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Futbol para Eugenia

Futbol para Eugenia

Escrito por Hortensia Moreno, 18 May · No. de Visita: 102


Debo confesar que a mí no me gusta el futbol. En repetidas ocasiones he llegado a decir que lo aborrezco, aunque eso quizá no sea sino una exageración. Lo cierto es que me mata de aburrimiento. Me parece un juego largo, monótono y demasiado simple. No obstante, reconozco que se trata de un espectáculo popular y nunca deja de sorprenderme la forma en que la vida se interrumpe en la ciudad de México cuando hay un partido importante. La calle se pacifica, se deshabita. La gente se concentra. En la unidad donde vivo, el entusiasmo se oye de ventana a ventana. Se respira expectación. Cada gol se celebra o se lamenta con gritos que provienen de las entrañas. No hay experiencia igual: tan colectiva y a la vez tan íntima.

Ahora bien, como hice mi tesis de doctorado sobre boxeo femenil, no tuve más remedio que familiarizarme con ideas y discusiones sobre el campo deportivo. Un autor que cito en otra parte dice que ignorar las expresiones deportivas en el mundo actual sería equivalente a tratar de entender la vida en la Europa medieval sin tomar en cuenta el papel de la iglesia católica.1 No me parece exagerado pensar el deporte como una mística, como una búsqueda religiosa (en la acepción de re-ligare) y una formación de comunitas, tanto en la práctica deportiva como en su exhibición.

El amor a un determinado deporte amanece temprano o no amanece. Y se realiza sólo en el conocimiento profundo que se deriva de la práctica. El deporte es sobre todo una experiencia del cuerpo. Cuando se practica desde la infancia, un deporte se vuelve consustancial de la persona: se integra a su habitus, a su hexis corporal. Pero nunca es una experiencia individual.

La comunitas del espacio deportivo se propicia en el campo de juego, pero también en el proceso iniciático por medio del cual una persona adulta conduce a una criatura hacia el campo. Varias autoras subrayan la influencia decisiva de un padre en la vocación deportiva de su hija. En un mundo donde la actividad se identifica tan cerradamente con los varones, la transmisión del secreto exige la presencia de esa figura fuerte —el padre apasionado— en el aprendizaje de la nueva actividad por parte de una niña.

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Hay muchos testimonios en la etnografía feminista del deporte donde se puede leer este proceso: es el padre el que lleva a la chiquilla al estadio, el que le enseña a usar el bat, el que le explica las reglas. Y es por amor al padre que muchas mujeres se enamoran de algún deporte. A mí me faltó ese aprendizaje porque mi padre ha estado desde toda la vida negado por completo no sólo para el deporte, sino para cualquier tipo de juego.

No obstante, desde que me acuerdo practico —de manera torpe e indisciplinada— alguna actividad física. Me acuerdo de mí colgada como chango de los juegos de tubos
del parque, junto a la escuela, a una cuadra de mi casa. En la primaria fue el basquetbol, porque mi maestro de quinto me invitó a formar parte de un equipo. En secundaria y
prepa, la gimnasia olímpica. Y ahora voy a nadar dos o tres veces a la semana, nada más para que la computadora no me acabe de romper la espalda.

Insisto, siempre he sido más bien maleta. Le echo la culpa a la miopía, a los lentes de culo de vaso. Pero hay también una torpeza fundamental y una equivocación de origen: la gimnasia exige un cuerpo compacto —y el mío se desparrama como verdolaga—, exige equilibrio y fuerza de los que carezco por completo. Hay acá una condición individual, pero también hay un problema de género. Como dice Iris Marion Young, la ineptitud de las mujeres en el campo deportivo refleja modalidades del comportamiento del cuerpo femenino —de su manera de moverse y de su relación con el espacio— que parecen subrayar las diferencias físicas entre hombres y mujeres. Young detecta diferencias típicas en la manera en que hombres y mujeres manejan sus cuerpos:

No sólo hay un estilo típico para lanzar [una pelota] como niña, sino que hay un estilo más o menos típico de correr como niña, trepar como niña, columpiarse como niña, golpear como niña. Lo que tienen en común, primero, es que no se pone todo el cuerpo en un movimiento fluido y dirigido, sino que más bien, al balancearse o al golpear, por ejemplo, el movimiento se concentra en una parte del cuerpo; y segundo, que el movimiento de la mujer tiende a no alargar, extender, inclinar, encoger o seguir hasta el final la dirección de su propósito.

