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La maceta.

La maceta.

Escrito por Alessandra Grácio, 22 Jun · No. de Visita: 119


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¡Ay! qué bonito es volar,

a las dos de la mañana,

a las dos de la mañana,

¡ay! qué bonito es volar, ¡ay mamá!

“La bruja”, canción popular veracruzana

 

Juan Pablo es mi nombre. Sí, todavía soy yo. No son las dos de la mañana… No sé qué hora es… No fue bonito volar porque no tengo alas…El cielo parece más grande cuando lo miras desde el suelo. ¿Elenita?

Elenita, ¿me perdonas? Te hice pedazos, pero trataba de salvarte y llevarte con tus papás y Huesos, llevarte de vuelta a la escuela…Pensé que podría cargarte, no quise dejarte caer. Ahora que tus huesos son de barro quisiera decirte que no te preocupes. Cuando vengan por mí… Cuando vengan por nosotros, te voy a pegar pedacito por pedacito y tú volverás a ser tú.

¿Sabes? Descubrí que los niños y las niñas podemos ser buenos amigos el martes 13 de octubre a las 8:15 de la mañana cuando la Miss se detuvo en la letra D:

Díaz Morales Elena. ¿Díaz Morales Elena?

No vino lo dijo alguien, no recuerdo quién fue.

Tu silla vacía me hizo pensar que tendría que jugar con Tadeo y Santiago en el recreo o, de plano, perdérmelo para ir a la cafe a pelearme por una de las rebanadas de pizza fría que nos venden a quince pesos. Cuando puedas regresar te invitaré una. Faltan algunos días para la Navidad pero para Día de Reyes estarás como nueva y me presumirás tus juguetes porque sí te has portado bien. Estar como estás no es culpa tuya. Tuviste mala suerte, no hiciste ninguna travesura.

Hace unos días fui a la biblioteca por un diccionario (aún no he encontrado el mío, ¿tú crees?) y volví a ver El libro de las brujas colocado junto a las enciclopedias y no en la repisa de cuentos para los niños de secundaria como la última vez. Lo reconocí por el color rojo. Creo que esto también es parte del hechizo: encontrármelo cada vez en un lugar distinto y que la bruja de la portada me confirme con su mirada que es Doña Anastasia.

 

*

¡Ay! me espantó una mujer, ¿a dónde?

en medio del mar salado,

en medio del mar salado,

¡Ay! me espantó una mujer, ¡ay mamá!

 

¿Te acuerdas cuando lo descubrimos? Parece que fue ayer cuando la Miss nos mandó a la biblioteca para investigar sobre los invertebrados y tú encontraste El libro de las brujas en la repisa de Ciencias Naturales. No fue la portada roja lo que te llamó la atención, sino el hecho de que la bruja de la portada se pareciera tanto a Doña Anastasia, tu vecina. Me acuerdo de tu cara de espanto y de cómo me lo explicaste muy bajito porque así es como se habla en las bibliotecas: “¡Lo sabía! ¡Lo sabía! Siempre lo supe”, dijiste.

Ese mismo día te acompañé a tu casa por primera vez, no porque dudara de ti, sino porque siempre quise conocer a una bruja de verdad. Sólo conocía a esas de los cuentos como la que le dio la manzana envenenada a Blanca Nieves o la que se quería comer a Hansel y a su hermana Gretel después de engordarlos con dulces y galletas, pero la verdad, por más feas que parecieran no me causaban miedo. Aunque si Doña Anastasia, en realidad se parecía a la bruja de la portada del libro rojo, sí que sería aterradora. Era demasiado “normal” para ser bruja y algo me decía que a esas sí había que temerles.

Antes de cruzar la calle te detuviste:

—Allí es.

—¿Abarrotes San Juan? —te pregunté refiriéndome a la tiendita cuyas letras desteñidas señalaban lo que parecía ser un lugar común y aburrido.

—Eso era antes.

—¿Antes?

—Sí. Antes de que se le muriera su esposo.

—¿Es viuda?

—¡Claro! ¿Qué te acabo de decir? ¡Duh! —te burlaste de mí por primera vez y luego te reíste, quizá porque me puse rojo. Sentí cómo se me quemaba la cara.

