tiempo de irme a vivir con mamá; luego regresó a su dulce silencio. El sonido de la escobetilla, alisando mi cabello, llenó mi cabeza de preguntas.

—Dejé una bolsa junto a tu cama pa’ que guardes tus cosas.

Quise decirle que no me quería ir, pero se me enredaron las palabras y sólo atiné a decir:

—Ajá.

Sí, abuela, hoy es sábado, el día que mido el largo de mi cabello. Aunque lo cepillo trece veces al día, esta semana sólo ha crecido tres milímetros. Necesito recolectar más cáscara de encino para enjuagarlo.

No me quería ir a vivir con mi madre, ella tampoco quería llevarme, pero la abuela le mandó decir que ya era el momento.

Empecé a añorar el frío con sus gotitas de agua: el calor de la ciudad tenía el aire podrido. Ese conjunto interminable de casas, gente y autos nunca se callaban. Tampoco mi madre: “Malí, lava los trastes; Malí, lava la ropa”. Como no sabía hacerme las trenzas me dejé el cabello suelto.

—Eres una inútil, aprende a trenzarte: así te ves muy fea. Intenta peinarte.

Mientras cepillaba mi cabello para tratar de hacerme las trenzas, sentía como si las manos de mi abuela lo estuviesen acariciando. También escuchaba el suave siseo que hacía, cuando pedía silencio para que oyéramos el canto de los pájaros.

—Vendrá a visitarme Carlos, es un amigo y me dará vergüenza que te vea greñuda, ¡péinate! No quiero que sepa que eres mi hija, desde hoy eres una sobrina y llámame por mi nombre: Emilia.

Entendí lo que dijo porque la abuela ya me había advertido. “Allá las cosas son muy distintas”, tenía razón. “Tía Emilia” se pintaba el cabello de rojo y antes de dormir se ponía los “tubos para enchinar”.

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A los veintinueve días de vivir con ella, sentí que aumentó su enojo contra mí porque el cabello y mis senos habían crecido.

—Ponte mi suéter y péinate, te ves horrible.

Le dije que ya tenía que cortarme el cabello, que la abuela lo hacía en cuanto me llegaba a la cintura.

—No des lata, un día de estos te llevo.

—Pero debe ser en luna nueva.

—Esas son sólo ideas tontas de tu abuela.

Carlos era como mi abuela, decía poco, pero sus ojos amarillentos no dejaban de pasearse sobre mi cabello, luego se quedaban fijos sobre mi boca. Emilia se dio cuenta de que su amigo me veía con lástima porque un día decidió por fin llevarme a la peluquería. No me importó que faltara una semana para la luna nueva, ya no quería verme tan horrible como decía mamá.

—Déjeselo bien cortito —ordenó a la estilista—: a esta niña no le gusta peinarse. A ver si así se le quita lo fea. Cuando lleguemos a la casa voy a tirar esa agua de encino que te pones en el cabello, no me importa que te la haya dado la abuela. Te voy a comprar un jabón para que te laves el cabello.

Mi cabello dejó de oler a tierra húmeda, ahora olía a lavanda, pero ya no crecía tan rápido. Se puso seco como una planta de xixi.

La abuela sabía la talla de mi vestido tan sólo con verme, ella misma los hacía. Mamá no. La ropa que me compra me queda grande. Dice que así se cubren los bultos que afean mi cuerpo.

—¿Emilia, porqué a las vecinitas les dejan el cabello suelto?

—Son niñas de facciones más finas —atinaba sólo a decirme—, les queda todo, a ti no.

Carlos sonreía burlón a lo que decía mi madre mientras sus ojos saltones rodaban sobre mi rostro, se quedaban un rato fijos sobre mi boca y luego bajaban despacio hasta mis senos.

Al día siguiente regresamos a la peluquería, mi madre le pidió a la empleada que me hiciera unos rizos permanentes.