Muchas mujeres con frecuencia respondemos al movimiento de una pelota que viene hacia nosotras como si viniera contra nosotras, y nuestro impulso corporal inmediato es quitarnos, agacharnos o protegernos, porque, en apariencia, el miedo a salir lastimadas es mayor en las mujeres que en los varones. Eso, desde luego, significa una enorme desventaja cuando una quiere jugar futbol. Pero esa desventaja, según la autora, no es una característica “natural” de las anatomías de las mujeres, sino el resultado de la falta de práctica en el uso del cuerpo y en el cumplimiento de tareas, porque a la mayoría de las niñas y las mujeres no se nos estimula tanto como a los varones para desarrollar habilidades corporales específicas. Porque los juegos de las niñas son más sedentarios y encerrados que los juegos de los niños.

Christine Mennesson habla inclusive de una “cultura de recámara”, donde crecen las niñas, por oposición a la “cultura de cancha” en que se desenvuelven los niños. Según esta autora, las adolescentes pasan demasiado tiempo en casa trabajando en su apariencia física para volverse atractivas a los muchachos, mientras que los varones tienen acceso al aire libre y al espacio abierto del campo de juego.

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El problema no es sólo la falta de práctica —aunque ésta tenga una particular importancia— sino también en un aprendizaje activo del cuerpo y del estilo corporal que comienza a cultivarse desde el momento en que una niña entiende que es una niña y lo que eso significa:

La niñita adquiere muchos hábitos sutiles de comportamiento corporal femenino [...], aprende activamente a entorpecer sus movimientos. Se le dice que debe ser cuidadosa para no lastimarse, no ensuciarse, no desgarrarse la ropa; se le dice que las cosas que desea hacer son peligrosas para ella [...]. Cuanto más asume una niña su estatus como femenino, más se toma a sí misma como alguien frágil e inmóvil, y pone en acto más activamente su propia inhibición corporal.

De ahí mi enorme admiración por las deportistas natas: las que dejan desarrollar sus cuerpos sin sucumbir a estas tendencias.

Mi incursión defectuosa en el deporte me da a la vez un conocimiento material y una distancia crítica, lo cual tal vez ha sido sano para mi elección temática, de modo que me he convertido en una suerte de “especialista” de la academia y, gracias a ello, de pronto me ha tocado acompañar a varias alumnas de maestría en la investigación de sus tesis sobre futbol. El amor de estas mujeres por el deporte de los puntapiés me convence de que no se trata de un asunto trivial ni estrictamente manipulado, enajenado, ideológico, sino de una afición legítima, pura, nacida en el cuerpo y cultivada en el espíritu.


Tengo además un grupo de amistades que va casi cada domingo por la mañana —y varias tardes entre semana— a ver jugar a los Pumas. Desde luego, me han invitado y quizás he ido alguna vez —ya no me acuerdo si solamente lo soñé—; en todo caso, mi cercanía con esta banda de pamboleros y pamboleras vuelve difícil criticar simplemente la actitud fanática de quien acude al estadio, porta los colores de su equipo, sufre cuando pierde y goza cuando gana.

Interpreto el deporte —así, en abstracto— como una actividad central para la vida contemporánea; como un prisma a través del cual se refracta la interioridad de la gente, sus esperanzas y perspectivas más sagradas, además de las relaciones sociales con sus cargas de poder y contenidos de dominación. Estoy segura de que no hay manera de entender una sociedad o una cultura como la mexicana si no tratamos de descifrar el lugar que ocupa en el imaginario nacional este juego, este negocio.

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Autor:

Hortensia Moreno

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