—¿“Qui ti iquibi di dicir”? —te arremedé. No podía quedarme como el tonto de los cachetes rojos.

—Antes vendían abarrotes, pero cuando enviudó se tuvo que dedicar a vender semillas, chiles secos, hojas de maíz… —continuaste sin hacerle caso a mi inútil arremedo.

—¿Por qué?

—Se dice que porque amenazó a los repartidores de pan, galletas, jabones y papel de baño con chuparles el alma si se tardaban en surtirle y poco a poco fueron dejando de venir por miedosos.

Abarrotes San Juan formaba parte de una construcción antigua, en cuya parte baja se encontraban otros dos locales: Ferretería Santa Cruz y Papelería Los Ángeles, que convivían aparentemente sin asombro con el negocio de una bruja. En el piso de arriba tres diferentes balcones dejaban ver, por sus plantas y piezas de ropa disciplinadamente tendidas, que estaba habitado. Bueno, dos balcones. El balcón que estaba arriba del local de Doña Anastasia era el único vacío.

—Yo vivo en el de en medio. La papelería es de mis papás. La heredaron de mis abuelos. Ellos fueron los que me contaron del esposo de Doña Anastasia… ¡Ash! Ya le dije a mi mamá que no colgara mi ropa en el balcón —dijiste muy molesta.

 —¿Por qué?

—¿Sabes guardar secretos?

—Sí —contesté.

Mi cachete se puso rojo otra vez. ¿Por qué?

—Sofía y Gaby pasan seguido por aquí. Viven en la Privada de Los Olmos que está a dos cuadras

— ¿Y eso qué tiene?

—Pues se burlan de mi ropa colgada. Dicen que ya vieron mis pijamas y… ¡mis chones!

Otra vez. Cachetes rojos otra vez.

—La blusa de unicornio se ve cool.

—¿Te gustan los unicornios?

—No.

—¿Entonces? Bueno, ya… ¿Entramos? —dijiste fastidiada.

— ¿A dónde?

—Pues a la tienda de Doña Anastasia. A la casa de Huesos que no va a ser.

—¿Quién es Huesos?

—Mi perro.

—Ah…

—¡No seas rajón!

—No lo soy.

—Pues ándale…

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*

A la bruja me encontré

en el aire iba volando

en el aire iba volando

a la bruja me encontré, ¡ay, mamá!

 

La tienda olía a especias, a polvo y también a chocolate y a mole rojo. Descubrí por la sorpresa en tus ojos que, aun siendo su vecina, jamás habías entrado a la tienda; no te dije nada porque me quería guardar la posible ilusión de haberte inspirado un valor que nunca habías tenido. Te hubiera dicho ahí mismo que quería que fueras mi mejor amiga, pero luego me imaginé a Tadeo y a Santiago burlándose de mí y mejor ya no te dije nada. Qué tonto, lo sé…

Ay, Elenita… Te confieso algo. Sé que es muy feo lo que te voy a decir… ¿Sigues ahí? Sé que sí. Pues te digo: A veces deseo que el hechizo les hubiera pegado mejor a ellas, a Gaby y a Sofía y que tú siguieras siendo la niña que siempre fuiste, con tu voz chillona, tu cabeza “trenzuda”, tus ojos de espanto y las ganas por desvendar misterios.

La misa no tardará en terminar, se fueron los del pueblo a rezar por ti y, cuando acaben, volverán a la calle, nos encontrarán y les explicaré todo. ¡Me van a creer! Como vienen de misa van a pensar que Diosito hizo un milagro. ¡El milagro de encontrarte!

Cuando Doña Anastasia salió al mostrador vi que tenías razón. Era igualita a la mujer de la portada del libro rojo: traía esa mirada que parece que lo sabe todo sobre uno, hasta las cosas que no sabes de ti mismo. Cuando la vi, supe que la sonrisa que casi sacó fue porque al instante se enteró (nada más con mirarme) de mi miedo a la oscuridad, de que lloré en el baño cuando Tadeo puso el pie para que me cayera delante de los de la secundaria y ellos se rieron de mí… En el patio no hice nada, me levanté y ya, no quería que me dijeran mariquita, me lastimé la rodilla, me dolió…pero me dolió más porque Tadeo lo hizo. Él no es mi amigo. Tú sí. Ahora ya lo sabes.

