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La mesa de los solos

La mesa de los solos

Escrito por E. J. Valdés, 08 May · No. de Visita: 139


Para ser franca, no tengo idea de cómo contar una historia. Su­pongo que comenzaré presentándome. Me llamo Fabiola y tengo 19 años. Trabajo como mesera en un restaurante de la calle Doria llamado Café Saint-Michel. La paga es mediocre y las propinas muy variables, pero lo que gano, sumado al poco dinero que me abonan mis padres cada quincena, me permite solventar mis gastos y guardar un poco para cuando ingrese a la universidad (lo cual espero conseguir el próximo semestre). El lugar donde trabajo no es precisamente concurrido (nada en la colonia Constitución lo es) y podríamos decir que nada tiene que lo distinga de otros negocios del mismo giro excepto la “mesa de los solos”. Así he bautizado a un gabinete situado al fondo del restaurante, casi junto a los baños, el cual cuenta con solamente una banca y tiene el tamaño justo para acomodar una manteleta, un vaso (o taza) y la cesta de pan. Nada más. A todas luces es el espacio pensado para aquellos clientes que llegan a comer solos, que no son muchos, porque el Saint-Michel es la clase de lugar donde las señoras se reúnen para almorzar o donde los novios se sientan a tomar café y compartir un postre. No sé si sea una cosa psicológica o social, pero es muy raro que alguien se pare por allí sin más compañía que su alma, y quienes lo hacen —sin falta— van a parar a “la mesa de los solos”, la cual, por cierto, figura entre las que atiendo yo. En el tiempo que llevo trabajando jamás me he enterado de que un cliente se niegue o se resista a que lo sienten allí (aunque, estoy segura, si lo pidieran se les asignaría una mesa “normal”), y me resulta un tanto más curioso que la cocina despache las órdenes destinadas a este espacio con mayor premura que al resto. Si bien esto podría interpretarse como una especie de “servicio exprés” a mí me hace pensar que esos solitarios comensales no son muy bienvenidos que digamos. ¿Por qué? No lo sé. Supongo que porque no representan un ingreso considerable para el negocio (ni para mí, pues dados los precios del menú apenas me dejan una moneda o dos). Como sea, no es frecuente que se ocupe la mesa de los solos y puede irse la semana entera sin que alguien lo haga. También me he percatado de que quien llega a sentarse allí una vez no suele hacerlo una segunda, después de todo, yo misma siento que se les da el peor lugar del restaurante.

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Sin embargo, dice la sabiduría popular que a toda regla hay una excepción, y es precisamente esa excepción la que me tiene aquí, contándoles esto. Sucedió que hace unos cuatro meses comenzó a visitar el restaurante un muchacho a quien suelo referirme como “El Chico Misterioso”. Fue a desayunar una vez, y desde que lo vi me pareció un tipo bastante singular, por no decir que atractivo, aunque no tengo la certeza de que ése sea el adjetivo apropiado para él. Debía rondar los 25 años. Era blanco como si nunca se asoleara y llevaba el cabello alborotado y la barba crecida y descuidada. Pese a que lucía ligeramente pasado de peso, era apuesto, aunque siempre tuve la sospecha de que no estaba consciente de ello, o bien, buscaba verse mal intencionalmente. Pidió un chocolate caliente y unos huevos.  Mientras se los preparaban, se puso a escribir en un cuaderno que llevaba consigo. Veinte minutos después pidió la cuenta, pagó y se marchó, dejándome sobre la mesa una propina un tanto generosa, creo yo. Para mi sorpresa, dos días después volví a verlo cruzar la puerta del Café Saint-Michel, más o menos a la misma hora. Lo sentaron de nuevo en la mesa de los solos y ordenó exactamente lo mismo: chocolate caliente y huevos. Así lo hizo esa mañana y todas las que siguieron, porque se convirtió en el cliente más asiduo que ha tenido ese restaurante en años; acudía prácticamente a diario, solo y en el mismo horario. Llegaba caminando (lo cual me llevó a pensar que debía vivir o trabajar cerca), se sentaba en el gabinete individual y pedía lo mismo; a veces agregaba una segunda taza de chocolate. Sin falta llevaba consigo un cuaderno y una pluma, y mientras esperaba la comida se ponía a escribir. No tengo idea qué vertía en las páginas, pero durante el tiempo que visitó el Café lo vi llevar por lo menos ocho libretas distintas. A veces también dibu­jaba en las servilletas, y dejaba en ellas bocetos que me recordaban a las caricaturas japonesas. También plasmaba con frecuencia una figura negruzca que llegué a identificar como una pieza del ajedrez: la reina. Había, sin embargo, algo en su manera de representarla que transmitía una sensación gélida: añoranza…, vacío…, triste­za… No lo sé. Nunca me atreví a preguntárselo. En primer lugar porque no me competía meterme en los asuntos de los clientes, y en segundo porque no parecía la clase de persona abierta a la conversación casual; de hecho, era bastante callado: se limitaba a saludar, ordenar y susurrar un “gracias” cuando le servía o le llevaba la nota. También evitaba el contacto visual.