El líquido que me pusieron para hacerme los chinos hizo que me ardiera mucho la cabeza. Una hora después me quitaron los tubitos. El cabello estaba amarillo, seco como paja. La muchacha del salón me consoló diciendo:

—Con esa cara tan bonita que tienes, ni quien se fije en tu pelo.

Una semana después, mi madre lamentó que mi apariencia no hubiera mejorado, mucho menos con el cabello quemado: me volvió a llevar a la peluquería para que me raparan. Ese mismo día, cuando llegó Carlos a la casa, al verme acarició mi cabeza pelona y tocó mi nariz.

—Mira, bonita naricita que tienes.

El resto de la tarde Emilia no habló, el silencio se sentó incómodo entre los tres hasta que ella decidió encerrarse en su recámara. Escuché que lloraba. Era día de luna llena, yo creo que por eso estaba triste. Mi abuela decía que a las mujeres se les descompone el corazón cuando hay luna llena. Yo también me puse triste, porque anoche soñé con ella; peinaba mi cabello con sus manos y me decía casi en susurros: “Trenza tu cabello con listones amarillos para que te protejan”, pero en mi sueño ella había tejido mi pelo con listones negros.

Carlos fue a ver a mi mamá a su recámara. Aunque la puerta estaba cerrada y hablaban bajito, escuché que sus voces sonaban enfadadas. Mamá empezó a llorar y como el llanto le partía las palabras ya no entendí lo que decía. Carlos regresó, se sentó junto a mí, miró lo que hacía en mi cuaderno, dibujaba árboles: así recordaba dónde estaba mi casa, porque ésta no la sentía mía.

—Usa lápices de diferente color para darle textura al tronco —me decía al tiempo que se me acercaba más—. Mira, así. Empieza en una sola dirección con este color.

La lección quedó rota con la presencia amenazadora de mi madre. Traía un cuchillo que temblaba entre sus manos.

—¡De esto te estaba hablando! —decía señalándome con el cuchillo—, de la atención que le pones a este monstruo. Te advertí que no me obligaras a hacer una tontería.

No me moví, no dije nada, mi respiración se agitó. Las palabras de la abuela se soltaron dentro de mi cabeza: “Quédate quieta, respira quedito”, me dijo el día que un coyote se metió en la casa. Estaba frente a nosotros, se movía lento a la derecha y a la izquierda. “Que no huela tu miedo”.

Carlos también respiraba quedito, pero no se estuvo quieto, se levantó despacio, dio unos pasos a la derecha y luego a la izquierda. Sus ojos saltones se clavaron en mamá. Ella se aferraba al cuchillo; ya no sólo le temblaba la mano, sino también todo el cuerpo. Al ver la cortada que le hizo a Carlos en la mano, mamá corrió por un trapo.

—Perdóname, perdóname —le decía mientras besaba muchas veces la herida que no paraba de sangrar.

“Las desgracias nunca vienen solas”, decía mi abuela. Esa noche, Carlos abandonó a mi madre y esa misma noche, nos avisaron que la abuela había muerto.

Como mamá estaba enferma de tanto llorar, me fui sola al pueblo.

—Tu abuela te extrañaba mucho —me dijo mi tía Josefa—. Sabía que sólo le faltaban dos lunas nuevas para irse, por eso te mandó con Emilia. Por las tardes jalaba tu banquito y se lo ponía junto a sus piernas. Aunque no debía, se la pasaba comiendo caramelos, decía que así le quitaba la amargura al día. Se llenó la sangre de azúcar.

Después de enterrar a mi abuela ya no quise regresar a la ciudad. Mi madre tampoco vino a buscarme.

Hoy es sábado y aún faltan muchas lunas para que el cabello me llegue otra vez a la cintura. ¡Sí abuela, ya aprendí a tejerme la trenza! Cuando esté lista la pondré en tu tumba. Lo sé: la cortaré hasta que sea luna nueva.

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Autor:

María Elena Ortega

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