—¿Se les ofrece algo? —nos preguntó.

Su voz era muy, muy grave. No contestamos nada. Ella insistió:

—¿Qué necesitas, Elena?

Nuestro espanto fue tan grande al ver que sabía tu nombre que nos fuimos sin decir nada. Ahora pienso que ella sabía tu nombre porque es tu vecina y te conoce. ¿Sabes qué? Se me hace raro que no se haya asomado aún por el balcón. Hicimos ruido al caernos. Como es bruja no creo que haya ido a la misa. Ha de tener el sueño muy pesado.

Nos preguntábamos en aquel entonces qué tipo de bruja sería Doña Anastasia porque tú ya habías leído en “muchos lugares” que en México siempre ha habido brujas y brujos. Hay unos que entran por la ventana y les roban el alma a los niños, los nahuales que se transforman en animales, los que comen semillas y pueden ver las almas de las personas y también los que se comen sus corazones. Entre los que asustan a los grandes y se chupan el alma de los más pequeños también están los que pueden leer el futuro en los granos de maíz y los que pueden curar enfermedades y atrapar los males adentro de un huevo.

Quizás por eso Doña Anastasia vende semillas. Ella ha de ser una bruja de las que comen semillas, además de hacerte lo que te hizo.

Eres más valiente que yo, aunque también le tuvieras miedo por las historias que oíste y por las cosas que te imaginaste, la verdad es que comenzaste a disfrutar espantarme en el camino de regreso a casa. Tu voz chillona se hacía grave para cantarme versos de “La bruja”. Luego te reías y seguíamos el camino hasta que yo te dejaba en tu casa y me seguía a la mía tratando de pensar en otra cosa que no fuera Doña Anastasia entrando por la ventana de mi cuarto por la noche para chuparme el alma.

 

*

 

Me agarra la bruja

me lleva a su casa

me vuelve maceta

y una calabaza.

El 13 de octubre fui a buscarte a la papelería de tus papás para decirte que conseguí una de las últimas rebanadas de pizza de la cafe, que por primera vez en la vida la Miss no había dejado tarea y que jamás se te ocurriera faltar a la escuela otra vez. Para mi sorpresa, la cortina estaba entrecerrada. Me agaché y no vi a nadie. Miré hacia el balcón: vi ropa colgada. No te habías mudado, ¡que alivio! Los ladridos lejanos de Huesos me hicieron suspirar aún más profundo.

—¡Niño! —espantó mi alivio la voz grave de Doña Anastasia.

Ahora yo estaba solo con ella. No pude salir corriendo porque eso sería hacerle ver que le tenía miedo, y como siempre dice mi papá: “que tus miedos no sepan que les tienes miedo”. Me aguanté.

—Hola.

—No es un buen momento para que andes por acá.

—¿Por qué?

Doña Anastasia me señaló un cartel en la pared. Tenía una foto tuya y la descripción de tus rasgos: Ojos cafés. Cabello castaño oscuro. Decía que habías ido a la panadería La Gloria a las 6 de la tarde del día anterior y que no habías regresado.

—No sabes dónde está, ¿verdad? Reza por ella —me ordenó.

Me fui a mi casa y por el camino veía a muchos carteles iguales, todos con tu foto. Todos diciendo que estabas “desaparecida”. Al día siguiente en la escuela me llamaron en la dirección para preguntarme si sabía algo de ti. Les dije que no. Ese día la Miss nos habló de la importancia de no hablar con extraños. Tú no hablabas con extraños. Eres mucho más lista que yo, lo debo de aceptar.

Pasaron dos, tres, cuatro días. En la escuela todos hablaban de ti, de la falta de seguridad. Algunos niños dejaron de ir porque sus papás no querían que salieran de casa, por lo menos “por unos días”. Algunos decían que te habías ido de vacaciones, otros que estabas escondida porque eras muy traviesa. A esos les quería golpear. Te confieso que sentí rabia. ¿Cómo desapareciste sin avisarme? Tu silla vacía en el salón, regresar a casa sin tus bromas y arremedos, tus libros favoritos cerrados en la biblioteca.