Su comportamiento, así como el hecho de que fuera a desayunar casi a diario, dio pie a que se hablara de él en el restaurante, algo que siempre consideré de muy mal gusto. En la cocina le decían “el raro”, mientras que en el piso lo referían como “el solo”. Me parecía que este último mote encerraba algo de cierto, pues al verlo sentado allí todos los días, comiendo lo mismo, enfrascado en la tinta y el papel, no pude evitar tomarlo por una persona que no tenía otra cosa qué hacer u otro lugar dónde estar; una persona a quien nadie espera a ninguna hora. Sin querer, comencé a inventarme historias sobre él: me imaginaba que, luego de desayunar, se iba a casa a seguir trabajando en sus misteriosos apuntes y dibujos, y que no salía de allí hasta la mañana siguiente, cuando regresaba al restaurante. “Quizá en este lugar constatamos el único tipo de interacción que tiene con otras personas”, me decía a mí misma. “Quizá”, agregaba, “es un ermitaño que vive encerrado en un departamento y paga a terceros para que le lleven comida o le hagan las compras, como hacía ese aviador millonario de la película”. Y fue precisamente así, pensando en él más de lo debido, que me inventé otras historias… Como que yo era el motivo por el cuál asistía al restaurante todos los días.

Desechaba tales cuentos casi tan pronto como me surgían de la cabeza. Admito, aunque con renuencia, que el chico misterioso

se había metido en mis pensamientos más íntimos, y a pesar de que intenté no ilusionarme, hubo momentos en los que creí que yo también estaba en los suyos. El primero fue cuando quiso saber mi nombre: le llevé su chocolate caliente y tras colocar la taza junto a la manteleta lo descubrí mirándome con sus ojos bonitos, aunque también muy tristes. Me preguntó: “¿Cómo te llamas?”. Me ruboricé al responderle. No tuve el valor para agregar: “¿Y tú?”. A partir de entonces añadió mi nombre a todos sus “buenos días” y “gracias”, además de que lo pesqué mirán­dome de reojo en más de una ocasión, lo cual, debo aceptar, no me desagradaba, aunque bien pudo ser algo que mi fantasía malinterpretó. Tiempo después comenzó a dejar cosas escritas en las servilletas. En su mayoría se trataba de fragmentos aleatorios de textos que, aunque incomprensibles, encerraban cierta belleza teñida de melancolía. Algunos de estos apuntes los conservé un tiempo; luego me deshice de todos salvo uno que reza: “Lo que más me gusta de sentarme aquí es que no hay otro asiento que te recalque la falta de compañía; es como mirarte en un espejo que no te dice que tienes la nariz muy grande, los ojos desviados o la barba mal cortada”. También llegó a dejar otras notas más dulces, las cuales, quise creer, iban dirigidas a mí; me he convencido de que nunca fue el caso, pero si hubo un momento en que me ilusioné como niña fue cuando encontré una servilleta con un número inscrito; un teléfono celular por la cantidad de dígitos. Esa misma tarde, al llegar a casa, lo marqué muerta de nervios; nadie contestó y jamás volví a intentarlo. Casualmente, a partir de este acontecimiento el chico misterioso se volvió un tanto más expresivo… A su manera, por supuesto. Nuestras miradas se cruzaban más a menudo, comenzó a dedicarme fugaces y tímidas sonrisas, e incluso a hacerme preguntas que delataban cierta ingenuidad, tierna inexperiencia: “¿Qué clase de música escuchas?”, “¿qué te gusta hacer?”. Con gusto se lo dije, aunque él no hizo lo mismo y yo no pude (ni debía) preguntárselo. Le encontraba hermético, impenetrable. Y en verdad lo era: jamás pude averiguar sobre él.

