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Long Live the King

Long Live the King

Escrito por Erasmo W. Neumann, 21 May · No. de Visita: 374


King aún era muy joven cuando la señorita Miller lo sacó del albergue de animales. Al principio lo trataba como a una mascota ordinaria, mas pronto su latente instinto materno la hizo brindarle lujos y cuidados más propios de un niño que de un gato.


Entre otras cosas, la solterona le procuraba siempre alimento en exceso, y como no le permitía salir ni desenvolverse dentro la casa, el minino se volvió en especial torpe, perezoso y obeso. Se le iban los días en el regazo de la mujer mientras ésta tejía o miraba la televisión, y si bien no objetaba a su modus vivendi había algo que con frecuencia lo irritaba: como osara asolearse junto al ventanal, los pájaros le silbaban burlas desde el olmo del jardín. Señalaban, crueles, cuán voluminoso era comparado con otros felinos del vecindario, e incluso lo retaban a que fuera y los devorase ciertos de que, incluso si le permitieran asomar por la puerta, jamás los alcanzaría con esa barriga. Aconteció, sin embargo, que una buena mañana no toleró más las mofas y, resuelto a defender su orgullo, aprovechó un descuido de su dueña para escabullirse al exterior. Corrió en el acto al pie del árbol y, cuan pesado era, comenzó a trepar.


Conforme ascendía lo embargó una emoción hasta entonces desconocida, mas su repentino ímpetu de intrépido y cazador nada pudo hacer contra su falta de pericia: agotado, clavó las garras a la corteza y quedó suspendido a medio tronco. Metros abajo, su ama le gritaba que bajara de allí. Por un momento quiso obedecer y arrojarse a sus brazos, confiado en que, en lugar de reprenderlo, le serviría de comer para después llevarlo a tomar la primera de muchas siestas frente al televisor, pero como los jilgueros no dejaban de provocarlo desde la copa, rehusó de esta posibilidad, hizo acopio de fuerzas y se impulsó cuesta arriba con renovado brío. Estaba a punto de llegar a las ramas cuando su sobrepeso y un error de cálculo lo precipitaron al vacío.


Alguna vez escuchó en una vieja película aquello de que, antes de morir, se ve pasar la vida entera. En su caso apenas hubo tiempo para ello: la gravedad tiró con particular violencia de su corpulento ser y todo terminó en menos de un segundo. Todavía rechiflaban las aves cuando la desconsolada cincuentona lo sepultó entre los rosales.

Lo que le pareció un hermoso detalle no era sino una última afrenta al micho, pues en su despiadada lengua decían: “¡El rey ha muerto! ¡Viva el rey!”.


Autor:

Erasmo W. Neumann

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