Desde el 13 de octubre no he cambiado mi ruta de regreso a casa. Podría haber buscado un atajo pero pasaba diario por esta acera con la esperanza de verte. Hasta que un día sucedió. Antes de cruzar la calle volteé la mirada hacia el balcón de Doña Anastasia. Sentí que mis cachetes se pusieron rojos. Escuché tu voz cantándome “La bruja” muy cerca del oído con tu voz grave y burlona. Allá estabas tú. En el balcón antes vacío de la “come semillas” ahora lucía una maceta con unas flores tan rojas como los listones que remataban tus trenzas. ¿Por qué te haría eso? Te quería dar una lección, claro estaba. Pero, ¿por qué? Eras… digo, eres una niña y los niños nos burlamos de algunos adultos a veces, pero eso no significa que te tuviera que transformar en maceta. Con razón afirmó que yo no sabía de ti, porque ella sí sabía.

Corrí a casa para decírselo a mi padre. Nunca te lo había dicho, pero mi papá siempre me cree lo que le digo. Mi mamá no. Quise detenerme en la papelería para decirles a tus papás y a Huesos que estabas más cerca de lo que ellos imaginaban, pero necesitaba que un adulto me acompañara para que ellos no pensaran que me estaba burlando. Ese adulto sería mi papá. Un día te lo presentaré. Arregla autos y es muy listo.

Casi llegaba a casa cuando en el puesto de periódicos vi la portada de uno que decía: “Encuentran en baldío prenda de niña desaparecida.” Abajo estaba la foto de lo que parecía ser la blusa de unicornio que vi aquel día columpiándose en el tendedero de tu balcón. ¡No! Apreté el paso. Tenía que llegar a casa. Me urgía compartir con alguien un secreto que hasta entonces era sólo nuestro. Cuando por fin llegué, mi papá me abrazó. Mi mamá también. Tenían los ojos de adultos que acaban de llorar no quieren que los niños se den cuenta. Les conté el secreto. Les conté de Doña Anastasia, de los repartidores de pan, de galletas, de jabón y papel higiénico que dejaron de ir después de sus amenazas de quitarles el alma, les hablé del libro de portada roja, de tus trenzas, de cómo eres mi mejor amiga, les hablé de la canción, del verso ese que habla de la forma que tienes ahora. Les hablé del balcón, de tus listones.

Les hablé de ti como antes les hablaba de cosas que ya no tienen importancia, porque yo sé que tú estás a mi lado aquí y ahora, Elenita. Delante de mis papás sí puedo llorar. Y lloré. Lloré porque no me decían nada. Lloré porque me abrazaban como nunca antes lo habían hecho. Dijeron que iban a misa a rezar por ti, que todo el pueblo iba, que yo podría ir si quisiera, que cuando los niños le hablan a Dios, él escucha, que los angelitos estarían a tu lado y muchas cosas de adultos que creen en un cielo sin brujas.

Me hice el dormido. Esperé a que se fueran a la iglesia para venir a verte y rescatarte. Después de pasar por aquí tantos días, estudié desde el otro lado de la calle la forma de trepar la ventana de Abarrotes San Juan y brincar al balcón. ¿Viste cómo lo hice? . Nunca te había abrazado Elenita, pero me dio gusto estar cerca de ti otra vez. Hueles a tierra mojada. Te tomé con un brazo, subí al muro del balcón para tratar de dar el salto que me ayudaría a salvarte, después no recuerdo qué pasó. Sólo me acuerdo de estar en el aire y de cómo te escapabas de mí y de cómo te dejé caer. Elenita, ¿me perdonas? Te hice pedazos, pero trataba de salvarte y llevarte con tus papás y Huesos, de llevarte de vuelta a la escuela. Pensé que podría cargarte, no quise dejarte caer. Ahora que tus huesos son de barro quisiera decirte que no te preocupes. Cuando vengan por mí… Cuando vengan por nosotros te voy a pegar pedacito por pedacito y tú volverás a ser tú. No me puedo mover. Lo único que siento ahora son mis cachetes helados y sé que es por el frío que hace cuando se acerca la Navidad. Contigo a mi lado ya no le temo a la oscuridad.

El cielo se ve más grande desde el suelo. Se me cierran los ojos. Elenita, ¿sigues ahí?

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Autor:

Alessandra Grácio

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