Sin embargo, era precisamente el misterio que lo rodeaba lo que me tenía fascinada. Llegó un momento en que decidí dar un paso que podría acarrearme problemas en más de un plano (el laboral sobre todo): lo invité a salir. Hacerlo fue más sencillo de lo que imaginaba: se lo planteé luego de dejar su plato y antes que pudiera decirme “gracias”.

—¿Te gustaría tomar un café por la tarde?

Al escucharme me miró con un desconcierto casi infantil; como si aquello fuese algo nuevo para él. Tal vez lo era. Ante su falta de respuesta pensé disculparme y dar la media vuelta, pero un súbito “sí” me detuvo.

—Me encantaría —agregó, evidentemente nervioso.

Yo salía a las tres, así que quedamos de vernos a las cinco en un café del bulevar Ángeles, cerca de Doria. Ni siquiera entonces me dijo su nombre. Yo no se lo pregunté.

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Ese día, al salir del trabajo, fui a casa a cambiarme y, puesto que se me hacía tarde, abordé un taxi al lugar donde quedamos. Nunca había estado más nerviosa antes de una cita. Llegué casi puntual. Me senté y me adelanté con la orden: pedí un americano mientras esperaba. Pero no habría final feliz para mi cuento de hadas: ordené una segunda taza, luego una tercera; una hora y quince minutos des­pués pagué y me fui. Logré contener las lágrimas hasta llegar a casa.

Al día siguiente me presenté a laborar como siempre. La mañana me mantuvo suficientemente ocupada como para pensar en lo suce­dido. Por lo menos hasta que lo vi entrar. Llegó a su hora habitual. Nuestras miradas se encontraron antes que se sentara en la mesa de los solos, y aunque me sentía bastante molesta eso pasó a segundo plano cuando vi la expresión de absoluta miseria y desesperanza en su rostro. Supe entonces que él no diría nada al respecto y que yo tampoco debía hacerlo, que cualquier reclamo que pudiera hacerle él ya se lo había hecho. Por un instante lo vi como era realmente: un fantasma, un despojo en constante penitencia.

Tomó asiento como cualquier otra mañana. Suspiré y fui a atenderlo. Me dio los buenos días y ordenó lo de costumbre. Sin decir mi nombre. Luego se sumió en su cuaderno. Cosa rara en él, comió de prisa, pagó la cuenta y se marchó cabizbajo. Al acercarme a levantar su plato encontré una servilleta con esto escrito:

Niña que me miras:

no puedo corresponderte porque,

a mis ojos,

siempre tendrás un defecto:

no eres ella.

En ese momento ardí en deseos de alcanzarlo, pegarle una bofetada o arrojarle a la cabeza lo primero que tuviera a la mano. Por supuesto que no lo hice; sencillamente apretujé el papel en un puño y lo arrojé a la basura. Más tarde, con la cabeza fría, medité lo que escribió y comprendí que El Chico Misterioso era incapaz de pertenecer a nada ni a nadie, pues estaba atado a un pasado sobre el cual no me correspondía indagar.

Bien dicen que los hombres que se aferran al pasado son los más difíciles.

Después de ese día no se le ha vuelto a ver por el Café Saint-Mi­chel. En lo que a mí respecta, aún trabajo allí, pero insistí al gerente me asignara otra área del restaurante, pues no quiero tener nada que ver con la mesa de los solos.

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Autor:

E. J. Valdés

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