Una reflexión sobre las pérdidas y el duelo

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Mi amiga la muerte

Mi amiga la muerte

Escrito por Adriana Miguel Franco, 28 Nov · No. de Visita: 170


La desconocí.

Le temí.

La odié.

La acepté.

 

De niño no sabía exactamente lo que  era “morirse”, se estaba y luego ya no, eso era todo. Se morían las personas viejas, los abuelitos que ya habían vivido mucho, con su mirada cansada y la piel arrugada; como mi vecina Doña Felipita, con, su mandil color rosa y la piel de los pies tan frágil que yo pensaba que en cualquier momento se le reventaría. Barría  su calle, dejándola pulcra y envidiable , un día no salió más y la basura comenzó a acumularse. O mamá Luisa, sentada en un tronco al sol para que le entrara un poco de calor a los huesos, quieta como una estatua, con sus dos hermosas trenzas color plata que le daban un estupendo corte elegante que combinaba con su piel blanca y los surcos abismales de la cara, cada que pasaba por su casa le saludaba con la mano y ella devolvía el gesto; siempre tuve la impresión que no sabía que yo era su bisnieto. Sin más, sin despedirse, se fue.

 

Fue así como la vida, o más bien la muerte, me dió pequeñas señales de su presencia, como avisando que pronto  llegaría y dejó de ser una desconocida para ser “la cosa mala” que se lleva a los viejitos y descubrí que no solo se los lleva a ellos, que también se lleva a las mamás de mis compañeros, a los bebés, a los hermanos de mis amigas, a niños… a niños como yo; no quería que me viera, que me encontrara a mí, porque cuando la gente muere se va al cielo o al infierno, yo no me quería morir y menos irme al infierno, tampoco importaba si me iba al cielo, porque allá no estaba mi mamá, no quería dejar de ver lo bella que es y que me dejara de leer cuentos.

 

Luego la odié, la odié como no sabía que podía odiar un niño de trece años, porque eso no se hace, no se lleva al papá de alguien como si nada, sin pedir permiso, sin avisar, sin dejarse despedir, no es justo, ¿Qué no se dió cuenta que yo lo necesitaba más? ¿Para qué lo quería si ya tenía a los viejitos, a las mamás de mis compañeros, a los hermanos de mis amigas, a los bebés y a niños como yo?,  ¿Para qué?. Aquí hacen falta abrazos y quién componga puertas, y dónde sea que viva - o muera- estoy seguro, no hay puertas. Un día cerró los ojos y nunca más los volvió a abrir. Y no entendí lo doloroso que sería, hasta que pasaron los días y no volví a escuchar su voz, oler sus manos y sentir su barba en mis mejillas; la odié porque hizo llorar a mamá, la odié porque el hueco del pecho crecía inexorablemente, dolía seguir, ver su lugar de la mesa vacío, sus botas abandonadas y la risa ausente por toda la casa. Corazones rotos que jamás sanarán por completo.

 

La acepté como parte de mi cotidianidad, y es que no creo que la muerte sea la ausencia de alguien, sino más bien,  todo lo que deja tras de sí, caos, confusión, sufrimiento, coraje, la desesperanza, porque con el tiempo me di cuenta que la muerte también puede ser liberadora, de penas, de dolor, de la lenta postración en una cama atadora sueños y anhelos, de algún hombre que perdió a su esposa y que ahora solo espera no estar en éste mundo tan mísero. Entendí que hay quienes esperan la con los brazos abiertos y los ojos cerrados, como a una vieja amiga, apaciguadora de los malos sueños, traedora de paz. Fiel justiciera, se presenta sin retrasarse un solo minuto ,sin preguntar porqués;  hermosa y sutil, tan desgraciada que nos toma de la mano a medio suspiro.


Autor:

Adriana Miguel Franco

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